La Madre Teresa de Calcuta, quien durante más de 45 años atendió a pobres, enfermos, huérfanos y moribundos, al mismo tiempo que guiaba la expansión de su congregación, en un primer momento en la India y luego en otros países del mundo, será canonizada el próximo 4 de septiembre, anunció esta semana el Vaticano, tras un encuentro del Papa Francisco con sus cardenales.
La religiosa albano-india recibió el premio Nobel de la Paz 1979, a el «trabajo emprendido en la lucha por superar la pobreza y la angustia, que también constituyen una amenaza para la paz», nació en Macedonia en 1910 y murió en 1997, a los 87 años. En 2003 había sido declarada beata por el Papa Juan Pablo II.
Como bien lo enunció, en su primera encíclica, Deus caritas est, Benedicto XVI mencionó a Teresa de Calcuta, en tres ocasiones y también utilizó su obra para referirse a uno de los principales puntos de la encíclica.
«La Beata Teresa de Calcuta es un ejemplo evidente de que el tiempo dedicado a Dios en la oración no sólo deja de ser un obstáculo para la eficacia y la dedicación al amor al prójimo, sino que es en realidad una fuente inagotable para ello».
La Madre Teresa especificó que «sólo por la oración mental y la lectura espiritual podemos cultivar el don de la oración».
Criticada por sus posiciones sobre el aborto y el divorcio que le llegaron a calificar de fundamentalista y por su negación a la eutanasia, Teresa de Calcutta no sólo dejó un legado espiritual de servicio y amor a los más humildes y desposeídos, sino un liderazgo de inspiración para dirigentes, artistas, empresarios y demás.
Como admiradora de San Francisco de Asís, la vida de Teresa de Calcuta y el carácter de su orden muestran cierta influencia de la espiritualidad franciscana. Y bien merece por su entrega y servicio ascender a los altares.