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Jairo Gómez
Jairo Gómez

Al ver y escuchar a Donald Trump en la Asamblea General de Naciones Unidas no quedaba claro si el que estaba hablando era el presidente de Estados Unidos o el dueño de una marca que cobró 50 millones de dólares o más por ceder su franquicia a un complejo hotelero en Ciudad de Panamá que lleva el nombre de Torre Trump, según contó 'The Washington Post', sin invertir un dólar.

Más allá de ser un exitoso empresario y constructor, detrás de la marca Trump hay toda una oferta de productos como colonias, agua, gafas, colchones y hasta una Universidad llamada Trump, y ni hablar de hoteles y lujosos jets que engloban la multimillonaria fortuna del hombre más poderoso de la tierra. El objetivo de Trump, dice la periodista Naomi Klein, en su libro Decir no, no basta, “era convertirse en una marca hueca: ser propietario de poco, ponerle su marca a todo”.

Klein, también activista ambiental, dice en su texto que “no es posible desligar a Trump, el hombre, de Trump, la marca; son dos entidades que hace mucho que se fusionaron. Cada vez que pone el pie en una de sus propiedades -un club de golf, un hotel, un club de playa- con el equipo de corresponsales de la Casa Blanca a remolque, está haciendo aumentar el valor de su marca, lo que permite a su empresa vender más carnets de socio, alquilar más habitaciones y subir las tarifas”.

Por eso Trump hace lo que se le da la gana; no solo hizo alterar la agenda de la ONU, sino que colapsó la Quinta Avenida en Nueva York al trasladar el cuartel general de la Casa Blanca a la Torre Trump, retando al alcalde de la ciudad que es del partido demócrata y al Estado profundo que no lo apoya y, por supuesto, al resto del mundo. Puede parecer trivial lo que digo, pero ese es el presidente del país más poderoso del mundo: no hace concesiones con nadie y tampoco esfuerzo alguno para matizarlo.

Por ello cuando Trump comenzó su discurso en la ONU, con 30 minutos de retraso, dijo: “En menos de dos años mi administración ha logrado más que cualquier otro gobierno en la historia de nuestro país Estados Unidos, eso es muy cierto” y, por supuesto, tal afirmación provocó de inmediato risas en el auditorio de la magna asamblea y él, dueño de la marca Trump, supo sortear la situación, pero no disipar el caos que su administración ha ocasionado en el orden internacional con sus decisiones.

Así como ha gobernado su marca, así gobierna su país y el mundo. Muchos observadores internacionales critican las decisiones del hombre más poderoso del planeta y se preguntan constantemente qué busca Trump rompiendo el consenso global, pero además desafiando al mundo neoliberal debilitando su arma más poderosa: la globalización. Y, como si fuera poco, hoy le abre la puerta a una guerra comercial con China que afectará gravemente las economías emergentes y países más débiles, como el nuestro.

Si a esto le sumamos las decisiones de liquidar el acuerdo nuclear con Irán, el traslado de la embajada de Estados Unidos de Israel a Jerusalén, eliminar el fondo para Palestina, anular la participación de Washington en la Unesco y el consejo de Derechos Humanos, reducir la contribución económica a las fuerza de mantenimiento de la paz y haber liquidado el acuerdo climático de París, solo podemos concluir que nada bueno nos espera en los próximos dos largos años que aún le restan a la marca Trump.

Ese es el presidente de Estados Unidos: no tiene aliados, tiene intereses y nosotros, a través del novel presidente Duque, nos rendimos a los pies de la marca Trump con el pretexto de una eventual guerra con Venezuela y abrirle de par en par las puertas a la fumigación con glifosato. Cómo confiar en un egocéntrico hombre que en campaña se le escapó la siguiente perla: “Confíen en mí porque yo he burlado al sistema”.

Bogotá, D. C, 2 de octubre de 2010

*Periodista

@jairotevi