Por Mauricio Cabrera Galvis.- La agudización de la crisis política en Venezuela, con el fallido intento de cercenar la democracia eliminando los poderes del Congreso, ha relegado a segundo plano el análisis y el debate sobre la profunda crisis económica de nuestro vecino. Se olvida que uno de los combustibles de la crisis política es el deterioro de la economía y que no es posible la solución de la primera sin resolver la segunda.
El problema es que ni gobierno ni oposición han presentado un plan económico creíble para solucionar los desequilibrios macroeconómicos y reactivar la economía. No porque ignoren lo que se debe hacer, sino porque saben del costo político que tendría el solo anunciarlo.
El socialismo del siglo XXI logró resultados importantes en materia de bienestar social financiados con los altos precios del petróleo, lo que le permitió tener altos niveles de apoyo popular. Cuando cayeron los precios, y además mermó la producción de PDVSA, se cayó la estantería y no solo se hizo imposible sostener el modelo sino que se quebró el país.
En la primera década de este siglo Venezuela alcanzó los mayores niveles de crecimiento de América Latina, pero desde 2014 el PIB viene en retroceso con una caída acumulada superior al 16%; al mismo tiempo los precios se dispararon llegando a una hiperinflación superior al 600% anual, y el déficit fiscal llegó a ser el 16% del PIB el año pasado.
La causa próxima del desbarajuste ha sido la reducción de los ingresos petroleros: mientras que en 2012 las exportaciones venezolanas se acercaban a los 100.000 millones de dólares, en 2016 cayeron a menos de la tercera parte. Así, las importaciones se desplomaron a solo 20.000 millones de dólares frente a un máximo de 66.000 millones cuatro años antes. A pesar del ajuste comercial el déficit de la balanza de pagos se ha incrementado por la ausencia de inversión extranjera y la fuga de capitales.
En un país con altísima dependencia de bienes importados, tal caída de las importaciones ha significado un gran desabastecimiento de bienes de consumo, aún los de primera necesidad, lo que junto con el acaparamiento y el auge del mercado negro explica tanto la hiperinflación como la pérdida de apoyo popular del gobierno.