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Jairo Gómez
Jairo Gómez

Por Jairo Gómez *.- El presidente Iván Duque, igual que su mentor Uribe, vive su propia encrucijada en el alma que se evidencia en el doble discurso que pregona frente a temas trascendentales para el futuro de los colombianos como el acuerdo de paz y las leyes y reformas que se propone implementar.

Su discurso es ambiguo y su mensaje no es coherente.

Hablemos de la paz: por fuera, como ocurrió recientemente en París, dice que honrará el acuerdo suscrito entre el Estado y las Farc y adentro, en su país, insiste en que le hará modificaciones a lo pactado en La Habana.

Sus devaneos políticos le son adversos y la estrategia no funciona. Cometió el craso error de agotar la instancia de los rectores como mediadores ante los estudiantes y los invitó a palacio a firmar un acuerdo económico para las universidades públicas sin resolver el problema de fondo: su desfinanciación. Hoy los estudiantes solo admiten hablar cara a cara con el presidente y sin intermediarios en busca de un compromiso serio, sin dilaciones y mentiras para, a cambio, abandonar la calle.

Por los lados de la Ley de Financiamiento -reforma tributaria-, sí o sí el gobierno busca aprobarla, la pregunta es, ¿cómo? Ad portas de unas elecciones regionales, es muy probable que los congresistas, incluidos los de su mismo partido, no le apuesten a gravar una canasta familiar que tendrá efectos negativos para sus intereses electorales a no ser de que aparezca la milagrosa cuota navideña (mermelada decembrina).

No ha logrado el gobierno construir mayorías y el liderazgo de Uribe no le alcanzó. La más clara derrota política para la ministra del Interior y el CD se la propinaron el miércoles pasado: al verse superados con la aprobación de la 16 curules para las víctimas sacrificaron la reforma de la JEP, punto de honor para sus aspiraciones de neutralizar la verdad en esa justicia transicional. Desmantelaron el quorum y obligaron a levantar la sesión. Un comportamiento miope y egoísta que abonó en contra de Duque y el CD el rechazo de más de siete millones de víctimas del conflicto interno armado a quienes les negaron sus curules en el Congreso.

El balance parlamentario es caótico y los hechos anteriores descubren a un presidente acorralado: no solo sus ministros hacen agua en los pasillos del Congreso, de contera; Uribe, en la sombra del poder, ya le notificó que a lo pactado entre Santos y las Farc “hay que hacerle unas reformitas”.

Las más recientes encuestas no dan cabida a una interpretación distinta: en un creciente ambiente de indignación social y desconcierto Duque, en los primeros cien días de su gobierno, apenas logra el 27 por ciento de aprobación a su gestión.

¿Quién realmente orienta el poder en este país? ¿Tiene el presidente Duque el temple para imponer una agenda que represente un objetivo común? ¿Seguirá el ancestral camino de los gobernantes colombianos de permitir que las élites sigan amasando poder en beneficio propio? ¿Oirá a los estudiantes que hoy son el relato del descontento social que agobia a los colombianos? Son interrogantes sin respuesta en un gobierno que apenas despunta y al cual ya, desde su propio partido, algunos parlamentarios le reclaman un ajuste en sus propósitos de gobierno (nuevas caras ministeriales).

Dije en una columna anterior que Duque no tendría luna de miel en sus primeros cien días de gobierno y las encuestas lo corroboran; ahora, tratar de encausar su propuesta en un ambiente político envenenado por las turbias actuaciones del fiscal en el caso de Odebrehct y el Grupo Aval, más la desconfianza en unas instituciones desgastadas, repetitivas y sin caras nuevas, no creo que le sea tan fácil. Esto es más de lo mismo. Un tuit que leí lo resume todo: “Tan bueno llamarse Antonio José Ardila, no tienes que tener experiencia diplomática simplemente llevar el apellido de uno de los hombres más ricos de este país para ser embajador en Londres”.

Bogotá, D. C, 20 de noviembre de 2018

Periodista y Analista Político.

@jairotevi