Por Felicia Saturno Hartt.-Italia ha sido afortunada. Muchos de sus hijos son inmortales. Sea en la ciencia o en la arquitectura, sea en la cocina o en el cine, Italia siempre tiene un embajador, alguien que habla de ella, que la ama, que la defiende y la representa.
En enero de este año partió uno de esos representantes. Dicen que el último de los cineastas que la retrató. No afirmo porque sería negar esa virtud de generar tanta gente genuina, auténtica, posible, en el más profundo sentido.
Ettore Scola era un cronista que dialogaba en imágenes. Que asumía el desafío de hablar con y sobre la calle, de retratar el mundo y la realidad como son, sin con ello restarle a los seres y a los escenarios su estética y su poesía.
Sin ser un exagerado hijo del realismo de los 50, Scola diplomado en Derecho, toma el sendero de los grandes cineastas italianos: comienza siendo guionista y toma el pulso de la acción, del diálogo y de la crónica. En este contexto, conoce y trabaja con primer compañero de aventuras cinematográficas, Maccari.
Fue precisamente en 1964 cuando Scola debuta como director con Se permette parliamo di donne (Hablemos de la Mujer) y al año siguiente dirigió 2 filmes conocidos en su carrera, de cierta consideración, El millón de dólares y El diablo enamorado.
Pero su década fue la de los 70 como director y guionista: El demonio de los celos (rodada en Madrid con Manolo Zarzo), Un italiano en Chicago, Una mujer y tres hombres, Brutos, feos y malos con Ugo Tognazzi, Buenas noches, señoras y señores, Nos amamos tanto con el genial Vittorio Gassman y su película más conocida y recordada: Un día muy especial (Una Giornata Particolare) con Sofia Loren y Marcelo Mastroniani, galardonada con el premio Globo de Oro de 1978; con el premio César de 1977 a la mejor película extranjera; con el premio David di Donatello de 1978 a la mejor dirección y al mejor papel protagónico femenino, recibió también una nominación al Premio Oscar para Mastroianni y otra a mejor película en lengua extranjera.
Considerando no abusar de los bytes de Ecos y para no dejar de reseñar el pensamiento como cineasta y crítico analista de la sociedad, hablaré de “Un día muy especial”.
La película se desarrolla en un solo día, cuando 2 habitantes de Roma rompen su rutina y se encuentran. Vecinos y antagónicos. Ella una buena ama de casa fascista, malcasada y aburrida y el un locutor periodista homosexual posiblemente en el acoso de la Polizia Política. Ese día precisamente llegaba Hitler a Roma en 1938.
Los dos se encuentran en la soledad de un inmenso edificio. Son los únicos que no van al desfile en honor al Fuhrer. Se conocen y comienzan a expresar la experiencia personal del fascismo, la interiorización de sus valores y fines intrínsecos como propios de los seres que lo viven y su éxito para invadir la vida cotidiana para abonarla a un destino común sin color y sin disenso.
Antonietta y Gabriele representan las dos fuerzas que batallan, una por adherirse al contexto y no morir de dolor y aburrimiento y de no renunciar a su orientación y libertad, cuyas almas llegan a empatizar y derrotar las diferencias.
Ettore Scola expresó: Me interesan más los diferentes que los iguales.
“Para hacer una película debes amar la ciudad o el país donde transcurre, y yo no siento amor por Italia. No la odio, pero sí que me invade la tristeza”, le contó a este periodista en 2009, en un viaje en coche de Madrid a Valladolid en cuyo festival iba a recoger la Espiga de Oro de Honor de la Seminci.
Muchas de las críticas políticas de Scola se dirigieron hacia Silvio Berlusconi, entonces en el poder. “Ni los políticos ni los intelectuales hemos hecho lo suficiente para encararlo, para pararlo. Lo peor es que Italia no mejorará si muere Berlusconi. Su ideología está ya enraizada”. Precisamente la ideología, si es que existe, del Populismo.
En su lucha, sentencia Gregorio Belinchon, contra los falsos héroes, el cineasta siempre defendió el enfado como un arma muy útil para apoyar sus reivindicaciones ideológicas.
“El interés privado, el egoísmo, siguen por encima del rigor y la solidaridad. Así que las reivindicaciones de los sesenta siguen tan vigentes hoy como entonces”, decía al presentar en 1997 Historia de un pobre hombre. “El pesimismo es mucho más progresista que el optimismo, encierra más fe en el futuro. El optimismo es cosa de beatos” decía Scola.
“El cine es un arte de equipo”, exponía Scola … "Militante es una palabra que nunca me ha gustado. En el trabajo que hago se transmiten mis ideas; si no, no sería una obra de autor. Cuando filmo películas específicamente políticas, incluso documentales para el Partido Comunista, están en ellas mis convicciones estéticas. Y en el cine que parece más profesional, como en Un italiano en Chicago están mis convicciones políticas".
En los 80 y 90, siendo conocido y admirado, siguió con su mirada a la historia y a Italia, a través de personajes humanos y a menudo anónimos: La terraza, Entre el amor y la muerte, La noche de Varennes, Macarroni, La familia, Splendor, ¿Qué hora es?, Mario, María y Mario, Historia de un pobre hombre, La cena, y ya en 2001 Competencia desleal.
En 2003 Scola pareció despedirse con Gente de Roma, con la que el napolitano subrayaba, agradeciendo a sus edificios y a sus habitantes, la importancia de esa ciudad en su vida y en su carrera, donde devino en habitual personaje secundario.
La última obra de Scola fue para el hermano mayor de los cineastas italianos del Siglo XX, Federico Fellini, en 2013. Una obra escrita con humor y admiración pero con esa mirada de realidad.
Yo creo, con humildad, que si bien hay un antes y un después de Fellini, con Ettore Scola existe un aprendizaje profundo no sólo del hecho fílmico, sino del sentido de la realidad, a partir del contexto, del tiempo y de sus personajes.
Si volviera a las aulas y a impartir Metodología de la Investigación no titubearía en incorporar “Feos, sucios y malos” como ejercicio de observación y análisis de los contextos humanos. Sus protagonistas existen en cualquiera de los cerros, tugurios, callampas, barracas, ciudades miserias de cualquier ciudad.