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Por Gonzalo Buenahora Durán. Historiador.-Agencia de Noticias Vieja Clío. Popayán, 1862.-La guerra a muerte –como todos nuestros abonados lo saben y reconocen- ha franqueado rampante por innumerables páginas de nuestra historia. Por su puesto, se ejerció con generosidad durante la conquista. Y durante la última etapa de la así llamada Pax colonial (tal vez de las pocas vigencias temporales medio tranquilas) fue imposible no apelar a esa aterradora modalidad de guerra, sobre todo en lo que concernía y concierne al apaciguamiento de las periferias violentas como las tupidas selvas del Darién y los confines de Veragua, las provincias de Santa Marta (la nación Chimila) y Rio de la Hacha (los Goajiros), los espesos bosques del Opón (los Yariguies), el país de los Motilones, y el extenso reino de los Andaquíes, donde indios virulentos ejercían a finales del siglo XVIII y ejercen todavía la brutalidad a discreción.

Entre nuestros lectores es casi mítica la declaración de guerra a muerte emitida por Bolívar en 1813 con el fin de neutralizar a las crueles milicias de Domingo Monteverde y José Tomás Boves, y a renglón seguido las de Morillo, el Pacificador. Como se recordará, por causa de ese terrible documento se torturaba y asesinaba a los patriotas sin contemplación y, a cambio de ello, se condenaba a peninsulares y canarios a la pena capital fueran o no colaboradores de los ocupantes ibéricos.

No estamos en capacidad de evaluar en forma objetiva si medidas de ese tipo han tenido ¬éxito en la historia, pero conjeturamos que de todas maneras afectan las situaciones y, naturalmente, catalizan los procesos. Y podemos aseverar que un llamado al asesinato institucional debe por fuerza aumentar el natural sentido humano de impunidad y fustigar la imaginación, y por tanto llevar al perfeccionamiento de usos y métodos, y constreñir a la aplicación de la sevicia y al avance irrefrenable de lo irracional: encerramientos atroces,  sajaduras de todo tipo, descuartizamientos, sofreídas en aceite hirviente, consunciones, achicharradas, descabezamientos y masacres estarán a la orden del día, siendo las estrellas incuestionables de la escena sus majestades el machete, el hacha y el yatagán. Y en medios gubernamentales, que es por lo regular donde está el billete, la pólvora, el fusil de repetición, la carabina y la ametralladora. Como un triste ejemplo, recuérdese la ferocidad de Boves cuando en julio de 1814 persiguió con saña a la población de Caracas (por lo menos 20.000 personas) hasta Cumaná. 

La Agencia de Noticias Vieja Clío, consciente de ello, ha seguido los pormenores de la infausta guerra que durante  catorce meses se ha librado en Colombia, en la que el general  Tom¬ás Cipriano de Mosquera, el gentil Mascachochas, el Supremo Director de la Guerra, derroc¬ó¬ al gobierno conservador del Dr. Mariano Ospina Rodríguez, a quien por poco sacrifica. 

Como es sabido por todos, el general Mosquera se ha distinguido por fusilar sin discriminación, hasta el punto que las “malas” lenguas le imputan que ordenaba sin conmoverse que se fusilara al prisionero mientras llegaba la orden. Pero Mosquera aleg¬ó siempre que sólo procedió de tal manera con enemigos verdaderamente probados y que, al fin y al cabo, todo responde a una trascendente, encumbrada, y a veces nebulosa “razón de Estado”.

Pues bien, nuestro corresponsal especial para el caso que nos compete ha tenido acceso a un manuscrito firmado el 7 de enero pasado en la localidad de Facatativ¬á, invaluable documento en el que el general Mosquera se dirige a su sobrino y compadre, el poeta y soldado Julio Arboleda (quien en su calidad de general comanda los ejércitos conservadores aun activos del Cauca), y acusa al efervescente payanés de practicar la guerra a muerte en esa martirizada regi¬ón a partir de consideraciones non sanctas. Pero permitamos que sea el propio Mosquera quien en palabras más ajustadas explique la cuestión.

“Buscas –manifiesta el gobernante en ciernes a Arboleda- un pretexto para hacer la guerra a muerte en el Cauca, y lo encuentras en la ejecuci¬ón de tres criminales, para mandar fusilar veinte en un día en Popayán. ¿Y cuáles son los fundamentos que tienes para tal carnicería?  Voy a hablarte de algunos. El estimable joven Pedroza muere, porque nacido de una humilde familia su educación lo eleva y se casa con una prima hermana de tu mujer; le juras enemistad y te vengas en la primera ocasión, de que un plebeyo, como tú lo llamas, se haya casado con una señorita de origen aristocrático. El comandante José Eustaquio Rodríguez fue de los que en 1851 te derrotaron en Anganoy, y lo mandas fusilar para vengarte con exclamaciones mímicas de horror que te infundía su presencia, según nos han referido. Al honrado y valiente coronel Rafael Fernández lo mandas fusilar porque fue de tus contenedores en Buesaco. Al valiente coronel Velasco, porque era necesario quitar de Patía un hombre que te podía hacer sombra. Pero ¿cómo justificas la muerte del desgraciado Francisco Cobo? No tenía más delito que su opinión, y dejas en la orfandad a inocentes niños, que no hay quien les dé hoy un pan. Al infeliz Nicolás Rada, artesano laborioso,  que vivía de hacer adobes y que gastaba sus ahorros del año en una procesión el viernes de Dolores, porque cometió el delito de servirle de cocinero al general Obando. Al distinguido joven José María Sarmiento, le sirve de proceso su talento. Y al valiente Delfín Restrepo, le das muerte en recompensa de su lealtad en 1854 al Gobierno (de Obando), y de haberle servido como capitán a la causa del Estado del Cauca; pero era para ti un gran delito que un conservador se decidiera por sostener la Federación. Interminable sería mi penosa relación si me pusiera a referirte todo lo que ha llegado a mi noticia del Cauca, de ese hermoso Estado que lo has convertido en panteón; y tengo que suspender la historia de tus crímenes para concluir esta carta, excitándote al arrepentimiento y volviendo sobre tus pasos te hagas acreedor al perdón de tus conciudadanos, si no quieres concluir tu carrera maldiciendo de cuantos te han tratado. Desengáñate que no has tenido popularidad para recibir sufragios públicos, sino porque un partido te consideró instrumento de venganza; y si ese partido hubiera vencido, después de aprovecharse de ti como un instrumento, él mismo te habría sacrificado”.