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Por Jaime Enrique Durán Barrera.- Realmente Colombia está viviendo días de imborrable valor histórico. Luego de más de 50 años de terrible conflicto armado y también casi 4 años de negociaciones, el Gobierno de Juan Manuel Santos y su equipo, así como los miembros de la Farc- EP lograron materializar un acuerdo definitivo,  que permite el cese al fuego bilateral a partir de este lunes 29 de agosto a las 0 horas.

Un pacto bilateral que hará posible, sin duda alguna, edificar un país bajo otro contexto y, necesariamente, otras reglas del juego. Porque no tiene sentido no replantearse un nuevo proyecto de país, con una sociedad más incluyente, justa y más humana.

Claro está que el mayor desafío de la firma del Acuerdo de Paz es el proceso que lo sucede: el Postconflicto. ¿Qué hacer con las terribles y complejas consecuencias de un conflicto, que afectó la fibra social y humana de un país, su posición en la geopolítica mundial y en su propia concepción del mundo y de la persona?

Los estudiosos de este tema han estimado que el Postconflicto es un reto de mayor intensidad inclusive que la Guerra de Independencia y sus consecuencias.

De allí que este nuevo momento de la historia de Colombia reclame que el país se plantee cambios desde su estructura: culturales, jurídicos, sociales, socioeconómicos, geopolíticos e incluso, de imaginario colectivo, es decir, lo que quiera construir una nueva sociedad como visión del mundo.

Cambios que generen nuevos acuerdos sociales y políticos, que construyan posibilidades de aceptación, inclusión, reparación, interacción y reintegración de la diversidad, que hace a Colombia única y plural, en el escenario de las naciones de América Latina y el mundo.

Estas consideraciones implican aprender a vivir con un sentido de paz. Aprender a manejar las crisis  y, sobre todo, honrar las diferencias y someter a la fuerza del consenso las decisiones que nos tocan a todos: una esencia fundamental de la Democracia como sistema.

Un desafío concreto es el Plebiscito por la Paz. Porque es una decisión poderosa y necesaria para ratificar la posición que tenemos sobre el presente y futuro de Colombia. Hubiese sido más fácil hacer una consulta, pero se decidió exigir una posición que, en última instancia, la decide es el Pueblo.

Ese Si y ese No, tienen un peso en la historia. Por ello tenemos la obligación de llevar a todos los ciudadanos el contenido de los Acuerdos Definitivos de La Habana. Que la gente conozca la propuesta del acuerdo, sus implicaciones y la posibilidad de país donde quepamos todos.

Como Liberal, creo en la Imperio de la Ley y en el Derecho de la Gente para decidir qué país queremos, luego de este esfuerzo titánico de sentarnos en una mesa de negociación con los que habían asumido el camino de las armas y el conflicto, para buscar lo que teníamos en común y lograr un acuerdo que involucrase un cambio. Ese es el que esperamos.

Indudablemente que Colombia ha crecido con el Proceso de Paz. El impacto y el valor agregado de este proceso, se materializarán prontamente y harán del Postconflicto una etapa fecunda de cambios y consensos necesarios para un mejor país.

El domingo 2 de octubre tengo la seguridad que una inmensa mayoría de colombianos se enrutarán en el camino de la reconciliación nacional.