Opinión
Por Luis Fernando García Forero.- Los colombianos queremos un cambio. Un cambio completo y definitivo. Y no es un cambio de gobierno. Ya cada elección nos regala la oportunidad de elegir presidente, congresistas, concejales y demás representantes.
Los que aquí nacimos queremos la Paz. Y como pueblo ya hemos mandado varias señales, pero aún parece que los temerosos del cambio no las han entendido.
Porque el ciudadano de a pié que como yo trabaja para sostener su casa y educar a sus hijos, tiene más que entendido qué riesgo significa no alcanzar la paz, porque, de una u otra manera, el conflicto más viejo y más multipolar del mundo, como dicen los politólogos, nos ha afectado a todos, sea porque nos arrancó de nuestras localidades de origen, desapareció a los nuestros o puso en riesgo nuestra vida, aparte de la inestabilidad social que produce este antagonismo en cualquier sociedad.
Como sabiamente lo expresa la historiadora Diana Uribe “los procesos de paz son decisiones históricas, los pueblos llegan a la decisión de la paz, cuando están saturados de la guerra, cuando entienden la inutilidad de la guerra, cuando deciden cambiar el proyecto de la venganza por el proyecto del futuro”.
Sin paz no tenemos futuro. No tenemos posibilidad de soñar en algo mejor. Sin paz no tenemos, en términos concretos, la probabilidad de superar las causas históricas del conflicto, porque equivocadas, obsoletas o desafiantes las razones de la insurrección aún respiran en Colombia y tienen la cara de la inequidad, del elitismo, del centralismo.
Y cuando expreso esto no significa que aplauda lo que se convirtió el hacer de esas organizaciones, que hoy también buscan un futuro para ellas y sus integrantes, en un contexto cada vez más complejo y cambiante, y donde ya no tienen espacio.
Pero si expresó que existe el temor del cambio que va a significar la paz. Porque los mismos que han controlado la política de Colombia en los últimos 100 años tendrán que aceptar la emergencia de nuevas personas y grupos, habrá que plantearse nuevas y más incluyentes formas de hacer política y de integrarse para afrontar los retos de reunificar el país, en uno solo, a la luz de los diálogos y los acuerdos.
La disponibilidad del cambio camina por los senderos biodiversos de Colombia. Ya las madres no quieren venganza, sino nietos. Los niños quieren ser youtubers, astronautas y no combatientes y los periodistas como yo quieren reportar los resultados exitosos de las leyes que favorecerán el desarrollo de una economía productiva, próspera y viable, que creen empleo y bienestar.
Yo como colombiano quiero vivir ese cambio para tener futuro. Porque no conozco nada más que la violencia del conflicto y deseo participar, desde mi espacio y mis capacidades, en ese proceso de edificación de una Colombia más equitativa, con un imaginario propio y en la diversidad de su gente.
Y si la paz que pronto viene no sirve, estamos todos para exigir que mejore, porque esa no es decisión de los políticos, sino de los colombianos. Una paz imperfecta es superior a lo que vivimos.
Ojala que esa fuerza que tienen los enemigos de la paz para propiciar la polarización, la hubiesen tenido, como servidores públicos que son, para ir a ayudar a los niños wayuus, trabajar por la inequidad visible en cada calle de Colombia, mejorar su visión de país, que es muy muy pobre y no abandonar las sesiones que les han sido encomendadas por sus electores.
Definitivamente el miedo al cambio quiere entorpecer la decisión histórica de la paz del Pueblo de Colombia, porque hará más visible los problemas y las cuestiones que padecemos y, por ende, será una denuncia concreta de lo que no hemos hecho por nuestro país.
Luis Fernando García Forero. Director- Fundador de Ecos Políticos.
Por Mauricio Cabrera. Tomado de Vanguardia Liberal.- Cuando me recomendaron para leer en la pausa laboral de Semana Santa el libro de las memorias de Stefan Zweig, “El mundo de ayer”, me pareció interesante volver a este escritor de quien recordaba haber leído y disfrutado en la adolescencia sus relatos históricos.
Zweig fue un escritor y ensayista nacido en Viena en 1881, de gran fama en la primera mitad del siglo XX, de hecho hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista, según su propia descripción, sufrió la persecución nazi que no solo prohibió sus obras sino que, como cualquier procurador en ciernes, las quemó y literalmente las redujo a cenizas. Exiliado sin patria ni continente, peregrinó por varios países hasta terminar en Brasil donde apabullado ante “la derrota de la razón y el más enfervorizado triunfo de la brutalidad” se suicidó en 1942.
“El mundo de ayer”, es el retrato de un testigo de la historia de esos 60 años, donde se produjeron cambios que destruyeron un mundo y un modo de vivir.
Como es inevitable leer la historia del ayer con las inquietudes y preocupaciones del presente, uno de los temas que más me impactó de las Memorias fue el pacifismo militante de Zweig, enemigo declarado de la guerra, con las únicas armas de la pluma y la palabra.
Sus denuncias y críticas a los apóstoles de la guerra parecen escritas hoy para describir a quienes recurren a la mentira y la calumnia para alimentar odios y torpedear el camino del diálogo y la reconciliación.
Así describe Zweig a los “charlatanes de la guerra”: “era la pandilla de siempre, eterna a lo largo de los tiempos, que llamaba cobardes a los prudentes, débiles a los humanitarios, para luego no saber qué hacer, desconcertada a la hora de la catástrofe que ella misma irreflexivamente había provocado”.
En un siglo no han cambiado los métodos de esas pandillas: ayer como hoy creaban un “tremendo estado de sobrexcitación” en el que el peor rumor en seguida se convertía en verdad y la calumnia más absurda era creída a pie juntillas.
Desde esa época ya se utilizaba la “propaganda de guerra, la técnica de culpar a los enemigos de todas las crueldades imaginables”, apelando a las pasiones puesto que “no se puede armonizar la guerra con la razón y el sentimiento de justicia. La guerra exige entusiasmo por la causa propia y el odio al enemigo”.
Las consecuencias, dice Zweig, fueron catastróficas y “no se tardó mucho en ver el terrible daño que causaron con su apología de la guerra y sus orgías de odio”. ¿Cuánto nos demoraremos los colombianos en llegar a la misma conclusión?
Por Amylkar D. Acosta.- El inveterado centralismo en Colombia hunde sus raíces en la regeneración de Rafael Núñez en el siglo XIX, una vez derrotado el radicalismo liberal en memorable batalla en el curso de una de las tantas guerras civiles que asolaron a Colombia por aquellas calendas.
Como la historia la escriben los vencedores, a los radicales se le atribuyeron todas las desgracias que por aquella época condujeron al estancamiento de la desastrada economía y desembocaron en la patria boba. “La Constitución de 1863 ha dejado de existir, sus páginas manchadas han sido quemadas entre las llamas de la Humareda. Viva la nueva Constitución! ”, sentenció Núñez.
Y así pasó Colombia, abruptamente, de un régimen federal a otro centralizado, mediante una fórmula dicotómica: “la centralización política y la descentralización administrativa. Este fue el desenlace de la tensión que perduró desde los albores de la independencia entre dos corrientes ideológicas antagónicas, el federalismo y el centralismo y se resolvió a favor de este último.
La Constituyente de 1991 se convirtió en un hito de la mayor importancia para el país al atreverse no a reformar la centenaria Constitución de 1886 introduciéndole una enmienda más que se vendría a sumar a los remiendos anteriores, dejándola incólume, sino que la cambió de cuajo, dándole a Colombia una nueva Carta. Entre los avances más importantes de esta, además de consagrar como principio fundamental de la Constitución de Colombia el Estado Social de Derecho, fue el reconocimiento de la autonomíade sus entidades territoriales.
No obstante, transcurridos más de 20 años de expedida la nueva Constitución este es uno de los artículos que permanecen como letra muerta, en estado virginal, sin ningún desarrollo, empezando porque ni siquiera se ha podido avanzar un ápice en lo concerniente al ordenamiento territorial prescrito en la Carta Magna.
Después de muchos intentos para tramitar la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial, que por mandato de la Constituyente debía expedir el Congreso de la República, este malogró la oportunidad de hacerlo al expedir la Ley 1454 de 2011, al limitarse sólo a transcribir el preceptuado en la propia Constitución, cuando de lo que se trataba era de desarrollarlo. Esta sigue siendo una asignatura pendiente.
Este sigue siendo un país en el que prevalece el centralismo, que se resiste a desaparecer y ello se refleja claramente en el desbalance en cuanto a la captación y manejo de los recursos públicos, cada vez más concentrados en el Gobierno central en detrimento de los fiscos territoriales.
Es el caso de la estructura del régimen impositivo en el cual es preponderante el recaudo por parte de la Nación, lo cual se deriva del hecho que todas las reformas tributarias que se tramitan a través del Congreso están encaminadas a arbitrarle mayores recursos a la Nación, mientras ha faltado voluntad política, tanto de parte del Gobierno como del Congreso de la República, para impulsar y aprobar las distintas iniciativas presentadas por parte de los departamentos para fortalecer los ingresos de las entidades territoriales a través de una reforma tributaria territorial.
Definitivamente, tenemos que concluir que el mayor desequilibrio de poderes no es entre las ramas del Poder público, sino entre el poder arrollador y absorbente del Gobierno central y el poder territorial reducido a un capitis diminutio.
Firmado el Acuerdo en la Habana se impondrán muchas reformas, pero la principal de ellas es el reajuste institucional, pues la actual arquitectura institucional no es la más adecuada para construir la paz y que esta sea estable y duradera. Será menester acometer cambios en la forma de gobernar, de hacer política y en el relacionamiento del Estado y la política con los ciudadanos.
El columnista Francisco Gutiérrez Sanín dice algo muy cierto: “hay problemas muy serios en la configuración de nuestro sistema político y en la manera en que partidos y Estado se instalan en las regiones”.
Se impondrá, por fuerza de las circunstancias, un re-equilibrio de poderes, en donde las regiones tengan más poder, al tiempo que este se ejerza con mayor transparencia y probidad, pues, como bien lo ha dicho el general Naranjo “la corrupción es el peor enemigo de la paz”.
Bogotá, abril 2 de 2016
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Por Gabriel Ortíz.-La Medicina en Colombia está cada vez más manoseada, porque se ha convertido en el mejor de los negocios, desde cuando se aprobó la Ley Cien, con el vapor que en ese entonces le aplicó el senador Álvaro Uribe.
Ha llegado a insospechables niveles de deterioro y desprecio, que un profesional que era considerado como el abanderado de las familias colombianas, ha pasado a ser un simple operario, al que se utiliza como cedazo para llevar a los enfermos hacia los especialistas.
Los profesionales que conocemos como médicos generales, esos que se quemaron las pestañas durante muchos años y salen con ánimo, entereza y apostolado, a salvar vidas, a mejorar la calidad de la existencia de sus pacientes, se estrellan con los negociantes de la salud, que les dan tratamiento de segunda y los oprimen con irrisorios salarios, pésimas instalaciones y abusivos horarios.
Antes de que aparecieran centenares de especializaciones eran, los médicos generales, quienes atendían a los pacientes, les ordenaban exámenes, les practicaban los primeros auxilios, las primeras atenciones y les prescribían medicamentos, por costosos que ellos fueran. Pero los comerciantes de la salud les prohibieron ejercer su profesión, como se la inculcaron durante sus estudios. Estos abnegados servidores, son hoy, simples remitentes de pacientes hacia los especialistas. A duras penas les permiten utilizar el fonendoscopio, el termómetro y el baja lenguas. Cuidado con tomar un electro o una placa, por elementales que sean.
Esa la razón para que los pacientes tengan que esperar semanas y meses para ser atendidos por un especialista, ante una enfermedad que puede resolver con lujo, un médico general mal remunerado y despreciado.
Estos profesionales, eran los médicos de la familia, apreciados, respetados y queridos por la comunidad. Ingresaban al seno de los hogares en donde impartían consejos elementales que mejoraban la calidad de vida de las gentes.
Ese apoyo familiar desapareció por cuenta de los mercaderes de la salud y la falta de apoyo de un Estado que se ha afianzado en la Ley Cien, para garantizar monumentales utilidades a quienes hoy manejan ese lucrativo negocio. Solo manejan el signo pesos, poco les importa el ser humano. Entre tanto los médicos generales, seguirán siendo profesionales de segunda.
BLANCO: El merecido homenaje al expresidente Lleras con el billete de cien mil.
NEGRO: Increíble: las guerrillas –Farc y ELN- quieren la paz; los paras y la extrema derecha la guerra.
Por José Gregorio Hernández.-Por paradoja, la Semana Santa -tiempo destinado a sembrar y estimular en las conciencias el amor, la paz y la reconciliación entre los seres humanos-, este año estuvo marcada por la violencia.
Primero, los ataques terroristas perpetrados mediante bombas accionadas por fanáticos suicidas en Bruselas, causando al menos 32 muertos y más de 230 heridos. A ese respecto, y como reacción, el domingo de Resurrección, movimientos de extrema derecha sabotearon un homenaje público a las víctimas, llamando al odio contra el Islam y los refugiados, aunque ninguno de ellos es culpable de lo ocurrido: los refugiados son víctimas, que han salido de sus países huyendo de la violencia. Y la religión musulmana no es la responsable de la interpretación extrema que parte de sus creyentes ha hecho del Corán y de la doctrina de Mahoma.
Ese mismo día, en Lahore -Pakistán-, la acción de un terrorista suicida causó en un parque repleto de niños la muerte a 72 personas y heridas a otras 360.
En nuestra frontera con Venezuela fue baleado un dirigente político de ese país, al paso que en Colombia se desató la violencia contra miembros de la Policía Nacional -un agente muerto en Corinto (Cauca) en confusos hechos, y tres asesinados por sicarios en Cartagena-. Dos policías más fueron muertos en Nariño. Y, como ya es habitual, violencia sexual contra los niños: en un caso aberrante, una niña de apenas dos años fue violada por un pariente suyo, mientras otro criminal confesaba haber asesinado a una niña de 9 años en Villeta para vengarse de su abuela, sabiendo que los altos tribunales conceden beneficios penales a los violadores, so pretexto de derechos.
Para completar las paradojas, durante la Semana Santa murieron dos religiosos católicos a los que la Humanidad debe mucho: en Bogotá falleció a los 90 años el padre Javier de Nicoló, de origen italiano, quien rescató a miles de niños y jóvenes de la calle, la miseria, y el hambre, evitando que se convirtieran en delincuentes. Y el domingo de Pascua, la monja Rita Rizzo (92 años), más conocida como la Madre Angélica, fundadora de la Eternal Word Television Network (Red de Televisión de la Palabra Eterna), EWTN, murió en el monasterio rural donde vivía, cerca de Birmingham.
Mientras actuaban los enemigos de la Humanidad, se nos fueron para siempre seres amables, que dedicaron su vida al servicio de ella. Paradojas de la vida... y de la muerte.
Por Jairo Gómez.- Sorprende como, desde muchos sectores de opinión, personas con claros vínculos políticos y liderazgo en los partidos tradicionales, y el Centro Democrático, reaccionaron a la reunión del Secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, con los negociadores de las Farc en La Habana.
Las críticas y opiniones, en su mayoría, reflejaban la rabia y la impotencia que les provocó ver a un alto emisario de Washington sentado con una organización guerrillera que, quieran o no aceptarlo, ha sido transversal a la historia de Colombia en los últimos 60 años.
Pero no sólo las Farc. Estados Unidos, desde décadas atrás, es protagonista de excepción de la penosa realidad de los colombianos. Su incidencia ronda por las estrategias de guerra antisubversiva que se diseñaron en la Escuela de las Américas, amén de la formación de los militares por más de 50 años. El Plan Colombia, concebido en las oficinas oficiales de la capital estadounidense, inyectó más de diez mil millones de dólares a la “guerra civil”, como diría el carismático Obama. La política económica se alimenta de los designios del consenso de Washington; y siempre lo dijeron las Farc: en una salida negociada al conflicto armado colombiano deben estar “los gringos”. Entonces, ¿cuál es la molestia de los sectores tradicionales del país que han tenido y tuvieron en sus manos la posibilidad de resolver esta guerra y no fueron capaces?
Hablan de que el Presidente Obama se le “entregó al terrorismo”, y llegaron a la osadía de equiparar a las Farc con el Estado Islámico. Delirante argumento. Argumento que no corresponde a analistas sesudos, Políticos serios o a Partidos Políticos responsables. Qué livianos. En principio pensé que se trataba de un exceso desafortunado, una desagradable desviación del buen juicio de los seculares dirigentes y los bastiones de opinión. Pero no, así piensan y así lo expresan. Es increíble que la repulsa a un proceso de paz serio como el que se conduce en Cuba, los lleve a creer que aún nos paseamos en la guerra fría, en el macartismo, en la lucha contra el fantasma llamado comunismo.
Vale recordar que la diplomacia estadounidense es una de las más sofisticadas del mundo y su experiencia, centenaria por cierto, los ha llevado a sentarse a negociar la salida a conflictos que dejaron millones de muertos, crímenes de lesa humanidad de por medio, verbi gracia la Segunda Guerra Mundial para no ir tan lejos. En su oportunidad se sentaron a manteles Roosevelt, Stalin y Churchill, para definir una estrategia y derrotar la ambición expansionista nazi de Hitler. Hoy Obama, se sienta con Putin y Xi Jinping, de China, para desactivar otras guerras. Lo hace con Castro en Cuba, para cambiar el molde de las relaciones. En ese orden de ideas, pensar que Kerry fue a La Habana, se sentó con los dirigentes guerrilleros, estos lo convencieron y salió de ahí sin nada a cambio, es una solemne vaguedad.
Más allá de lo simbólico de la cita Kerry-Farc, y del reconocimiento que implícitamente se le hace a Las Farc, como actor político armado y beligerante; lo lamentable es preguntarse por qué si la democracia colombiana siempre ha contado con un Presidente elegido, un Congreso que representa al pueblo, un Poder Judicial independiente, instituciones de Control, unas Fuerzas Armadas y de Policía profesionales, un país de Leyes y Libertad de Expresión, no ha logrado superar el conflicto interno entre los colombianos. ¿Qué intereses oscuros impiden que Colombia no supere la guerra?
Por Carlos Villota Santacruz.-En la recta final de su segundo mandato, la visita a América Latina por parte del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama no sólo causó un fuerte impacto político –casi un tsunami que se sentirá con mayor fuerza con el paso del tiempo-, sino que abrió una nueva era diplomática y comercial con Cuba. Para el Gobierno de La Habana, en cabeza de los hermanos Raúl y Fidel Castro tiene el desafío en lo que resta del 2016 de restablecer la democracia y de los derechos humanos (algo que en la práctica no será sencillo y fácil de percibir)
En el caso de Argentina, los resultados podrían traducirse a mediano y corto plazo. De entrada la Casa Blanca –en materia de política exterior-hizo un giro de 180 grados con respecto al kirchnerismo, que por 12 años rompió el diálogo con Washington. Sin duda por donde se le mire: tanto en La Habana como en Buenos Aires fue una visita histórica. Más de 80 años pasaron para que un presidente de los Estados Unidos pisara suelo cubano. Más al sur, pasaron 19 años para presenciar un cara a cara con el Jefe de Estado más poderoso del mundo.
Además, de este hecho geopolítico, queda en evidencia el papel que jugará el continente en los meses por venir en el planeta, sacudido por el atentado terrorista en Bruselas, la expectativa del resultado final del proceso de paz de Colombia entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc, tras no cumplirse la firma del Acuerdo Final el pasado 23 de marzo –fecha límite fijada por las partes en septiembre de 2015-
Un proceso de paz, que cuenta con el apoyo de la Organización de las Naciones Unidas y el Papa Francisco desde el Vaticano. Un punto fundamental, que facilitó la reunión entre el secretario de Estado de los Estados Unidos John Kerry y el equipo negociador de las Farc en La Habana. Un hecho impensado tres años atrás, cuando se inició el ciclo de conversaciones.
Para mal o para bien, la visita de Obama a América Latina no pasó inadvertida Se opacó un poco con el atentado terrorista de Bruselas. Sin embargo, la fuerza de sus palabras, la forma como se movió en cada uno de los escenarios, quedaron plasmados en los titulares de la prensa, de los medios de internet, en la cámara de tv, en la imágenes fotográficas, que recordarán que en el primer trimestre de 2016, se inició el camino para que el continente tenga el protagonismo que reclamaba por año. Un protagonismo, que no está sustentado solo en sus presidentes, sino en la de los ciudadanos. Gracias al poder de la comunicación de las redes sociales y la defensa de sus derechos políticos.
A propósito de este comentario usted que piensa e-mail
Por Amylkar D. Acosta M.- Paradójicamente el Estado colombiano adolece de políticas de Estado y a falta de estas terminan imponiéndose las políticas de Gobierno, las cuales tienden a ser repentistas y reactivas, respondiendo siempre a las variantes y volubles coyunturas y su curso responde al vaivén del acontecer político. Ello, que debería ser la excepción, es la regla y de allí que la economía y la sociedad se vean turbadas por la inestabilidad y la inseguridad jurídica, las cuales a juicio del premio Nobel de economía Douglas North frenan el crecimiento y el desarrollo sostenible de un país.
Esta vez queremos referirnos a la falta de continuidad y a las incoherencias de las políticas públicas en el caso específico de los biocombustibles. En el año 2001 fue sancionada la Ley 693 de 2001, de mi autoría, posteriormente cobró vida la Ley 939 de 2004 y en el 2008 se expidió el Documento CONPES 3520, sentando así las bases para el uso obligatorio en Colombia de las mezclas de un porcentaje de etanol con la gasolina, en el primer caso, y de aceite con el diesel, en el segundo.
Se partió de la premisa que, pese a que los combustibles de origen fósil son altamente contaminantes y contribuyen como los que más al temido cambio climático, según la AIE, seguirán teniendo un gran peso en la matriz energética en los próximos años. Se trata, entonces, de mejorar su calidad mediante dicha mezcla, ya que de este modo se reducen las emisiones de GEI a consecuencia de la combustión en los motores.
Y Colombia, hoy más que nunca como líder que es de los ODS, está seriamente comprometida con la meta de reducir sus emisiones de GEI en un 20% hacia el 2030. En efecto, hoy por hoy, los biocombustibles están contribuyendo a reducir 2.5 millones de toneladas/año, equivalentes a 6 puntos porcentuales.
También se tuvo en consideración la importancia que reviste para el país la seguridad energética. Colombia, lo sabemos todos, si bien es productor de petróleo, dada la precariedad de sus reservas del mismo, no es un país petrolero y últimamente, con la caída de los precios del crudo, sus reservas han caído de 2.308 millones de barriles, que le aseguraban su autoabastecimiento por espacio de 6.4 años a 1.673 millones, reduciendo dicho horizonte a sólo 4.9 angustiantes años (¡!).
Se empieza a asomar, entonces, el fantasma de la importación de petróleo y Colombia ya sabe lo que ello representa para sus finanzas y para su economía, pues entre 1974 y 1984 las importaciones de crudo le significaron un costo de US $5.500 millones. Gracias a las mezclas de los biocombustibles, estos suplen 19 mil barriles/día de derivados del petróleo y podría ser mayor si el Gobierno le soltara las amarras autorizando porcentajes de mezclas mayores a los actuales, del 8.4% para el etanol y el 9.2% para el biodiesel.
También es cierto que la producción de la materia prima que les sirve de insumo a las plantas de etanol y biodiesel, 12 en total, ha tenido como efecto la ampliación de la frontera agrícola, particularmente en las plantaciones de palma africana para producir aceite con 250 mil hectáreas nuevas. Dado que estos cultivos son intensivos en mano de obra, están generando un empleo directo y dos indirectos por cada siete hectáreas sembradas, lo cual se traduce en ingresos y poder adquisitivo en el campo, que es donde más se requiere, sobre todo de cara al postconflicto.
Como si lo anterior fuera poco, en estos momentos de alta tensión del sector eléctrico, sumados entre la agroindustria de la palma y de la caña están aportando una capacidad de 537 MW de potencia instalados y para el 2018 la cañicultura contribuirá con 100 MW más de autogeneración de electricidad. Desafortunadamente los excedentes de esta sólo se han podido comercializar a partir de este mes que expidió la CREG la Resolución 29, casi dos años después de expedida la Ley 1715 de mayo de 2014, que les dio un plazo de un año para reglamentarla y de esta manera permitirla, como lo prescribe la misma.
No obstante las bondades de los biocombustibles su desarrollo se ha estancado a causa de la indecisión de parte del Gobierno, que da señales, cuando las da, ambiguas, contradictorias e incoherentes. Sus dubitaciones están poniendo en riesgo la meta que se propuso el propio Estado de llegar a un porcentaje del 20% para el 2020 y lo que es peor la gran minería se ha sustraído del cumplimiento de la Ley, que la obliga a consumir la mezcla, no existiendo norma alguna que las exceptúe.
Santa Marta, marzo 26 de 2016
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Por Jorge Enrique Robledo.- Van tres dolorosos fracasos de la Cancillería colombiana en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en el pleito con Nicaragua por los límites marítimos en el Caribe. Sus argumentos no fueron aceptados en 2007, 2012 y 2016, e igual puede suceder en el próximo fallo. Y las pérdidas han sido mayúsculas: 75 mil kilómetros cuadrados de mar, con sus derechos sobre la pesca y el suelo y el subsuelo, y la desmembración del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, del que separaron a los Cayos Quitasueño y Serrana, que quedaron enclavados dentro del mar nicaragüense. Además se lesionó algo muy caro para los raizales sanandresanos: su comunidad histórica, económica y cultural y sus fuertes vínculos con sus familiares y amigos de la costa de Mosquitos.
Aunque esta vez la Corte no decidió de fondo, sí negó la petición de la Cancillería colombiana para que no avocara las dos demandas de Nicaragua: que declare que Colombia no ha acatado la sentencia de La Haya de 2012 y que le otorgue una plataforma continental extendida, más allá de las 200 millas que ganó en el fallo anterior, área de suelo y subsuelo marino que se sustraería de los derechos colombianos.
Ante estas realidades, tan irritantes para cada colombiano y como una protesta, el presidente Santos anunció que Colombia no participará en lo que sigue del proceso en La Haya, decisión que, debe saberse, no impide que el proceso continúe y que al final se emita una sentencia que será inapelable para las partes, como ocurre con la de 2012.
En razón de este desastre diplomático de Colombia, son amplios los cuestionamientos a la manera como se han defendido los intereses nacionales frente a Nicaragua. Se controvierten las políticas de los gobiernos de Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, cuyas posiciones han coincidido en lo fundamental y han sido respaldadas en la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores por el liberalismo, el conservatismo y las fuerzas nacidas de estos. Políticas de Estado, las han calificado, pero sin haber contado con la oposición. Y fracasadas, a la vista está.
Lo primero digno de debatirse es por qué no se dialogó con Managua una vez surgió el diferendo ni tras el fallo adverso de La Haya en 2012, conversaciones que ningún daño le hacían al país y que hoy, en condiciones más difíciles, los colombianos debemos promover, para poder acordar un tratado beneficioso para las dos partes. Los hechos probaron que el Tratado Esguerra-Bárcenas (1928) no protegía del todo a Colombia, riesgo que, por ejemplo, advirtió Alfonso López Michelsen cuando puso en duda el valor legal del Meridiano 82 como límite marítimo y propuso dialogar con los nicaragüenses. ¿Sí puede presentarse como excelente para el país el Esguerra-Bárcenas, en el que Colombia renunció a la costa de Mosquitos en el continente y aceptó que tenía un “litigio” de soberanía con Estados Unidos por Quitasueño, Serrana y Roncador? ¿No influyó en la desmembración del archipiélago que el país, en el Tratado Vásquez-Saccio (1972), volviera a ceder ante abusivas exigencias estadounidenses?
Es severo el cuestionamiento de Enrique Gaviria Liévano a la decisión de Colombia de no argüir en La Haya que San Andrés, Providencia, Santa Catalina y las demás formaciones no eran una suma de partes, como se expresó, sino un archipiélago de Estado, es decir, un conjunto de tierras, aguas, gentes e historia que debía delimitarse y tratarse como un todo indisoluble. ¿Por qué los sanandresanos no pudieron participar en el diseño de la posición nacional y el gobierno pasó de defender como límite el Meridiano 82 a usar el criterio de la línea media? ¿No es inaudito que la Cancillería colombiana fracasara dos veces en su propósito de sustraer al país de los fallos de la Corte de La Haya? ¿Cuál es el valor real de los abogados que cobraron 4.176 millones de pesos y alegaron, contra el texto del artículo 56, que el Pacto de Bogotá no impone que entre el anuncio del retiro de La Haya y su aplicación tiene que pasar un año?
En defensa del derecho democrático a conocer y opinar a plenitud sobre este fiasco histórico, citaré a la canciller María Ángela Holguín a un debate de control político en el Senado, para el que ya le solicité las actas de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, en las que reposan las posiciones sobre el litigio y que mantienen en un secreto inaceptable. Unirnos en torno al interés nacional no debe auspiciar el tapen-tapen ni impedir que se establezcan las respectivas responsabilidades políticas.
Por Gabriel Ortiz.- Cuando nos endilgaron, muy diplomáticamente, la culpabilidad del apagón que se nos viene encima, nos quedamos, como dicen los mejicanos, con los ojos cuadrados.
Muy buen trabajo, impecable y conmovedor, el de los encargados de las comunicaciones del gobierno y de las diferentes agencias y empresas a las que se les encomendó alumbrarnos.
Después de lo ocurrido en los noventa, parecíamos haber quedado vacunados contra otra tragedia similar, que tal vez lo único positivo que nos dejó fue “La luciérnaga” de Hernán Peláez y Yamid, ahora bajo la batuta de Gustavo Gómez.
Pero vemos que los casi 8 mil millones de dólares (16 billones de pesos) que nos sacaron de nuestros bolsillos, bajo la figura del “cargo por confiabilidad” que garantizaba cero apagón, no han servido para nada. Y nadie sabe en cual o cuales escarcelas se encuentra ese dinero.
La famosa pirinola de Mockus, según la cual “todos pagan”, revivió para esculcarnos de nuevo. La ciudadanía puso la confiabilidad y ahora ahorra; ¿qué más quieren? Vendrán nuevos “cosquilleos”.
Cada que aparece el aviso de “apagar paga”, nos ponemos colorados, como si fuéramos culpables del despilfarro y la imprevisión. Quienes están ahorrando, encuentran que a pesar de ello, las cuentas siguen en alza. Se consumen menos kilovatios y las cuentas son superiores a las del mes anterior. Y no hay ante quién quejarse. Las empresas como en las encuestas “no saben, no responden”.
Difícil entender el camino que recorremos. Pésima planeación, Minminas y Creg ciegos y sordomudos sobre nuestros dineros.
Como si fuera poco, el gran ejemplo de administración que tenía el país, las Empresas Públicas de Medellín, se fueron al traste. Les entregaron la plata para un mantenimiento que debía realizarse hace tiempo y solamente cuando se registró el siniestro, recordaron que los cables no duran toda la vida. A marchas forzadas y no se sabe a qué precio, tuvieron que comprarlos y trasladarlos a las carreras en costosísimos aviones. Todo por cuenta nuestra. Y nada se diga del resto de térmicas mal planificadas, porque nadie responde
No puedo ahondar más sobre semejante desastre, porque se me fue la luz. Estamos a oscuras, no tenemos energía y la plata de confiabilidad desaparece.
BLANCO: Obama tiende puentes, no construye muros. He ahí la diferencia.
NEGRO: El uribismo no deja que la justicia opere. Le gusta y promueve la impunidad.