Decía Jenofonte, cronista de la guerra del Peloponeso y alumno del gran Sócrates, que sin concordia no podía existir ni un Estado bien gobernado, ni una casa bien administrada. Razón tenía el griego, y mucho sentido común también, ese tan ausente en Duque y su gobierno, que no solo no desea la concordia, ni tiene la voluntad para buscarla, sino que es incapaz de lograrla, aunque se lo propusiera… A más de perverso y cómplice, es inepto e inoperante: Nos deja morir.
Por: Felipe Tarquino Sánchez*.- Este país no alcanza a reponerse de una masacre, cuando al día siguiente ocurre otra. A corte del 22 de Agosto, la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos había documentado 33 masacres en este 2020 (para Idepaz van 44, para la policía 12), pero a fecha de hoy, 24 de agosto, día en que escribo esto, ya van cinco más documentadas. Para cuando salga esta columna, lo más probable es que desde el suroccidente del país, los Montes de María, o en Norte de Santander, otra comunidad denuncie un nuevo acto de sevicia y crueldad.
La violencia regresó y de la peor manera, desbordada, fragmentada y sádica, con desplazamientos masivos, asesinatos selectivos, mutilaciones y degollamientos. Ahora sin las FARC, hay decenas de grupos armados ilegales que quieren ocupar estos vacíos de poder dejados por la guerrilla: Los Caparros, antes Caparrapos (los mismos de Cuco Vanoy), conformado por disidentes del Clan del Golfo y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, grupos que siguen operando; los Paisas; el ELN; los grupos residuales de las FARC (no disidencias, pues más del 80% de sus miembros son nuevos y operan distinto); y así otra decena de grupos más, financiados, entre otros, por carteles mexicanos. Entre ellos se tienen repartida buena parte del país.
Sin embargo, la violencia no es la misma; estos grupos han degradado el conflicto y se han ensañado con los territorios rurales dispersos, los campesinos, los líderes sociales y las comunidades étnicas. Antes, imagínense el abandono estatal tan enorme, las comunidades podían establecer mecanismos de protección para desescalar la violencia, y hasta lograr pactos de convivencia con los comandantes de las FARC. Ahora ni pa’ eso, pues en regiones como el Cauca y Nariño, hay tres, cinco o más grupos criminales que se disputan el territorio (sin contar las bandas independientes que se abren camino a punta de bala).
La gente no sabe con quién hablar para poder sobrevivir. Y cuando llega la Fuerza Pública, por fin, los acusan de guerrilleros, como para variar. De manera que no podemos estar en un peor escenario; las comunidades son objetivos militares, viven asfixiadas por la presión de estos grupos degradados, no tienen oportunidades y ni mucho menos garantizados sus derechos sociales, económicos y culturales.
Así mismo, las motivaciones de estos grupos armados están lejos de ser políticas, detrás de ellos no existe una rebeldía hacia el gobierno, tampoco un proyecto político, pues su pretensión no es tomarse el Estado, eso poco o nada les interesa. Son estructuras mafiosas con una lógica narcoparamilitar, más ligadas a dinámicas de la criminalidad común, con matones que trabajan para el mejor postor, mercenarios, y eso es lo grave.
Pero el gobierno dice que eso es normal, que qué nos sorprende si siempre ha pasado, que más bien aprendamos a hablar y digamos “homicidios colectivos” porque “masacres no son” (para evadir responsabilidades y restarle importancia al tema, claro). Además, desde Arauca, ya Carlos Holmes ha anunciado la creación de la “Unidad Especial de Identificación, Ubicación y Judicialización de Perpetradores de Homicidios Colectivos” ¡Hombre!... No haberlo creado antes… Con la entrada de estos power rangers en acción, será el fin de los más de 50 grupos armados ilegales; esperemos que identifiquen bien el enemigo (no vaya ser que empiecen, de nuevo, a perfilar a periodistas y políticos de la otra orilla).
Y digo que es un gobierno perverso y cómplice porque comparte muchos intereses soterrados con estos nuevos actores armados. La restitución de tierras, por ejemplo, es uno de esos puntos esenciales del acuerdo de paz, que reivindican los líderes sociales para sus comunidades y al que se han opuesto férrea y sistemáticamente el partido de Gobierno y los grupos armados ilegales, quienes los asesinan y desplazan. Hoy, son más de mil los líderes sociales asesinados.
Y por si fuera poco, Global Witness, ONG británica, ha revelado en su informe que Colombia es el país más mortífero para los líderes ambientales; si no fuera por ellos, dicho sea de paso, en el Magdalena Medio, por ejemplo, el fracking ya se habría implementado. Ellos son una piedra en el zapato tanto para los grupos criminales como para el Gobierno, que está empeñado en favorecer a petroleras, multinacionales y propias, en detrimento del territorio y las comunidades, y no le molesta mucho que estos bandidos acaben con la vida de quien les estorba…
Se mueven con la perversa lógica de “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”; por eso, el poco afán de ratificar acuerdos tan importantes como el de Escazú. Por otro lado, su mediocridad e incapacidad es evidente, Duque es un inútil rodeado de más inútiles. Ante la posibilidad de una sustitución voluntaria de cultivos ilícitos, por mencionar una opción a la que le apuestan los campesinos, Duque opta por la erradicación forzada, de forma terca y desesperada; es otro punto para criticarlo, pues como sucede en Tumaco, apenas el grupo de erradicación termina la jornada, los cultivadores de coca vuelven para sembrar más coca… Es una herramienta poco efectiva. Esto lo tendría que saber él, pero parece, o se hace, el que no.
Lo cierto es que a Duque le quedó grande el cargo, y poco o nada ha aprendido del arte de gobernar; se quedó en el papel de pelele de Uribe, a quien le debe la presidencia, el senado y todo, por eso lo defiende a capa y espada, así pase por encima de los principios constitucionales que lo llaman a respetar la separación de poderes, propia de un Estado de Derecho.
Éste funesto Presidente, con su nadadito de perro, desintegra el país y se lo entrega al Grupo Sarmiento, a los gringos y a los clanes familiares como los Char, quienes sí saben qué hacer con el poder. Poco a poco nos conduce a un país más caótico, con menos independencia de los jueces y los poderes públicos. Sin embargo, no la tendrá fácil, porque la sociedad está sedienta de justicia, de cambios y de nuevos aires, y a pesar que el embate de una pandemia nos dejó heridos, la gente no olvida que este gobierno es el responsable directo de lo que ocurre. Sin duda uno de los presidentes más dañinos que hemos tenido en nuestra ya triste historia.
Bogotá, D. C, 26 de agosto de 2020
*Politólogo