Opinión
Por Mauricio Cabrera Galvis*.- La mejor política de reactivación es aquella que no solo acelera el crecimiento sino que además disminuye la pobreza y la desigualdad. Ese es uno de los criterios para elegir entre distintas alternativas de políticas, tal como expliqué la semana pasada. Otros dos son que las políticas sean adecuadas y sean suficientes y oportunas. Una política de reactivación es más adecuada si ataca las causas de la recesión y no solo los síntomas. Una analogía médica es el paciente con fiebre debido a una infección, al que se le puede dar aspirina para bajar la fiebre o darle antibióticos para quitar la infección.
La causa principal de la actual recesión es la debilidad de la demanda: empresas y establecimientos de comercio se quebraron y tuvieron que despedir empleados porque se les cayeron las ventas; en parte por el confinamiento y en parte porque la gente voluntariamente dejó de comprar. Pero ya se acabó el confinamiento y el consumo no vuelve a su nivel anterior, porque no basta que abran almacenes, aeropuertos, hoteles o restaurantes si muchos todavía no quieren o no pueden comprar.
El consumo no despega por las 3 Ps: Prevención o temor al contagio; Prudencia ante la incertidumbre de ingresos futuros y sobre todo Pobreza. 30% de los hogares en Colombia hace hoy una comida menos porque no les alcanzan los ingresos. Por eso las políticas de incentivos a la oferta no son eficaces.
¿Para qué dar estímulos tributarios para construir hoteles, o comprar maquinaria si no hay huéspedes ni suben las ventas?
Inclusive ofrecer más crédito para empresas que no tienen ventas suficientes para pagar la nómina solo sirve para diferir el problema pues después no podrán pagar el crédito.
Políticas como los subsidios a la nómina son más adecuadas y cumplen los dos criterios señalados, pero poco sirven si son tardías o reducidas en cuantía. Fue lo que sucedió con el Paef, una muy buena idea para conservar puestos de trabajo, pero que se inició cuando ya se habían perdido cinco millones de empleos; además la cuantía del subsidio –menos del 30% del costo laboral de un empleado de salario mínimo- solo alcanzaba a empresas con pequeñas reducciones en ventas.
El Estado es el único que puede compensar una caída de la demanda del sector privado como la que ocurrió con la pandemia; así lo entendieron muchos gobiernos que según la consultora Mckinsey, aumentaron el gasto público en 20% o más con lo que lograron mitigar el aumento del desempleo.
En Colombia el consumo del Gobierno solo creció 3,7% el año pasado, monto totalmente insuficiente para enfrentar la crisis.
Bogotá, D. C, 22 de febrero de 2021
*Filósofo y Economista. Consultor.
Por Juan Manuel Galán*.- Quienes defienden los derechos de los animales en el país han contribuido a que nuestra sociedad cambie y mejore la forma en que se trata a estos seres vivos. Dentro de sus logros están la ley que creó las juntas defensoras de animales, el estatuto nacional de protección animal, la ley contra el maltrato animal -de autoría del Representante a la Cámara Juan Carlos Losada y de la que fui ponente-, en la cual se definen como “seres sintientes”, se crea además el delito de maltrato animal y, por último, la normativa que fortalece los refugios y las fundaciones.
En una de las tantas batallas en el Congreso por la causa animalista, junto a Yerly Mozo, se logró evitar que el código de policía derogara uno de los más importantes avances jurídicos a la fecha: el Estatuto Nacional de Protección Animal. Con este acontecimiento se evidenció que las autoridades no tienen clara su función interdisciplinaria en la protección a los animales, a lo que debemos agregar la falta de presupuesto, hospitales veterinarios públicos, conocimiento y aplicación de las leyes, pero también de policía, jueces y fiscales especializados. El Estado no está preparado para atender la protección que ordena la ley.
Cincuenta años de lucha por los derechos de los animales han sido apenas el prólogo para insistir en la “protección reforzada a los animales”; fundamentada en un clamor de las nuevas generaciones, y que aún no logra introducirse en nuestro ordenamiento jurídico. Los motivos son varios, pero el principal es la falta de actualización y adaptación en la función pública, que puede desarrollarse a través de un sistema nacional de solidaridad, protección y bienestar animal. Este sistema integral permitiría armonizar responsabilidades y funciones e implementar políticas públicas para todos los animales, y no solo para unas especies.
A diario veo noticias donde se muestra a los animales como “seres sintientes” pero también son “seres vulnerables”. Una sociedad es más humana cuando tiene una relación de respeto con los animales y la naturaleza. La pandemia, fue un doloroso recordatorio de las trágicas consecuencias para la salud pública que trae una mala relación entre animales y humanos.
Resulta importante y urgente incorporar los conceptos consagrados por la OMS y OIE “Un mundo, una salud y un bienestar” que reconocen el vínculo indisoluble entre los animales y el ser humano. No podemos olvidar que, en el mundo, cuando se beneficia un animal, también se favorece una familia, una comunidad y se construye un nuevo sentido de Nación.
Bogotá., D, C, 22 de febrero de 2021
Exsenador Liberal
Por José Félix Lafaurie Rivera*.- Dos cartas le he enviado al ministro de Comercio, Industria y Turismo, solicitándole hacer uso de la salvaguarda contemplada en el TLC con Estados Unidos, para proteger a la producción lechera, no solo afectada estacionalmente por el clima y coyunturalmente por la pandemia y su efecto en la caída de la demanda, sino agobiada estructuralmente por un mercado imperfecto con clara posición dominante de la industria láctea, que muy seguramente estará presionando para que no se dé curso a nuestra solicitud para detener la avalancha de importaciones de leche en polvo.
¿Por qué la salvaguarda? Ahora mismo, un pequeño ganadero, como los hay más de 300.000 en todo el país, no entiende por qué tiene que venderle su leche a un “crudero” por lo que le den, o con mejor suerte, por qué está peleando con la industria para que le reajusten alguito el precio, pues los insumos (concentrado, abono, semilla, etc.) ya subieron, y no precisamente “alguito”.
Al ver las noticias, no entiende por qué la industria les compra leche a ricos campesinos de Estados Unidos y no a sus compatriotas pobres, como él, que producen toda la que pueda necesitar, de buena calidad y a buen precio.
No entiende por qué, si sobra leche en el país, si estamos en pandemia y los productores están –perdónenme la expresión– “rejodidos”, porque además de los problemas de siempre con la industria, dizque los supermercados no piden lo mismo, dizque los colegios no están funcionando, dizque mucha gente, si tiene p’a la leche no tiene p’al queso, dizque lo uno y lo otro; si todo esto sucede, por qué el Gobierno no prohíbe que les sigan comprando leche a los campesinos gringos; ¡qué envidia!
Nuestro campesino no entiende de compromisos comerciales, TLC, de contingentes ni de aranceles, y se sorprendería al saber que existen esas condiciones, pero también las formas de “hacerles el quite”, no con trampas, sino dentro de las mismas reglas negociadas. Solo falta que el Gobierno, alegando “condiciones adversas de competencia”, más que justificadas por demás, solicite algo con un nombre bien puesto: la “salvaguarda”, porque de eso se trata, de “salvar” a nuestros campesinos, de “guardarlos”, de protegerlos para que vendan su leche a un precio rentable.
Se sorprendería más al saber que toda esa leche, 43.000 toneladas solo de Estados Unidos y 75.000 de todo el mundo, equivalentes a más de la cuarta parte de lo que compran en Colombia (el 27%) y a cerca de 900 millones de litros que no les compraron a nuestros campesinos en 2020, ahora prefieren traerla “descremada”, no solo por barata, sino porque, revuelta con lactosuero y algo de grasa vegetal, puede venderse como bebida láctea en empaque costoso. No es práctica generalizada, pero está sucediendo…
Finalmente, una de las consecuencias económicas de la pandemia a escala mundial es la desarticulación de las redes de distribución. En otras palabras, por fuerza de las circunstancias, en todo el mundo se están incumpliendo compromisos adquiridos en condiciones de normalidad. Aun así, no se trata de incumplir, sino de usar alternativas legítimas, disponibles y temporales en defensa y beneficio de la producción nacional.
Señor ministro: “salvaguarde” usted a la lechería colombiana.
Notas bene: 1) Rechazo general al mezquino y mentiroso jueguito de Timo y Santos, de “tu-me-escribes-yo-te-contesto”. 2) El sector agropecuario y la ganadería sacaron la cara con crecimientos positivos en medio de la mayor caída histórica del PIB. 3) Mientras el mundo aplaude a Colombia por apoyar a los migrantes venezolanos, la despistada ONU sale en apoyo del régimen fallido que los expulsó.
Bogotá, D. C, 21 de febrero de 2021
Presidente de FEDEGAN
@jflafaurie
Por Amylkar D. Acosta M*.- ¡Quien al tiempo de ganar no supo el modo, al tiempo de perder lo pierde todo!
Sin el carbón no habría sido posible la primera revolución industrial, consistente en el salto de la manufactura a la maquinización de los procesos productivos, gracias al invento de la máquina a vapor. El coque, un derivado del carbón metalúrgico, como elemento reductor, servía de materia prima en la fundición del acero en las siderúrgicas para la fabricación de las máquinas y las locomotoras y el carbón térmico servía como combustible para avivar el fuego en las calderas para producir el vapor y así ponerlas en marcha. Así surgió la industria del carbón, demandado por las fabricas, el transporte marítimo y los ferrocarriles.
Después del boom del carbón, que llegó a su clímax en las postrimerías del siglo XIX, se prolongó hasta el estallido de la primera guerra mundial, gatillado por el crecimiento sostenido de su demanda, es desplazado por el petróleo, luego de que este emergiera y lo desplazara, aupado por la invención del motor de combustión interna. El petróleo, al ser menos contaminante, más fácil de almacenar y transportar, le ganó la partida al carbón, el cual fue relegado a un segundo plano, hasta la crisis energética de 1973 causada por el embargo petrolero decretado por parte de los países árabes productores de petróleo en contra de los países aliados de Israel, encabezados por EEUU. Estos vieron la necesidad de diversificar su matriz energética para no depender sólo del petróleo, en ese momento en manos de la OPEP, impulsando la producción y el consumo del carbón y el gas.
No es por casualidad que justo en la década de los 70 se da en Colombia el arribo de la petrolera TEXAS tras los enormes yacimientos de gas de La guajira e INTERCOR, filial de otra petrolera, la EXXON, emprende el primer desarrollo a escala industrial en Colombia de la extracción de carbón para la exportación en El cerrejón, también en La guajira. En el primer caso TEXAS se asoció con ECOPETROL, en el segundo INTERCOR se asoció con CARBOCOL, empresa esta del Estado que terminó vendiendo su 50% de participación en la Asociación a precio de gallina flaca. Este nuevo auge de la industria del carbón es el que yo he denominado su segunda juventud.
Ahora, una vez más, el carbón se está viendo desplazado a consecuencia del compromiso contraído por la comunidad internacional en 2015, a través del Acuerdo de París, en el seno de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP21), de descarbonizar la economía, migrando de las energías de origen fósil, que tanto contaminan el medioambiente, hacia las fuentes no convencionales de energías renovables (FNCER) y limpias. Ello situó al petróleo y al carbón en el lugar equivocado de la historia.
De allí la tendencia a la contracción del mercado de uno y otro y la descolgada de sus precios internacionales. La propias empresas ligadas al negocio del petróleo y el carbón han entendido que su perspectiva hacia el futuro está pasando vertiginosamente de castaño a oscuro. Ya lo había dicho predicho el ex ministro de petróleos de Arabia Saudita Ahmed Zaki Yamani, que “la edad de piedra terminó no por falta de piedras y la era del petróleo terminará no por falta de petróleo”. Esta frase puede hacerse extensiva al carbón.
Colombia llegó a posicionarse como el quinto mayor exportador de carbón en el mundo, al punto que el mismo llegó a desbancar del segundo renglón de exportación al café desde el año 2000, constituyéndose, junto con el petróleo, en el mayor dinamizador del crecimiento de la economía colombiana y en el mayor generador de divisas del país y de ingresos tanto para la Nación como para las entidades territoriales. Después del más largo ciclo de precios altos, llegando a cotizarse a US $102.35 la tonelada en 2011 y de la máxima producción histórica en 2016 de 91 millones de toneladas, ambos se han venido en barrena debido a la notable reducción de la demanda. En el año 2020 tocaron fondo tanto el volumen de producción como el precio, registrándose una baja hasta los 53.7 millones de toneladas y US $29, en su orden.
Ello, desde luego, afectará las previsiones de ingresos esperados tanto por parte de la Nación como por los departamentos y municipios, dado que el Presupuesto General de la Nación (PGN) así como el Presupuesto bienal del Sistema General de Regalías (SGR) tomaron como base un mayor volumen de producción y precios mucho más altos, los cuales han tenido que ser revisados a la baja por fuerza de las circunstancias. A guisa de ejemplo, el cierre de las minas que opera PRODECO en el Cesar le significará al SGR US $86 millones, 357.000 millones en pesos colombianos, anuales menos.
El primer revés para el carbón colombiano se presentó en el mercado estadounidense, que era el segundo destino en importancia de nuestro carbón después de Europa, en donde el gas natural abundante y barato productos del uso de la técnica del fracking, que convirtió a EEUU, como dijo el Presidente Barack Obama, en la Arabia Saudita del gas natural, reemplazó al carbón en sus centrales térmicas de generación. Se calcula que en Europa y EEUU la demanda de carbón ha caído el 39%, aproximadamente, con tendencia a una mayor caída dado el compromiso que han contraído de alcanzar la neutralidad de sus emisiones hacia el año 2050.
Santa Marta, febrero 20 de 2021
*Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía.
www.amylkaracosta.net
Por Juan Camilo Restrepo*.- El FMI revela cada año un informe sobre los diversos países, en aplicación del artículo IV de sus estatutos. No son recomendaciones obligatorias. Pero el de este año sobre Colombia estuvo especialmente sustancioso. Me llamó la atención el reconocimiento que hace el Fondo de que es absolutamente imposible volver a la regla fiscal a finales del 2021 como estaba previsto. A la fecha estamos registrando un déficit de más del 8% del PIB en las cuentas fiscales. Y no sería descabellado pensar que terminemos este año con un descuadre fiscal del 9% o más.
Volver a la regla fiscal a partir del 2022 implicaría entonces un frenazo tremendo en el gasto contra cíclico que se viene ejecutando. Ello equivaldría a retornar a un déficit de 2%- 2,5% del PIB. Lo que luce poco menos que imposible en un momento en que la presión por más inversiones públicas continúa; en un año en que si bien se presentará la reforma tributaria ella no comenzará a generar nuevos recaudos sino a partir del 2022; y cuando la pandemia sigue sacando sus amenazantes orejas. Todo lo cual puede traducirse en nuevos confinamientos. Despidámonos entonces de la regla fiscal por dos o tres años.
Se comenzó la campaña de vacunación en Colombia. Ojalá todo marche bien. Se trata de una operación logística de extrema complejidad para llegarle a 35 millones de colombianos. Tal como se necesita -como lo explica muy bien la revista The Economist de esta semana- para alcanzar el “efecto rebaño”. Y seguirá en la agenda la gran tarea del mundo científico de descubrir vacunas contra las nuevas cepas que están resultando mucho más mortíferas de lo que se pensó en un comienzo. Ojalá que esta campaña arranque bien entre nosotros. Perdimos un mes por lo menos con relación a lo que han logrado otros países de la región. Sigue sin haber una explicación plausible de por qué esta tardanza en Colombia. Pero, bueno, es mejor tarde que nunca.
En el entretanto se presentará una nueva reforma tributaria que el gobierno anuncia para el mes entrante y que piadosamente ahora llama “reforma fiscal”. El plato gordo será el IVA. Los expertos convocados el año pasado, en su mayoría profesores de universidades norteamericanas, debe presentar su informe de conclusiones en pocos días. El gobierno ha dicho repetidamente que está pendiente de este informe.
No se necesita ser un zahorí para pronosticar que la principal recomendación de este comité de expertos será ampliar la base del IVA. En Colombia solo se grava con este tributo el 50% de los bienes y servicios que se producen.
Del único anuncio gubernamental que se conoce, que son las declaraciones que ofreció profusamente el viceministro de Hacienda ante a los medios de comunicación, se puede deducir que la idea del gobierno es ampliar la base del IVA a los bienes y servicios que hoy no se gravan con una tarifa del 19%. Para proceder a continuación a una devolución masiva a toda la población de los estratos 1,2 y quizás 3, al estilo de la que ya se hace. Devolución que cubriría a más del 50% de los colombianos que pagan el IVA.
Presentado así crudamente sería un suicidio político gravar toda la base de bienes y servicios, hoy exentos y excluidos con una tarifa del 19%. Así sea para devolver luego parte del tributo pagado a una buena porción de la población. Sería mucho más lógico gravar con una tarifa módica del 2%-3% los bienes esenciales que hoy no pagan IVA para expandir la base (lo cual es técnicamente defensable y necesario) y más bien, como compensación pero que resulta administrativamente más sencillo, rebajar la tarifa general del 19% en uno o dos puntos. La tarifa del 19% se estableció en 2016 pero en las condiciones actuales de la economía no se justifica.
Las semanas que vienen están pues movidas: se le dará cristiana sepultura, por lo menos durante un tiempo, a la regla fiscal y nos iremos preparando para digerir la nueva reforma tributaria, que como sucede con los niños, nace con dientes de leche en 2021 pero le saldrán fuertes colmillos para morder a los contribuyentes a partir del 2022
Bogotá, D. E, 21 de septiembre de 2020
*Abogado y Economista. Exministro de Estado.
Por Mons. Gabriel Ángel Villa Vahos - Los creyentes aceptamos que nada sucede por azar, que en el plan de Dios todo tiene un propósito. Desde las páginas de la Biblia y a la luz de la Historia de la salvación, podemos constatar que muchos hechos son permisión de Dios para hacernos reaccionar y corregir el rumbo, cuando la soberbia invade el corazón humano, llevándolo a pensar que el control del mundo depende de él.
¿Qué nos está dejando en evidencia este virus que nos ha tenido casi que humillados, escondidos, distanciados y en gran incertidumbre? Hace algunos meses el diario El ‘País’ de España invitó a 75 “expertos y pensadores” a reflexionar sobre el mundo que nos espera tras la pandemia y algunas de las conclusiones no son las más alentadoras.
Sociólogos y artistas, terapeutas y políticos, periodistas y filósofos, conocedores de fútbol, de economía, epidemias y hasta de la moda, participaron en este ejercicio, compilado en una serie de artículos, ‘El futuro después del coronavirus’(1) .
“Nada va a cambiar –predice un psicólogo–, solo va a aumentar el sufrimiento de un mayor número de personas”. Uno de sus colegas advierte sobre los problemas de salud mental que nos dejarán meses de confinamiento. “Tenemos que prepararnos para un largo invierno económico” es la advertencia de un catedrático; “seremos más pobres... vamos a cargar con deudas heredadas”, dice otro.
Al parecer, no hay salidas. “Habrá más epidemias, y serán más peligrosas”, observa un epidemiólogo. “Donde no llegue la covid-19, llegarán las mafias”, señala un escritor. Sectores de la sociedad se quedarían sin futuro alguno: “El turismo masivo va a parar”. Sin público presencial, los mundos del fútbol y del espectáculo seguirán enfrentando momentos durísimos.
Los años venideros darán o no la razón de la veracidad de estas opiniones. Pero, ¿qué lecciones nos está dejando? y las personas de fe, ¿qué podemos esperar y aportar?
El virus nos está dejando en evidencia, entre muchas, las siguientes lecciones:
Vivimos en un mundo, que con muchas posturas y opciones, quiere prescindir y “matar” a Dios. Un mundo donde todo es mercancía y desprecio por bienes comunes como la salud, la naturaleza y la vida, la familia. Todo tiene un precio. La invitación del mundo del mercado parece decirnos: hay que acumular. Y mientras unos acumulan más y más, la miseria se va trepando por las laderas ante la indiferencia que genera el dinero.
Resulta paradójico. ¿De qué vale el yo tengo, con miedo y encerrado en la casa? Queda en evidencia que no se necesita tanto para vivir e igual se disfruta la vida: “nada trajimos a este mundo y nada nos llevaremos de él, si tenemos qué comer y con qué vestirnos, demos gracias a Dios” (Cfr. 1 Tim. 6,7-10). ¿Conformismo? No. Es que en ocasiones consumimos sin necesidad y es mucho lo que podemos modificar en nuestras vidas para darles valor y mayor sentido.
Con la pandemia está quedando en evidencia una desigualdad terrible, una pobreza que las estadísticas no enseñan y muy poca capacidad de ahorro de gran parte de la población. Deja en evidencia la postración de la salud: hospitales en la inopia, con enorme atraso tecnológico, llenos de deudas y personal mal pagado. Nos señala una gran desigualdad tecnológica y educativa que ayuda a aumentar la brecha social, y nos está haciendo entender que hoy internet es una necesidad y debería ser parte de los derechos de cualquier persona siquiera con un mínimo vital.
Nos ha puesto en evidencia la importancia del campo y del campesino, que ha permitido el flujo de alimentos para abastecer los grandes y pequeños centros urbanos, tan indiferentes y acostumbrados a las selvas de cemento sin atinar a valorar que lo que obtienen en el supermercado es porque otros lo han trabajado con esfuerzo y mucho sudor. Ha mostrado el daño que hemos hecho a la naturaleza, arrinconando además otras especies. Ha puesto al descubierto tanta ignorancia de las personas, creyendo cadenas tontas en redes sociales, tragando información de fuentes poco confiables, acrecentando temores y rechazos sin sustento alguno. Una cruel radiografía de nuestra incapacidad de dudar y analizar.
El coronavirus nos está mostrando que vivimos en un mundo desajustado casi por completo, que obedece a valores superfluos, muchos de ellos impuestos por una minoría, aunque también, menos mal, nos ha permitido ver otros caminos por los cuales podríamos vivir mejor como personas y sociedad.
¿Haremos caso al fin a las evidencias?
“La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades” (2), dijo el Papa Francisco en aquella memorable jornada, con el bendición urbi et orbi desde la Plaza de San Pedro. Y son momentos como el que vive la humanidad los que nos enfrentan con nosotros mismos porque nos despojan de aquello que considerábamos esencial.
Son ocasiones dolorosamente privilegiadas en las que se nos invita a cambiar aquello que no está bien en nosotros. Se convierten pues, como dijo el Papa en “un momento de elección”. Quizás tendremos que adoptar una vida más sencilla, quizás sea un llamado para pensar más en los demás. Valoraremos más la presencia física de nuestros seres queridos y descubriremos que actividades tan cotidianas como salir al parque o desplazarnos para ir a trabajar, hacen parte del milagro diario de vivir. Estos tiempos de pandemia pueden ser una oportunidad para que redescubramos en el silencio de nuestros hogares “lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”.
¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? En nuestro país, el coronavirus nos tiene que llevar a ponernos de frente a las pandemias que nos están destruyendo desde hace mucho tiempo, a las problemáticas que no hemos podido resolver y a los grandes y graves males que no permiten avanzar como nación y construir el bien para todos.(3) También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos, que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar.
La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!(4) Así actúa a veces Dios: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos.
Algunos cambios ya han ocurrido, y tendremos que seguir adaptándonos al futuro que llegó. El advenimiento de la ‘telemedicina’ es uno de ellos. Trabajar desde casa, otro. Claro que no se acabarán las visitas a consultorios, ni el trabajo en fábricas y oficinas. Y en estos casos, ni lo uno ni lo otro están augurando un mejor porvenir.
También nuestra Iglesia tendrá que realizar un profundo discernimiento para hacer más visible su compromiso con la transformación del mundo y una evangelización que ayude en la transformación de nuestros pueblos en el respeto por la vida, la familia, la educación, el cuidado de la casa común, la búsqueda de la justicia y la equidad, la solidaridad y la fraternidad.
Estamos a la expectativa de la llegada de una vacuna, que como por “arte de magia” nos saque de esta confusa situación. Mal haríamos si la expectativa está centrada en querer salir de este momento para simplemente retornar a nuestros modos de pensar y actuar antes de pandemia.
Como nos ha exhortado el Santo Padre, no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.(5)
Tunja 20 de febrero de 2021
*Arzobispo de Tunja
Por Gabriel Ortiz *. - Ningún país había manejado tan mal la pandemia, ni tardado tanto en aplicar la vacuna. Ni el presidente, ni su corte, tomaron la cosa en serio. Algunos han tratado de sacar provecho al covid-19 durante el año que llevamos soportándolo. Los primeros beneficiados fueron quienes se lucraron con los “vuelos humanitarios”, que de ello no tuvieron nada. Doce meses después estamos en las mismas: despistados o ganando con viveza réditos políticos y económicos.
Ante el “linaje” del corona-virus, nos convertimos en una banana república o en una monarquía. Al recibimiento del vuelo de DHL que traía las primeras vacuna, ese gran beneficiado con el exceso de publicidad gratis, salió lo más granado del “Reino de Colombia”. La “corona” legó a toda la nobleza semejante “vacuneril” honor: los Duques, los Marqueses y los Condes estuvieron en primera línea. Hasta el ministro Carrasquilla, estuvo representado por la Condesa de Yolombó, llevada por su pariente Don Tomás.
Todo estuvo fríamente calculado. Muchos invitados estuvieron en la retaguardia, no se sabe si escondidos para no dejar notar su ancestro bananero, o por simple vergüenza. Aplausos iban, aplausos venían. Sonrisas de oreja a oreja y pechos henchidos de patriotismo opita, observaban en el firmamento el amarillo del descomunal jet que traía un pequeño contariner con 50.000 mil vacunas, que deben aplicarse en doble dosis cada una, es decir 25 mil vacunas, ninguna de las cuales se enviaría al Amazonas, la región más amenazada por la peligrosa cepa brasilera.
Tropas, coloridos uniformes y cuanto “lagarto” apareciera, tenía una ventanita para observar el espectáculo. Solo el Himno Nacional y el Escudo de Colombia se libraron del “bananeado” tropel. Alguien se atrevió a decir: ¿si esto fue con el arribo de la vacuna, como hubiera sido, si llega el propio Mister Covid?
De ahí en adelante, todo se viene manejando folclóricamente. No hay vacuna sin acompañamiento. La alcaldesa quiso darle un “toque”, normal, pero se le pegó el ministro de salud. La fábrica nacional de discursos, es la única entidad que ha creado nuevos empleos en esta pandemia. Son millares los que prefieren un discurso y una foto, que una vacuna.
El “Eterno”, no se quedó atrás. La vacuna que recibió Verónica, la enfermera jefe, tuvo como escenario un hospital en las goteras de El Ubérrimo”, con discreta participación del “delfín” Tomás, que “sin saber lo que estaba ocurriendo”, se encontraba en la Cámara de Comercio de Sincelejo, al lado de la primera vacuna.
Hubo vacunas para todos los gustos, menos para las personas para las cuales venían destinadas. Duque dijo que “tendremos que caminar con la V de vacuna y con la V de victoria”. Genial coronación para “Mister Covid”.
Las vacunas, entraron por la puerta grande de la política, la V caminará adelante de la politiquería. Habrá voto-vacuna, haya prolongación o no, del período de Duque, como quiere el Centro Democrático.
BLANCO: Bogotá levanta el pico y cédula.
NEGRO: La V de vacuna le dolió a Verónica.
Bogotá, D. C, 18 de febrero de 2021
Periodista. Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper.
Por José G. Hernández*.- La Constitución Política cumple en 2021 treinta años, desde su promulgación.
La intención inicial de sus promotores no era la de derogar la Constitución de 1886 para introducir una nueva, sino la de introducir una reforma integral que superara las gravísimas circunstancias en que se debatían la sociedad y el Estado -crímenes, secuestros, violencia, terrorismo- y que simultáneamente el Estatuto Fundamental fuera actualizado, tanto para salvaguardar derechos, garantías y libertades, como para reestructurar el poder público, fortalecer la democracia participativa y asegurar la paz y la justicia social.
La Corte Suprema de Justicia, al revisar el Decreto Legislativo 1926 de 1990 (Sentencia 138 del 9 de octubre de 1990), declaró inconstitucional el temario que se asignaba a la Asamblea -por contrariar la decisión popular del 27 de mayo del mismo año, que no había delimitado su poder reformador- y también rechazó el control jurídico sobre las decisiones de dicho cuerpo. Por tanto, tras la votación del 1 de diciembre de 1990 -cuando fueron elegidos sus miembros y aprobadas las reglas de la convocatoria- quedó claro que ya no estábamos ante el poder de reforma, a cargo de una asamblea constitucional (órgano de competencia restringida) sino ante una verdadera Asamblea Constituyente, con todo el poder político necesario para sustituir el ordenamiento en vigor y establecer una Constitución nueva y distinta, con valores y postulados que, como lo hemos visto en estos treinta años, si bien no han sido desarrollados en su integridad, han modificado cualitativamente el sentido y los fundamentos de nuestro Derecho Público.
Desde luego, no todo es novedoso en la Constitución, pues en su texto se consignan principios, prescripciones y reglas que encuentran sus raíces en las primeras constituciones y en los ideales políticos de la democracia liberal y en las bases mismas del Estado de Derecho, pero es indispensable reconocer que, como lo expresó la Corte Constitucional desde 1992, la Carta del 91 introdujo muchos conceptos que actualizaron el orden jurídico colombiano; valores de innegable trascendencia, y ante todo principios superiores que propenden -así lo dice el preámbulo constitucional, que hoy tiene poder vinculante- deberían conducir a nuestra sociedad hacia los más altos objetivos -todavía, infortunadamente, inalcanzados- como los de “asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo, y comprometido a impulsar la integración de la comunidad latinoamericana”.
La Constitución, tras proclamar como sus fundamentos (los cimientos del sistema) el respeto a la dignidad humana, el trabajo, la solidaridad y la prevalencia del interés general, señaló unos fines esenciales del Estado: servir a la comunidad, promover la prosperidad general; garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes; facilitar la participación de todos en las decisiones que los afectan y en la vida económica, política, administrativa y cultural de la Nación; defender la independencia nacional, mantener la integridad territorial y asegurar la convivencia pacífica y la vigencia de un orden justo.
Propósitos del 91 que treinta años después, en buena parte, son todavía eso: propósitos.
Bogotá, D. C, 17 de febrero de 2021
*Expresidente de la Corte Constitucional.
Por Jairo Gómez*.- No hay un relato más espeluznante de la historia reciente de Colombia que el sistemático plan concebido para asesinar a los políticos y militantes de la Unión Patriótica (UP). Si los judíos hicieron del holocausto una cruzada para llevar a los tribunales internacionales a los nazis y sus aliados, la élite empresarial y política, los colombianos deberíamos hacer lo mismo para que los militares, políticos nacionales y regionales pagaran por este genocidio.
“Esto era un matanza anunciada”, dijo el perito del caso ante la CIDH (Corte Interamericana de los Derechos Humanos), Michael Reed, tras advertir que la negligencia del Estado fue absoluta y los gobiernos de Belisario Betancur y de Virgilio Barco, este último con mayor responsabilidad, miraban para otro lado mientras desde las guarniciones militares en la regiones y el poder local diseñaban estrategias para aniquilar, exterminar y perseguir de manera sostenida a la UP cuyo pecado era pensar distinto. A todos los acribillaron: políticos, sindicalistas, luchadores agrarios o campesinos, mujeres, hombres, niños, niñas y ancianos. Ésta historia la deben conocer las nuevas generaciones; debería hacer parte de la enseñanza en las escuelas y colegios del país para que este fenómeno no se repita y comprendan que ocurrió bajo la más sorprendente indiferencia.
Tras escuchar a Reed describir su rigurosa investigación sobre el genocidio de la UP cobra mayor importancia la revelación reciente de que el gobierno del presidente Barco y su asesor, el mercenario israelí, Rafi Eitan, urdieron un plan para el extermino de este partido político señalado, desde el mismo gobierno, como el “brazo político desarmado de las FARC”; aquí no hubo solo incumplimiento de garantías, protección y prevención de los asesinatos y demás actos de violencia contra miembros de la UP como lo quiere hacer ver el Estado colombiano ante la CIDH, hubo un macabro plan al mejor estilo de las dictaduras militares del cono sur de ejecutar una estrategia de exterminio para aniquilar el partido y sus militantes.
Ahora bien, que existan documentos organizacionales y manuales que contemplaran la ejecución de ese plan está por verse pues para nadie es una sorpresa que los militares actúan en secreto y clandestinamente a espaldas del poder civil en muchos casos. En eso el perito Reed fue muy claro en el sentido de evidenciar que dentro de las instituciones existían personas que mientras buscaban la paz y los diálogos con las organizaciones insurgentes, siempre pesaron más los argumentos de los agentes del Estado (militares y policías) que se aliaron con empresarios y el poder regional para adelantar estrategias autónomas en contra de los movimientos y militantes de izquierda, en este caso de la UP.
“Que desde las estructuras castrenses, por debajo, por afuera, prohijaban represión y guerra sucia, de eso no hay la menor duda. Hay documentos e investigaciones que así lo determinan”, dijo Michael Reed en su excelente exposición que hoy debería ser materia de análisis y estudios en la academia. Pero esa tendencia no se quedaba ahí, se extendía a una elite económica con quienes se juntaron para auspiciar grupos de autodefensa, mejor conocidos como grupos paramilitares. “Era una manifestación voraz contra cualquier pensamiento comunista”, puntualiza Reed.
“Todo se quedaba en las regiones”, relata Reed al explicar que el mando civil y militar actuaba autónomamente. “De facto había una desobediencia militar porque todo se quedaba en las regiones”, concluye.
Nunca en la acción política colombiana, hasta la fecha, un grupo de izquierda había logrado el éxito electoral que tuvo la UP en los años 85, 86 y 87 y, como respuesta a ese éxito político se ejerció en Colombia la más feroz represión nunca vista pues los militares contaban con una especie de “cheque en blanco” para asesinar, torturar y desaparecer. “Dejar el manejo del orden público en hombros de las solas fuerzas militares, corre el riesgo de perder su necesaria dimensión integral (de solucionar la violencia política), para adoptar un carácter exclusivamente militar”, decía el informe “Colombia: violencia y democracia” que en su momento auspició el ministerio de Gobierno de Barco y no se hizo nada, los militares continuaron mandando.
Matar impunemente, y perseguir impunemente a un partido político de izquierda que comenzó a tener éxito, pero que había que asesinar, esa fue la razón para ejecutar este genocidio con balas oficiales (militares y policías) y balas paramilitares patrocinadas por ganaderos, empresarios y la corrupta clase política regional y nacional.
Nuestra historia se repite y bajo la más absoluta indiferencia del gobierno uribista de Iván Duque, el país todos los días entierra y cuenta por montones el asesinato de líderes sociales, de indígenas, afros, firmantes de la paz, y campesinos ya sea por motivos partidistas o porque se oponen a que la mafia política y empresarial se siga apoderando del país; y lo más preocupante es que existe un común denominador en toda esta historia como ocurrió con la UP, los militares y policías ahí.
A propósito, ¿cuándo las fuerzas alternativas y demás partidos políticos propondrán una reforma profunda y estructural de la Fuerza Pública (militares, policías, armada y FAC) el brazo armado de las élites colombianas? Es una reforma necesaria. Historia para votar bien en 2022.
Bogotá, D. C, 17 de febrero de 2021
*Periodista. Analista Político.
@jairotevi
Por: Guillermo García Realpe*.- En momentos en que la clase media y trabajadora está asfixiada por una cascada de impuestos y sumado a ello, por las difíciles condiciones propias de la pandemia por la que vivimos, el gobierno sorprende con sus anuncios de promover una nueva reforma tributaria, la cual se está diseñando y a espera que la Comisión de Expertos le dé los últimos retoques para ser presentada al Congreso.
Que se promueva una iniciativa de los quilates que esta representa no es preocupante, en últimas el país tiene que mejorar su parte fiscal tan estropeada, pero lo verdaderamente preocupante es que se impulse una reforma tributaria para golpear a los pobres de este país y para dar un tiro de gracia a millones de colombianos que se ubican en los estratos medios.
Se especula mucho sobre el contenido de esta nueva reforma, que, en todo caso, estaría proyectada para recoger entre 15 y 20 billones de pesos, lo que representa el 1,5 por ciento del Producto Interno Bruto.
Se dice, por ejemplo, que se estaría analizando gravar con IVA otros 83 productos de la canasta familiar. La ampliación de IVA a la canasta familiar es regresiva, se deben eliminar los descuentos y beneficios tributarios al gran empresariado multinacional y a la megaminería e hidrocarburos, que tiene más de doscientos descuentos y beneficios tributarios, restablecer el impuesto a la riqueza y con esto financiar la renta básica mensual para diez millones de familias colombianas. Es decir, lo que se necesita es reducir el IVA para reactivar la demanda y reducir los beneficios tributarios a sectores como el financiero y el minero-energético, eso sería lo más sensato.
Ampliar productos para que tengan IVA sólo traería el decrecimiento del consumo por parte de las familias y agudizaría la crisis social al interior de millones de colombianos con menos ingresos, lo que traduciría, eso sí, en una deficiente calidad de vida y una malnutrición en los más vulnerables, que no podrían tener acceso a comprar productos con alto contenido proteínico como carne, huevos, etc. Y al ampliar la base de contribuyentes, es claro que será a costa de gravar a los trabajadores en el país.
Como están las cosas hoy, según datos de la misma DIAN, hay 98 productos de la canasta familiar que están gravados con una tarifa general de IVA de 19%, otros 10 de ellos tienen gravamen del 5% y 73 están excluidos, es decir, están en el grupo de los de 0%.
La reforma tributaria debe priorizar más bien la recuperación económica, el consumo del producto nacional y a crear más fuentes laborales para recuperar la empleabilidad y el aparato productivo tan maltrecho por las consecuencias de la pandemia.
Debe el gobierno contemplar la posibilidad de eliminar las exenciones a la gran industria, al gran empresariado, a los ricos de este país, e incluso apretar al sector financiero que tanto se ha beneficiado de los usuarios y que tan jugosas y millonarias ganancias perciben al año.
En todo caso, cuando la reforma sea radicada e inicie su tramite respectivo en el Congreso de la República, nos opondremos, por considerar que es una reforma nociva, regresiva y que lesiona los intereses y el bolsillo de la clase trabajadora, de la clase media y de quienes con su fuerza laboral sacan adelante al país todos los días.
Los Liberales Social Demócratas, estaremos muy atentos a la discusión y al debate de esta reforma, creemos que no es estropeando a la gente del común, al pequeño y mediano empresario, a los empleados, como se logra estabilidad fiscal, por el contrario, se requiere es poner en cintura a los ricos, a las multinacionales y a un pequeño porcentaje de colombianos que hoy concentran la riqueza de la gran mayoría, ellos son los que tiene que contribuir a sanear fiscalmente el país, y no la gente que batalla todos los días por su sustento y por sacar a sus familias adelante a punta de paupérrimos salarios que en la mayoría de los casos, sólo les alcanza para subsistir.
Por eso, sí a la Renta Básica, sí a la recuperación económica del aparato productivo y la empleabilidad, sí a defender la industria nacional, sí a gravar las altas pensiones, no a la extensión del IVA a más productos de la canasta familiar, no al contrabando, no a la evasión, no a los privilegios para el gran empresariado y las multinacionales.
Bogotá, D. C, 16 de febrero de 2021
*Senador Liberal
@GGarciaRealpe