A modo de Editorial. Uno de los problemas más complejos que están viviendo los países, bajo la mirada callada y, en muchos casos, indiferente e irresponsable de los gobiernos, es el crecimiento de las personas sin hogar.
Una situación que ya estiman como global muchos especialistas, porque la realidad de la calle ha tomado incontables matices. No es el alcohólico que pernota en la plaza, el hombre que desde niño hizo la calle su morada, ni el desplazado rural que jamás logró adaptarse a la vida urbana.
Son múltiples expresiones de sucesos sociales, que han generado la ruptura de las personas con las estructuras que nos sostienen como individuos: los lazos que unos unen a la familia o a la comunidad, la ruptura con el empleo, la labor o el trabajo y la disolución de los lazos sociales, sean estos geográficos, institucionales, judiciales o migratorios.
Realidades que coexisten y son los palpables rostros de la crisis de la familia, de la situación socioeconómica, de la debilidad institucional del estado y del crecimiento de las organizaciones criminales. Desde 2005, la ONU no ha vuelto a calcular, aun con errores, cuántos pueden ser.
Y lo más complejo aún, lo más definitivamente trágico han sido los abordajes, las aproximaciones, que el estado como garante de los DD.HH. y las autoridades que tienen la obligación de buscar las salidas más apropiadas han hecho.
Desde Tokio hasta Bogotá ha prevalecido la tendencia a promover la toma, el operativo, la intervención policial o militar de los sectores donde suelen hacer vida estos sectores.
Indudablemente, el ciudadano de a pié que vive el quehacer diario de soportar la supervivencia de estos grupos y el zarpazo del delito, siente que gracias a Dios hicieron algo, pero se asombra al ver que los victimarios sólo pasan unas vacaciones en las policías y sus víctimas se desplazan con sus miserias a otros sitios.
Porque al igual que otros graves problemas de la ciudad, como el tránsito, el deterioro de los servicios básicos y demás, priva la esencia de todos los males de la administración pública en los regímenes populistas, sean de derecha o de izquierda o de indeterminado signo, la Improvisación.
No se está preparado para casi nada: Para detener el avance del Zika, no hay abatizadores; para los enfermos de HIV no se calcula el alza de los retrovirales; para el avance de la edad mediana, no se estima cuantos hombres y mujeres requerirán pensiones dignas, entre otras miles de improvisaciones más graves.
Se toma en asalto un sector de la ciudad y Quentin Tarantino siente envidia del despliegue de patrullas, uniformados y autoridades de botas cazadoras y chalecos antibalas. Toda una operación digna de un Oscar, un Globo de Oro o un India Catalina. Pero no se estimó que se hacía con la gente.
La muy bien desarrollada toma generó una crisis humanitaria. Un desplazamiento angustioso, inhumano y con abuso de autoridad. En otras palabras, no se pensó en la gente, en sus derechos mínimos, en su vida.
Y aclaramos que este espacio digital es una tribuna contra todo lo que atente con la vida y los derechos, pero también es un espacio para criticar lo que se pudo hacer mejor, lo que pudo generar un valor más allá de superar lo feo del lugar y mejorar las opciones de la gente.
Atacar la criminalidad es ir más allá de un operativo policial, que también es necesario. Es crear condiciones para que los vulnerables no sean presa del submundo del delito, que puedan recuperar su dignidad personal, restaurar sus lazos familiares y comunitarios o generar otros, capacitarse o trabajar para mejorar su autoconcepto y sentirse útiles para vivir en sociedad.
Queda entonces elevar una reflexión que nos toca a todos: ¿Qué estamos haciendo como ciudadanos por los derechos de los otros? Y qué está haciendo la autoridad legítimamente elegida por los que habitaban el Bronx?