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Por Felicia Saturno Hartt.- De forma sofocante, todos hablan del cambio. Esta palabra sirve para definir campañas, equipos y para vestir banderolas. Para ofender a los tradicionales o para generar expectativas. El cambio es un anuncio publicitado y, por desgracia, a veces, sólo una ilusión vendida en elecciones.

Ese proceso necesario, que nuestros países de América Latina, en particular, piden a gritos, por el deterioro de las democracias tradicionales y de los modelos populistas, el atraso de nuestras sociedades y sus indicadores fatídicos, implica toda una concepción del individuo, de la sociedad y del mundo de las instituciones.

Hablar de cambio involucra hablar de cultura. Conocernos y (re) construirnos como sociedad. Porque es la gente que asume el cambio o lo rechaza, desde sus valores, desde sus visiones de mundo, desde, incluso, sus contradicciones. Este proceso está conectado a cómo nos percibimos, cómo nos proyectamos, cómo concebimos la realidad personal y colectiva. Es más que un panfleto y un slogan.

De allí que, en la actualidad, se discuta la necesidad imperiosa de un proceso de cambio de múltiples facetas, donde se aúpe la innovación y la creatividad, la tolerancia, la educación de calidad y la participación política y social, más allá de las formas tradicionales. Es aprender a ser mejores, a tolerar el fracaso como experiencia, a participar como ciudadanos y a ser exigentes como consumidores.

Pero, es importante insistir que el Cambio no es hecho intempestivo,  azaroso, milagroso o decisión de algunos dueños del poder, en sus infinitas y variopintas formas. El cambio es un proceso sociopolítico, intenso pero reflexivo, fruto de la reciprocidad, pero que debe ser guiado por timoneles calificados. Por ello, tampoco, puede ser un aditamento de la oferta electoral, muy manoseado y perpetuo, sino el propósito de la integración de los diversos factores que cohabitan un espacio.

La oferta electoral puede ser el grito que despierte la participación de todos, porque el cambio no es un proceso en una sola dirección: él palpita, toca los intersticios de la sociedad, introspecta y proyecta. Es una mirada histórica que hurga el pasado y escruta el presente,  para construir futuros posibles.

Desde esta perspectiva, me niego a aceptar que tales o cuales individuos son demasiado para el tiempo o el país que somos. Porque sus propuestas, entonces, son excelentes pero incapaces de ser consensuadas, de inspirar o de “montar a la gente en el autobús” de su proposición. Ellos entonces tendrían que cambiar.

Al final el Cambio lo que busca es reducir la inequidad, madre de la injusticia, la impunidad y, por ende, enemiga del desarrollo y la libertad.