Por Jairo Gómez*.- Pocas respuestas serias se han oído para desmentir al periodista Alberto Donadío sobre el artículo: “Virgilio Barco y el exterminio de la UP”. Cómo duele la verdad en este país y qué pocos argumentos tienen quienes quieren desmentir esta historia.
No es con vaguedades y generalizaciones que se desmienten acciones de gobierno que, como en el caso de Barco Vargas, existen evidencias enormes que ameritan ser investigadas pues para nadie es un secreto que en su gobierno el genocidio contra la Unión Patriótica fue sistemático y obedeció a un macabro plan diseñado desde la institucionalidad colombiana.
Como si se tratara de purificadores de la política, durante ese exterminio asesinaban a un militante, alcalde, representante, senador o candidato presidencial de la UP y, por supuesto, tenían un responsable: “las Fuerzas Oscuras” que querían desestabilizar la democracia colombiana. (El contexto histórico es diferente pero la estrategia parece ser la misma, hoy se llaman “Águilas Negras” las que están detrás del asesinato de líderes sociales, ambientalistas, firmantes del acuerdo de paz, indígenas, afros y campesinos anónimos).
Lo que se hereda no se hurta, dicen por ahí, y Barco Vargas, coherente con ese pasado que imprimió en su personalidad su padre el general Virgilio Barco Martínez, el de la famosa Concesión Barco, actuó en consecuencia, por ello la versión del periodista es creíble, tan creíble como la presencia del mercenario y amigo personal israelí Rafi Eitan y su criminal propuesta que hoy, de un plumazo, nos la quieren borrar de los anales de nuestra historia reciente.
Tan contundente es la versión que el propio Carlos Ossa Escobar, entonces director del Plan Nacional de Rehabilitación (PNR), exteriorizó su preocupación cuando dijo ante notario que “la preconcepción ideológica de nuestras fuerzas armadas y la desconfianza entre algunos sectores del establecimiento político y económico (del cual Barco era un fiel representante), crearon entonces las condiciones para que se concretara lo que hoy todo el mundo acepta como el genocidio del partido político la Unión Patriótica; en aquella época el país cayó en una especie de esquizofrenia”.
El testimonio de Ossa Escobar hay que analizarlo con pinzas, pues sin duda hizo una fiel descripción de cómo funciona el régimen que ha gobernado Colombia durante muchas décadas: para afuera el discurso de lucha frontal, en este caso, contra las tales “Fuerzas Oscuras” y por debajo de la mesa utilizar el gatillo como lo sugirió el mercenario. Dijo en su momento el consejero ante notario que mientras el gobierno civil luchaba por garantizar la vida de los integrantes de la UP, “en algunos sectores de las fuerzas armadas asociados con paramilitares y narcotraficantes, por otro lado, se instrumentaba de manera eficiente la estrategia de eliminación de la Unión Patriótica”.
Esa es la lógica que ha caracterizado el poder en Colombia y Ossa Escobar lo corrobora cuando hace manifiesta su preocupación al entonces ministro de Defensa, general Zamudio Molina, por el sistemático asesinato de miembros de la UP y este cínicamente le responde: “…Carlos, a ese ritmo no van a acabar nunca, sobran los comentarios”.
Creo no estar equivocado al interpretar que Ossa Escobar, como buen conocedor de la historia y del perverso régimen que experimentó por dentro, quiso dejar un testimonio para el debate tras revelar que pese a “los esfuerzos del gobierno civil de garantizarle la vida a los miembros de la UP”, la estrategia sugerida por el mercenario Eitan, que no conoció, la compró ese establecimiento representado en Barco Vargas, estrategia que se cumplió finalmente y que se sustenta en el asesinato de más de seis mil militantes de la UP, es decir todo un partido político aniquilado tiro a tiro.
La historia del genocidio de la UP apenas comienza a contarse; una historia en la que la totalidad de la institucionalidad fue cómplice por acción o por omisión como se constata, por ejemplo, en las nefastas declaraciones del entonces ministro de gobierno de Barco Vargas, Carlos Lemos Simonds, que no dudó en asegurar que “la UP es el brazo político de las farc”; cinco días después de esas declaraciones fue asesinado el candidato presidencial, Bernardo Jaramillo Ossa. Nos colgaron la lápida al cuello, había dicho.
Así fue el exterminio deliberado de un partido político de izquierda, la Unión Patriótica; exterminio que no se dio en las dictaduras de Pinochet en Chile y Videla en Argentina, pero sí en la democracia más antigua de América Latina: Colombia.
Bogotá, D. C, 21 de enero de 2021
Periodista. Analista Político.
@jairotevi