Por Jairo Gómez*.- El facilismo de los medios de comunicación se resume en una palabra: vandalismo. Nunca van más allá. No se contextualiza la inconformidad y el resentimiento social como una manifestación legítima cuando la gente siente que sus expectativas no avanzan, retroceden. Y el aparato represor del Estado -Policía y Ejército- lo justifican en aras de la seguridad y la supuesta convivencia que propician.
No es de ahora, desde muchas décadas atrás ese derecho a la protesta que con sangre y sacrificio logró conquistar el pueblo (porque antes de la constitución del 91 todo paro o manifestación era ilegal) le ha valido para evidenciar las injustas decisiones políticas, económicas y sociales contra los intereses de los más desposeídos. Desde esas épocas manifestantes, policías y soldados han terminado en refriegas y a veces en matanzas como aquella jornada de protesta en mayo de 1984, gobierno Betancur, cuando cerca de 15 estudiantes de la Universidad Nacional fueron asesinados y los medios del establecimiento callaron.
Eran protestas infiltradas, siempre lo han sido. En esas épocas no solo por agentes del Estado -DAS e inteligencia militar- sino por la guerrilla de todos los pelambres. Sin embargo, el pueblo, que es a la final el más afectado, nunca se ha dejado amedrentar. Porque cuando las necesidades apremian, las oportunidades no existen y como si se tratara de un mandato divino le dicen “naciste pobre y morirás pobre”, entonces busca otras alternativas para encontrar la emancipación.
Reacio a armarse y no dejarse tentar por los constantes llamados de los grupos ilegales a tomar las armas, el pueblo encontró en la protesta social el escudo señalado por la constitución para expresar su inconformidad pese a los cientos de miles de muertos y sangre que ha dejado en las calles, su campo de “batalla”. Y es ahí, en la calle, donde su lucha, transparente y legítima, deriva en la petición justa de que el derecho al trasplante de un hígado o de un riñón nada tenga que ver con la cuenta bancaria.
Cuando la constitución del 91 -el 4 de julio cumple 30 años de vida- estableció que la protesta y la manifestación es un derecho fundamental, los gobiernos han hecho todos los esfuerzos para satanizarla y limitarla. El más sobresaliente enemigo de ese derecho fue la política de la Seguridad Democrática de corte fascista del expresidente Uribe, a la cual le colgó los tres huevitos para matizarla un poco.
Pues bien ese derecho fundamental está dando sus frutos. Tuvo que madurarse durante tres o cuatro generaciones para que la gente hoy haya conquistado un gran espacio para salir del analfabetismo político en que nos formó este pérfido establecimiento, en complicidad con los grandes medios de comunicación. Hoy estos jóvenes, verdaderos gladiadores de la resistencia, saben que pese a la bala y el bolillo que han tenido que mamarse, valió la pena.
Por eso es que para quitarle prevalencia al contenido de las manifestaciones o protesta social, solo se destaca el vandalismo de manera literal. Ver en la televisión, La radio y la prensa escrita el tratamiento que le dan a las protestas y las imágenes, sin contexto alguno, es satanizar el mensaje. Claro que una acción contra un establecimiento bancario, por ejemplo, o contra un servicio “público” de transporte privatizado, lleva un anuncio implícito que no se debe demeritar. Es tal la desfachatez de los medios que uno de sus aclamados periodistas le dijo al indígena que derribar la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar era una “manera de ver la vida en blanco y negro”.
Cuando en una protesta legítima los jóvenes esgrimen el mensaje “no queremos que hagan con nosotros lo que hicieron con nuestros padres”, tiene la carga profunda de un cambio que va más allá de los postulados ideológicos de izquierda o derecha; es una frase que recoge la inconformidad del pasado, la angustia del presente y la incertidumbre del futuro. La movilización va más allá de tumbar una reforma tributaria. Es la expresión de una sociedad cambiante que quiere borrar de los anales del establecimiento el derecho exclusivo que se arrogaron para gobernar. Esta nueva sociedad les está diciendo rompamos con ese maldito clasismo.
Por eso estos Gladiadores de la Resistencia que son los millones de muchachos excluidos que le ponen el pecho a Uribe, Duque y su banda uniformada están sembrando el mensaje de que Colombia cambió y no es más el paraíso de quienes siguen haciendo del país impunidad para atemorizar a su gente y sacar provecho de la profunda desigualdad que han generado: 21 millones de colombianos viviendo en condiciones de pobreza.
(Es un homenaje a esos cerca de 30 muchachos asesinados por la policía desde el pasado 28 de abril por haber ejercido el derecho de levantar la voz).
Bogotá, D. E, 6 de mayo de 2021
*Periodista. Analista Político.
@jairotevi