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Por Rodrigo Zalabata Vega.-La necesidad de un diálogo entre los candidatos de la llamada ala de centro-izquierda no nace del interés electoral de sumar los suficientes votos para ganar la presidencia. Si ello fuera así, una vez hechos al poder, las divergencias de políticas en un mismo gobierno, como las apetencias burocráticas en las cuales sentirse cada uno representado, dinamitarían muy pronto la fortaleza de la gobernabilidad. 

No, la necesidad de un diálogo entre los tres candidatos que representan, precisamente, las divergentes posiciones tradicionales en que se ubica la política moderna; derecha (De La Calle), centro (Fajardo) e izquierda (Petro); surge de intentar caracterizar un acuerdo político que aleje las visiones equívocas que se ciernen sobre ellos de manera individual, pero que unidos harían un cuerpo programático real, cuyas ideas incluyentes superarían lo ideológico y doctrinal que desmembra toda identidad humana, y espantaría los fantasmas irreales que sus contradictores del ala de centro–derecha les han creado en el espectro mediático. 

El acuerdo cierto al que se llegara, firmado en el programa elaborado, notariado por la fe de la opinión pública, cuya legitimidad implicaría su misma inviolabilidad, sepultaría las absurdas ideas de, un agazapado De La Calle candidato de las FARC, un Fajardo mensajero del Sindicato Antioqueño, y un Petro que cambiaría la Constitución que su mismo M–19 prohijó, por una fotocopia bolivariana que lo haría el dictador colombiano del llamado castro–chavismo. 

Las virtudes políticas de este acuerdo, grabado en un programa de gobierno, serían mayúsculas, siendo las más importantes las siguientes:

 

1)  Garantizaría a la opinión nacional el alcance y límite del gobierno a llevar a cabo. Alcance de las reformas estructurales que saquen al país del estancamiento inveterado de su desarrollo, sin que se afecten los pilares que sostienen nuestra organización institucional; verbigracia, derechos adquiridos, propiedad privada, democracia, libertades públicas en general. Y límite constitucional que el electo gobierno adquiere el compromiso político de no reformar.

 

2)  Aunque resalte una contradicción de la teoría política, narraría al elector la carta de navegación de una asamblea constituyente que se convoque para acometer esas reformas estructurales determinadas, a través de este mecanismo suprainstitucional.

 

3)  Levantaría las fronteras ideológicas, entre derecha e izquierda, capitalismo y socialismo (comunismo), para fijar un límite real entre la vieja y nueva política. Un verdadero punto de inflexión de una vieja vida institucional de 200 años, cuya rutina política se organiza en matrimonios electorales para alimentar un sistema clientelista de intereses particulares, cuya mejor intención de gobierno es mantener la corrupción en sus justas proporciones, y sus propuestas de cambio se reducen a bajar o subir unos cuantos puntos de la carga tributaria, o aumentar y mejorar el empleo de la clase trabajadora, en un esquema inequitativo avasallante. Frente a una nueva propuesta que democratice los medios de producción y el acceso a la propiedad, a la vez brinde a cargo del Estado la prestación a los nacionales de los servicios públicos esenciales que el papel de la constitución les garantiza. 

Negarle al país ese diálogo, o ese diálogo interlocutado por ellos, bajo la idea de que estarse en el centro es la manera de no hacer parte de alguno de los extremos en que se polariza el país, es el lugar más extremo. Superada la guerra, la gran batalla política que podría reemplazarla es la confrontación civilizada de ideas definida en un certamen electoral. El grado de polarización es inversamente proporcional al diálogo que se permita el país, para que se caractericen las propuestas que se contraponen. Del mismo diálogo es donde surge el respeto a escuchar al otro, que hasta hace poco la amenaza de las armas no lo permitía. 

Es ahora el país el que se nos muere, bajo el capoteo de sus problemas por la política parapetada de engaños. Pretender mirar los toros desde la barrera significa ser cómplice de la muerte del toro.

RODRIGO ZALABATA VEGA

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