Opinión
Por Jorge Enrique Robledo* . - El sabotaje a la Moción de Censura contra Carlos Holmes Trujillo, el ministro de Defensa que desacredita a la fuerza pública porque ha mentido y engañado para que él y el presidente Duque violaran la ley, es de lo peor que ha pasado en la historia del Senado. Por la decisión duquista de matonear para proteger a un funcionario indigno y porque esos 58 senadores, encabezados por Arturo Char –quien nunca debió ser electo presidente– prevaricaron descaradamente y agredieron a la oposición.
Pues los servidores públicos solo podemos hacer lo que nos esté autorizado por la ley y no existe norma que permita no tramitar una moción de censura, una vez la ha solicitado el diez por ciento de los senadores, como ocurrió. También fue un brutal rompimiento de la Ley 5 de 1992, del reglamento del Congreso, aprobar una proposición impidiendo la Moción. Y engañaron al decir que no podía hacerse el debate por alguna decisión del Consejo de Estado, como si la corrupción que les es propia a las mentiras, engaños e ilegalidades se esfumara de esa manera y ellos tuvieran la potestad de decirnos qué podemos y qué no podemos decir los que no le vendimos nuestra conciencia al pésimo gobierno de Iván Duque. El degeneramiento político hace carrera entre los congresistas amamantados por la Casa de Nariño.
¿Por qué actuaron así si contaban con votos suficientes para ganar la Moción de Censura contra Holmes aunque no tuvieran la razón y sabiendo que Duque puede además encimarle la Cruz de Boyacá a este engolado burócrata de casi todos los gobiernos, la misma que le regaló a Macías?
Porque, fieles defensores del “todo vale” del que derivan su éxito político, no se atreven a resistirse a lo que les indiquen en la Casa de Nariño y sus mensajeros en el Senado, de lo que depende su adicción a la mermelada. Vergonzosa condición la de todos o casi todos los senadores del Centro Democrático y los de Cambio Radical, la U, el conservatismo, el liberalismo y Colombia Justa Libres, que fueron uribistas y santistas y ahora son duquistas.
Porque así hagan demagogia maquillando su matonería con falsas invocaciones democráticas, lo que intentan es imponer en Colombia la concepción despótica de que como ganaron la Presidencia pueden pisotear la separación de los poderes y los derechos de las minorías, fundamentos de la democracia constitucional, sometiendo al Congreso por las “buenas” de endulzarlo y a la Justicia a las patadas. Y ojo. Clase de primer año de derecho: no existe democracia porque se elija al Presidente, sino porque se elige y, además, este respeta las normas y no actúa inspirado por ningún tirano.
Porque les dio miedo que los colombianos conocieran los detalles con los que Duque violó la Constitución al autorizar tropas norteamericanas en Colombia y la volvió a violar cuando el Tribunal Administrativo de Cundinamarca le ordenó que le pidiera permiso al Senado sobre esos militares y además le rechazó que no le hubiera consultado al Consejo de Estado, con lo que rompió dos artículos de la Constitución, el 173.4 y el 231. Y no es que Duque y Holmes ignoren que los acuerdos con otros países son actos complejos que exigen que decidan el poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Lo que pasa es que les importa un pepino pasarse por la faja las normas que juraron cumplir y que no hay artículo en la Constitución –¡ninguno, no mientan más!– que autorice que militares de EE.UU. actúen en Colombia, más allá del tránsito. Pero la razón principal para estos actos que los avergüenzan reside en su vocación de alfombras.
Porque también intentaron que no se supiera en detalle que las órdenes del Tribunal a Duque fueron dos: si quiere tropas gringas en Colombia, primero, pídale permiso al Senado. Y como usted las puso a actuar violando la Constitución, tiene plazo de 48 horas para suspenderles la autorización, exigencia que Duque acató, con lo que reconoció que el Tribunal sí podía darle órdenes. Pero a la par se puso de acuerdo con Holmes para no tramitar el permiso del Senado, para lo cual recurrieron al fraude de decir que sí lo hacían. Para ese efecto el minDefensa se consiguió unas cartas de 69 senadores duquistas que nunca se votaron ni aprobaron en el Senado, que no decide por cartas, y con las que, mintiendo nuevamente, Trujillo les dijo a los medios –en su cinismo, ¡37 veces!–, que esa era la aprobación exigida por los jueces, fraude que el presidente y el secretario del Senado le destaparon dejándolo al desnudo.
Y porque, por último, en la Moción de Censura los senadores duquistas iban a tener que explicarles a los colombianos si en el fraude de las cartas de falsa aprobación legal montado por Holmes Trujillo habían actuado como compinches de un ministro tramposo o como idiotas útiles.
Bogotá, 24 de octubre de 2020
*Senador del Polo Democrático Alternativo
@JERobledo
Por Mons. Joselito Carreño Quiñones*.- Los pueblos indígenas no se les ha reconocido como lo que verdaderamente son, pueblos con una gran riqueza cultural milenaria, con una gran sabiduría ancestral que los ha convertido en los más grandes guardianes de los bosques, de los recursos hídricos, de la fauna y de la flora.
Ellos todavía conservan en gran medida el sentido de comunión con toda nuestra casa común, el sentido de ser administradores y no dueños de la tierra y de todos los recursos naturales. Ellos tienen mucho que enseñarnos a nosotros los que nos consideramos aparentemente "civilizados" y superiores a ellos. Ellos han sufrido el exterminio por parte de los colonizadores.
La historia de la presencia colonizadora y evangelizadora en Latinoamérica ha estado causando el exterminio cultural, espiritual y también físico de muchos de los pueblos indígenas. Ellos han sido usados tanto por los varones de la droga, como por la insurgencia armada para cultivar la coca y saber que es el eslabón más débil y más mal pagado de toda la cadena del narcotráfico nacional e internacional.
Y que ese primer eslabón ha sufrido las consecuencias del envenenamiento con el glifosato y que solo el 0.8 % del costo en el mercado Internacional es que se les paga por cultivar la coca, por poner en riesgo sus vidas, por las masacres y el envenenamiento con el glifosato. Todas estas realidades las sufren nuestros pueblos indígenas y todavía se les estigmatiza, se les desprecia y se les hace semejante desplante después de recorrer tan larga travesía para pedir ser escuchados por el Presidente de la República, en actitud completamente pacífica y totalmente respetuosa.
Bogotá, D. C, 24 de octubre de 2020
Mons. Joselito Carreño Quiñones
Vicario Apostólico de Inírida
Por: José Félix Lafaurie Rivera*.- Es políticamente correcto acusar de asesino al ministro de Defensa porque murieron niños en un bombardeo contra un grupo ilegal, pero a los dueños de “la moral política” no les parece incorrecto que los menores estuvieran en ese campamento, reclutados violando sus derechos fundamentales.
Es políticamente correcto defender el derecho a la protesta pacífica, que el gobierno nunca ha coartado, pero no es políticamente incorrecto violar el derecho de los colombianos a la salud con la irresponsable correría de la minga, y ahora resulta que debemos agradecerles su “buen comportamiento”, al punto que los reinsertados siguen su ejemplo y marchan hacia Bogotá.
Es políticamente correcto que la minga culpe al gobierno de los asesinatos de líderes sociales a manos del narcotráfico, pero no parece incorrecto dedicarse al cultivo de coca en sus resguardos, albergar narcotraficantes y sacar a machete limpio a la Fuerza Pública.
Es políticamente correcto reclamar justicia por esos asesinatos, pero no es incorrecto proclamar, cuando les conviene, total autonomía de esa justicia cuya aplicación reclaman.
Es políticamente correcto atacar al presidente porque no fue al Cauca ni se prestó al “juicio político”, pero no fue incorrecta la “silla vacía” de la minga en 2019, cuando se negó a conversar con un presidente que fue hasta Caldono a escucharlos.
Es políticamente correcto que una alcaldesa exija “humildad” al presidente frente a la minga, pero no es incorrecto abandonar su deber frente a ocho millones de bogotanos para defender, como causa propia, el derecho a la protesta de unos pocos.
Son políticamente correctas las consultas locales contra la explotación petrolera, pero no es incorrecto reclamar regalías ni demandar gasolina y gas, que no son malos si provienen de otros municipios.
Es políticamente correcto rechazar la aspersión aérea con argumentos ambientales y de salud, pero no parece incorrecto guardar silencio frente a la deforestación cocalera y el daño que la droga causa a nuestra juventud.
En este país de “realidad invertida” era políticamente incorrecto estar en desacuerdo con el Acuerdo fariano, y más de medio país que votó “NO” fue estigmatizado como “enemigo de la paz”. Eso no fue políticamente incorrecto, ni lo fue atropellar la voluntad popular y violentar la democracia.
En Colombia, defender el derecho constitucional a la legítima propiedad de la tierra es políticamente incorrecto y quien lo haga es tildado de terrateniente, explotador y paramilitar, y me ahorro los calificativos vulgares; pero eso no es políticamente incorrecto.
Yo cuestioné constructivamente el componente de restitución de la Ley 1448, porque viola los derechos a la presunción de inocencia, la seguridad jurídica y la confianza legítima; y Ariel Ávila me acusó, sin más ni más, de organizar “ejércitos antirestitución”, y no pasa nada, porque semejante infamia no es políticamente incorrecta.
María Fernanda Cabal levantó la bandera políticamente incorrecta de denunciar el “despojo oficial” de la Ley 1448, por cuenta de falsos reclamantes apoyados en un sistema justo en su concepción pero antijurídico en su desarrollo. Ha recibido por ello toda clase de insultos y amenazas efectivas, pero eso no es políticamente incorrecto.
¿Qué es políticamente correcto?, ¿acaso lo políticamente conveniente, lo que produce aplausos y votos? ¿Por qué lo “políticamente correcto” coincide solamente con las posturas ideológicas de la izquierda y el centrosantismo?
Porque ese doble discurso es parte de su estrategia de “inversión de la realidad”; el canto de sirena que buscar mostrar lo malo como bueno y viceversa, y frente al cual debemos amarrarnos al mástil de la democracia, para no estrellarnos con el caos, el hambre y la pobreza que agobian al vecindario.
Bogotá, D. C, 24 de octubre de 2020
*Presidente de FEDEGAN
@jflafaurie
Cuando la Minga Indígena, Afro, Campesina y Popular llegó a Bogotá después de una larga marcha desde sus territorios ancestrales, proclamó a los cuatro vientos su compromiso inclaudicable con la VIDA, tuve la profunda sensación de que, el presidente Duque iba a reunirse con ellos para enviarle un mensaje de Paz y esperanza al mundo, desde esta tierra golpeada por la muerte y la violencia.
Pero no fue así. El presidente en una pequeñez impresionante prefirió esconderse otra vez. Tras las cámaras de la televisión donde todos los días adelanta su ya fastidioso programa, desconoció olímpicamente la voz autorizada y serena que venía creciendo desde las profundidades del Cauca, ganando adhesiones y respaldo a partir del momento en que atravesó el Valle, remontó La Línea y se proyectó hacia Soacha y Bogotá.
La Minga fue recibida con alegría y el retumbar de sus tambores tribales anunciaban nuevos y esperanzadores tiempos para la sufrida sociedad colombiana. La Iglesia Católica la recibió con renovadas esperanzas y sin dobleces le recomendó al presidente Duque recibirla e iniciar un periodo de anhelos nacionales, que permitiera ir cubriendo el inmenso costo social que el Estado tiene adquirido con la sociedad colombiana.
Era un momento especial para el presidente Duque si quería ratificar las condiciones de líder que exigimos los colombianos, y de este modo se decidiera y procurara el gran gesto de conducir a esta sociedad terrateniente y mafiosa a una realmente campesina, justa, solidaria e identificada con nuestros valores ancestrales de características indígenas y afroamericanas.
Pero no fue así. Iván Duque volvió a mostrar su bajo talante, ratificó ese conocimiento que es “viral” en todo el país: Él no es el presidente, si no el sub presidente, porque el presidente es Álvaro Uribe Vélez. Mientras los colombianos esperábamos que él se hubiese reunido con la Minga para ganar como nación el respeto que nos merecemos ante los organismos internacionales, el presidente Duque se dedicó a escuchar las voces de los más recalcitrantes miembros del Centro Democrático, que tienen una visión elitista y antidemocrática de la política, unidos a los intereses terratenientes que son hegemónicos en el Cauca y el Valle. Como lo anotó el periodista Hernando Corral en su escrito: “Ayer los indígenas regresaron a su región de origen y dieron demostraciones de civilidad, a pesar de la torpeza y la arrogancia del Presidente Duque, de negarse a conversar con esta singular representación indígena”.
El presidente desechó una oportunidad única de dar una clase magistral de democracia, habiéndose sentado a escuchar los planteamientos auténticos de sectores ampliamente representativos de nuestra sociedad, quienes le hubiesen transmitido de primera mano información vital de esas conflictivas regiones, para que pudiese enrumbarlas correctamente. Pero no fue así, solo atinó en forma esquizofrénica a enviar a su Comisionado de Paz al Cauca, para hablar con las comunidades indígenas, cuando era de conocimiento mundial, que ellas estaban en la plaza de Bolívar. Increíble situación que denotó un profundo desconocimiento de la realidad nacional.
Estamos lejos los colombianos de tener un presidente que exprese el verdadero sentido democrático, que valga la pena recordar: “Democracia, es el gobierno del pueblo”. Más bien parecen gobernantes de las épocas coloniales, cumplidores de órdenes de personajes externos, traicionando sus sagradas obligaciones, y en cambio sí, conduciendo a nuestra nación hacia el desfiladero autoritario.
Las comunidades ancestrales se están haciendo sentir con la fuerza organizativa que reclaman las nuevas coyunturas políticas. Bolivia acaba de dar su veredicto. Nuevamente el poder eleccionario está en sus pueblos indígenas. Bienvenidas las nuevas autoridades que con urgencia reclaman nuestros desarticulados países.
Bogotá, D. C, 24 de octubre de 2020
*Exembajador en Colombia
Por Gabriel Ortiz*.- Los gremios, los indígenas, las organizaciones sociales y en general el público, esperan que el gobierno restablezca las garantías que reclama la sociedad para recuperar sus derechos. Especialmente esos que permiten a la comunidad solicitar el cumplimiento de las obligaciones y promesas que los Estados deben entregar, otorgar y proporcionar sin exigir nada a cambio.
En nuestro medio, no hay día, no hay semana, no hay mes, en que la gente no tenga que llamar la atención a sus gobernantes, por las omisiones y desobediencias. Cuando no se infringen normas, plazos o montos por cuenta de la corrupción campante, es la memoria o negligencia de altos, medianos o pequeños funcionarios la que falla. Y no hay quién pueda sancionarlos o urgirlos a actuar.
El “papeleo” y el clamor no cesan para evitar los desacatos, porque nunca hay sanciones para los infractores. Y las pocas que se advierten están blindadas y amparadas por la corrupción.
Es ahí en donde empiezan a despertar los movimientos de protesta y las reclamaciones de millones de colombianos desesperados.
Las centrales obreras, los indígenas, las agremiaciones y demás entidades que se ocupan de buscar bienestar para los ultrajados, despliegan reclamaciones que rara vez son escuchadas. Los más altos funcionarios, esos de la cumbre, solo atienden a quienes los eligieron y a quienes de la noche a la mañana, producto de la “mermelada” los apoyan. Así manejan todo, y así burlan los derechos de las gentes. Las protestas se desconocen, las difaman, mancillan y desprestigian. Les aplican el rótulo de violentas o infiltradas.
Estamos ahora, en un período de enfado, contrariedad y ofuscación, que impulsa a las gentes a marchar para defender sus derechos, mientras el gobierno y sus amigos, olvidan que la protesta es un derecho fundamental. La Constitución colombiana la consagra y las Naciones Unidas dicen categóricamente que no se puede prohibir, ni restringir, ni bloquear, ni dispersar, ni perturbar. Solo pide que sea pacífica.
Nada más pacífico, ni civilizado, ni ordenado, ni justificado, que la minga que adelantaron nuestros indígenas. La ciudadanía salió a lo largo y ancho de carreteras, calles y parques a respaldarlos. Por donde pasaban, en los sitios donde se alojaban, dejaban cultura, compostura, aseo y orden. No hubo queja alguna, más que de quienes les aplicaban el odio que enloquece a los colombianos que se creen los dueños de lo que nos queda.
La minga y el paro del 21, nos dejan grandes enseñanzas: no se necesitan smad, ni extremas medidas. Tampoco exagerados, contradictorios e inverosímiles y anormales protocolos, como los que se inventaron para evitar los reclamos de una sociedad que soporta desempleo, extrema pobreza, desconsuelo, angustia, ausencia de Estado y hambre. Al pueblo, a la comunidad y a la sociedad no se atropellan con manos duras y paradójicos protocolos.
BLANCO: El ejemplo que dieron las fuerzas vivas durante el paro del 21.
NEGRO: El recorte presupuestal que se aplicó a la paz.
Bogotá, D. C, 23 de octubre de 2020
*Periodista. Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper.
Por Robinson Castillo*.- A Gabo no le gustaba dar entrevistas. “El que quiera saber qué opino que lea mis libros” solía decir el Nobel nacido en Aracataca. Y con esta licencia que dio en vida, ahora puedo hacerle una entrevista celestial.
Un 21 de octubre de 1982, La Academia Sueca le informó por teléfono a Gabriel García Márquez que era ganador del Premio Nobel de Literatura, gracias a Cien Años de Soledad y a su amplia obra que retrató una zona olvidada del mundo: Latinoamérica. Se cumplen 38 años de la hazaña del realismo mágico.
Un artículo de Gabo en la revista Cambio; del 16 de julio de 2001, el Nobel relató el épico episodio para lograr su novela cumbre. Se me antojó ponerle muchas preguntas a varias anécdotas y surgió esta entrevista celestial.
Robinson Castillo: ¿Cómo llegó la inspiración para comenzar a escribir Cien Años de Soledad?
Gabriel García Márquez: Desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. De pronto, a principios de 1965, me sentí fulminado por un cataclismo del alma. Me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
RC: ¿ Y se dedicó de lleno a terminarla?
GGM: Desde entonces no me interrumpí un solo día en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que Macondo se lo llevó el carajo.
RC: ¿ Su esposa Mercedes fue clave para mantener la maltrecha economía familiar?
GGM: Mercedes se hizo cargo de todo cuando acabamos de fatigar a los amigos. Logró créditos sin esperanza con la tendera del barrio y el carnicero de la esquina. El toro negro de la miseria nos embestía por todos lados.
RC: ¿Y cuál era su principal preocupación en esa escasez económica?
GGM: Uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Mercedes se gastaba medio presupuesto doméstico en pirámides de resmas de papel que no duraban la semana.
R.C: ¿Exactamente cuándo terminó la novela?
GGM: A fines de agosto, de un día para otro, se me apareció a la vuelta de la esquina el final de la novela.
R.C: ¿Cómo surgió el título de su obra?
GGM: No recuerdo si entonces tenía el título de la novela, ni dónde ni cuándo ni cómo se me ocurrió. Ninguno de los amigos de entonces ha podido precisarlo.
R.C: ¿Quién fue el primer lector del original?
GGM: Alvaro Mutis fue el primer lector de la copia definitiva, aún antes de mandarla a imprenta.
R.C: ¿Cómo fue el contacto con la editorial argentina?
GGM: Nunca he sabido cómo fue que en esos días recibí una carta intempestiva de Paco Porrúa – de quien nunca había oído hablar- en la que me solicitaba para la editorial Sudamericana los derechos de mis libros. El único consuelo que se me ocurrió fue contestarle que estaba a punto de terminar una novela muy larga y sin compromisos.
R.C: Pero el dinero no alcanzaba para enviar los originales hasta Argentina
GGM: Era un paquete de quinientas noventa cuartillas. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:
-Son ochenta y dos pesos- Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad: Sólo tenemos cincuenta y tres.
R.C: ¿ Y entonces?
GGM: Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad.
R.C: ¿Y la otra mitad?
GGM: Encontramos dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio y una batidora.
R.C: Mercedes que le dijo
GGM: Lo único que falta ahora –dijo- es que la novela sea mala.
Sin la realidad no hay magia. Hay que seguir leyendo a Gabo y lograr entrevistas, allí donde hay muchas respuestas.
Bogotá, D. C, 21 de octubre de 2020
*Comunicador Social- Periodista
Por José G. Hernández*.- El Diccionario de la Lengua define la censura como “intervención que practica el censor en el contenido o en la forma de una obra, atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas”. “Aplicar un control ético, político o religioso sobre algo o alguien”. El Diccionario Enciclopédico Vox apunta que consiste en “examinar y formar juicio el censor [de un texto, un filme, etc.]”.
Dice la Corte Constitucional (Sentencia T-505 de 2000) que hay censura siempre “que se verifica el contenido de lo que un medio de comunicación quiere informar, publicar, transmitir o expresar, con la finalidad de supeditar la divulgación de ese contenido a permiso, autorización o previo examen -así no lo prohíban-, o al recorte, adaptación, adición o reforma del material que se piensa difundir. Prohibir, recoger, suspender, interrumpir o suprimir la emisión o publicación del producto elaborado por el medio son modalidades de censura, aunque también lo es, a juicio de la Corte, el sólo hecho de que se exija el previo trámite de una inspección oficial sobre el contenido o el sentido de lo publicable; el visto bueno o la supervisión de lo que se emite o imprime, pues la sujeción al dictamen de la autoridad es, de suyo, lesiva de la libertad de expresión o del derecho a la información, según el caso”.
El censor puede ser un agente estatal, un líder religioso o político, un empresario, un editor, un juez o tribunal, o -internamente- el medio de comunicación para el cual trabaja quien informa o se expresa. Y, en general, todo aquél que goce de poder suficiente para interferir de cualquier forma, directa o indirecta, una comunicación (expresión o información), para impedir que llegue a sus destinatarios o para que llegue desfigurada o recortada.
Aunque la aplican en Colombia, cada vez con más frecuencia, la censura está prohibida por el art. 20 de la Constitución: "No habrá censura". Lo cual no se opone a la responsabilidad social de los medios de comunicación, ni a la que se deriva del ejercicio indebido del derecho a la información cuando afecta otros derechos fundamentales como la honra, el honor, el buen nombre o la intimidad de las personas.
Desde luego, no constituye censura la protección a los menores de edad para evitar daño a su intimidad y formación respecto a material pornográfico o violento, o cuando la tecnología mal usada facilita su acceso a formas comunicativas que pueden afectarlos o ponerlos en peligro.
Sí es censura la sanción o amenaza de sanción -penal, disciplinaria, laboral o administrativa- por el hecho de publicar una información u opinión.
Denunciar la censura, si la hay, es -entonces- un deber, no una falta, y menos un delito. Quien viola el orden jurídico es quien censura, no quien denuncia. De allí que no entendamos la razón para que se imputen cargos en materia penal a la periodista que denunció una orden de censura contra determinado programa de televisión. La comisión de una conducta ilícita, delictiva, corrupta o indebida, o el plan para incurrir en ella, no pueden ser actos amparados por la reserva. Deben ser revelados, denunciados, investigados y sancionados.
Bogotá, D. C, 21 de octubre de 2020
*Expresidente de la Corte Constitucional
Por Víctor G. Ricardo*.- Nunca habíamos vivido en Colombia una crisis de liderazgo en los partidos y movimientos políticos del país como la actual.
En estos momentos el país requiere de compromiso y acción de sus fuerzas políticas para superar la crisis de la pandemia y en general del país; en el caso del coronavirus nos ha dejado un número muy grande de personas contagiadas. A la fecha, este número llega casi a un millón de personas, de los cuales por fortuna se han recuperado 850.000 pero desafortunadamente han fallecido cerca de 30.000. Esto, en un país con una alta cifra de desempleo y muchas empresas en crisis o desaparecidas, genera graves problemas económicos. Además de esto, no se ve liderazgo en la clase política colombiana sino, por el contrario, lo que se observa es ausencia de ideas y polarización política que lleva es a que los enemigos de la institucionalidad ganen terreno y provoquen un desorden que aprovechan políticamente para herir el Estado de derecho y lograr avances en su estrategia por llegar al poder. Así, buscan hacer cambios radicales a nuestro sistema económico y político, como otros lo han logrado en países como Venezuela.
¿Dónde está la acción de las directivas de partidos tradicionales como el Conservador, el liberal y los movimientos que se han desprendido de ellos, distintas a sus aspiraciones burocráticas?
Mientras tanto, aquellos que han sido comprometidos por casos de corrupción no han recibido el castigo ejemplar que requieren y muchos otros que después de haber recibido dineros corruptos recibieron castigos tan suaves que hoy ya los tienen en las calles disfrutando de la riqueza mal habida.
¿Qué se hicieron los idearios de los partidos y las estrategias en el cumplimento de objetivos que ayuden a sacarnos de esta triste crisis?
Por su parte, las fuerzas de izquierda están en plena acción, capitalizando el descontento, las angustias y las necesidades que hoy muchos sufren. Se encuentran promoviendo movilizaciones de inconformismo que les dan dividendos y les permiten lograr avances políticos.
Llegó el momento de exigir a los líderes de los partidos tradicionales responsabilidad, acción y la implementación de ideas que permitan, junto con el Gobierno, salir de esta encrucijada en la que estamos. De lo contrario vamos directo al abismo más profundo y a permitir el triunfo de fuerzas políticas que lo que quieren es transformar nuestro sistema económico y social para terminar igual que lo que están viviendo varios países de Latinoamérica.
Así mismo, hay que fortalecer nuestros compromisos para luchar contra los enemigos comunes, como son el narcotráfico y sus bandas de violencia, la corrupción y sus protagonistas, la pobreza y la desigualdad, la delincuencia común, los alzados en armas y aquellos que quieren llegar al poder a través de la destrucción y la promoción de la anarquía. Si no lo hacemos ya, posiblemente no lo podremos hacer en el futuro, porque ya será demasiado tarde.
Bogotá, D. C, 21 de octubre de 2020
*Excomisionado de Paz
Por Jairo Gómez*.- No sé si ustedes tienen la misma percepción, pero cada día que pasa veo al Centro Democrático (CD) y a su líder Álvaro Uribe Vélez, muy cercanos al discurso que profesaba el Nacional Socialismo de Alemania en la década de los treinta del siglo pasado, hace casi cien años.
Enfrascados en la retórica antimarxista y antisemita, el líder y sus aliados, vivían obsesionados con aniquilar cualquier vestigio de izquierda en el parlamento alemán y aniquilar cualquier presencia judía; y, embebidos de odio, hicieron de la propaganda el mejor instrumento para difundir el miedo, estigmatizar y perseguir a quien reivindicase esas ideas en un ambiente que demonizaba cualquier intento de oposición.
Esa estrategia, como la del Nacional Socialismo, es la que viene aplicando el CD bajo la égida de su caudillo, el expresidente Uribe Vélez. Tras recuperar la libertad aprovechó la incondicional vitrina de algunos medios de comunicación para despacharse contra sus enemigos políticos y contraatacó, con la intención de lanzarle un misil, a la MINGA indígena a través de un manifiesto político de seis puntos para acusarla de querer implantar “el socialismo” en tierras colombianas.
En ese ampuloso manifiesto, Uribe Vélez, revela, sin duda, el proyecto electoral de cara al 2022; se trata de una proclamación de la derecha extrema que no dará juego a matices de ninguna índole: “o están conmigo o están contra mí”. Es una declaración que no ofrece nada en concreto, salvo una lucha frontal contra el socialismo (curioso, no habla del manido castrochavismo).
Para justificar sus temores sobre la MINGA, Uribe Vélez, señala a los indígenas de querer implantar una “cultura, ideología y política del socialismo a través de una presentación torcida de la historia”. Vea pues, él (Uribe Vélez) que la borró de la academia (la historia) para ocultar las infinitas fechorías de la clase dirigente de este país y las propias también, acusa a los indígenas de querer torcer la historia, cuando ellos, por esencia ancestral, son la historia misma; existen, incluso, antes de que existiese el socialismo. ¡Por favor!
Ahora, pretender acusarlos de utilizar, óigase bien, de” utilizar la democracia, DDHH, derechos a la protesta, libertad de expresión para defender sus acciones violentas y (de) negar esos derechos a quienes señalaron como sus enemigos”, es la perversa y malévola interpretación que hace cualquier caudillo cuando considera que aún domina los pensamientos y sentimientos de la mayoría de los colombianos. Si esto nos delirar, entonces ¿qué es?
Continúa la diatriba contra la MINGA y dice: “Ojo con la minga: debemos fortalecer nuestro ideario de un país seguro, democrático, con gran vigor de empresa privada, emprendimiento, y cohesión social”. Según él (Uribe Vélez) a los indígenas hay que excluirlos: ni son empresarios, ni dignifican la actividad privada y, mucho menos, son poblaciones que socialmente cohesionen el proyecto político que su facción partidista propone; es decir, hay que desaparecerlos. Esto si es la tapa.
E insiste: “Ojo con la Minga: al odio de clases, motor socialista, al propósito de destruir empresa privada y libertades, cuyo resultado impide avances en el tejido social, opongamos la economía fraterna y la creatividad del emprendimiento individual, garantes de la armonía social”. Esto es cinismo en su máxima expresión. Según él (Uribe Vélez) los indígenas son la enfermedad colombiana, el tumor que ha envenenado e infectado a lo largo de la historia la sangre de sus hermanos menores; es decir, la MINGA, es el enemigo mortal de Colombia.
“Ojo con la Minga: cuando el diálogo socialista es un engaño para justificar el vandalismo y avanzar hacia la implantación totalitaria, el estado democrático tiene que anticiparse con ejercicio de autoridad”. Este señor (Uribe Vélez), como buen caudillo que es, recurre al miedo, al terror, al pánico, estigmatiza al adversario, lo persigue, busca reducirlo para promover la violencia oficial, la represión y el castigo. Acorralado quiere implantar lo que le endosa a la MINGA, una dictadura.
No lo quería mencionar pero lo voy a hacer con todas sus letras: ese era Hitler y así actuó cuando quiso, por todos los medios, desaparecer a los marxistas y judíos; LoG mismo hace Uribe Vélez a través de su ampuloso manifiesto, si fuera por él (Uribe Vélez) desaparecería de la faz de la tierra a nuestros millones de indígenas, una comunidad ancestral que se le opone a su proyecto feudal, señorial, terrateniente, excluyente y paramilitar.
Se lee este manifiesto, que diría yo, es casi una sentencia contra la movilización indígena, y se entiende por qué el estómago agradecido del Presidente Duque, no quiere reunirse con la MINGA.
Bogotá, D. C, 21 de octubre de 2020
*Periodista y Analista Político
@jairotevi
Por: Guillermo García Realpe*.- En abril de 2019 durante 27 días el país vio cómo se paralizó el suroccidente colombiano por cuenta de la minga indígena que masivamente se movilizó para exigir el cumplimiento de sus derechos y garantías a la preservación de la vida en sus territorios.
Durante largas semanas departamentos como el Cauca, Nariño, Valle y en general todo el pacífico colombiano vieron como la economía regional y la productividad se paralizaba por la falta de un consenso oportuno entre el gobierno nacional y los líderes indígenas.
Año y medio después, la situación se repite, no precisamente por los puntos de la agenda que finalmente en buena parte fue concertada en aquella oportunidad, hoy la minga nuevamente se moviliza exigiendo, en primer lugar, que el presidente de la República los escuche, pues en esa oportunidad y a finales de 2019 también los dejó plantados.
Temas como el respeto a la vida, a su autonomía territorial, que cese el asedio por parte de grupos armados ilegales, que se implementen los acuerdos de Paz, entre otros, son parte de la agenda que esta vez los indígenas buscan sea escuchada por Iván Duque.
En principio, se buscó un acercamiento en Cali, pero nuevamente el presidente no acudió a la cita, situación que obligó a la minga a desplazarse a la ciudad de Bogotá en donde esperan que esta vez sí sean escuchados por el Jefe de Estado.
Hay que señalar que esta es una minga pacífica, propositiva, sin vías de hecho, lo que demuestra el ánimo conciliador de los pueblos indígenas, ojalá la soberbia, el dogma y el sectarismo político de algunos sectores del partido de gobierno no se impongan en las decisiones del ejecutivo y echen al traste las buenas intenciones de los marchantes.
Pues ya hemos visto como desde diversos sectores quieren deslegitimar el derecho a la protesta, a estigmatizar a los indígenas de guerrilleros, de aliados del narcotráfico, de obstaculizar las políticas del gobierno, en fin, toda una serie de sindicaciones y apelativos que indirectamente hacen daño a las comunidades que lo único que quieren y buscan es vivir en paz y que no sigan siendo exterminados.
Señores, la minga no está infiltrada como lo quieren hacer ver, los marchantes provienen de la gran provincia colombiana y no hacen parte de ningún grupo armado ilegal, también quieren hacerle creer a la opinión pública nacional que la minga va incrementar los casos de covid. Entonces pregunto, ¿las aglomeraciones de los días sin IVA cuando salieron 500 mil o más colombianos no son dañinas y la de siete mil indígenas que exigen reclamaciones sociales sí? buscan excusas y pretextos en el más mínimo detalle para evadir responsabilidades.
Esa estigmatización de la cual es víctima los pueblos indígenas sí que es dañina. Bien es sabido que el Cauca, también Nariño y otras regiones han sido escenario de muerte y barbarie en los últimos meses, en donde los violentos siguen imponiendo terror y zozobra sin que haya poder alguno desde las instancias oficiales para frenar el baño de sangre que se vive en el sur occidente colombiano. Es por eso que marcha la minga, exigiendo garantías para la vida, respeto por sus líderes y que cese el exterminio en sus territorios.
De acuerdo a Indepaz, desde el año 2016 han sido asesinados 269 líderes indígenas en Colombia, de los cuales 242 luego de la firma del Acuerdo de Paz y 167 durante la presidencia de Iván Duque (al 8 de junio de 2020) y durante lo corrido del 2020 ya son 47 los líderes indígenas exterminados en diferentes zonas del país. Un baño de sangre de enormes proporciones sin lugar a dudas. Y además están documentadas en Colombia más de 65 masacres en los diferentes territorios.
Bienvenida la protesta pacífica, bienvenida la minga a Bogotá, somos más los que queremos un país con garantías para la vida, donde cese el odio y la violencia y donde renazca la paz, la reconciliación nacional, el respeto por la diferencia y donde la guerra sea cosa del pasado.
Bogotá, D. C, 19 de octubre de 2020
*Senador Liberal
@GGarciaRealpe