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Por Luis Fernando García Forero.-Indudablemente el espacio que media entre la autoridad y la violencia es estrecho. Más aún si el que tiene la autoridad legítima carece de sentido de equidad y es extranjero en el contexto que lo rodea.

Cualquier ciudad de América Latina es un desafío monumental para un gobernante. Llámese ella Bogotá, Caracas, Lima o Quito. Todas tienen dinámicas sociales en extremo complejas.

Ciertamente gobernar implica un equilibrio entre el uso de la autoridad y el manejo de las exigencias de la gente. Gobernar no es fácil. Es un arte y una ciencia. Porque exige la capacidad de mirar más allá de lo cotidiano todos los días, pero tener precisión de cirujano en lo urgente.

Todos queremos vivir en ciudades modernas, impecablemente limpias, sin ruido y sin contaminación. Pero las ciudades que lo han logrado, lo intentaron, como lo dice magistralmente John Leguisamo, 10.000 veces, hasta convencerse que hay que hacerlo desde la perspectiva de la gente.

Eso implica sentarse. Buscar datos. Consultar gente que se dedica a estudiar los problemas con dedicación y corazón. Y asumir que esos problemas que aburren al colectivo y esas aspiraciones de ciudad avanzada, erróneamente definida como civilizada, no pueden estar por encima de un hecho presente en todas unas ciudades hispanas: sobrevivir.  

Porque esa es una realidad. Que se lee en los datos que expresan la situación del ingreso del colombiano y en las señoras que venden tintos en el Parque Santander, en el Centro, en chapinero, en el barrio, la esquina,  en donde pueden.

Cada persona que está en la calle, desde tempranas horas de la mañana, es un indicador. Y debería ser un dato para un gobernante, sea este alcalde, gobernador o presidente sobre su gestión. Debería ser una preocupación suprema para los que los representan en los cuerpos deliberantes y deben controlar y legislar. Y una realidad concreta a atender todos los días en las diferentes dependencias del estado, donde tienen que asistirlos.

Un informal en la calle es un ciudadano como cualquiera de nosotros. Pero es también una expresión del fracaso de las administraciones, de los modelos económicos, de los paradigmas de la sociedad.

Es por ello que, desde esta ventana digital llamo a las autoridades a la reflexión. Porque esa misma desigualdad que hace a un individuo estar en la calle, sin ningún tipo de protección, sin preparación previa y sin condiciones saludables de trabajo, buscando el sustento de su hogar, hace que él sea objeto de explotación.

Ahora que los colombianos vemos realmente una paz posible, exigimos a nuestros gobernantes una actitud de servicio. Un gobernante tiene que tomar medidas, tiene que tomar decisiones, pero del trato o del maltrato de la gente y de sus circunstancias, dependerá la gobernabilidad, esa palabra mágica que los politólogos definen como el clima para gobernar.