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Raúl D. García S
Raúl D. García S

Por Raúl D. García S*.-Por segunda vez en mi vida, me ha tocado vivir fuera mi querido País y es inevitable para una mente inquieta, preguntarse y comparar desde lo más complejo hasta las cosas en apariencia más simples, como el agua potable o los intereses de las personas en cada región que he visitado. 

En esta oportunidad he viajado a España movido por motivos muy personales, sumados al gran desmantelamiento del que está siendo víctima nuestra Venezuela y por consiguiente el incalculable robo del que somos sujeto cada uno de los venezolanos. Lo que ha generado una cotidianidad invivible y desgastante para todos. Costándonos nuestra calma, estabilidad mental, bienes, unión familiar, la vida, entre tantas cosas. Que no son mediáticas pero que están allí y suceden todos los días a muchos de nosotros. 

Lo primero que impacta al llegar a un país como España desarrollado es la sensación de orden, que las cosas cumplen el objeto la misión para lo que fueron hechas. No sólo elementos como las calles, los tramos peatonales, los postes, los drenajes sino las leyes, se observa que los ciudadanos propios y ajenos tienen cuidado de no transgredirlas es algo que está siempre presente, una barrera invisible, omnipresente. 

Estos elementos ya no se perciben en Venezuela, esa barrera no existe desde hace ya un tiempo, otro aspecto muy notable es la naturaleza de los muebles y objetos que edifican una ciudad, en Venezuela predomina lo desechable lo perecedero en corto plazo, las edificaciones, calles, plazas, alumbrado, construidas con caducidad planeada o durabilidad limitada, materiales poco duraderos. Mientras en España Observo que todo está construido para durar, las calles (asfaltados) soportan las constantes lluvias, los cambios de climas durante las estaciones, los pasamanos son de acero inoxidable, las señalizaciones, los faroles, hay drenajes coherentes. 

En general pareciera que unos construyeran lo que aman, una ciudad para vivir y los otros simplemente construyen para comisionar sin importarles que resulta y cuánto dura. Esta gran diferencia nos lleva a reflexionar, caemos en lo humano, observamos que los “líderes” políticos revolucionarios o de oposición, en su mayoría los más poderosos tienen a sus hijos fuera de Venezuela, buscan una vida de calidad que ellos no están construyendo en nuestro país. Allí radica el cáncer que padece nuestra hermosa Venezuela: Necesitamos políticos, gerentes, que les importe que deseen criar y educar a sus hijos en este país. Por ley debería exigirse a los ocupantes de cargos públicos la obligatoriedad de vivir en la región a la que le deben su cargo. 

*Periodista Independiente 

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