Por Clara López Obregón*.- Los resultados del fundamentalismo de mercado presentado como la panacea para todos los males están a la vista. En varios países las gentes marchan contra la desigualdad y la falta de representación, elevan su voz frente a la creciente concentración de la riqueza y del poder político y reclaman acción eficaz frente a la emergencia climática generada por el desmedido afán de lucro que se impone sobre la ética y la racionalidad científica.
El mismo año que se derrumbó el socialismo real, el economista John Williamson acuñó, con el apelativo de Consenso de Washington, al cuerpo de políticas económicas convenidas por los economistas del Banco Mundial, el FMI y el Tesoro de los Estados Unidos. Coincidentes con las sucesivas crisis de la deuda externa, los distintos gobiernos debieron aplicar la receta de privatizaciones, austeridad, rebaja de impuestos, apertura comercial, desregulación y flexibilización, léase reducción de garantías laborales y sindicales, para acceder al financiamiento ofrecido para solventar sus balanzas de pagos.
En reemplazo del Estado de bienestar se adoptó el credo del mercado que implicaba el debilitamiento del Estado y el establecimiento de la racionalidad maximizadora del homo economicus como única medida del ciudadano. Se impuso en la disciplina de la economía, según Angus Deaton, la Escuela de Chicago sobre la Escuela de Cambridge (Inglaterra) que aboga por criterios distributivos y la moral en la economía. En Colombia se vivió la versión criolla de esa ideologización del mercado cuando un grupo de ciudadanos, entre ellos el ministro de Hacienda, dirigió una carta a la Universidad de los Andes en la que cuestionó la enseñanza impartida en la Facultad de Economía porque no había abrazado el nuevo credo. El resultado fue una facultad que abrazó la fórmula incuestionable del neoliberalismo y desde ahí la irradió a todos los gobiernos.
Pues bien. A comienzos de enero, la Asociación Estadounidense de Economía, AEA, por su sigla en inglés, mostró una nueva actitud. En respuesta a una encuesta realizada el año anterior entre sus 45.000 miembros sobre el clima de la profesión, más del 80% de las mujeres y el 60% de los hombres encuestados se mostraron de acuerdo en que “la economía sería una disciplina más vibrante si fuera más incluyente.”
Según el profesor del Harvard Kennedy School, Dani Rodrik, en la asamblea de este año se percibió un sabor inconfundiblemente diferente. Hubo más de una docena de sesiones centradas en el género y la diversidad, así como dos paneles que atrajeron especial atención: uno titulado “Economía para una Prosperidad Incluyente” y el que debatió el nuevo libro de Anne Case y Angus Deaton, “Las muertes de la desesperanza.” En palabras de Rodrik, las investigaciones contenidas en este último “muestran cómo un conjunto particular de ideas económicas que privilegian el ‘mercado libre’, junto con una obsesión con indicadores materiales como la productividad agregada y el PIB, han alimentado una epidemia de suicidio, sobredosis de drogas y alcoholismo en la clase trabajadora de los Estados Unidos. El capitalismo ya no está dando resultados, y la economía ha servido, al menos, de cómplice.”
Ha llegado el momento de establecer, como dijo Joseph Stiglitz en el Hay Festival de Cartagena, un nuevo contrato social para hacerle frente a la desigualdad y a la emergencia climática. Para ello, no se debe prescindir del pensamiento económico, sino que este debe dialogar con las otras disciplinas para formular salidas que reflejen las realidades del mundo y no los modelos idealizados con supuestos adaptados para hacerlos funcionar en el papel. La disciplina debe salirse del cajón que la ha llevado a la defensa de los privilegios y al debilitamiento de los poderes que defienden a la gente del común como los sindicatos y las regulaciones financieras, laborales y del consumidor, entre otras. Bienvenido el mea culpa de los economistas de Estados Unidos. Esperamos su pronto arribo a Colombia.
Bogotá, D, C, 5 de febrero de 2020
*Exalcaldesa de Bogotá y Exministra de Trabajo