Opinión
Por Adriana Matiz*.- La historia de nunca acabar, la que se repitió en las últimas décadas, está semana que pasó nos recuerda que hacer cultura en este país es condenarse a la pobreza y necesidad en los últimos días de vida.
La muerte de un artista obligatoriamente llevará luto a sus familias y seguidores, pero en Colombia además logra generar un sentimiento de vergüenza. Es como esas canciones que de tanto oírlas, ya sabemos cómo comienzan y también como terminan.
La vida les dio un don que lejos de convertirse en progreso, los termina condenando a un sinnúmero de necesidades, las deben afrontar en su vejez solos, porque si bien trabajaron incluso en horas extras, jamás cotizaron para acceder a una pensión digna que les garantizara un bienestar en el ocaso de sus vidas, ni mucho menos de las personas que los acompañaron.
Wilson Chopenera nos regaló el que tal vez es nuestro segundo himno nacional, “La Pollera Colorá", la que alguien dijera que era la canción más colombiana de los colombianos; sin embargo su vejez no fue más que el tortuoso camino de la miseria que deben soportar muchos artistas.
Al igual que Chopenera, Álvaro Villalba, intérprete del reconocido dueto Silva y Villalba, nos dejó la semana pasada a sus 89 años de edad, sobreviviendo con sus necesidades más por el trabajo de su esposa en una tienda de víveres en un barrio de Ibagué, que por el usufructo de más de 50 años de carrera musical. No solo lleno de orgullo a sus paisanos, sino que llegó incluso a ser nombrado mariscal de la hispanidad en Nueva York o la mención de Toronto en Canadá.
De esas más de 500 canciones que grabaron y que hoy son memoria viva de una nación no quedó mucho económicamente hablando, de su dueto nada, su compañero Rodrigo Silva ya había fallecido en situación similar en el año 2018, solo una amplia discográfica nos queda a todos, fruto del esfuerzo de muchos años de estos dos hombres y que en el momento en que más se requiere, fue poco retribuido.
Con la llegada de los años aparecieron también las enfermedades, en una silla de ruedas, postrado por una isquemia cerebral y otro cúmulo de padecimientos se fueron consumiendo sus ahorros, todo se había gastado.
De las épocas de los San Pedros en El Espinal donde conociera a Rodrigo Silva ya solo quedaba un recuerdo vago, de sus presentaciones solo fotografías, con su señora y en el olvido, no solo del estado, sino también de la sociedad, se fue apagando su voz de manera definitiva.
Como el personaje de la clásica novela de Gabriel García Márquez “El Coronel no tiene quien le escriba" Villalba, al igual que muchos otros cultores musicales, se quedó esperando esa pensión que nunca llegó, porque nunca se la iban a dar y como sentenció García Márquez en esa obra y que aplica a Chopenera y Villalba: “Nosotros ponemos el hambre para que coman los otros. Es la misma historia desde hace cuarenta años”.
Ibagué, 21 de junio de 2021
*Representante a la Cámara por el Partido Conservador
Por Mauricio Cabrera Galvis*.-Ya es casi un lugar común decir que los programas de erradicación de cultivos de coca en Colombia son un trabajo como el de Sísifo, condenado a empujar una gran roca por una empinada montaña, solo para ver que se rodaba cuando estaba a punto de llegar a la cima y debía volver a empezar a empujarla.
No hay mejor alegoría para describir la inutilidad del enorme esfuerzo del estado colombiano por reducir el área sembrada de coca, y el todavía más inútil esfuerzo de ganar la guerra contra las drogas mediante la erradicación de cultivos. Esa guerra fue declarada por el presidente Nixon hace 50 años y el consenso general es que está perdida.
Los resultados de los programas de erradicación son frustrantes y, además de eso, serán perjudiciales si se reanuda la fumigación con glifosato. Antes de su lamentable fallecimiento, el ministro Carlos Holmes anunció que en 2020 el gobierno había logrado su meta de erradicar 130.000 hectáreas sembradas de coca.
Un gran esfuerzo, pero como le pasa a Sísifo, la piedra se rodó y hay que volver a empezar. Esta semana el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (Simci) de la ONU reportó que en el 2020 el área sembrada de coca no se había reducido en la cantidad erradicada por el gobierno, sino solo en 11.000 ha. al pasar de 154.000 a 143.000 ha. La diferencia la explica una sola palabra: resiembra. Un 91.6% del área erradicada se volvió a sembrar.
En 2019 sucedió algo muy similar. El gobierno erradicó 100.000 ha. de coca, pero según el Simci dijo que el área sembrada solo se redujo en 15.000 ha. al pasar de 169.000 a 154.000 ha., porque la resiembra fue del 85%
La mayor frustración de nuestro Sísifo es que la montaña de la cocaína se eleva cada año. A pesar de la reducción en el área sembrada, el Simci muestra que en estos tres últimos años en el país la cosecha de hoja de coca aumentó 2% y la producción de cocaína subió casi 10% pasando de 1.120 toneladas en 2018 a 1.228 toneladas en 2020. El aumento de productividad de los narcotraficantes es más eficiente que la estrategia represiva.
La resiembra no se explica porque a los campesinos colombianos les gusten las actividades ilícitas, sino por el hambre y la necesidad de conseguir ingresos para sobrevivir. Son más víctimas que delincuentes. La coca es la única alternativa de subsistencia en territorios donde el Estado no está presente, donde no hay vías ni facilidades para vender otros productos.
Por eso la erradicación es una estrategia condenada al fracaso, y peor si es con glifosato, si no va acompañada con un programa integral de sustitución de cultivos como el que se estableció en el punto 4 del Acuerdo de Paz con las Farc. Es la única forma de que la roca que empuja Sísifo no se vuelva a rodar.
Cali, 22 de junio de 2021
*Filósofo y Economista. Consultor.
Por Juan Manuel Galán*.- Esta semana escribí un trino en el que resaltaba al sindicalismo como una institución de organización social de vital importancia para la democracia, pero que, en nuestro país, se dejó colonizar por el clientelismo. Así, mencioné que había perdido su norte, la representatividad de los trabajadores y que se había convertido en una camarilla que sólo generaba desconfianza.
Al respecto, recibí un sinnúmero de ataques, entre los que se encontraban los del senador Roy Barreras, quien, de forma mezquina, en busca de ‘likes’ y ‘retweets’ quiere generar polémica en redes sociales. Sin embargo, vale la pena hacer unas aclaraciones sobre lo mencionado en Twitter. En primer lugar, reconozco que cometí un error al generalizar. No todos los sindicalistas en Colombia han caído en prácticas clientelistas, por lo que reconozco mi equivocación y ofrezco disculpas.
En segundo lugar, nadie puede desconocer la dignidad y grandeza de los trabajadores a lo largo de la historia de nuestro país, su lucha y sacrificios. Precisamente por eso duele, en circunstancias como las actuales, el proceder errático de una representación que no interpreta el momento, dando pie a que las justas reivindicaciones de los trabajadores pierdan respaldo entre los restantes sectores sociales.
Las dificultades que muchos trabajadores deben sufrir para llegar a sus lugares de trabajo o a sus hogares por la falta de transporte, así como la atención de los enfermos en la situación de pandemia, ¿no son acaso circunstancias que deberían obligar a quienes los representan a buscar otras estrategias? Lo cual no conlleva tener que claudicar en sus demandas, justas, por demás, como siempre lo hemos reconocido, ni a tener que dar la razón a quienes se oponen a la protesta o a que de ella participen los trabajadores. Sugerencia con la que se quiere acallar nuestra crítica, pretendiendo privarnos de nuestro derecho a opinar.
Es así que por ser conscientes de las enormes desigualdades e injusticias que aquejan a la sociedad colombiana y que los trabajadores son sus víctimas más directas e inmediatas, nos angustia que su dirigencia no reaccione; se mantenga atrapada en el anacronismo; sin mayores alternativas a las acuciantes necesidades insatisfechas de este sector y de la sociedad.
Prueba de ello es la agresión personal con la que se pretende darme respuesta. Mientras que recurrentemente nada se hizo frente a la ley 100, con el salario mínimo año a año más empobrecido, la destrucción de los derechos sociales, el recorte y la supresión de las horas extras. Las aspiraciones políticas de algunos de sus dirigentes buscan tergiversar la verdad y botan al traste todo por lo que dicen o se jactan de “luchar” en pro de los trabajadores.
Una buena parte del empresariado ha reconocido que puede y debe contribuir más. Es un paso importante. ¿Cuál es el paso que la representación sindical está dispuesta a dar para reconectarse con su histórica justa causa de velar por el bienestar y garantía de derechos de l@s trabajadores?
Bogotá, D. C, 20 de junio de 2021
*Exsenador de la República. Politólogo del Instituto de Estudios Políticos de París, Magíster en Política Internacional de la escuela de Altos Estudios Internacionales de Francia. Magíster en Relaciones Internacionales y Seguridad en la Universidad de Georgetown.
Por Amylkar Acosta*.- Anthony José Zambrano de la Cruz nació en Maicao (La Guajira) y es uno de tantos colombianos a quienes la violencia forzó a su desplazamiento y desarraigo. En su caso no alcanzó a conocer a su padre, lo asesinaron vilmente y ello obligó a su madre, Miladys, a partir con su único hijo a rehacer su vida en la capital del Atlántico, que los acogió. Anthony José es un hombre de retos, el primero de ellos fue sobrevivir en medio de la pobreza y la precariedad.
Si algo ha caracterizado a Anthony José es su espíritu de superación. No se conformó ni resignó a seguir en la economía del rebusque en Barranquilla para conseguir el diario sustento. Siempre se ha impuesto metas más elevadas, con la obsesión de darle una casa a su madre “para que viva tranquila” y para que ella deje de estar, como ella misma lo dice, “de aquí p ́a ya y de allá p ́aca”. Y, rehuyéndole al vicio, a las pandillas que lo asediaban en el barrio humilde en donde se refugiaron en Barranquilla, entendió desde bien temprano que, como dice el adagio popular, “más vale llegar a ser que haber nacido siendo”.
A sus 21 años, Anthony José se colgó en Doha (Catar) la medalla de plata, su tercera presea en línea, después de los Panamericanos de Lima en agosto de 2019, en donde se hizo acreedor a la medalla de oro por su brillante actuación, asegurándole de paso su participación en las justas de los juegos olímpicos de Tokio. En Doha ratificó sus excelsas condiciones, batiendo su propia marca con un registro de 44.57 segundos. Se trata, nada menos ni nada más, que del primer medallista colombiano en un evento de pista en un campeonato Mundial de Atletismo, esta vez en Doha.
Él, como afirma Mandela, es consciente de que “después de escalar una colina, uno se encuentra solo ante muchas colinas que escalar”; por eso ha dicho que “uno no tiene que ser mediocre y complacerse con una marca. Aquí sigo y vamos hacia adelante”. Como vemos, no es amigo de la autocomplacencia. Y lo acaba de demostrar y de qué manera en los 400 metros de la válida de Florencia (Italia) de la Liga de Diamante, en donde se impuso con un tiempo de 44,46 segundos, dejando rezagados a los otros dos favoritos, el italiano Davide Re y el británico Matthew Hudson-Smith. Una verdadera hazaña. Este triunfo lo catapulta hasta hacerse acreedor a la primera posición en la clasificación general de dicha Liga. ¡Cipote honor!
Anthony José, con su brillante actuación y su talante de deportista disciplinado y consagrado, ha sabido dejar bien en alto el pendón tricolor, así́ como la divisa de los departamentos de La Guajira y el Atlántico, fundidos en él, como el hijo egregio del Caribe colombiano que es. Aspiramos y esperamos mucho más de él, ¡tiene madera e ímpetu para lograrlo!
Cota, 21 de junio de 2021
*Expresidente del Congreso, Exministro de Minas y Energía. Miembro de Número de la ACCE
Por Paloma Valencia*.- Hoy 21 millones de colombianos están en la pobreza, esto es el 42,5% de la población. 7,5 millones de ciudadanos están en la pobreza extrema, el 15% de nuestra población. 2,3 millones de colombianos ingieren menos de tres comidas al día, 1,6 millones más que el año pasado, a causa de la pandemia. En Barranquilla por ejemplo, antes de la pandemia 83% de las familias comían tres veces al día, hoy sólo 34% y en Sincelejo donde estábamos cerca de que todos comieran tres veces al día (92%) pasamos a que menos de la mitad, el 40%, pueda tener la alimentación completa. Hay 7.819 hogares que comen menos de 1 comida al día.
Estas cifras no son solo números, son ciudadanos colombianos pasándola muy mal. Y a esta dramática situación habría que sumarle los brutales resultados del paro que nos ha costado más de 15 billones de pesos y cuyas cifras sobre perdida de empleo, encarecimiento de la canasta básica y destrucción del sistema productivo aún no se asientan.
Considero que es un deber moral de todos erradicar la pobreza extrema y subir las condiciones de vida de los ciudadanos para sacarlos de la pobreza. En ese ánimo deberíamos estar todos. Es algo que no tiene tinte político, que no tiene como criticarse, que nos compete a todos. Necesitamos una estrategia nacional para superar la pobreza y un presupuesto sustantivo para hacerlo.
Lo he propuesto varias veces, pero tengo que insistir. Estoy convencida de que los programas de autoconstrucción -con ingenieros y arquitectos residentes- donde se le pague a los ciudadanos, se los forme en un oficio, se les den los materiales y además queden con vivienda o con las mejoras de vivienda, con los acueductos y alcantarillados y vías terciarias, construidos por ellos mismos, pueden dar un golpe de bienestar. No solo se proveen unos ingresos a las familias sino que además logramos condiciones materiales distintas y dignas para esos colombianos.
En este contexto es inaceptable que se estén creando más cargos burocráticos en el Estado. Por fuera de esta discusión sobre su necesidad o conveniencia, estoy convencida de que tenemos necesidades más significativas. Los pocos recursos que hoy tenemos deben ser destinados a superar las condiciones de pobreza y avanzar en la reactivación económica.
Hay más de dos millones de empleos que no hemos logrado recuperar, que sí teníamos el año pasado. Un desempleo del 15% es altísimo, sobre todo cuando se considera que antes de la pandemia estábamos en el 10-11% y que el 48,7% de ese empleo es informal. A esto hay que agregarle el efecto del paro sobre el cual Corficolombiana estima que perdemos 400 mil empleos; Camacol habla de la pérdida de 472 mil empleos; y Min Agricultura estima 1,8 millones de empleos del agro amenazados con desaparecer. Lo cierto, es que durante la pandemia el 10% de las mipymes se declararon en quiebra. Cerraron 509 mil micronegocios. Sin negocios no se genera empleo, sin negocios no hay quien pague impuestos. Es inaceptable que en estas condiciones estemos pensando en burocracia -por mucho que se necesite. Hay necesidades más urgentes e imperiosas: la recuperación económica para generar empleo y la atención de los más pobres. Solo votaré una reforma tributaria para estos propósitos.
Bogotá, D. E, 18 de junio de 2021
*Senadora el Partido Centro Democrático
Por Gabriel Ortiz*.- La inteligencia militar colombiana ingresó a cuidados intensivos. No la salvarán las vacunas y no quedan Ucis libres. Lo ocurrido en la Brigada 30 de Cúcuta, se suma a otras tantas incursiones mortíferas a centros militares, sin inteligencia.
Increíble que un ministro de defensa recién “condecorado” por un Congreso “enmermelado”, haya descuidado la inteligencia militar, de la cual depende la seguridad del Estado, que él juró defender al posesionarse.
Cada que se quiere mostrar eficiencia investigativa, salen a hacer méritos todos los doses: el 2, el F2, el G2 y desde luego los haker. Toda esa parafernalia de los diferentes grupos de inteligencia del Estado, son unos magos, para hacer seguimientos a periodistas, opositores y a personajes independientes, que tanto escozor ocasionan a los gamonales y caudillos del CD.
Nadie alcanza a explicarse, cómo una camioneta, conducida por alguien que no se identifica cuando busca ingresar a una Brigada, burla los sistemas de seguridad del fuerte militar, en el que se alojan fuerzas especiales de procedencia norteamericana, encargadas de hacer seguimiento a las supuestas operaciones que “prepara” Venezuela contra Colombia, en las contadas horas que aún le quedan a Maduro.
Para entrar a cualquier edificio, se exige a los ciudadanos documentos de identificación confiables, huellas dactilares, fotografías, datos particulares y cuanto se le antoje al vigilante de turno. Difícil entender cómo se puede exonerar de todos estos requisitos a una persona que quiera ingresar a un cuartel, repleto de militares nacionales y extranjeros.
Lo acontecido en Cúcuta fue tan escandaloso, que obligó al presidente Duque, a tomar el flamante avión presidencial bien pasada la noche, para trasladarse a la capital de Norte de Santander. Allí se realizó el acostumbrado, más poco efectivo, tradicional Consejo de Seguridad.
¿Qué diablos pasó en la Brigada 30, atestada de “2” y de los llamados ronderos en moto? Hay que recordar también lo de la Escuela General Santander de la Policía en Bogotá, y las famosas camionetas blancas repletas de paramilitares que se paseaban por Cali, disparando contra los manifestantes, y los “paras” que con fusiles de largo alcance asesinaban a los participantes en las marchas. La policía se codeaba con ellos, pero nadie los veía.
La camioneta de Cúcuta, ingresó sin permiso alguno y se ubicó estratégicamente buscando ocasionar el mayor daño… hizo explosión e impactó a muchos soldados nuestros y a un gringo, muy levemente. Esa razón aminoró el escándalo.
Investigaciones van y vienen sin resultado alguno. Al final, el Fiscal descubrió que la camioneta fue comprada a plazos y que algunos subalternos la habían visto ingresar. Hubo inculpaciones para el ELN y para algunos soldados y suboficiales rasos que fueron detenidos.
Las investigaciones siguen, “hasta sus últimas consecuencias”, mientras los heridos sanan y la inteligencia con todos los “2”, miran para otro lado. ¡Fin!
BLANCO: La nueva reforma tributaria, sin IVA.
NEGRO: El alegre paseo de Carrasquilla por Miami, mientras arde Colombia.
Bogotá, D. C, 18 de junio de 2021
*Periodista. Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper.
Por Gustavo Galvis Hernández*.- “Solo quedan diez años”. Es la contundente advertencia de Antonio Guterres, Secretario General de la ONU con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente. Se refiere a la última oportunidad para salvar al planeta Tierra nuestra única morada de la catástrofe climática, la extinción de las especies y la contaminación global que avanzan a ritmo de desastre. Súmese el crecimiento poblacional imparable especialmente en los paises pobres.
Y es oportuno además reiterar algunas de las recomendaciones expuestas recientemente por un grupo de reconocidos investigadores sobre estrategias y acciones a realizar en varios aspectos críticos del tema. Está el cambio urgente de las fuentes de energía basadas en carbón y petróleo, por las renovables como la hídrica y las no convencionales: eólica y solar principalmente.
Está la importancia del sistema financiero en la financiación de proyectos que sean ambientalmente sostenibles y desinvertir en los que no lo son. También en lograr motivar fuertemente a la ciudadania para que participe activamente- en la economía circular por ejemplo- separando en los hogares y empresas los elementos útiles para el reciclage como plásticos, metales, papel, cartón y vidrio, fundamentalmente.
También dar más información a los consumidores sobre los bienes y productos que utilizan, como los alimentos, y su huella ecológica o de carbono en su producción. Fundamental, la educación ambiental para sensibilizar a la gente especialmente de los jóvenes del mundo cada día más complejo para vivir.
Insistir, persistir y nunca desistir debe ser la consigna para trata de frenar la degradación planetaria que está llegando a situaciones irreversibles. Y también es una gran oportunidad para la generación de millones de empleos verdes en un contexto muy complejo en donde por la Cuarta Revolución Industrial -la Inteligencia Artificial (IA), la robótica, el internet de las cosas, etc,- con la automatización creciente, dejará a centenares de millones de personas sin trabajo como lo expone el historiador e investigador científico Yuval Noah Harari en su renombrado libro, 21 lecciones para el siglo XXI. Ya está ocurriendo en muchas partes, con sus graves consecuencias económicas y sociales, en un mundo lleno a reventar, superpoblado, con 7.890 millones de personas demandando recursos cada día más escasos. Poco espacio para el optimismo.
Bucaramanga, 16 de junio de 2021
*Ingeniero Industrial de la UIS. Expresidente de la Financiera Energética (FEN). Exsenador, Expresidente de ANDESCO.
Por José G. Hernández*.- Nuestros gobernantes suelen dar mayor relevancia a lo formal y a lo externo que a lo sustancial, y comprometerse a bonitos programas y objetivos que luego abandonan o contrarían.
Juran los presidentes, como lo establece el artículo 188 de la Constitución, cumplir sus preceptos y las leyes, y se obligan a “garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos”, aunque la dura realidad prueba lo contrario. Para corroborarlo basta ver lo acontecido -y ojalá algún día aclarado- durante las marchas y protestas del último mes y medio.
Los gobiernos se han acostumbrado a conferir mayor importancia a las apariencias y a la imagen -presentada oficialmente en los medios de comunicación- que a la real y tangible gestión de los asuntos que interesan a la colectividad. Hay una gran tendencia a “mostrar”, sin importar si lo que se muestra corresponde a lo que se hace, y a “presentar” buenos resultados, acomodando las estadísticas, las cifras y las gráficas, en especial para efectos de comparación entre lo actual y lo precedente. No es extraño encontrar que se ofrezca o sostenga algo públicamente, pero se haga exactamente lo contrario. Ni que se prometa en campaña una determinada política social o económica que resulta ser totalmente distinta de la que se formula y ejecuta en el gobierno. Ni que se inaugure con bombos y platillos una obra que está lejos de ser concluida.
Ejemplos:
El expresidente Juan Manuel Santos se comprometió en campaña a no aumentar las tarifas de los impuestos, y aseguró poderlo escribir así en “piedra, mármol o (en) lo que sea”, pero lo que finalmente quedó escrito en la Ley tributaria 1819 de 2016 -de iniciativa gubernamental- fue, entre otros, el incremento de la tarifa del IVA del 16% al 19%. Igualmente, prometió disminuir los aportes de los pensionados para salud, del 12% al 4%, pero, culminado el trámite legislativo en el Congreso, objetó el proyecto de ley aprobado en tal sentido y consiguió hundirlo.
Santos reconoce ahora, ante la Comisión de la Verdad, que los mal llamados “falsos positivos” tuvieron ocurrencia por el afán gubernamental de mostrar resultados. Bastante tarde, quien fuera Ministro de Defensa durante el gobierno Uribe expresó: "Me queda el remordimiento y el hondo pesar de que durante mi ministerio muchas, muchísimas madres, perdieron a sus hijos por esta práctica tan despiadada, unos jóvenes inocentes que hoy deberían estar vivos”. Según él "la presión por producir bajas y los premios por lograrlo fueron, sin duda, los incentivos para producir lo que vino después”. Todo ese dolor, para “demostrar” que la política de “seguridad democrática” estaba produciendo efectos.
Consignas del actual presidente Iván Duque -como “menos impuestos, más salario mínimo, para un país solidario”, “el que la hace la paga”, “somos autocríticos, y recibimos la crítica y la protesta con respeto”, “reconstrucción de Providencia en 100 días”, “la presidencia de Maduro tiene los días contados”- han sido desvirtuadas por tozudos hechos.
En fin, la búsqueda de aprobación sobre la base de apariencias, sin importar las realidades, ni lo sustancial. Con eufemismos que pretenden ocultar lo inocultable. El imperio de la forma externa sobre el fondo.
Bogotá, D. C, 16 de junio de 2021
*Expresidente de la Corte Constitucional
Por Simón Gaviria*.- Según Gallup el 77,5 % de los colombianos piensa que el país va por mal camino. En mayo, el índice de confianza del consumidor cayó a -34,3 %, su nivel más bajo, exceptuando el primer mes de pandemia. Cayó en todos los estratos y en todas las ciudades. No es solo que el pesimismo nos tiene desbordados, sino que solo vemos el enemigo adentro. Aquí empieza a morir la democracia. Ya no hay guerrilla, ni paras, ni cartel que amenace el país. El rival externo nos mantenía enfocados en salir adelante, la amenaza del abismo suavizaba diferencias ideológicas. Ahora se impone la narrativa del fracaso colombiano. Se está empezando a creer que los últimos años han sido solo de derrotas. Aunque es fácil sentarse a criticar todo lo malo que tiene el país, no todo está perdido.
Desde 1980, con la excepción de Chile, Colombia tiene el mayor crecimiento de ingreso per cápita en dólares en América Latina. De ser el país más pobre en Suramérica a comienzos de siglo XX, hoy es la economía numero 39 a nivel mundial. En la última medición del ranking mundial de competitividad Colombia alcanzó el puesto 57, su mejor posición en la historia. Derrotó la inflación con un banco central independiente. En la última década tuvo la inversión sobre PIB más alta de América Latina. Todo esto dejando de ser por coeficiente Gini el país más desigual de la región para ubicarse en el promedio. Antes del covid, en la última década la pobreza bajó 51%, con casi 17.6 millones de personas saliendo de ella. No es perfecto, pero algo avanzó.
Se puede criticar mucho cada proceso, pero el hecho es que hoy no hay Farc, EPL, Paras, Cartel de Medellín, ni Cartel de Cali. En su pico Medellín tenía la tasa más alta de homicidios del mundo con 370 por 100 mil habitantes, hoy es según el New York Times es globalmente la ciudad más innovadora. La tasa de homicidios en 2019 fue la más baja de los últimos 44 años. En 2020 se dio la mayor cifra de erradicación manual de coca en la historia con 130 mil hectáreas. El programa de reparación de víctimas a 2019 de Colombia es 18,3 veces más grande que el segundo que es Chile. Es como reparar las víctimas de Francia, Reino Unido, y EE. UU durante la segunda guerra mundial. Aunque falta, hoy Colombia es más seguro.
No solo aquí se logró cobertura universal de salud, sino que en la última década más de 5 millones lograron acceso por primera vez a agua potable. De lejos hay más celulares que personas. La cuarta red de energía más limpia del mundo, podría serlo aún más con el potencial de 20 mil MW de solar y 8 mil de viento. El segundo país más biodiverso del mundo, es una potencia turística futura. Así como hay malo también hay bueno, el potencial enorme.
No hay nada de lo malo que tiene Colombia que lo bueno del país no pueda superar. No se puede caer en la trampa de pensar que no hay futuro. Si esto se daña es porque no lo quisimos salvar. En peores lugares nos ha cogido la noche, de esta tenemos que salir.
Bogotá, D. C, 16 de junio de 2021
*Expresidente de la Cámara de Representantes
Por Víctor G Ricardo*.- Creo que es oportuno escribir nuevamente sobre el COVID, esta vez desde mi experiencia personal, incluso después de haber sido vacunado en enero y febrero, respectivamente, con dos dosis de Pfeizer.
Si bien, como muchos, confiaba en que haría parte del 95% de efectividad en la prevención que presentaba la vacuna Pfeizer, siempre continué siendo cuidadoso con las medidas de prevención. Sin embargo, caí en el 5% de la población que -incluso con la doble dosis de Pfeizer- puede contagiarse.
La pregunta que más me he hecho en los últimos días es ¿cómo me contagié? Y la respuesta no la encontraré, pues a mi manera de ver, no solo era juicioso con las medidas de prevención sino incluso exagerado: pues utilizaba doble tapabocas y era intenso en el uso del alcohol o antibacterial.
Comencé a sentirme mal el jueves 3 de junio. Sentí lo que pensé era un simple resfrío, con congestión nasal, como si me fuera a empezar una fuerte gripa. Jamás consideré que fuera posible atribuirle esa congestión al Covid. Principalmente, porque dos días antes me había hecho una prueba rutinaria PCR que me salió negativa. No obstante lo anterior, en mi casa me aislaron, para prevenir que los demás se enfermaran en esta época en la que tan solo estornudar es incómodo.
Un par de días después, lo que en mi cabeza era una gripa empezó a parecerse un poco a aquellos síntomas que suelen relacionarse al Covid; me sentía agitado y ya tenía fiebre. Consciente de que quizás era una mera angustia, por precaución y ante la insistencia de mi hija, me realicé una nueva prueba pero el sábado 5 de junio; ésta salió positiva.
Incrédulo, junto con mi familia, tuvimos que hacer frente a esa noticia que, no obstante estar vacunado, generó una gran preocupación en todos y, particularmente en mí, miedo. Estaba vacunado, no creía haber cometido ninguna imprudencia de los cuidados frente la COVID y sin embargo estaba infectado.
Fue entonces cuando empezaron a tratarme, me recetaron más de veinte medicamentos y me reiteraron la importancia de asumir un tratamiento rápidamente. Me mandaron a hacer algunos exámenes y me empezaron a monitorear la oxigenación. Entonces entendí la importancia de este tema, pues si no se mantiene el rango de oxigenación adecuado, existe un riesgo de que los pulmones se vean gravemente afectados, se presente un infarto o incluso algún accidente cerebral.
Este fue el tema complicado en mi caso. La oxigenación debía estar por encima de 90 y al principio llegaba a 80-81. Entonces, me conectaron al oxígeno, todo esto desde el aislamiento.
Gracias a un monitoreo estricto, la asistencia médica, la ayuda de Dios y el apoyo de mi familia y los amigos que siempre estuvieron pendientes, lo pude superar y hoy voy presentando mejoras e indudablementenme estoy recuperándo.
En retrospectiva, creo fielmente que el estar con vida y el no haber terminado en una clínica se lo debo a la vacuna aunque se de amigos y conocidos que no han contado con la misma suerte. Quienes me conocen sabrán que no soy un hombre “fit”, tengo mis kilitos y, posible o probablemente, sin la vacuna la historia que hoy cuento sería muy diferente. Quiero agradecer especialmente la profesionalidad de la ayuda médica que recibí por parte de los doctores Mercado, Enciso y Roa, así como la asistencia de mi EPS que aunque un poco burocrática respondió. Gracias a mis amigos por estar pendientes y a mi familia por el cuidado que me ha brindado Y por supuesto, gracias a Dios que me permite estar aún aquí.
Mi recomendación: hay que cuidarse!!!
Bogotá, D. C, 16 de junio de 2021
*Excomisionado de Paz