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Por Felicia Saturno Hartt.- Como bien lo expresó Ramin Jahanbegloo, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto, cuando se escriba la historia definitiva del pensamiento democrático en el siglo XX, Mohandas K. Gandhi e Isaiah Berlin serán considerados los dos teóricos más distinguidos de la tradición pluralista.

Aun cuando la realidad de ambos no confabuló para encontrarlos, su vínculo filosófico está intacto en su obra y su hacer. Y desde este punto de vista, lo más valioso es aún encontrar lo que, hoy en día, tienen en común, una desconfianza total de los absolutos, es decir, de las nociones que no admiten la diversidad y los contextos.

De allí que el pluralismo, como valor central de la democracia, es necesario para otorgar el obligatorio respeto a la persona, en su diversidad y complejidad individual,  como sujeto de derecho.

El respeto a la persona y el aprendizaje del dialogo entre opuestos, es la expresión de una ética de la pluralidad. El horizonte humano común surgirá de la consideración de los derechos, que son universales y que no pueden ni deben ser juzgados, a la luz de las diferencias. Son derechos propios de la condición humana.

Y es precisamente en este aspecto, donde comienzan a aparecer las deudas pendientes. Una de las más terribles, en términos materiales, es la deuda social y humana que tenemos con las  personas lesbianas, homosexuales, bisexuales, transgénero e intersexuales (LGBTI).

Aun cuando existen avances registrados en las últimas dos décadas, la situación de esta importante población diversa es preocupante. Los derechos de estas personas no son completamente respetados, protegidos o reconocidos, debido a leyes y políticas punitivas, el estigma, la discriminación y la violencia.

Más de 70 países, como lo documenta el Banco Mundial,  aún tipifican la homosexualidad como un delito mientras que, en un grupo reducido de países, la homosexualidad se castiga con la pena de muerte.

Si bien hay una escasez de datos sólidos y organizados, las cifras existentes señalan que las personas de la comunidad LGBTI obtienen menores resultados educativos, registran mayores tasas de desempleo, así como acceso insuficiente a atención de salud, vivienda y servicios financieros.

Con este panorama es muy difícil poder lograr su inclusión social y darles un papel completo como ciudadanos, en la búsqueda del desarrollo social. Sin ser sujetos de derechos, jamás seremos ciudadanos. Y aun cuando se pueda alcanzar ese status jurídico, si no se formulan políticas donde se articulen procesos de concientización, educación y aprendizaje sobre la situación de estos colectivos poco se puede lograr.

El aprendizaje de la diversidad, en términos de entendimiento, comprensión y aceptación, es un proceso pedagógico, pero como proceso requiere espacios de participación, discusión y encuentro, que se sustenten en el logro de las siguientes premisas:

1)    Uno de los desafíos es romper la ignorancia sobre esta población en término de sus cualidades y en función a las cifras, que describen su realidad material como grupo humano.

2)    Crear grupos profesionales multi e interdisciplinarios para lograr enfoques inclusivos de estos grupos, para lograr la comprensión de la identidad de género y poder tener la orientación técnica adecuada y el liderazgo integrador para su inclusión social y comunitaria.

3)    Promover un diagnostico sistemático de las diferencias culturales y de identidad de género, para generar políticas más realistas que reduzcan la marginalización y la discriminación ante la ley y la sociedad.

4)    Lograr la integración comunitaria y política de estos grupos a la Agenda de los Estados, a los fines de materializar su rol y papel en los países como ciudadanos.

No creo que el Desarrollo de una nación podrá ser posible y viable si no se estima qué sucede con su gente. La agenda política no la determinan los prejuicios, los estereotipos, los antivalores, los miedos y las fobias, sino los derechos fundamentales y todos aquellos que busquen resguardar y garantizar al sujeto de las amenazas, retos y desafíos jurídicos y políticos de la dinámica sociopolítica.

La homofobia, la transfobia y la bifobia son formas de discriminación, basadas en concepciones irracionales, prejuiciosas e irrespetuosas de la orientación y el rol sexual, que atropellan los derechos fundamentales de la diversidad y pluralidad y niegan la participación plena de estos ciudadanos y colectivos, en la vida social y comunitaria.

Ojalá que se rechazara con tanta fuerza y pasión a los corruptos, pederastas, pedófilos, cleptócratas y olocratas, que no sólo están destruyendo vidas, sino arruinando el futuro de todos.