El expresidente Álvaro Uribe, en política, les da sopa y seco a sus contradictores ideológicos. Es más, los revela como unos aprendices, incluidos los desprogramados exmandatarios que se comportan como perejil de toda boda.
A Uribe le pueden anteponer todos los epítetos imaginables: manzanillo, corrupto, utilitarista, fascista, paramilitar etc. etc., pero su sagacidad y audacia lo promocionan como el hombre más importante de la política de Colombia en los últimos 40 años. Cargar con el peso de sus amistades peligrosas, con sus cuestionadas acciones como gobernador de Antioquia de las cuales aún no da explicaciones, con los excesos de poder, los falsos positivos, y ahora un llamado a indagatoria hacen del senador un político sin escrúpulos, cuya ideología es el poder.
Primero se hizo elegir presidente, después cambió la Constitución para reelegirse, posteriormente puso en la silla de Bolívar a Juan Manuel Santos, de quien dice, lo traicionó (y lo creo); sin partido casi derrota al premio nobel; y, finalmente, arropó, protegió e hizo a imagen y semejanza a Iván Duque, y hoy lo tiene como presidente de los colombianos.
Ese es Uribe, duélale a quien le duela. Le apostó a construir poder desde el poder cuando asumió la presidencia en 2002 y lo hizo. Sin miramientos y ética posible, hace política. Esos esquemas le funcionan porque hizo la lectura correcta: todos son sus aliados y con él no hay polígrafo que valga. “Voten antes de que los cojan presos”, dijo una vez. Uribe no tiene aliados, compra conciencias. Esa ha sido su estrategia acompañada de su incansable trabajo y un halo imperturbable de santo apóstol que logra ocultar su maldad en política y sus relaciones no santas.
Claro, hacer política tiene sus límites y no todo vale. Pero eso, al exmandatario no lo perturba. En su prodigiosa memoria no hay espacio para el olvido; en sus códigos no hay lugar para los débiles, por eso mueve muy bien sus alfiles: dos de sus incondicionales pupilos ostentan la presidencia de dos de las tres ramas del Poder Público: el Ejecutivo y el Legislativo. Contra el Judicial tiene montada su propia batalla y no descansará hasta ganarla, si se lo permiten.
En efecto, Santos lo traicionó y Uribe le aceptó el reto; desde el asfalto y su denodado trabajo –porque vive y amanece para la política- le montó un partido político, el Centro Democrático (CD). Los últimos cuatro años fueron insufribles para Santos, no los pasó nada bien. El recargado senador, con una bancada numerosa, casi le hace añicos el acuerdo de paz tras derrotarlo en el plebiscito. Las mismas argucias que se le critican a Uribe las utilizó Santos para recuperar de las cenizas su único legado: haber desarmado y desmovilizado la guerrilla más antigua del continente americano.
Hay Uribe para rato, sin duda. Como buen caudillo maneja a su antojo el CD y todos, representantes y senadores, le hacen caso. No se escribe una línea sin su consentimiento, no deja cabo suelto.
El expresidente ha hecho de la política una estrategia para blindarse de la justicia, la única rama del poder que no controla. ¿Le alcanzará para evadir los serios cuestionamientos que existen en su contra? ¿Qué cree usted?
Bogotá, D. C 15 de agosto de 2018.
@jairotevi