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Por Felicia Saturno Hartt. Foto: Ecos Media.-  Cuando Aung San Suu Kyi fue bautizada la "Mandela de Asia" y hubo hasta quienes se animaron a compararla con Mahatma Gandhi, no visualizaron que los políticos son unos en la arena de la lucha y otros cuando tienen el poder.

Actualmente, la líder de la lucha democrática de Myanmar y Premio Nobel de la Paz, perdió todo su validez aparente y enfrenta feroces críticas de la comunidad internacional por no detener la crisis de los Rohingyas, una minoría musulmana que, según la ONU, es víctima de una "limpieza étnica".

Más de 400.000 Rohingyas que huyeron del país hacia la vecina Bangladesh, alertaron las Naciones Unidas. Y a medida que crece el éxodo y miles de chicos y mujeres son masacrados por el ejército birmano, el silencio de Suu Kyi, que lidera de facto Myanmar, cobra más notoriedad.

Su silencio pesa por la ironía de que Suu Kyi, haya sido galardonada en 1991 con el Premio Nobel de la Paz por su lucha no violenta por la democracia y los DD.HH. Pesa por tratarse de una activista que se enfrentó con valentía a la junta militar que gobernó el país desde 1962 hasta 2011 y que la condenó a vivir durante 15 años bajo arresto domiciliario.

A principio de mes, dos Nobel de la Paz, el Obispo Desmond Tutu (Sudáfrica) y la Defensora de los DD.HH. la joven Malala Yousafzai (Paquistán), le reprocharon a Suu Kyi la complicidad que supone mirar hacia otro lado mientras los Rohingyas son masacrados. Además, más de 400.000 personas firmaron una petición impulsada por la plataforma virtual Change.org para que le revocaran el Premio Nobel.

La presión internacional surtió algún tipo de efecto. Suu Kyi canceló su participación en la Asamblea General de la ONU para ocuparse de la crisis de los rohingyas. En la ONU pronunciaría un discurso "de reconciliación nacional y de paz", anunció el vocero de la cancillería, Zaw Htay.

Lejos quedaron los días en que artistas de todo el mundo pedían a la junta militar la liberación de Suu Kyi. ¿Por qué Suu Kyi no alza la voz a favor de los rohingyas? La respuesta tiene varias facetas. "Ella apela al sentimiento público en Myanmar, que es antimusulmán y antirohingya. La popularidad y el apoyo de los birmanos parecen más importantes para ella que los DD.HH.", explica Yun Sun, Asociada Senior del Programa Asiático del Stimson Center.

En Myanmar, un país de casi 55 millones de habitantes de mayoría budista, viven alrededor de un millón de rohingyas. Los miembros de esta etnia son discriminados desde hace décadas: se les prohíbe casarse o viajar sin permiso de las autoridades y no tienen derecho de poseer tierras ni propiedades.

Hay otro motivo que explica la pasividad de la líder birmana: la enorme influencia del ejército en la política, que le deja un limitado margen de acción.

"A pesar de haber sido elegida en 2015, Suu Kyi depende del apoyo político del ejército, que aún controla el 25% de los escaños parlamentarios y lidera todas las decisiones clave", informó Charu Lata Hogg, miembro asociada del Programa sobre Asia del Chatham House, una ONG con sede en Londres.

Fueron también los militares los que le pusieron trabas para que se convirtiera en mandataria cuando ganó las elecciones de 2005. La Constitución del país -redactada por la última junta militar, en 2008- impide a Suu Kyi ocupar la Presidencia porque sus hijos tienen pasaporte británico. Por ese motivo, le fue otorgado el cargo de asesora de Estado.

Días antes de que su partido ganara las elecciones de 2015, un periodista le preguntó a Suu Kyi cómo pensaba solucionar el problema de la represión a los Rohingyas. Ella respondió con una cita de un dicho birmano: "Los problemas grandes hay que convertirlos en pequeños y a los problemas pequeños hay que hacerlos desaparecer". Con su silencio, creyó desaparecerlos.

La primera y última vez que Suu Kyi habló este año de la crisis de los rohingyas se mostró arrogante. Denunció en un comunicado en la red social Facebook un "iceberg de desinformación" y remarcó que la situación se alimenta de noticias falsas que promueven los intereses de "los terroristas". Seguramente, en su discurso será más suave en la ONU, como ya anticipó el gobierno. La duda es, si en algún momento, pasará a la acción y frenará la represión.