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Por Jaime Enrique Durán Barrera.- El proceso para la búsqueda de la Paz en Colombia ha sido un camino plegado de complicaciones. 50 años de conflicto armado ponen de manifiesto que las causas estructurales de éste aún están vigentes y no se han superado.

Por ello, la urgencia para lograr un acuerdo posible, en continuo proceso de superación y, sobre todo, negociado, para buscar salidas reales y con visión de futuro, que no sólo atiendan las consecuencias de este complicado proceso, sino creen los cimientos de una democracia fundamentada en la igualdad de oportunidades, con instituciones sólidas y descentralizadas y una sociedad civil atenta de la administración de su patrimonio.

Luego del triunfo del No en el Plebiscito de la Paz, el pasado 2 de octubre, Colombia vivió un proceso que sociopolíticamente será estudiado, por su particular complejidad. Las zonas más golpeadas por el conflicto armado asumieron militantemente el paso a la Paz duradera y una minoría no representativa del país, los superó con escasos 50 mil votos, claro está sin estimar que la gran vencedora de la consulta fue la abstención. Datos aportados por la Registraduría señalan que 8 millones de colombianos no votaron.

El resultado del Plebiscito por la Paz se unía a la perplejidad de los obtenidos del Brexit en la Gran Bretaña, la posterior victoria de Trump y la emergencia de los partidos conservadores populistas en varios países de Europa.

Pero este proceso doloroso para los que exigimos la Paz, como requisito para generar desarrollo en Colombia y mejor democracia, sirvió para convocar la reflexión, incluso de los grupos que votaron por el No, manipulados por los mecanismos propagandistas de la derecha colombiana, que no quiere que nada cambie, y de los abstencionistas, entre ellos muchos jóvenes.

Esa reflexión llevó a marchas silenciosas, protestas pacíficas y a conformar campamentos de la Paz en varias ciudades del país. Esa preocupación se hizo foro, entrevista, coloquio y discusión, tanto en las plazas públicas, como en los medios de comunicación y las redes sociales.

Asimismo, el resultado contó con el talante democrático, de aceptación y escucha del Presidente y de los Equipos Negociadores del Gobierno y de la Farc- EP, para interpretar las críticas y sugerencias que generarían el nuevo acuerdo, donde la voluntad de conseguir la Paz era el único objetivo.

Más de cuarenta días se invirtieron en este proceso. Y la presión de la sociedad civil, los medios de comunicación, las redes sociales y la comunidad internacional, junto al gobierno y los grupos políticos, aceleró el nacimiento de un nuevo acuerdo, a pesar de las maniobras dilatorias de los personeros del No, los que no asumen la Paz como propósito, sino como estandarte para las próximas elecciones.

Había llegado a Colombia la hora de la Paz y no se podía esperar, porque un acuerdo, aun no siendo perfecto, implica desmovilizar un cuerpo armado, que quedó a la expectativa, por los resultados adversos del plebiscito y no sólo era una amenaza a la seguridad en términos estratégicos, sino un complejo dilema, ya que implica el cambio de un paradigma de vida en esos combatientes.

La Paz de Colombia tiene que edificarse ya. No se puede esperar más, porque el postconflicto es un proceso de reconstrucción del tejido social colombiano, que no debe ser lento como el futuro posible.

Debemos desde Congreso de la República, como voz legítima y consensuada de los pueblos y las regiones de toda Colombia, refrendar el nuevo Acuerdo de Paz para lograr luego su instrumentación en la estructura jurídica del Estado Colombiano, porque el verdadero desafío es enterrar las condiciones que generaron el conflicto armado más viejo de la historia reciente.