Por Felicia Saturno Hartt. A propósito del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, siempre es revelador para el balance, explorar hechos y cifras, a los fines de construir una perspectiva clara, para enfocar los esfuerzos, con miras a un futuro más incluyente, más participativo y más democrático para las mujeres del mundo.
En este sentido, es interesante echarle un vistazo a las cifras que la entidad de Naciones Unidas, ONU Mujeres, creada en el año 2010 y dirigida por la surafricana PhumzileMlambo-Ngcuka, publica sobre la dinámica de la participación y liderazgo político de las mujeres en el mundo, un punto de vista fundamental para evaluar la inclusión del talento femenino en las esferas decisorias.
En lo relativo a la presencia de las mujeres en los órganos legislativos, como asambleas y parlamentos, sólo un 22% de las y los parlamentarios nacionales eran mujeres, en agosto de 2015, lo que significa que la proporción de mujeres parlamentarias ha aumentado muy lentamente desde 1995, cuando se situaba en un 11,3%.
Cuestión ésta que hace que los asuntos relativos a los temas vinculados con el empoderamiento del sector, la posible paridad de género y los proyectos de desarrollo hayan sido visualizados muy someramente.
Paradójicamente Rwanda es el país del mundo con mayor número de parlamentarias (un 63,8 por ciento de los escaños de la cámara baja).
En cuanto a la detentación del poder político, para agosto de 2015, 11 mujeres eran Jefas de Estado y había 10 Jefas de Gobierno, en un concierto de los 195 países que reconoce la ONU, junto a Vaticano y Palestina, donde ya se da por descartado cualquier posibilidad de ascenso político de las mujeres.
A escala mundial, para agosto de 2015, había sólo 37 estados donde las mujeres representaban menos de 10% del total de las y los parlamentarios en cámaras individuales o cámaras bajas, incluyendo 6 cámaras con ninguna mujer en absoluto. 160 países donde las mujeres no contribuyen a las decisiones políticas, pero si son afectadas por ellas.
En lo referente a las diferencias entre regiones, sigue existiendo diferencias importantes en los porcentajes promedio de parlamentarias, entre unas cámaras y otras y entre las cámaras altas y bajas.
En agosto de 2015 se registraba los porcentajes siguientes: Países nórdicos, 41,1%; Américas, 25,5%; Europa, excluidos los países nórdicos, 24,4%; África subsahariana, 23%; Asia, 18,4%; Oriente Medio y África del Norte, 17,1%; y la región del Pacífico, con 15,7%.
Estas diferencias porcentuales definen una tendencia a la exclusión de la voz política femenina en los escenarios legislativos y contralores, donde se definen los cursos de acción jurídica de las naciones y países y, por ende, las bases legales de las políticas nacionales.
Sólo los nórdicos han interiorizado el papel de las mujeres como agregadoras de intereses en los parlamentos y representantes de una esfera de la realidad social que incluye a las familias y comunidades, cercanos a la paridad de género, con un 41,1%.
En América Latina, las tres cuartas partes están en manos de la población masculina, no estimando la necesaria inclusión de los sexodiversos en estos escenarios políticos.
En otras esferas del poder, en lo referente a gobierno:
1. En enero de 2015, sólo un 17 por ciento de los cargos ministeriales estaban ocupados por mujeres; la mayoría de ellas se ocupaba de los sectores sociales, como la educación y la salud, nunca en carteras vinculadas a la producción, tecnología, seguridad, etc.
2. La representación de las mujeres en los gobiernos locales ha influido favorablemente por su eficacia en el ser y el hacer.
Una investigación sobre los panchayats (consejos locales) de la India puso de relieve que el número de proyectos de abastecimiento de agua potable, en zonas en los que dichos consejos están liderados por mujeres, era un 62% mayor que en el caso de aquellas cuyos consejos están liderados por hombres.
En Noruega se encontró una relación de causalidad directa entre la presencia de mujeres en los consejos municipales y la cobertura del cuidado infantil.
En otras palabras, aun siendo excluidas, las mujeres logran desempeñarse efectivamente en sus espacios de trabajo político.
Estas cifras requieren entonces detenernos en un aspecto que es de interés general para todas las mujeres, cuál es el estado de la participación real de las mujeres en el mundo.
En este sentido, ONU Mujeres y la Organización Interarlamentaria Mundial señalan lo siguiente:
· En general, se considera que la “masa crítica”, con respecto a la representación de las mujeres se sitúa en el 30%. En enero de 2015, 41 países, de los cuales 11 se encuentran en el continente africano y 9 en América Latina, habían alcanzado dicho porcentaje de referencia.
De esos 41 países, 34 habían aplicado algún tipo de cuota, lo que incentivó el aumento de la participación política de las mujeres. En concreto, 17 usaron cuotas para las y los candidatos legislativos; 6 hicieron uso de reservas; y en otros 11, los partidos adoptaron cuotas voluntarias.
· En países con sistemas electorales de representación proporcional, las mujeres representaban 25,2% del total de las personas electas. Como puede observarse, este porcentaje es superior al 19,6 por ciento obtenido mediante el sistema electoral de pluralidad y mayoría, así como al 22,7% registrado en el caso de un sistema mixto.
· A diferencia de lo que suele suponerse, la presencia de un mayor número de mujeres en la política no está correlacionada con niveles más bajos de corrupción.
ONU Mujeres en este importante punto hace una acotación muy interesante: “Lo que se observa, más bien, es la existencia de una correlación entre los sistemas políticos democráticos y transparentes y niveles de corrupción reducida; y ambos elementos crean a su vez un entorno propicio para un incremento de la participación de las mujeres.
Estas cifras que involucran hechos expresan que el camino a la igualdad de género, la equidad y la libertad de elección de las mujeres es aún una clara utopía, sin analizar todo lo que tiene que ver con los DDHH.
Como bien lo señala ONU, en sus acuerdos históricos, como la Declaración y Plataforma para la Acción de Beijing y la Convención para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), “la igualdad entre los géneros no es sólo un derecho humano básico, sino que su logro tiene enormes ramificaciones socioeconómicas. Fortalecer a las mujeres da un impulso a las economías florecientes, a la productividad y al crecimiento”.
La desigualdad de género está muy arraigada en las sociedades y tiene muchos rostros. Las mujeres no tienen acceso a un trabajo digno y se enfrentan a la segregación ocupacional y a las diferencias en los salarios por su sexo. Tampoco tienen el acceso a la educación básica y a los servicios de salud.
En general, las mujeres de todas las regiones del mundo, hoy en día, son víctimas de violencia y de discriminación y están mal representadas en los procesos de la toma de decisiones, como lo evidencian estas cifras.
En términos estrictos no hay nada que celebrar el 8 de marzo. Sólo recordar a las pioneras de esta lucha por los DDHH y crear consciencia de los espacios que aún no se tienen y se requieren para la equidad.
Como lo expresa la Directora Ejecutiva de ONU Mujer, Mlambo-Ngcuka, de amplia preparación académica y lucha política, en su mensaje anual del 8 de marzo, “la participación de las mujeres en todos los ámbitos y el fortalecimiento del movimiento de mujeres nunca han sido tan cruciales, trabajando junto a los niños y los hombres, para contribuir al empoderamiento de las naciones, erigir economías más sólidas y sociedades más saludables. Ésta es la clave para hacer de la Agenda 2030 un instrumento transformador e inclusivo.
En este sentido, la misión con miras al 2030, no sólo es la paridad, ese 50-50, que haría posible cambios transcendentales de paradigma sociopolítico, sino que esa paridad esté acompañada con la sagacidad, madurez y visión de ser cada vez más preparadas, más inteligentes emocionalmente y más emprendedoras, para trabajar por un futuro común, junto a los hombres y demás sexos, comunidades y sociedades.