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Por Luis Fernando García Forero.- Los colombianos queremos un cambio. Un cambio completo y definitivo. Y no es un cambio de gobierno. Ya cada elección nos regala la oportunidad de elegir presidente, congresistas, concejales y demás representantes. 

Los que aquí nacimos queremos la Paz. Y como pueblo ya hemos mandado varias señales, pero aún parece que los temerosos del cambio no las han entendido.

Porque el ciudadano de a pié que como yo trabaja para sostener su casa y educar a sus hijos, tiene más que entendido qué riesgo significa no alcanzar la paz, porque, de una u otra manera, el conflicto más viejo y más multipolar del mundo, como dicen los politólogos, nos ha afectado a todos, sea porque nos arrancó de nuestras localidades de origen, desapareció a los nuestros o puso en riesgo nuestra vida, aparte de la inestabilidad social que produce este antagonismo en cualquier sociedad.

Como sabiamente lo expresa la historiadora Diana Uribe “los procesos de paz son decisiones históricas, los pueblos llegan a la decisión de la paz, cuando están saturados de la guerra, cuando entienden la inutilidad de la guerra, cuando deciden cambiar el proyecto de la venganza por el proyecto del futuro”.

Sin paz no tenemos futuro. No tenemos posibilidad de soñar en algo mejor. Sin paz no tenemos, en términos concretos, la probabilidad de superar las causas históricas del conflicto, porque equivocadas, obsoletas o desafiantes las razones de la insurrección aún respiran en Colombia y tienen la cara de la inequidad, del elitismo, del centralismo.

Y cuando expreso esto no significa que aplauda lo que se convirtió el hacer de esas organizaciones, que hoy también buscan un futuro para ellas y sus integrantes, en un contexto cada vez más complejo y cambiante, y donde ya no tienen espacio.

Pero si expresó que existe el temor del cambio que va a significar la paz. Porque los mismos que han controlado la política de Colombia en los últimos 100 años tendrán que aceptar la emergencia de nuevas personas y grupos, habrá que plantearse nuevas y más incluyentes formas de hacer política y de integrarse para afrontar los retos de reunificar el país, en uno solo, a la luz de los diálogos y los acuerdos.

La disponibilidad del cambio camina por los senderos biodiversos de Colombia. Ya las madres no quieren venganza, sino nietos. Los niños quieren ser youtubers, astronautas y no combatientes y los periodistas como yo quieren reportar los resultados exitosos de las leyes que favorecerán el desarrollo de una economía productiva, próspera y viable, que creen empleo y bienestar.

Yo como colombiano quiero vivir ese cambio para tener futuro. Porque no conozco nada más que la violencia del conflicto y deseo participar, desde mi espacio y mis capacidades, en ese proceso de edificación de una Colombia más equitativa, con un imaginario propio y en la diversidad de su gente.

Y si la paz que pronto viene no sirve, estamos todos para exigir que mejore, porque esa no es decisión de los políticos, sino de los colombianos. Una paz imperfecta es superior a lo que vivimos.

Ojala que esa fuerza que tienen los enemigos de la paz para propiciar la polarización, la hubiesen tenido, como servidores públicos que son, para ir a ayudar a los niños wayuus, trabajar por la inequidad visible en cada calle de Colombia, mejorar su visión de país, que es muy muy pobre y no abandonar las sesiones que les han sido encomendadas por sus electores.

Definitivamente el miedo al cambio quiere entorpecer la decisión histórica de la paz del Pueblo de Colombia, porque hará más visible los problemas y las cuestiones que padecemos y, por ende, será una denuncia concreta de lo que no hemos hecho por nuestro país.

Luis Fernando García Forero. Director- Fundador de Ecos Políticos.