Por Felicia Saturno Hartt. Foto: UNICEF.- La trágica noticia de más de 100 niños muertos en Colombia por desnutrición, planteó la necesidad de explorar qué sucede con esta enfermedad que es, a su vez, un gravísimo problema social, porque condiciona, no sólo el futuro de los países, por afectar, en mayoría, a los niños y su desarrollo físico, intelectual y su estado de salud de por vida, sino por constituir una hipoteca pesada que traduce la pobreza, en todas sus expresiones y la incapacidad y debilidad institucional de los estados.
La ONG Acción por el Hambre expone que “se estima que la pérdida de productividad de una persona que ha padecido desnutrición superará el 10% de los ingresos que obtendría a lo largo de su vida y que un país puede perder hasta el 3% de su Producto Interior Bruto (PIB) a causa de la desnutrición.
En este sentido, observando desde la posibilidad de crear capital humano para nuestros países, la nutrición puede ser una inestimable inversión a futuro, porque la mejora del estado de nutrición de una población asegura mayores capacidades y da posibilidad de planear estrategias de desarrollo.
Pero el panorama no vislumbra esa posibilidad, por lo menos a corto y mediano plazo, ya que la Desnutrición en Cifras dibuja un panorama desalentador, según Acción contra el Hambre y la OMS: 1) 3.1 millones de niños pierden la vida cada año por causas relacionadas con la desnutrición. Es decir, mueren 8500 niños al día; 2) La desnutrición está relacionada con el 45% de las muertes de niños cada año; 3) Un tratamiento nutricional para salvar la vida de un niño basado en Alimentos Terapéuticos Listos para Su Uso cuesta solo 40 euros. Aproximadamente 134303.84 pesos colombianos. 4) Sólo 1 de cada 10 niños desnutridos tiene acceso al tratamiento nutricional que podría salvar su vida; 5) La factura de la desnutrición equivale el 3% del PIB mundial. 6) La desnutrición es el resultado físico del hambre, una enfermedad devastadora de dimensiones epidémicas, que padecen 50 millones de niños y niñas menores de cinco años en todo el mundo. Es el resultado de la escasez de alimentos o de una dieta inadecuada. Al año causa la muerte de más de 3,1 millones de niños y niñas. Estas muertes podrían evitarse con un tratamiento nutricional adecuado.
Y uno se pregunta, ¿es muy difícil revertir esta situación? Y al acudir a las personas especializadas, cada vez más interrelacionadas en equipos interdisciplinarios, porque la Desnutrición no es sólo un problema de Salud Pública, sino de Política de Bienestar y Desarrollo, se encuentra que sus abordajes son menos complicados, que sus implicaciones a futuro.
Lo que quiere decir que puede ser abordada desde una política de estado. Pero eso si una Política que parta de especificidades regionales, desde contextos bien estudiados y estandarizados.
Como bien lo explica Acción contra el Hambre, “evaluar las causas originarias de la desnutrición, recopilar los datos nutricionales clave como las capacidades y los recursos locales, las prácticas culturales, el acceso a infraestructuras y la geografía”. Una respuesta eficaz no se construye imaginando desde un escritorio, sino en intervención de las causas y del contexto.
Asimismo, requiere que se asuma la existencia de la problemática para intervenir y prevenir. Si no se interviene la desnutrición aguda la muerte es inminente y, para ello, se requiere articular la red sanitaria en pos de ello y para prevenir.
La citada ONG expresa que lo ejes de intervención en seguridad alimentaria, atención primaria de salud, acceso a agua, saneamiento e higiene y prevención de desastres, son estrategias idóneas para prevenir las causas que provocan desnutrición.
Otro aspecto que debe ser imperativo es la regionalización de las acciones. La crisis de desnutrición no debe ser exportable, sino tratada y prevenida en las regiones y localidades, para crear así la infraestructura y las condiciones para prevenir y sanar, porque las causas están en los entornos y sólo así podrán ser atacadas.
Observando estas apreciaciones de que sí es posible revertir la problemática socio- sanitaria de la desnutrición, podemos comprender lo que está sucediendo en América Latina y en Colombia en particular.
Por un lado, el aislamiento y las diferencias culturales no atendidas y la debilidad institucional de la red sanitario- asistencial sirven de causa, ya que las poblaciones más afectadas son las indígenas (53.5%) y los afrocolombianos (5.9%), según cifras del Instituto Nacional de Salud, poblaciones vulnerables, por la escasez de agua de calidad, empleo pisatario y eventual y escaso nivel educativo.
De hecho, existe una estrecha relación entre el acceso deficiente al agua y la desnutrición: el 66% de los niños y niñas que siguen un tratamiento de recuperación nutricional padece o ha padecido enfermedades de origen hídrico. La diarrea, que mata cada año a más de 750.000 niños menores de cinco años, es uno de los principales factores desencadenantes de la desnutrición aguda, según OMS/OPS.
Actualmente, millones de personas no tienen acceso a instalaciones sanitarias básicas ni a agua de calidad y no desarrollan prácticas de higiene, lo que origina diversas enfermedades transmitidas por el agua, como la diarrea aguda, la neumonía, la disentería, la presencia de parásitos intestinales y el cólera. En consecuencia, cada año millones de personas, la mayoría de ellos niños, mueren por enfermedades de origen hídrico. Primero se debilita el sistema inmunitario, lo que impide retener los nutrientes y conduce a situaciones de desnutrición.
Solo la diarrea, una de las cinco principales causas de mortalidad en niños menores de 5 años, mata a cerca de 750.000 niños menores de cinco años cada año, más de 1.600 niños al día. El 60% de las muertes por diarrea podrían evitarse, ya que son causadas por el acceso indebido a agua, a alimentos contaminados, a la falta de saneamiento y a malas prácticas de higiene.
Causas estas que la Atención Primaria en Salud, el nivel más básico de la Política Sanitaria, podría intervenir, más aún con el poder de los medios y redes, hoy en día.
La Organización Mundial de la Salud plantea que, por cada dólar invertido en saneamiento, se recuperan cinco y se obtiene el doble por cada dólar invertido en mejorar el acceso al agua.
Queda de los gobiernos comprender esta situación e intervenir a tiempo. El futuro de Colombia y de América Latina tiene una hipoteca.