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La nueva derecha en Colombia parece un agujero negro que amenaza con devorarse a las otras fuerzas políticas de derecha que gravitan a su lado

Por Hubert Ariza*. - Mientras el Gobierno del presidente Abelardo de la Espriella continúa ajustando sus anillos de poder más cercanos, radicaliza su narrativa de la Patria Milagro, acelera el proceso de revocar las decisiones más trascendentales de la pasada administración y sienta las bases de una política de seguridad que incluye extradiciones, recompensas, megacárceles, bombardeos a campamentos guerrilleros y paramilitares y fumigaciones a plantaciones de hoja de coca, su alfil en el Congreso, el senador Enrique Gómez Martínez, sube la temperatura de su diatriba contra el hasta hace poco sol de la derecha: Álvaro Uribe Vélez.

Gómez Martínez es nieto del presidente conservador Laureano Gómez, a quien los liberales llamaban, en los años cuarenta del siglo pasado, el Monstruo. Es, además, sobrino del inmolado líder del Movimiento de Salvación Nacional, Álvaro Gómez Hurtado, faro ideológico del presidente Abelardo y profesor del expresidente Iván Duque.

Gómez Martínez es, en sí mismo, una fuerza minoritaria en el Congreso con apenas tres senadores, pero se ha convertido en el referente ideológico de una nueva derecha radical que considera a Uribe Vélez “socialdemócrata” e incluso “socialista”.

Socialista es una etiqueta demasiado simplista, sin ningún rigor histórico, para definir al hombre que durante más de 30 años definió la política de la derecha en Colombia, arrinconó militarmente a las FARC, desmovilizó miles de paramilitares, extraditó a la cúpula de las AUC, redefinió el tamaño del Estado, atacó al chavismo, cambió la Constitución para reelegirse e hizo presidentes a Juan Manuel Santos e Iván Duque.

Detrás de esta antropofagia electoral que promueve Gómez Martínez está la disputa de la nueva derecha por ganar las elecciones regionales de 2027, en las que se pondrá a prueba la capacidad del presidente Abelardo para convertir el poder nacional de Defensores de la Patria en poder territorial, ganando gobernaciones y alcaldías que le permitan consolidar su control político más allá de la Casa de Nariño.

Se trata de una lucha por afirmar su visión de país, que es diametralmente opuesta a la que diseñó su antecesor, Gustavo Petro, cuyas reformas han ido cayendo bajo la directriz del presidente, quien consolida su cruzada anticomunista, que incluye castigar a la izquierda y llevar a sus principales líderes a la cárcel, en Colombia o en Estados Unidos, incluyéndolos en la lista OFAC y despojándolos de la visa americana. Para ello, cuenta con el apoyo de sus aliados: Donald Trump, el secretario de Estado, Marco Rubio, y los miembros del Escudo de las Américas.

En el escenario regional, Defensores de la Patria es aún un referente y no un poder real, a pesar de que el jefe de Estado se ha volcado sobre los territorios para demostrar su compromiso con la descentralización y el poder regional.

Un ejemplo de esa acción fue el manejo de la crisis de orden público tras la muerte en combate de alias Cholo, líder de los Pachenca —paramilitares que actúan en los departamentos del Magdalena y La Guajira—. En plena crisis, el mandatario, pistola en el cinto, patrulló las calles de Santa Marta y se conectó con sectores que apoyan la mano dura. Fue una situación inédita en Colombia durante décadas, que generó polémica.

La política de recompensas para capturar al jefe de esa organización criminal, alias Pinocho, la aceleración de la terminación de la cárcel de máxima seguridad de Sabanas de San Ángel, en Magdalena, y la extradición del jefe de las disidencias de las FARC, alias Araña, muestran, del mismo modo, a un presidente desplegado en las regiones, hablando de seguridad, infraestructura y desarrollo.

La larga lista de obras prometidas para el departamento del Magdalena muestra, además, a un mandatario decidido a ganarse el voto regional en las próximas elecciones. Esa campaña comenzó el mismo día del triunfo electoral, del pasado 21 de junio.

Los actuales mandatarios regionales están de salida y responden, en su mayoría, a sus propios intereses. Por ello, la guerra electoral de la nueva derecha busca quedarse con el electorado del Centro Democrático, que es visto como un botín. Desde afuera, parece una de esas viejas disputas por la herencia de un patriarca cuando este todavía no ha muerto.

En este caso, Uribe ni agoniza ni está muerto políticamente; solo ha dejado de ser el sol rutilante de la derecha y ha pasado a ser percibido, por quienes antes le adoraban, como una estrella menor que gravita en la política.

Mantiene, sin embargo, el control de una fuerza parlamentaria decisoria, que el Gobierno nacional necesita para pasar sus reformas en el Congreso. Uribe sabe que en juego largo hay desquite y con sus declaraciones muestra la astucia de quien no se doblega, porque se sabe necesario y cobrará, en su momento, la osadía de haber sido despreciado.

A esa pugnacidad entre Gómez Martínez y el Centro Democrático se suma la renuncia a ese partido de la exsenadora María Fernanda Cabal, cuyo marido, el jefe de los ganaderos, José Félix Lafaurie, dijo que “la derecha de Uribe ya no sabe a nada”. La Cabal pretende construir un nuevo partido, quizá, con más sabor a radicalismo.

Así las cosas, el espacio político de la nueva derecha tendrá tres referentes con posturas diferentes: Uribe, visto como derecha light; Defensores de la Patria, percibidos como el trumpismo en Colombia; y la gente de Cabal, a la derecha de los dos anteriores. Todos disputándose los mismos espacios.

Esa nueva derecha que desdeña al uribismo tiene al frente a Gustavo Petro y al petrismo, que es una fuerza de izquierda que también vive su propio viacrucis de canibalismo, tras la pérdida de las elecciones con Iván Cepeda. Un sector de ese partido lo acusa de ser el responsable de la derrota. Otro señala a Carolina Corcho. Aun así, en un país tan polarizado, mantienen un enorme caudal electoral.

Sería ingenuo pensar que el petrismo terminó el 7 de agosto. Ese sector juega duro para tener protagonismo en las elecciones de 2027, recuperar Bogotá, Cali y otras ciudades, y mantener gobernaciones importantes. La oposición que lidera Petro en las calles está dirigida no solo a socavar el Gobierno de Abelardo, sino, en esencia, a ganar las elecciones territoriales.

En Colombia hoy no parece haber espacio para el centro. La nueva derecha y el petrismo se tomarán todo el espacio. Las elecciones regionales mostrarán en octubre del año entrante el impacto de la Patria Milagro en el electorado. También, si Petro fue capaz de hacer el milagro de mantener viva la izquierda ante la arremetida del trumpismo.

El agujero negro de la nueva derecha, mientras tanto, seguirá buscando devorar todo a su paso. El espíritu del Monstruo renace en un país donde la política es un viaje permanente por la historia y el reciclaje de tragedias y epopeyas en defensa de la democracia.

Bogotá, D. C, 3 de octubre 2026

*Periodista, internacionalista y analista político. 

Tomado de El País.