Por Felicia Saturno Hartt.- El 2018 es un año clave para muchos países de América Latina, en un contexto signado por la corrupción, la tendencias autoritarias y una creciente desigualdad y exclusión.
Las diferentes crisis financieras han generado una realidad oculta. Puede crecer el PIB, las cifras de consumo e incluso industrias tan exigentes como el turismo, pero existen unas cifras disimuladas en los documentos que hablan de recuperación.
La pobreza, la desigualdad y la exclusión caminan por la calle, van al mercado, alejan a los niños y adolescentes de los centros educativos y al pensionado de la atención pagada a los sistemas de salud, entre otras muchas evidencias.
La realidad de la pobreza y de sus generadoras, la desigualdad y la exclusión, es visible, porque ya no son pobres solo los de escasos recursos, sino aquellos que han visto menguado sus ingresos por la crisis financiera, los que han perdido sus empleos y aquellos (o todos) los que sus entradas económicas no pueden equipararse a las reformas tributarias.
Para muchos políticos de oficio o de beneficio, el tema de la pobreza es complicado. Indudablemente lo es. Sobre todo porque la gente ya no cree en el voto. Las continuas imágenes del peculado, la corrupción, el tráfico de influencias y las decisiones políticas tomadas o no, hacen más escéptico al elector promedio.
La pobreza es, definitivamente, en la Agenda Política de América Latina, un desafío en la defensa de los DD.HH. Es una cuestión de estado, el académico y exacto término político de O´Donnell, quieran o no, porque ya no es maquillable, ya no es ocultable y mucho menos aprovechable en términos estadísticos.
La pobreza tiene mil caras y los políticos que quieran asumir cargos dirigentes, directivos y de representación tienen, por ética y por estrategia, no sólo que contratar a los que les pulen la imagen, sino aquellos profesionales que afinen sus propuestas a la realidad de los espacios humanos donde les toca vivir y gobernar.
Tan auditable como un programa financiero, es un programa de inclusión social, o educativo o de pensiones. Queda ir más allá de la oferta imposible al abordaje de la realidad cotidiana de la gente.