Por Jairo Gómez.-Como van las cosas, dos imágenes podrían irrumpir en la retina de los colombianos el próximo 7 de agosto. Primera escena: Álvaro Uribe, como presidente del Congreso, poniéndole la banda presidencial a Iván Duque, como nuevo jefe de Estado. O segunda escena: el mismo Uribe, enchufándole el tricolor nacional a Gustavo Petro, nuevo mandatario.
Como todo en política es cambiante, cualquiera de las dos imágenes podría hacerse realidad. Fíjese usted, ya decantadas las dos consultas con el pasar de los días los colombianos empiezan a mirar con detenimiento qué futuro presidencial escoger y ya se comienzan a dar puntadas, en la más reciente encuesta la diferencia entre los dos candidatos ya no es tan abismal, se redujo.
Esta última medición arroja una conclusión: habrá segunda vuelta. Y reafirma otra: las opciones de Fajardo, De la Calle y Vargas Lleras se desdibujan amén de las demás propuestas, legítimas todas ellas, que poco o nada incidirán.
Entonces, qué se nos viene en estos dos meses de campaña. Por los lados del uribismo, es tal el grado de triunfalismo de algunos de sus más connotados exponentes, que vaticinan un triunfo en mayo. Según estos mismos próceres, el apoyo de la siempre clase política al Centro Democrático, representada en los parlamentarios con asiento asegurado, hay que darlo por descontado y están seguros que el mensaje a sus lectores será el “voten por Duque”. No estoy siendo ingenuo en el comentario, lo refiero porque lo escuché en el Congreso en medio de vítores y chamuscados.
Sin titubear doy constancia de lo que observé en los afamados políticos del Centro Democrático: sed de venganza, soberbia y simulaciones de valor como: “Llegaremos a ponerle orden a la casa”. A Santos no le perdonarán y reconocerán una; y, por supuesto, la paz negociada va camino a la trituradora.
Con el repunte de Duque, el expresidente Uribe sabe que hay un estado de ánimo explosivo a favor de su candidato y tratará, como buen animal político, de imprimirle a su campaña rudeza y estrépito, para conciliar la dócil imagen de buen hombre y confiable de su pupilo, con la de un líder decidido y duro. No logrará, eso sí, blindarlo contra los serios cuestionamientos que le harán a su campaña por el apoyo de un personaje dogmático y asociado a muchos líos judiciales.
Por los lados de Petro, son muchos los peros, pero también las ganancias. Le tocó al exalcalde echarse al hombro la responsabilidad de la izquierda, con la certeza de que el país optó por la disputa entre dos extremos; el centro se desvaneció.
No la tiene fácil, tratar de unir la izquierda en Colombia que, desde décadas atrás, está en átomos volando. Pero es claro que no son los dirigentes de esa colcha de retazos ideológica la que va a elegir a Petro, son las bases, los votos de opinión y la multitud de jóvenes que hoy expresan hartazgo con una codicia generalizada que comparten la élite empresarial y la clase política tradicional del país.
Nada está perdido para Petro y su tarea será la de desvirtuar el miedo, arma predilecta de los uribistas y hacer énfasis en combatir la pobreza, la desigualdad y mejorar la sanidad. Ya el candidato del CD mostró los dientes y plantea una reforma a la justicia polémica que dará mucho de qué hablar, un asunto del cual, el exalcalde, puede tirar de la pita, pues el objetivo de la reforma parece tener nombre propio.
Semana de reflexión (política) para los dos candidatos más finos en las encuestas.
@jairotevi