Por Felicia Saturno Hartt. Foto: Foro de Sao Paulo.- Esta semana se realizó en El Salvador, el XXII Encuentro del Foro de São Paulo, un espacio de discusión itinerante de partidos y movimientos de izquierda latinoamericanos que, desde 1990, busca debatir sobre el escenario internacional de la izquierda, tras la caída del bloque soviético y el Muro de Berlín, como una reacción al Consenso de Washington.
El economista John Williamson inventó el citado Consenso en 1990, que no era más que un recetario- paquete de 10 reformas económicas, enfocadas particularmente para países de América Latina, región que estaba saliendo de la crisis económica y de su década perdida de los 80, aceptadas por las instituciones establecidas en Washington, tales como el FMI, el BID y la Tesorería de EEUU, a fin de potenciar el laissez-faire del libre mercado y las desregulaciones de la disciplina fiscal, reordenar el gasto público, impulsar procesos de privatizaciones, eliminar subsidios en alimentos, educación y salud, liberar las tasas, los precios y el comercio.
Este recetario, si bien fue diseñado para América Latina, terminó imponiéndose en todo el mundo y afectó a las estructuras financieras de algunas naciones.
El Foro de Sao Paulo, en este sentido, fue una creación del Partido de los Trabajadores brasileño (PT), pero fundamentalmente de su líder José Ignacio (Lula) Dasilva, con el objetivo de reagrupar a las izquierdas latinoamericanas ante el auge del neoliberalismo a nivel mundial.
En el año de su fundación, 1990, solo un país del foro tenía el poder absoluto: Cuba. Luego, y en este orden, los partidos políticos miembros del foro alcanzaron el poder por las urnas: Venezuela, 1999; Brasil, 2002; Uruguay, 2004; Bolivia, 2005; Chile, Ecuador, Nicaragua, en 2006; Paraguay, 2008; El Salvador, 2009.
En la actualidad, luego de más de 16 años de gobiernos de izquierda, la mayoría de ellos, o no están en el poder o se han deslegitimado por los resultados económicos negativos de sus administraciones, supuestamente socialistas, siendo los ejemplos más catastróficos las de Venezuela, Brasil y Argentina, eso sin tomar en cuenta el desastre sistémico de Cuba. La ideologización, unida a una corrupción rampante, ha sido nefasta para estos países y ha impedido su progreso económico y social.
En lo que va del 2016 se ha producido un cambio importante en América del Sur, en el que han ido perdiendo poder partidos o agrupaciones políticas adheridas al foro, con claras muestras de viraje: la derrota del kirchnerismo en la Argentina; la entronización de un gobierno en Uruguay, si bien socialista, más moderado ideológicamente que el gobierno de Mujica; en Perú, la izquierda fue derrotada en las últimas elecciones presidenciales y parlamentarias; en Bolivia, Evo perdió el referéndum para su reelección; en Brasil, el PT está fuertemente investigado por corrupción y el ex presidente Lula puede ser sometido a juicio por presuntos delitos de enriquecimiento ilícito y en Venezuela, el PSUV perdió el control de la Asamblea Nacional y su crisis es de carácter humanitario, mientras que Cuba busca un reacomodo con los EEUU y Europa.
Mas esta realidad, sobre todo la crisis humanitaria de Venezuela, no fue vista por el foro con toda su trascendencia y complejidad.
Su declaración final posee aún el tono de la izquierda tradicional, la que celebra las glorias de Sandino y Farabundo Martí, aclama los movimientos combativos populares y la situación de la derecha continental, subordinada al imperialismo norteamericano, sin enfocar el desastre administrativo, de gobernanza y gobernabilidad de muchos de los regímenes latinoamericanos de esa inspiración, convertidos en totalitarios, corruptos y con la mayor crisis institucional del planeta.
Es lamentable que este foro no sea una tribuna de crítica constructiva, dialógica y realista de la Izquierda en el continente, porque, sin duda alguna, los hombres que ellos idolatran, Sandino, Martí, Mariátegui, entre otros, fueron grandes críticos de sus realidades nacionales y proponían una visión nacionalista y de justicia social no panfletaria.
No reconocer el daño patrimonial de la corrupción y de las malas administraciones en el quehacer cotidiano de los pueblos de América Latina, es negar como esos terribles fenómenos hipotecaron y estafaron el futuro de miles de personas y es perder el sentido de la responsabilidad histórica que exige el ideario de izquierda.