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Por Felicia Saturno Hartt.- La verdadera política no la hacen aventureros. Aun cuando la pasión es un factor necesario para asumir su reto, exige otros contenidos y muchas certezas. Se requiere una percepción del orden, continuidad, plan y discurso. Y estas dimensiones no son, ni deben ser  improvisadas.

La política en América Latina ha sido un juego de ilusiones permanentes. Y estas ilusiones han contribuido, en casi todos los casos, a la construcción de hegemonías y de gobiernos de intención totalitaria. Poderosos en la forma, pero capaces de debilitar las instituciones, cuyos roles contienen la estructura de los estados y la gobernabilidad política.

Indudablemente los pueblos que han vivido regímenes autoritarios o democracias cleptócratas, de diferente cuño, han querido apostar a la pasión de la utopía. Esa impostura ante lo tradicional, ha favorecido a personajes sin ideología, sin programa o sin escrúpulos y, en muchos casos, han generado los peores resultados, sobre todo en lo referente al buen gobierno: instituciones sólidas, economías sanas y respeto a los DDHH.

Se pasa de la rebelión de la imposibilidad a la anarquía, dos extremos peligrosos y, en muchos escenarios, insuperables al corto plazo, ya que la impostura a lo tradicional se vistió, ante el vacío programático e ideológico, de la legitimidad popular de los excluidos, quienes al final, seguirán siendo aún más desplazados, de sus sueños y esperanzas, por la hegemonía y sus redes y, se tornarán, a mediano plazo, por la urgencia de las faltas cotidianas, en grupos desesperanzados.

De hecho, las tendencias a la justicia por propia mano, visible en los linchamientos, recientemente presentados en varios países de América Latina, es uno de los indicadores de ese proceso de desgaste y decadencia gubernamental y del deseo de los ciudadanos menos favorecidos, por las falsas administraciones liberadoras, de superar la impunidad de un sistema de justicia politizado y corrupto.

El ciudadano común, el de a pié, es criticado, por analistas y por los mismos políticos por su supuesta pasividad. No hay nada más falso y más cercano a la especulación. En América Latina, la discusión política es una práctica cotidiana, donde se cuelan los comentarios y críticas de seguidores, partidarios y escépticos, en espacios públicos y privados, donde el análisis tiene la precisión de un cirujano.

La gente, el ciudadano, sabe muy bien el valor de la política. Sabe que las decisiones políticas tienen doble filo. Y saben muy bien de costos y pérdidas. Porque el fracaso de las políticas estatales lo viven los ciudadanos y las comunidades, no los dirigentes.

También el ciudadano de a pié sabe muy bien que le falta a la agenda política, que negociados le quitan la posibilidad de un mejor transporte colectivo, que estrategias mantienen a tecnócratas en posiciones de dirección a pesar de salir reprobados en sus gestiones.

La gente sabe quiénes son los aventureros de la política, pero no tuvieron voz. Por ello, los totalitarios, con cargos y sin ellos, le temen tanto, hoy en día, a las redes sociales. Porque, a pesar que los periodistas hacen su trabajo bajo el sino de la muerte, el ciudadano acciona su cámara y publica la inequidad, la injusticia, la decidía y el abuso, en tiempo real a las redes y la solidaridad, automática y necesaria, lo hace tendencia.

Pero lo más aterrador, en este contexto, es la ceguera de los grupos políticos. Los que aún compran medios, los que hacen desfalcos y no buscan culpables, los que no dan cuentas claras, los que eligen posibles autoridades sin el voto directo de las militancias, los que no se sienten servidores públicos sino dueños y señores.

Por el posible impacto de la educación y la democratización de los recursos tecnológicos, América Latina está en camino de una redefinición política. La tarea pendiente es la eficacia, en todas sus dimensiones. Porque la diferencia la hace los objetivos alcanzados. No es derecha o izquierda, no es verde o alternativo, no es el centro o los indignados, es el ámbito de lo concreto, de lo que se ha carecido.

Obviamente, se preferiría que aparte de ser eficaces, hubiese la pasión de una utopía, para no olvidar que la razón debe estar de la mano de los valores, del imaginario histórico, que forjan instituciones, inspiran la existencia y preservan del abuso y la barbarie.

En sólo dos años América Latina volverá a elegir quien decidirá sus destinos, a la luz de los cambios y desafíos de las crisis globales. Se espera que la oferta sea más ganada a ser eficaces e inspiradores que cleptócratas.