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Por Felicia Saturno Hartt. Foto: ilosofiauacm.wordpress.com.- El Presidente de EE.UU., Donald Trump, este jueves  firmó dos acciones ejecutivas que ordenan la construcción de un muro a lo largo de la frontera con México y el endurecimiento de las políticas migratorias en ese país del norte.

“Las medidas anunciadas hoy son inhumanas, innecesarias, poco efectivas y costosas”, expresó, inmediatamente, Matt Clausen, Director Ejecutivo de WOLA, al igual que diversos grupos y asociaciones de DD.HH:

“La amenaza de que millones de personas serán separadas por deportaciones, que los solicitantes de asilo no recibirán refugio y que los derechos de los migrantes no serán respetados son contrarios a los valores de EE.UU. En una nación que está hecha de migrantes e hijos de migrantes, la retórica que estigmatiza comunidades enteras es ofensiva y dañina”, manifestó Clausen, desde la sede de su ONG, en Washington, D.C.

Indudablemente que el fenómeno migratorio refleja una crisis de seguridad, pero no es exclusiva de esa frontera. Es cada vez más evidente entre los países de la región. De hecho, el país que históricamente ha tenido la menor cantidad de migrantes ilegales, Venezuela, ya ha llegado a niveles alarmantes y de consecuencias humanitarias, en sus fronteras con Brasil y Colombia y con las Islas del Caribe.

De los 408870 migrantes detenidos en la frontera de EE.UU. y México, en el año fiscal 2016, la migración indocumentada ha disminuido significativamente en la última década, a niveles no vistos desde los principios de 1970, según datos de la Oficina de Inmigración de los EE.UU.

En este orden de ideas, el enfoque gubernamental no debería estar dirigido al detener el flujo de los migrantes, sino de observar las características de quiénes están cruzando las fronteras, porque ya no son los migrantes económicos, cada vez son más familias y menores no acompañados, quienes han huido de la violencia en sus países de origen y requieren protección humanitaria internacional en los EE.UU.

Los flujos migratorios en el país son los más bajos en 40 años, y la gran mayoría de los migrantes no son delincuentes, ni violentos.

Cerca del 80% de los migrantes deportados por tener antecedentes criminales, cometieron delitos relacionados con su estatus migratorio (es decir, su delito fue el ingreso o el reingreso ilegal a los EE.UU.) o delitos no violentos, por ejemplo, relacionados con accidentes de tránsito.

La finalidad de las medidas fronterizas no está bien concebida como justificación de esa decisión, porque ni protegen al país, ni detienen la criminalidad. Sólo aíslan al país de la dinámica demográfica de la región.

De las 23 ciudades fronterizas incluidas en el informe sobre Crimen en los EE.UU. realizado en el año 2015,  por la Oficina Federal de Investigación (FBI), sólo tres tenían una tasa de homicidios por encima del promedio nacional, cada uno por menos del 1%.

Este informe, basado en un trabajo de investigación de campo a las ciudades de El Paso, Texas y Ciudad Juárez de México, enfatiza que la construcción de secciones adicionales del muro fronterizo a lo largo de la frontera EE.UU.-México no es necesaria.

Las áreas que no tienen muro son tan remotas, que una pared haría poco para disuadir a los que cruzan. Un muro fracasaría en prevenir el ingreso de drogas ilegales, ya que la mayoría de estos envíos pasan por los puertos de entrada oficiales. Los traficantes no andan a pié.

Además los 25 millones de dólares que cuesta la construcción del muro con México, se espera no sea aprobado por el Congreso Estadounidense, pero si se podría invertir en la política migratoria con cara a los derechos humanos.

Los expertos coinciden en afirmar que no existe una crisis migratoria y todos expresan que un muro sólo debilitaría la sinergia entre los EE.UU. y la región, que no sólo ha aportado capacidad productiva, sino mucha de la innovación tecnológica y profesional de los inmigrantes, que ha aprovechado el gigante del norte.