Opinión
Por José G Hernández*.- Tuve el honor de trabajar en el gobierno de Belisario Betancur, en el Ministerio de Desarrollo Económico y en el de Hacienda. Bajo su dirección, al lado de juristas como Liliam Suárez y Guillermo Salah, participé en la redacción del Decreto Ley 222 de 1983 -estatuto de contratación estatal- y de los decretos con fuerza de ley que establecieron límites a los cánones de arrendamiento de inmuebles.
Los recuerdos que tengo del ex presidente son los de un gobernante amable pero exigente; madrugador, puntual y exacto; escuchaba con atención todas las inquietudes de orden jurídico y práctico que surgían en el curso de las reuniones de trabajo que él mismo presidía, en las que participábamos los funcionarios de distintos ministerios y departamentos administrativos. Siempre procuraba aportar, más que imponer, y cuando no estaba de acuerdo con alguna idea, propuesta o texto, exponía de manera tranquila las razones de su discrepancia, y así esperaba que nos comportáramos. La suya no era la actitud autoritaria de quien se considera superior a todos sino la disposición del profesor acostumbrado a estimular con paciencia debates serios, razonables y fundamentados.
Ha fallecido un demócrata convencido, un intelectual y un político respetuoso del Derecho, que, con honestidad y buen criterio, trabajó incansablemente por la paz de Colombia. No la pudo cristalizar pese al “Acuerdo de La Uribe” de 1984.
Infortunadamente, durante su período de gobierno (1982-1986) Betancur debió enfrentar situaciones muy graves, de enorme dificultad, que han marcado la historia reciente del país. Basta recordar el fracaso del proceso de paz que lideró; la actividad criminal del narcotráfico; el sacrificio de su ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, y el posterior atentado contra el también ministro Enrique Parejo, a manos del narcotráfico; los crímenes cometidos contra jueces, magistrados, testigos y funcionarios; los secuestros; la toma y la retoma del Palacio de Justicia; y catástrofes como el terremoto de Popayán y la erupción del volcán Nevado del Ruiz.
Especialmente compleja fue la situación que enfrentó el ex mandatario en la dolorosa jornada del 6 y 7 de noviembre de 1985, cuando fueron asesinados los más respetables magistrados y muchas personas más. Horrible episodio sobre cuya verdad aún se desconocen muchas cosas. Por lo que respecta al entonces Jefe del Estado, siempre le oímos decir -ojalá lo haya hecho- que dejaría memoria de lo acontecido, para ser divulgada tras su muerte.
Pero a los personajes de la Historia -de la cual ya hace parte Belisario-, que al fin y al cabo son seres humanos -por tanto, falibles-, se los debe juzgar más por sus aciertos, logros y buenas ejecutorias que por sus errores, omisiones o actos negativos. En el caso específico de Betancur, pensamos que actuó de buena fe, aunque -como lo reconoció de manera expresa y pública- se haya equivocado. Fue un humanista y un patriota que pensó siempre en el bien de Colombia. Contribuyó de manera decidida y clara, en todos los cargos que desempeñó y en su actividad política, a la vigencia efectiva de la democracia. Hizo mucho por la cultura. Y, con prudencia inigualable, al dejar la presidencia, se retiró de verdad. Descanse en paz.
Bogotá, D. C, 12 de diciembre de 2018
*Expresidente de la Corte Constitucional
Por Clara López Obregón*.- El pasado fin de semana, fueron asesinados dos líderes indígenas más en el Cauca y una gobernadora de la etnia awá sufrió un atentado en el departamento de Nariño. El lunes, otro líder campesino, miembro de la UP, también fue muerto en el Cauca.
En lo corrido del año hasta el 17 de noviembre, habían sucumbido ante las balas de grupos armados ilegales 226 defensores de derechos humanos, reclamantes de tierras y líderes sociales en 112 municipios. El número es escalofriante y, más aún, el aumento de 43 por ciento frente a 2017 y de 133 por ciento respecto de 2016.
No estamos presenciando hechos aislados o un simple brote de violencia sin mayores proyecciones. La historia se repite. Las cifras muestran que se reproduce como la metástasis de un cáncer antiguo, la misma dinámica del genocidio de la Unión Patriótica que arrancó lentamente hasta que culminó con la destrucción de toda una generación de inconformes, no solo de la UP, sino también del movimiento sindical, del comunal, del afro, del indígena y de las comunidades étnicas y religiosas.
A Michel Forst, relator especial de derechos humanos de las Naciones Unidas, las comunidades que visitó en los sitios afectados por la violencia le refirieron que se sentían más seguras con las Farc que ahora por los grupos que rápidamente coparon los territorios después de la desmovilización. No hay la menor duda de que el mayor reto del Gobierno es la seguridad de esos territorios y de los líderes que allí buscan restablecer los derechos de las comunidades. El gobierno ha expresado su compromiso de afrontar esta grave crisis humanitaria, pero hasta la fecha, las políticas de prevención y protección han demostrado ser insuficientes. Lo dicen las estadísticas y también el relator especial de Naciones Unidas.
La intolerancia, la resistencia al cambio y la falta de respeto por quienes reclaman los derechos que la paz les debe devolver están en la raíz de la violencia que se extiende en los territorios victimizados por el conflicto armado. Se acabó la guerra, pero no sus causas. Bien lo analizaba el expresidente Belisario Betancur cuando tomó la valerosa decisión de buscar la paz mediante el diálogo. No basta con el silencio de los fusiles. Deben abordarse las causas objetivas y subjetivas del conflicto armado para aclimatar la paz y la reconciliación.
En la Colombia de hoy, la construcción de paz y la defensa de vida de los defensores y líderes sociales y políticas pasa por la implementación de los acuerdos suscritos entre el gobierno y las Farc. Esperan cumplimiento el capítulo de la reforma rural integral, con la garantía de acceso a la tierra de campesinos sin tierra o con poca tierra y la formalización de 7 millones de hectáreas, la continuidad del programa de sustitución social de cultivos y el respeto real a la protesta social, hoy todavía estigmatizada con señalamientos de grueso calibre por parte de altos funcionarios del gobierno.
También se hace necesario continuar desactivando viejos y nuevos actores de conflicto. El gobierno debe abrir espacios de diálogo para reasumir negociaciones con el ELN y el ELN debe entender que abandonar el secuestro no es una concesión al gobierno sino una obligación de humanidad. Tampoco debe echar el gobierno en saco roto la posibilidad de un sometimiento a la justicia de grupos ilegales como el Clan del Golfo que en el pasado ha mostrado intenciones de someterse a la justicia de manera concertada.
Finalmente, la política de protección y prevención estatal de los líderes debe complementarse con una decisión consciente - manifestada pública y reiteradamente- de parte de los más altos representantes del Estado y de la sociedad toda, en dirección a la legitimación de la labor de los defensores de derechos humanos, reclamantes de tierras, líderes indígenas, afrodescendientes y demás dirigentes de la comunidad en la defensa de sus derechos y territorios. De eso se trata el afianzamiento de una democracia pluralista que finalmente es la única vía para erradicar la violencia como instrumento para hacer política.
Bogotá, D. C, 12 de diciembre de 2018
*Precandidata a la Presidencia y Excandidata a la Vicepresidencia de Colombia. Exalcaldesa de Bogotá y Exministra de Trabajo.
Por Jairo Gómez*.- Uno no sabe si tratar el caso del asesinato de líderes sociales y defensores de derechos humanos en Colombia como una epidemia.
Es tal el proceso de aniquilación sistemática que hoy se dice una cifra de asesinados y tres días después cambia abruptamente.
En Google definen la epidemia de dos maneras:
Uno. Enfermedad que ataca a un gran número de personas o de animales en un mismo lugar y durante un mismo periodo.
Dos. Daño o desgracia que afecta a gran número de una población y que causa un perjuicio grave (a la sociedad).
Sin duda la definición dos es la que más se sitúa en la realidad colombiana. La crítica situación de los derechos humanos es la espada de Damocles que pende sobre este país. Es tan alarmante el suceso que según el último dato de Naciones Unidas en Colombia han sido asesinados 343 (hoy ya pudo haber aumentado la cifra) líderes sociales y defensores de DD.HH. en los dos años anteriores.
A pesar de los compromisos institucionales para garantizarle la vida a estas personas, los hechos se repiten y todas las declaraciones comienzan de la misma manera: “9 de diciembre de 2018, panadería sobre el paradero de vehículos que cubren la ruta interveredal al corregimiento Los Andes, cerca de las 12:30 de la tarde, un individuo se acercó al compañero Gilberto Antonio Zuluaga Ramírez, y le disparó con un arma de fuego en la cabeza”. Esta escena ocurre en las barbas de policías y militares que ineficaces e incompetentes no actúan, mientras los municipios y veredas del país se siguen inundando de sangre inocente.
Todos los relatos que arropan cada cuerpo inerte de un defensor de derechos humanos o un líder social asesinado, obedecen a una misma narrativa: “Era una defensora o defensor de los derechos de sus comunidades, un reclamante de tierras, un líder social, un indígena o un negro que luchaba por sus justas causas”. Y esto a las autoridades no les dice nada. No existe línea de investigación alguna que asocie las causas de estos crímenes con grupos criminales organizados. Según el ministerio de Defensa son líos de faldas o ajuste de cuentas del narcotráfico.
“…Los mismos defensores no saben (de dónde provienen los tiros). Quizás sicarios; pero no sabemos quién es el cerebro detrás de estos sicarios”, dijo Michael Fort, relator de la ONU para los derechos humanos, tras anunciar que elaborará un informe que le será entregado al Secretario General de la ONU.
Este alto funcionario de la ONU visitó recientemente el país y habló para medios internacionales*. Visiblemente “preocupado por el creciente asesinato de los defensores de derechos humanos y líderes sociales”, no dudó en etiquetar estos hechos como un “plan sistemático” del cual participa “una multiplicidad de autores: fuerzas de seguridad, la Policía, exparamilitares, terratenientes y otros grupos armados, incluidos exfarc”*.
Lo que ocurre a diario contra los defensores de derechos humanos y líderes sociales asesinados es una masacre en cámara lenta, gota a gota, y la sociedad, impávida y pasiva, sucumbe ante la violenta arremetida, según los denunciantes, de grandes propietarios de tierras, de despojadores que hicieron del desplazamiento la estrategia para apoderarse de los bienes de los campesinos y de quienes con nostalgia aún evocan los cañones de la guerra.
Setenta años después de la declaración universal de los Derechos Humanos, las autoridades en Colombia no dan traza de querer garantizarle la vida a los activistas y siguen repitiendo la letanía de siempre: detrás de estos crímenes están las fuerzas oscuras. Es la mejor manera de escurrirle el bulto a una responsabilidad que lacera la imagen de Colombia ante el mundo.
Bogotá, D. C, 11 de diciembre de 2018
*Declaraciones al noticiero de la DW
@jairotevi
Por Horacio Serpa*.-Todos coinciden en decir que el doctor Belisario Betancur fue un buen expresidente. Para mi tengo que también fue un buen Presidente de la República. Ganó las elecciones con el ahora recordado “si se puede”, pero también con la posición que asumió cuando su contrincante, Alfonso López Michelsen, propugnando por la convivencia, presentó su campaña diciendo que “la paz es liberal”. El doctor Betancur le respondió: “la paz es nacional”.
A buscar la paz con enorme compromiso nacional se dedicó el doctor Betancur. Propuso a los insurrectos un proceso de reconciliación, convocó a las diferentes organizaciones guerrilleras, se reunió con algunos jefes del M-19 en el Palacio de la Moncloa, en Madrid, creó la Comisión Nacional para la Paz, solicitó la solidaridad internacional y abrió conversaciones con las Farc, el Epl y el M-19, habiendo sido imposible dialogar con los elenos. Presentó al Congreso un Proyecto de Ley decretando una amnistía general, el cual fue aprobado en diciembre de 1982.
Tuve la satisfacción de colaborar con el proceso de paz del doctor Belisario, tanto en la Cámara de Representantes como en las Comisiones de Verificación y de Diálogo Nacional. Además, cumpliendo instrucciones del Presidente participé en conversaciones informales y misiones acompañando al doctor John Agudelo Ríos, Consejero Presidencial para la Paz, y Bernardo Ramírez, Ministro de Comunicaciones, una especie de segundo Comisionado para lograr la paz.
Con las Farc se hicieron muchas reuniones. Las principales, en Casa Verde, al sur del país, donde se firmó un acuerdo de “cese al fuego, tregua y paz” y también se dio inicio a la Unión Patriótica, que luego fue exterminada. Por fallas de parte y parte, en lo institucional por falta de apoyo en algunos sectores de las Fuerzas Armadas, del empresariado y de los Partidos Políticos, no se pudo culminar exitosamente el proceso.
El Epl se retiró cuando fue asesinado su máximo dirigente Oscar Willian Calvo, quien siempre reclamó la convocatoria de una Asamblea Constituyente.
Con el M-19 hubo muchos tropiezos. Viví directamente el enfrentamiento a tiro limpio entre el Eme y el Ejército Nacional, cuando con Bernardo Ramírez, Monseñor Castrillón y Laura Restrepo tratábamos de ayudar a la paz. Estuve en Corinto cuando se firmó la paz que luego se rompió, en un episodio en el que resultaron heridos Carlos Pizarro y su compañera Laura. Participé en conversaciones con Pizarro en Guarumales en medio de agudo enfrentamiento tratando de salvar el acuerdo y fui delegado del gobierno para dialogar con Antonio Navarro en Los Robles.
Menciono estos esfuerzos por la paz con el M-19, porque Gustavo Petro se dolió de haber sido torturado en el gobierno del doctor Betancur. Lamentable de verás, pero soy testigo del esfuerzo del doctor Belisario por la paz y del celo con que buscó lograrla con esta guerrilla. El doctor Betancur fue un humanista, un hombre de alma delicada, un demócrata, y nunca pudo estar de acuerdo con persecuciones, represión o violencia. Belisario Betancur fue un gran hombre y un Presidente de Paz.
Bogotá, D. C, 10 de diciembre de 2018
Abogado. Excongresista, Exministro del Interior, Exdiplomático, Exgobernador de Santander.
Por Amylkar D. Acosta M*.- “La verdad oficial: una administración prudente de la falsedad” : José Ortega y Gasset.
Nunca se sabrá a ciencia cierta cuantos muertos por cuenta de la cruel y cruenta de la insania y la vesania juntas, esa horrible alba del 6 de diciembre de 1928, hace 90 años, en que las armas de la soldadesca, que le fueron puestas en sus manos para el uso legítimo de la fuerza por parte del Estado para defender a los colombianos, fueron puestas al servicio de los intereses de la multinacional United Fruit Company (UFC), se emplearon para cegarle la vida a inermes trabajadores de las plantaciones de banano en la Estación de la plaza de Ciénaga (Magdalena). Se ha hablado de miles, de centenares, de sólo 9 según la versión oficial e incluso se ha llegado a afirmar que “la masacre de las bananeras es un mito histórico”. Pero, los hechos son los hechos, los “hechos alternativos”, que se inventó la Consejera del Presidente Trump Kellyanne Conway, son sólo un ardid para negar u ocultar los hechos, que son tozudos.
Cobijados por la sombra de la noche del 5 de diciembre, en tinieblas porque ni luz había, sigilosamente arribó la tropa desde Barranquilla, que más parecía un pelotón de fusilamiento, a la plaza, bajo las ordenes del tristemente célebre General Carlos Cortés Vargas, en donde entre arengas y pancartas se apostaban los trabajadores, agremiados en la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena (USTM), que habían votado la huelga general el 11 de noviembre de 1928, debido a la intransigencia de la UFC. Se estima que el número de trabajadores oscilaba entre los 25.000 y los 30.000, provenientes de muchas regiones del país atraídos por la fiebre del banano que abrazaba a la zona.
Su pliego petitorio no iba más allá de la exigencia de las mínimas condiciones para un trabajo digno: mejores condiciones salariales, 8 horas de trabajo 5 días a la semana, la abolición de los comisariatos de la empresa en donde se veían obligados a redimir los cupones con los que se les pagaba el jornal por su trabajo a destajo. La empresa, que hacía alarde de su poder avasallador, acolitada y alentada por la obsecuencia de las autoridades, se negó a negociar el pliego alegando que no estaba obligada a ello. Era una lucha desigual.
Nuestro laureado con el premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez describe en su obra cumbre Cien años de soledad aquel momento a través de José Arcadio Buendía: “la huelga grande estalló. Los cultivos se quedaron a medias, la fruta se pasó en las cepas y los trenes de ciento veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos desbordaron los pueblos. La calle de los Turcos reverberó en un sábado de muchos días, y en el salón de billares del Hotel de Jacob hubo que establecer turnos de veinticuatro horas. Allí estaba José Arcadio Segundo, el día en que se anunció que el ejército había sido encargado de restablecer el orden público. Aunque no era hombre de presagios, la noticia fue para él como un anuncio de la muerte, que había esperado desde la mañana distante en que el coronel Gerineldo Márquez le permitió ver un fusilamiento”.
En efecto, el Presidente Miguel Abadía Méndez había anticipado a expedir la Ley Heroica el 30 de octubre, una especie de Ley marcial a través de la cual se declaraba turbado el orden público y le daba carta blanca para reprimir los brotes de protesta o inconformidad. Siendo Ministro de Gobierno Enrique Arrázola y Ministro de Guerra Ignacio Rengifo, designaron a Cortés como Jefe civil y militar de la zona, no sin antes declarar el Estado de sitio en la zona bananera y al amparo del mismo se prohibieron las manifestaciones públicas e incluso se declaró el toque de queda para sofocar la huelga.
En la madrugada de ese aciago 6 de diciembre, los trabajadores agolpados en la plaza con sus familias desde el día anterior a la espera de la anunciada visita del Gobernador José María Núñez Roca, que nunca llegó y quien supuestamente iba a interceder ante la empresa para encontrarle una solución pacífica al conflicto laboral, sucedió lo peor. El piquete de soldados seguían en la plaza en actitud desafiante. De un momento a otro los trabajadores fueron sorprendidos por el ruido ensordecedor del redoble de un tambor que anunciaba la lectura de un bando notificando el toque de queda y la orden perentoria de disolverse. Pero nadie se movió ni dispersó.
El intimidante redoblar de tambores fue seguido de tres toques de clarín y la amenaza por parte del inefable General Cortés de abrir fuego contra la multitud si no despejaban la plaza. Las ráfagas de las ametralladoras Schwarzlose y las detonaciones de las balas asesinas de los fusiles Mauser ahogaron en sangre el justo reclamo de los trabajadores.
Lo demás es historia, se consumó un crimen dantesco a mansalva de personas humildes e indefensas, que pagaron con sus vidas la osadía de defender sus derechos laborales, sin que el Gobierno nacional moviera un solo dedo para evitar la masacre. En un sonado debate en el Congreso de la República, el caudillo Jorge Eliecer Gaitán denunció esta execrable matanza y concluyó diciendo que “en este país el Gobierno tiene para los colombianos la metralla homicida y una temblorosa rodilla en tierra ante el oro americano”. El Gobierno de Abadía Méndez impidió con sus mayorías que el Congreso designara una Comisión para que investigara los hechos y así terminó echándole tierra al asunto.
Para concluir, citemos a Gabo en Cien años de soledad: “en Macondo no ha pasado nada, ni está pasando nada, ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz” y según la última Encuesta de Gallup Internacional sigue siendo el segundo país más feliz del mundo con un puntaje de 82 sobre 100 (¡!).
Bogotá, diciembre 6 de 2018
*Expresidente del Congreso y Exministro de Estado
www.amylkaracosta.net
Por Juan Camilo Restrepo Salazar*.- Como sucede con las masas de plastilina dejadas a la imaginación de los niños, éstas van cambiando de forma a medida que los juegos infantiles avanzan.
Así ha sucedido con la Reforma Tributaria o Ley de Financiamiento que deberá ser aprobada por el Congreso la semana entrante. Fue cambiando de forma a medida que avanzaban las deliberaciones de las comisiones económicas conjuntas, sin que allí se notara ningún liderazgo gubernamental importante. Como se requería tratándose de asunto tan importante.
Es paradójico constatar que una ley cuyo recaudo en 2019 debía ser al menos de $14 billones apenas recogerá, según ha trascendido, $7.5 billones; con lo cual de todas maneras habrá que hacer un recorte en los capítulos sociales del presupuesto del año entrante de por lo menos $ 6.5 billones, que era justamente lo que se quería evitar.
¿Por qué llegamos a tan menesterosa conclusión?
En primer lugar, porque el Gobierno, que nunca tuvo listo este proyecto de ley sino que lo fue construyendo a golpes de anuncios “homeopáticos” a lo largo de las semanas a partir del 7 de agosto, incurrió en la inexcusable ingenuidad de creer que el país iba a aceptar un brusco aumento del 0% al 18% a todo el componente de alimentos básicos. Esto no sucedió así. Y al retirar el IVA a la canasta familiar se tuvo que abandonar una iniciativa que proveía el 80% de los recaudos esperados con esta reforma.
Los intentos por compensar semejante hueco resultaron infructuosos. En un momento dado, siempre con la improvisación proverbial, se dijo que con un IVA presuntivo que se cobraría a las personas más adineradas se podría compensar al menos gran parte de lo que se estaba sacrificando al entregar la bandera del IVA generalizado al 18% a los alimentos básicos. Vana ilusión. A las pocas horas de haber sido anunciado a los cuatro vientos, el IVA presuntivo tuvo que retirarse pues se descubrió que legalmente no era viable.
Y así siguió la fiesta de la plastilina. Anunciando hoy una fórmula mágica para retirarla mañana.
Todos los observadores serios como Fedesarrollo y Anif coinciden en que vendrán nuevas reformas tributarias, pues ésta maltrecha iniciativa no resuelve nada de fondo.
Si bien es cierto contiene algunas tibias y graduales iniciativas animadas en el buen propósito de reactivar la economía, está plagada de exenciones y privilegios tributarios muchos de ellos costosísimos (su costo se estima en más de $10 millones, o sea superior a lo que se va a recaudar); y cuya factura en términos de costos fiscales nos llegará inexorablemente.
Se reestablece un oneroso impuesto al patrimonio del 1.5% sin ninguna progresividad para los patrimonios mayores de $5.000.000.000. Esta tarifa borra con el codo lo que se había intentado en otros apartes de la reforma para estimular el ahorro y avanzar hacia una mayor progresividad en la estructura tributaria del país
Hemos llegado, pues, con esta Reforma de la plastilina a una situación paradójica: se necesitaban $14 billones para equilibrar el presupuesto del año entrante y apenas se recaudarán $7.5 billones. Con lo cual habrá de todas maneras que efectuar recortes al presupuesto del año entrante por $6.5 billones, principalmente en las áreas de inversión social, que había sido la justificación inicial del proyecto.
El resultado no puede ser más melancólico. Esta reforma de la plastilina se recodará en la historia fiscal del país como una de las más desafortunadas.
***
El fallecimiento de Belisario Betancur le deja un gran vacío al país. Pero su vida plena y fructífera le deja también grandes enseñanzas.
Creyó en la paz, en la democracia como ejercicio de convivencia; en la cultura.
Como él mismo lo dijo: "Si no fuí el mejor presidente sí creo haber sido el mejor expresidente". Y, sin duda, lo fue. Siempre miró a Colombia "cara a cara" como tituló uno de sus libros. Y así nos enseñó a mirarla. Esa es la gran enseñanza que nos deja.
Bogotá. D. C, 9 de diciembre de 2018
Abogado, Economista y Exministro de Estado
Por Mauricio Cabrera Galvis*.-Esa semana trajo dos malas noticias para la sostenibilidad de nuestro Planeta Azul. El reporte de los expertos de la ONU sobre un incremento de 2.7% en la emisión de gases invernadero, y las violentas protestas en Francia contra los nuevos impuestos a los combustibles.
Según el informe presentado a la Conferencia sobre cambio climático de la ONU en Katowice, Polonia, en 2017 y 2018 se produjo en preocupante cambio en la tendencia de reducción de gases invernadero, pues dejó de disminuir y empezó otra vez a aumentar, lo cual hace más difícil la meta de impedir que la temperatura del planeta sube más de 1.5 °C en este siglo.
En Francia el anárquico movimiento de los “chalecos amarillos” se tomó las calles para protestar contra las políticas del presidente Macron, en particular contra el nuevo impuesto a los combustibles que debía contribuir a lograr el compromiso de Francia de reducir la emisión de gases invernadero.
La simultaneidad de estas dos noticias pone de presente uno de los grandes dilemas del mundo actual: crece la conciencia de la necesidad de disminuir los factores que están generando el calentamiento global, pero cada vez es más difícil encontrar quién quiera pagar por ese esfuerzo.
No es una cuestión retórica, ni que dependa de los gobiernos, sino que afecta el bolsillo de todos y cada uno, como lo puede constatar el lector respondiendo las preguntas del siguiente cuestionario:
¿Aprobaría que en la reforma tributaria se imponga un nuevo impuesto a la gasolina y todos los combustibles para desestimular su utilización?
¿Aceptaría que le aumentaran las tarifas de la energía o el gas que consume en su casa para incentivar proyectos de energía eólica o solar?
¿Aceptaría un aumento en el pasaje de Transmilenio si los buses fueran eléctricos?
¿Pagaría más por un diesel con menos partículas de azufre para tener mejor calidad del aire?
Combatir el cambio climático cuesta mucho, y de manera directa o indirecta todos vamos a tener que pagarlo, porque todos estamos contribuyendo a acabar con el planeta con las acciones de nuestra rutina cotidiana.
Cali, 9 de diciembre de 2018
*Filósofo, Economista y Consultor.
Alias ‘Aureliano’, Gustavo Petro, le echó al país un cuento sobre su abnegada vida política, sus amores y correrías con “el amigo de vida”, Juan Carlos Montes, y quiso engañarnos con la tal obsesión por “registrar sus hechos”, que todos la tenemos para recordar momentos familiares, pero no la entrega de “un billete”, en una habitación en penumbra y sin contarle al amigo que lo estaba registrando.
Si esa filmación no fue para extorsionarlo, fue para protegerse, porque Montes sabía que hacían algo indebido y que, además, su amigo no lo era tanto, aunque Petro se exceda en alabanzas para “neutralizarlo”.
Dolido porque su amigo alcalde permitió que lo botaran, ese día de 2015, Montes claramente amenazó a Petro, y lo que este último sintió después de ese episodio no fue depresión; fue susto.
¿Qué pasó entre 2015 y 2018 para que el video terminara en manos inconvenientes para Petro? Montes lo dirá ante la justicia, porque nadie creyó el cuento del hacker, del ingeniero que no sabe de tecnología, del computador viejo; de los “abogados del diablo” adivinos.
Ahora bien, si son ciertas las acusaciones del abogado De la Espriella, la justicia de Estados Unidos intervendrá y el caso será más grave. Hoy el asunto no es si 20 millones es poco frente a 50 millones de dólares de Odebrecht, o si el debate contra el fiscal era el momento para hacer público el video; el asunto es también de “tono moral”, de la posición ética de quien se autoproclama defensor de la transparencia y la moral pública.
Recuerdo a la izquierda alebrestada cuando le montaron a Óscar Iván el escándalo con un video publicado antes de la primera vuelta de 2014. Hoy no veo esa furiosa condena. Para Claudia López es “espantoso”, pero ella está estudiando, y punto. Mockus concluye que le cree a Petro, y punto; mientras Fajardo calla…
Hoy Petro, con investigación abierta, acude a la estrategia de quienes se sienten por encima de la ley: a la movilización, a la acción de facto, como Mussolini en 1922, cuando movilizó a sus camisas negras sobre Roma para arrebatarle el poder al débil Víctor Manuel. Las marchas que pretenden minar la gobernabilidad, ya no serán por la educación o la carestía, sino para salvar a Petro y acorralar al presidente, pero Duque no es Víctor Manuel.
Bogotá, D. C, 9 de diciembre de 2018
*Presidente de FEDEGAN
@jflafaurie
Por Gabriel Ortiz*.-Tremendo lío en el que ha introducido el Fiscal Martínez a Colombia, a sus instituciones y lógicamente a la democracia. Cuando hizo parte de la terna para elegir a quien se encargaría de manejar la Fiscalía, los periodistas lo interrogaron específicamente sobre las posibles inhabilidades y conflictos de interés que podría tener, dados sus éxitos profesionales y la cantidad de negocios que su bufete llevaba a prestantes empresas, personas y entidades.
Sus respuestas siempre fueron negativas. Nunca admitió que tendría que declararse impedido en muchos casos. No estimó la posibilidad de tener comprometida la independencia que debe acuñar un funcionario con semejante labor y desmedido poder.
Como los días transitan con mayor velocidad que la “fórmula uno”, más temprano que tarde se llegó la hora en que se empezaron a presentar los conflictos que la gran mayoría de los juristas, estudiosos de la materia y comunidad en general habían previsto. Y fueron los casos de Odebrecht los que pusieron a prueba a Martínez Neira, quien como abogado debió atender los negocios del hombre más rico de Colombia.
La opinión pública fue bombardeada con noticias muy preocupantes, escandalosas podría decirse, ya que daban razón de ciertos sobornos que según se ha sabido, pueden llegar a 50 millones de dólares. Y era precisamente la Fiscalía de Néstor Humberto Martínez la que tenía que atender estos casos.
Hasta último momento el titular del ente acusador desestimó la gravedad de semejante delito. Sus declaraciones a la prensa, su olímpica presencia en el Senado, su reacción ante las bien investigadas y documentadas columnas de las colegas María Jimena Duzán y Cecilia Orozco, se limitaron a negar cualquier conflicto. Utilizó intimidaciones a los periodistas y espíritu burlón, como escudo de defensa.
Ante la evidencia de colisiones, el gobierno procedió a conformar una terna para que la Corte designe un fiscal ad hoc.
Al parecer, según una fotografía, la terna fue confeccionada por el senador Uribe, el fiscal Martínez y el Presidente. Los que conocen a fondo las normas jurídicas para funcionarios ad hoc, han encontrado fallas garrafales que invalidan la terna. Una magistrada no puede desempeñar simultáneamente una fiscalía ad hoc. Una Asesora jurídica de la Presidencia, no puede ser juez y parte, porque eliminaría la división de poderes. Sería Ejecutivo y Judicial. Y aparentemente el único válido sería el Decano de la Sergio Arboleda, pero se supo que tiene nexos con Martínez Neira. Total: la terna perdió validez. Habrá que confeccionar otra, pero ojalá que sea el presidente quien lo haga, sin dejar entrometer al senador Uribe y al fiscal Martínez.
Total: partimos una vez más de cero. Pero hay quienes consideran inocua la labor de un fiscal ad hoc, que solo conocerá de tres negocios de Odebrecht. Los demás los seguirá atendiendo Martínez con su gente y sus conflictos.
BLANCO: El ejemplo de superación que nos entrega Caterine “la grande”.
NEGRO: Las amenazas de Putin a quienes critican a Maduro: “lo que es con él es conmigo”.
Bogotá, D. C, 7 de diciembre de 2018
*Exdirector del Noticieero Nacional y Notisuper.
Por Lorena Rubiano Fajardo.- El mundo natural es la comunidad sagrada más grande a la que pertenecemos. Dañar esta comunidad es disminuir nuestra propia humanidad.-Thomas Berry.
Hoy en día, la humanidad se ve obligada a acostumbrarse a la idea de que los efectos nocivos para la naturaleza y la salud humana, siempre estarán presentes en el sector energético por los riesgos ambientales potenciales.
La energía moderna es inseparable del uso de los recursos naturales. Al mismo tiempo, cualquier tecnología, ya sean centrales eléctricas de carbón o de gas, centrales nucleares o generadores eólicos, biocombustibles para automóviles, tiene también un impacto negativo en el medio ambiente.
La experiencia de varios países muestra que con una evaluación adecuada de los riesgos ambientales auxiliares, así como con la proporcionalidad de las medidas tomadas, es bastante factible buscar un equilibrio entre el deseo de desarrollar energía y el deseo de minimizar el daño a la naturaleza. La práctica demuestra de manera convincente que si la evaluación de las amenazas por alguna razón resultó insuficiente o que los riesgos inicialmente parecían insignificantes, entonces el uso de las nuevas tecnologías, "sucias", solo se pueden detener con la oposición de las comunidades y con especifica prohibición legislativa.
El éxito de la producción de gas de esquisto en América del Norte dio lugar a discusiones acaloradas sobre su futuro no solo en los Estados Unidos, sino también en otras regiones del mundo. Sin embargo, en el contexto del entusiasmo por la llamada "revolución de esquisto" y su papel en el cambio del mercado energético mundial, es discreto y, por lo tanto, un aumento inesperado del sentimiento de protesta asociado con los riesgos ambientales evidentes de la producción de este tipo.
La famosa "revolución de esquisto" en los Estados Unidos ocurrió en el año de la crisis de 2009, cuando los estadounidenses de repente se convirtieron en los mayores productores de gas del mundo, desplazando a Rusia. Las nuevas tecnologías de producción de gas que se inventaron en los Estados Unidos se publicaron e introdujeron ampliamente, se publicaron estadísticas convincentes y se firmaron acuerdos con los socios europeos sobre la próxima minería de esquisto, lo que llevó a muchos a hablar sobre la "revolución del esquisto" del formato europeo.
Los países europeos, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, también intentaron comenzar a desarrollar depósitos de esquisto. Las ideas de producción industrial de gas de esquisto fueron inicialmente populares especialmente en los países de Europa oriental y los países bálticos, donde se discutieron activamente los proyectos para reducir la dependencia del gas natural ruso.
La triunfante proclamada "revolución de esquisto" resultó ser extremadamente peligrosa para el medio ambiente porque requiere una gran cantidad de agua limpia; se utilizan productos químicos para mantener abiertos los poros formados en la ruptura; en tercer, la perforación de pozos de esquisto es de 5 a 15 veces más costosa que lo usual con una baja tasa de recuperación; finalmente, los riesgos de contaminación ambiental, incluido el envenenamiento del agua potable, son altos. Los sitios de perforación después del final del trabajo se asemejan a un lugar de catástrofe nuclear, convirtiéndose en una zona de desastre ecológico.
En Colombia, actualmente, se ha presentado al Congreso Nacional un proyecto de ley que prohíbe la extracción de gas de esquisto por el método de fracking.
Desde el 2012, la Contraloría emitió una advertencia para Minambiente y la Anla sobre los riesgos ambientales de este tipo de explotación. Aparte de enumerar estos riesgos, el ente regulador solicitaba, por encima de todo, que si llegaba a aprobarse esta práctica en el país se hiciera siempre teniendo en cuenta el medio ambiente y sus necesidades.
Bogotá, D. C, 6 de diciembre de 2018