Por Farid Escobar Pinedo*.- La muerte de cualquier ser humano me disminuye, afirmó John Donne, poeta inglés del Siglo XVI. En verdad nos debe disminuir si se tiene en cuenta que somos parte de un solo engranaje al que llamamos sociedad; todos cumplimos un rol, una tarea qué articulada, refleja la dinámica de la compleja máquina de la vida colectiva.
El 16 de marzo de 2020, una noticia originada en Cartagena debió disminuirnos profundamente: Arnold de Jesús Ricardo Iregui, fue contado como la primera víctima fatal del nuevo Coronavirus SARS-COV-2 (COVID-19). El despliegue informativo del fallecimiento del humilde taxista fue bastante amplio en los días siguientes, sin saber que entre el 15 y 26 de febrero, otras dos personas habían sucumbido ante el letal “francotirador” invisible.
Al momento de escribir esta columna, los informes oficiales dan fe de 7.000 personas muertas a causa de las complicaciones de salud que produce La Covid -19. Es decir, cada día mueren en Colombia, en promedio, 58,3 contagiados; cada 25 minutos un compatriota nuestro deja de respirar y emprende el camino del no retorno; lo peor es que el número de decesos aumentará en los próximos días, según advierten los expertos.
Para atender esta aterradora cifra de muertes diarias, el Ministerio de Salud, mediante las ORIENTACIONES PARA EL MANEJO, TRASLADO Y DISPOSICIÓN FINAL DE CADÁVERES POR SARS-COV-2 (COVID-19) – VERSIÓN 05., ha dispuesto un protocolo estricto sobre los cadáveres – Covid o Sospechosos del virus. Bajo este rigor, los fallecidos deben ser trasladados en el menor tiempo posible a un crematorio o a un cementerio, para su inmediata sepultura, evitando “la realización de rituales fúnebres que conlleven reuniones o aglomeraciones de personas”; mujeres, hombres y niños sin dolientes presentes, sin quien de manera próxima les de el último adíos. Muertos silentes que le gritan a los vivos la importancia y urgencia de cuidarnos, de cumplir con las medidas sanitarias y de bioseguridad.
La otra cara de la moneda la representan los deudos, los familiares o amigos impotentes a los que no se les permite ver los cuerpos de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos, de sus esposas, de la persona que gozaba de su afecto. El asunto no es nada fácil; la representación sociocultural y psicológica del Duelo en nuestro país tiene una marcada connotación. Despedir a nuestros muertos es sagrado, es imperante y si se quiere, parte de la sanación emocional que necesita quien ha perdido un ser querido. Cambiar en 120 días las costumbres y ritos mortuorios que se practican hace cientos de años, produce un impacto psicosocial de gran consideración.
La situación enmascara un problema complejo y preocupante; la falta de solidaridad, de sensibilidad, de sentirnos disminuidos por la muerte de un ser humano ha tenido como respuesta la representación del estado “vivo” de quien ha dejado de existir; el entorno inmediato del difunto, no quiere que sea parte de una estadística fría, así no tenga conexión con la epidemia; no quiere que se “vaya” sin honores y por tal motivo es despedido con Champeta y licor, como en Codazzy – Cesar; con parranda y acordeón, como en Distracción – La Guajira o “marcando” un gol, como en Tunja. A esta tragedia que aflige a muchos colombianos, el Gobierno de Duque responde con días sin IVA, que muestran manadas de compulsivos compradores que posiblemente reafirmarán en corto tiempo EL GRITO SILENTE DE LOS MUERTOS – COVID.
Bogotá, D. C, 21 de julio de 2020
*Abogado y Periodista.