Opinión
Al Qaeda fue debilitada, pero el terrorismo no desapareció. Mutó.
Por Amylkar D. Acosta M*. -Hay acontecimientos que no sólo hacen historia, sino que la parten en dos. El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 fue uno de ellos. Aquel martes aciago el mundo contempló atónito, en tiempo real, cómo dos aviones comerciales se estrellaban contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York y, en el acto, cómo estas se desplomaban convertidas en una gigantesca montaña de escombros. Otro avión impactó el Pentágono y un cuarto cayó en Pensilvania.
El saldo fue aterrador: cerca de 3.000 muertos. Pero la verdadera dimensión del 11-S no puede medirse únicamente por el número de sus víctimas. Aquel día cambió la percepción que el mundo, empezando por el propio EE.UU, tenía de su propia seguridad y se alteró el curso de la geopolítica mundial.
Yo escribí sobre ello entonces. Apenas nueve días después, el 20 de septiembre de 2001, en mi artículo Colombia: país real, país virtual, me referí al impacto de aquellos atentados que habían reducido a cenizas las emblemáticas Torres Gemelas y golpeado el Pentágono. Mi preocupación inmediata, además del horror provocado por semejante acto de barbarie, apuntaba hacia sus repercusiones económicas. La economía mundial ya mostraba síntomas de desaceleración y aquel golpe introducía un ingrediente adicional de incertidumbre, que presagiaba su hundimiento.
Pocos días después volví sobre el tema en Una elegía por la paz. Esta vez mi preocupación trascendía la coyuntura económica. Me inquietaban las consecuencias políticas y militares que podría desencadenar la inmediata y contundente reacción de Estados Unidos. Dos hechos me parecieron entonces incontrovertibles: la enorme capacidad destructiva que había alcanzado el terrorismo y la vulnerabilidad del Estado frente a él, incluso tratándose de la mayor potencia económica y militar del planeta. Veinticinco años después vale la pena volver sobre aquellas reflexiones y confrontarlas con lo acontecido.
La reacción estadounidense no se hizo esperar. El Presidente George W. Bush proclamó la denominada “guerra contra el terrorismo”. El enemigo ya no era necesariamente otro Estado ni un ejército convencional claramente identificable. Era una organización transnacional, dispersa, clandestina y capaz de golpear desde las sombras. Ese cambio fue trascendental.
En octubre de 2001 Estados Unidos invadió Afganistán. El propósito declarado era destruir las bases de Al Qaeda, responsable de los atentados, capturar a Osama Bin Laden y desalojar del poder al régimen talibán que le había brindado refugio y protección. Dos años después, en 2003, vino la invasión de Irak. Se justificó alegando que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Tales arsenales nunca fueron encontrados.
Aquí empezó a desdibujarse la frontera entre la legítima respuesta al terrorismo y una estrategia desmedida de intervención militar de mucho mayor alcance. Lo que comenzó como una operación contra los responsables del 11-S terminó convirtiéndose en una prolongada guerra global. Y fue costosísima, aún se prolongan en el tiempo y en el espacio sus repercusiones y secuelas.
Investigaciones del proyecto Costs of War de la Universidad Brown estiman que las guerras posteriores al 11-S comprometieron más de US$8 billones (trillion en la nomenclatura estadounidense) en gastos y obligaciones de Estados Unidos. El mismo proyecto estima en al menos 940.000 las muertes directas ocasionadas por la violencia en los distintos escenarios bélicos y calcula que, al incorporar las muertes indirectas derivadas de sus consecuencias, el saldo puede ascender a entre 4,5 y 4,7 millones de personas. Son cifras estremecedoras.
Afganistán constituye quizá la mayor paradoja de esta historia. Estados Unidos llegó allí en 2001 para desalojar a los talibanes. Permaneció durante dos décadas. Miles de vidas y enormes recursos después, las últimas tropas estadounidenses abandonaron Afganistán el 30 de agosto de 2021. Y los talibanes retornaron al poder. La historia parecía regresar al punto de partida. Ello no significa que esos veinte años hayan sido inútiles ni que Al Qaeda conservara intacta la capacidad que tenía en 2001. Osama Bin Laden fue localizado y dado de baja en Pakistán en mayo de 2011 y la estructura que organizó los ataques sufrió golpes devastadores.
Pero Afganistán dejó una enseñanza difícil de soslayar: la superioridad militar puede conquistar un territorio, derribar un régimen e incluso destruir un ejército, pero no necesariamente es suficiente para construir un Estado viable ni garantizar una paz duradera. Ese fue precisamente uno de los interrogantes que planteábamos cuando todavía humeaban los escombros de las Torres Gemelas.
Al Qaeda fue debilitada, pero el terrorismo no desapareció. Mutó. De sus ramificaciones y del caos generado por las guerras posteriores surgieron nuevas organizaciones. La más brutal y espectacular fue el autodenominado Estado Islámico —ISIS—, que llegó a controlar extensos territorios de Irak y Siria y proclamó un pretendido califato. A las organizaciones jerarquizadas se sumaron células dispersas por doquier y los llamados “lobos solitarios”. Internet y posteriormente las redes sociales se convirtieron en instrumentos de propaganda, radicalización y reclutamiento. El terrorismo y sus células aprendieron a desenvolverse en red. La amenaza dejó de estar concentrada exclusivamente en un territorio y se hizo ubicua.
Pero el 11-S no sólo transformó las relaciones internacionales. También modificó profundamente la vida cotidiana.
Medellín. Septiembre 11 de 2026
*Economista. Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía.
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Confrontación de los mil días demuestra que el recurso a las armas no fue -ni es- el camino adecuado para resolver las diferencias entre los colombianos.
Por Juan Camilo Restrepo*. - Con el mismo título de este artículo, Luis Guillermo Vélez Cabrera ha escrito un libro fundamental sobre lo que fue la guerra de los mil días en Colombia.
Dentro de la abundante bibliografía que existe sobre aquella terrible confrontación que enfrentó a los colombianos a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la investigación histórica de Vélez Cabrera es, sin duda, uno de los mejores aportes que ha aparecido hasta la fecha.
“Aquella guerra eterna” tiene a mi entender un triple acierto. Es, en primer lugar, un detallado relato militar de absolutamente todas las batallas, escaramuzas y encuentros furtivos que tuvieron los alzados en armas contra las fuerzas gubernamentales en estos terribles tres años.
No se trata solamente de la descripción como es usual de las grandes batallas como fueros las de Peralonso y Palonegro. Es también el relato de la infinidad de encuentros armados que tuvo el conflicto, incluidas las batallitas guerrilleras, cuando la guerra convencional terminó en la práctica, luego de que los rebeldes liberales perdieron la batalla de Palonegro y resolvieron continuar la guerra (ya perdida) a través de una heroica prolongación durante más de un año recurriendo a los esquemas irregulares de los confrontamientos guerrilleros.
En segundo lugar, el libro de Vélez Cabrera nos introduce con acierto en lo que fue un verdadero conflicto internacional. La guerra colombiana fue atizada y financiada por los mandatarios de Venezuela, Ecuador y Nicaragua, Cipriano Castro, Eloy Alfaro y Santos Zelaya que resolvieron apoyar a fondo la rebelión liberal contra el gobierno de Sanclemente primero, y el de José Manuel Marroquín enseguida.
Y, por último, el libro nos conduce con mano segura a través de una serie de afortunadas semblanzas de los grandes personajes de la guerra: Uribe, Manuel Casabianca, Benjamín Herrera que tuvo permanentes desencuentros con el general Uribe, Vargas Santos el director general de la guerra de los rebeldes, el general Próspero Pinzón. Y ya al final del conflicto el retrato de personajes como Aristides Fernández brazo armado del recalcitrante grupo de intransigentes que rodeaba a Marroquín y que hizo casi imposible que se llegara a unos entendimientos mínimos y tempranos de paz.
El libro constituye una afortunada galería de todos estos personajes de ambos lados que dirigieron o influyeron decisivamente en la guerra.
En la guerra murieron -es la cifra canónica que se acepta- 100.000 compatriotas. Si se tiene en cuenta que en aquel entonces Colombia tenía solamente 4 millones de habitantes, la sangre de colombianos derramada en el conflicto fue enorme.
La visión del autor sobre Caro y Uribe es más severa de lo que habitualmente señalan los otros historiadores del conflicto. “Los radicales de ambos bandos habían conducido al país al abismo a finales de 1899, sin ningún tipo de justificación diferente a su propia miopía. Rafael Uribe y Miguel Antonio Caro, los padres putativos de la debacle, no han tenido el reproche histórico que sus actos irresponsables merecen”, dice el autor.
Ahora bien: ¿Sirvió de algo este conflicto fratricida fuera de lanzar a Colombia a un tremendo baño de sangre con aquella eterna guerra civil de tres años, que envenenó la convivencia pacífica por muchos más?
La guerra no sirvió para nada. Pero si deja una lección final que es la que destaca el autor con acierto: la confrontación de los mil días demuestra que el recurso a las armas no fue -ni es- el camino adecuado para resolver las diferencias entre los colombianos.
Bogotá, D, C. 14 de septiembre 2026
*Abogado y Economista. Exministro de Estado.
Indispensable que cuente con una burocracia eficaz, que sea como el modelo de la que buscaría propiciar en otras entidades del Estado, para así realizar misiones generales y especiales.
Por Fernando Cepeda Ulloa*. - Luego de su desempeño estelar como vicepresidente electo y como vicepresidente en ejercicio, el exrector de varias universidades ha recibido, por medio del decreto 1373 del presente año, un repertorio de funciones generales y otras especiales que responden muy bien a la eficiencia que José Manuel Restrepo ha mostrado y a necesidades de gobernabilidad que no siempre han contado con un alto funcionario que las realice.
El vicepresidente Restrepo pasa a ser el coordinador, articulador y armonizador de la tarea gubernamental en todos los sectores y en todos los niveles. El decreto le otorga unas misiones o encargos generales y otros especiales. Y lo autoriza para expedir instructivos, circulares y documentos para cumplir con su formidable tarea. Y se aclara que no implican subordinación.
La misión general la establece el artículo primero que conviene reproducir textualmente: “(...) coordinación inter institucional e intersectorial de las iniciativas de interés nacional en materia de transformación del Estado, educación, recursos estratégicos, seguridad energética, crecimiento, económico, productividad, estabilidad, macroeconómica, desarrollo de inversión nacional y extranjera, e inserción estratégica de Colombia en el contexto internacional”. Cómo se ve se trata de una misión bien general que cubre asuntos internos y también la dimensión internacional.
Tan sólo está poderosa enumeración de tareas sería más que suficiente para hablar del empoderamiento del vicepresidente. Y lo cual, sobre decirlo, requerirá de un equipo de alto nivel en la vicepresidencia.
Miremos ahora las misiones especiales que el artículo segundo le confía para " coordinar y articular" varias actividades, así:
"Creación e implementación de la estrategia Talento ColombIA " la economía, basada en el conocimiento y las competencias que demandan la inteligencia artificial, las tecnologías y la exportación de servicios"
"La modernización, simplificación e interoperabilidad del Estado."
"Las acciones orientadas a dinamizar los proyectos relacionados con recursos estratégicos, como son, entre otros, la generación y transmisión de energía, hidrocarburos, minerales, críticos y las energías renovables".
"La estructuración, atracción, facilitación, aceleración y materialización de inversiones estratégicas(...) así como brindar acompañamiento en la internacionalización de la economía, con la construcción de bancos de proyectos estratégicos, la realización de semanas de inversión, Semanas Milagro en distintas partes del mundo procurando la integración de Colombia, a las cadenas globales de valor y el fortalecimiento para el crecimiento".
"Acciones de apoyo a la productividad, la competitividad, la agroindustria, la tecnologías y actividades de innovación financiera, la estabilidad macroeconómica, así como el crecimiento de la economía nacional".
Y como si ello no fuera suficiente el inciso sexto añade: "las demás misiones que resulten necesarias para el cumplimiento de la misión general prevista en este artículo".
No encontré la forma de resumir ese decreto y, por ello, lo he transcrito casi en su integridad. Así queda bien claro que en realidad este vicepresidente ha recibido un empoderamiento como ninguno de sus antecesores. Ni siquiera Germán Vargas Lleras lo obtuvo. Una excelente señal de la confianza, bien fundada, que el presidente De la Espriella tiene en su vicepresidente; de esta manera hemos visto una evolución en las funciones de la vicepresidencia, un cargo que en otras ocasiones dio lugar para designaciones específicas, embajadas o ministerios o algunas tareas similares a las que aquí se contemplan, pero jamás del alcance que las que establece este decreto. Un buen tema para los estudiosos de la vicepresidencia en Colombia y en otros países, porque se trata de una institución muy controvertible que no siempre ha desempeñado tareas significativas. El vicepresidente Vance en Estados Unidos también adquirió una relevancia que no era tan común en ese país para quienes ostentaron ese cargo.
Es indispensable que el vicepresidente cuente con una burocracia eficaz, que sea como el modelo de la que buscaría propiciar en otras entidades del Estado, para así realizar misiones generales y especiales, tan complejas y abrumadoras.
Bogotá, D. C, 13 de septiembre 2026
*Analista político, catedrático, exministro de Estado.
Una de sus grandes satisfacciones al retirarse de la SAC en 2016 fue haber contribuido en algo a disminuir esa brecha entre las dos Colombias.
Por: José Félix Lafaurie Rivera*. - Murió Rafael Mejía. Y aunque quizás la gran Colombia urbana no conozca mucho de él, para el sector agropecuario, para sus agricultores, para “el campo”, que hoy llamamos la Colombia rural, la partida de Rafael es una gran pérdida que entristece. Se fue uno de los dirigentes gremiales más importantes que tuvo el sector agropecuario y el país en las últimas décadas.
Escribiendo estas líneas recordé un planteamiento compartido y una bandera suya durante los 15 años como presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC: La urgencia de reducir la brecha entre lo rural y urbano, producto del sesgo de los modelos de desarrollo.
En un libro que escribí hace años sobre el posconflicto, que se ha asomado sin dejarse ver, como la paz, dejé una frase sobre ese sesgo antirural, que no es sino otro nombre para el abandono del campo por parte del Estado: “El campo no ha tenido enemigos, pero le han faltado amigos en los niveles de formulación de política pública y de toma de decisiones”.
Aunque los gremios no son responsables de la política pública, sí tienen incidencia en ella por la representación que ostentan. En ese contexto, Rafael fue siempre un excepcional “amigo del campo”. Como le manifestó a CONtexto Ganadero, el periódico virtual de FEDEGÁN, una de sus grandes satisfacciones al retirarse de la SAC en 2016 fue haber contribuido en algo a disminuir esa brecha entre las dos Colombias.
Nuestra relación no fue meramente circunstancial. Fuimos colegas en distintos escenarios de la institucionalidad agropecuaria: la Comisión Nacional de Crédito Agropecuario, Finagro, el ICA y Vecol, además de los espacios donde coincidíamos en representación del sector. Fueron muchas horas alrededor de una mesa defendiendo los intereses de los productores agropecuarios en temas críticos: recursos, crédito, precios, costos, crisis climáticas, competitividad, comercio exterior…
Allí conocí de cerca al dirigente y también a una persona rigurosa, disciplinada, amable. Rafael no llevaba a una reunión solamente posiciones, sino argumentos, que defendía con verticalidad, pero sin exaltación; con respeto y mesura. Conocía el campo y sabía que detrás de cada decisión de política pública había familias, empleos y regiones que podían beneficiarse o perjudicarse.
Su trayectoria al frente de la SAC coincidió con un periodo intenso para el sector agropecuario, de apertura comercial y discusiones sobre competitividad, de cara a la negociación de Tratados de Libre Comercio.
En esos “cuartos de al lado” libramos importantes batallas. La negociación del TLC con Estados Unidos puso sobre la mesa una realidad que los negociadores pretendían ignorar: En los temas agropecuarios principalmente, la asimetría era evidente. Nuestros productores debían competir con un sector altamente tecnificado, soportado en una infraestructura rural inmejorable y con gran apoyo estatal.
Por la misma condición asimétrica, la negociación con la Unión Europea resultó más compleja, particularmente para el sector lácteo, en cuya defensa hicimos frente común. Nuestra posición nunca fue contra el comercio, pero le advertimos al Gobierno que abrir el mercado sin construir previamente condiciones de competitividad podía terminar convirtiendo la oportunidad en amenaza para nuestros productores.
Como tuvimos estratégicas coincidencias, no faltaron profundas diferencias, quizás no personales, sino desde nuestra esquina de la dirigencia gremial. La más significativa fue la decisión de la SAC de apoyar –con distancia, pero al fin apoyo– las negociaciones del gobierno Santos con las Farc, que FEDEGÁN, por el contrario, rechazó abiertamente.
Fueron valoraciones gremiales diferentes e igualmente respetables de las decisiones del Gobierno, que ventilamos públicamente en ocasiones, sin que nunca esas diferencias afectaran el respeto mutuo.
Mi adiós y el de los ganaderos colombianos a Rafael: ganadero también y un excepcional “amigo del campo”.
Bogotá, D. C, 14 de septiembre 2026
*Presidente Fedegan.
@jflafaurie
Ni ministros, ni altos funcionarios podrán dar declaraciones. Ojo: la alegría, ilusión y aliento con los que se ha recibido al nuevo Presidente, pueden truncarse.
Por Gabriel Ortiz*. -La teleaudiencia nacional, fue invadida esta semana por dos recuerdos que satisfacían al país cuando empezaban las noches repletas, como ahora, de las más terribles noticias.
No existían entonces esas férreas jornadas de solo 8 horas repartidas en tres turnos que hoy impiden a la gente la salida y llegada a los hogares para disfrutar de la unidad familiar. Solo los periodistas nos entregábamos, sin horario, a buscar los hechos de interés para la gran audiencia.
Era la radio la encargada de abrir ojos y oídos del público, como lo pregonaba Alberto Acosta. Las sombras de la noche iban matizando a saltos de canguro, todo el panorama nacional. La televisión, reunía a todas las familias y las congregaba en las salas frente a una pantalla en blanco y negro… que luego fue tomando color y nuevos rumbos de interés, según las edades de los presentes.
Unas imágenes de atención con música despertadora, se iban disipando, para darle ingreso a un paisa de buena imagen y mucha simpatía, que en El Noticiero de las 7, advertía a la gente la sobre iniciación del acontecer de cada día, con este agradable parlamento: “Buenas noches: paz, salud y buen genio”, que de inmediato robaba la atención nacional con los hechos de un, casi siempre pesado día. Esa era la costumbre en esa época, un poco menos en la actual y parece desaparecer en la que viene.
El antioqueño Juan Guillermo Ríos, había empezado en radio, pero era un inquieto reportero que penetraba cuanto lugar había. Podría decirse que hasta este domingo 6, cuando entregó su alma al Creador. Su vida era una historia permanente aquí y en el exterior, ya que el expresidente López lo nombró en la embajada de Colombia en Francia, cosa que aprovechó para aprender francés que aprendió a la perfección y le permitió avanzar en su profesión de reportero y director de televisión. Su espíritu lo llevó a mantener esa premisa de “paz, amor y buen genio”, que aplicó en todas sus actividades y últimamente en las cátedras que ejerció en escuelas de periodismo, sobre reportería. Quienes éramos sus amigos y compartimos conferencias, podemos certificar esa erudición.
Los invito a escuchar la maravillosa y apasionante biografía hablada de Juan Guillermo Ríos, que magistralmente elaboró Daniel Coronell y que está recorriendo las redes sociales en “El Reporte Coronell”.
La oportunidad de Silva
Ese mismo domingo 6 de agosto, la señal del dolor se apresuró a golpear al periodismo colombiano, cuando Darío Silva, entregó su alma al Creador. Fue otro de los grandes de esta profesión que, infortunadamente vacacionó, cuando se dedicó a crear un culto religioso que lo obligó a recorrer varios países, buscando millares de feligreses que lo seguían con devoción y apego.
Fue un gran director de noticias que compartió con Darío Restrepo Vélez, otro de los importantes reporteros de prensa, radio y TV. Fueron ellos los creadores y sostenedores -hasta cuando la política se los permitió- del Noticiero Noticolor. Cuando lo emprendieron, le aplicaron técnica, sabiduría, modernidad y profesionalismo. “Chiviaban”, a casi todos los medios, gracias a su amistad con el presidente Turbay. Siempre eran los primeros y por ello los de mayor audiencia.
Darío era un erudito, culto e ilustrado, al finalizar las emisiones del noticiero, tenía un comentario, casi siempre político, con temas de mucha actualidad. Muchos lo criticaban por sus matices, pero todos lo veían.
Siempre finalizaba el informativo y su columna con estas palabras: “Buenas noches y hasta una próxima oportunidad”.
Hasta una próxima oportunidad querido Darío. Dios te tenga su gloría.
BLANCO: La firmeza con la que imponen el “periodismo bodeguero” que impuso Petro y ahora trata de establecer Abelardo. ¿Cómo se quiere silenciar la información estatal, que ahora obligatoriamente tendrá que salir de Palacio?
NEGRO: Ese es el peligro en que se encuentra la libertad de prensa. Todo quedará en poder de las bodegas y de los sumisos periodistas. Ni ministros, ni altos funcionarios podrán dar declaraciones. Ojo: la alegría, ilusión y aliento con los que se ha recibido al nuevo Presidente, pueden truncarse.
Bogotá, D. C, 11 de septiembre 2026
Periodista. Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper.
Las funciones de los gobernantes, en un Estado Social de Derecho -como se supone que es Colombia- van mucho más allá del mero espectáculo mediático.
Por José G Hernández*. - Nos toca recordar a nuestros funcionarios públicos y a muchos medios de comunicación que Colombia es una democracia, que desde hace más de dos siglos no dependemos de monarcas y que, como lo proclama el artículo 2 de la Constitución, la soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público. El poder que se otorga a quienes desempeñan los cargos públicos está delimitado por normas constitucionales y legales y debe ser ejercido únicamente en los términos que esas normas establecen.
Por otra parte, Colombia es un Estado Social de Derecho. Las ramas y órganos del poder público tienen que actuar “dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo”, como también lo expresa la Constitución. Las autoridades -dice su artículo 2- están instituidas para proteger a todas las personas aquí residentes, en su vida, honra, bienes, creencias, y demás derechos y libertades, y para asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado y de los particulares. No se les confiere el poder para satisfacer sus deseos y caprichos personales sino para servir a la colectividad. Por eso hablamos de servidores públicos, no de príncipes.
En el caso del presidente de la República, es un servidor público elegido por el pueblo, al que se confiere un mandato. Ejerce poder, en su condición de jefe de Estado, jefe de gobierno y suprema autoridad administrativa, pero -claro está- ese poder dista mucho de ser absoluto. Lo debe ejercer con arreglo estricto a las disposiciones establecidas en la Constitución y en las leyes -las colombianas- que, al posesionarse, jura acatar y respetar.
Por eso, el presidente de la República no puede desconocer el artículo 93 de la Constitución, a cuyo tenor Los tratados y convenios internacionales ratificados por el Colombia -como los convenios de Ginebra de 1949 o el Estatuto de Roma de 1998, que creó la Corte Penal Internacional-, que reconocen los derechos humanos y que prohíben su limitación en los estados de excepción, prevalecen en el orden interno. Debe respetar la dignidad de toda persona -uno de los fundamentos de nuestro sistema jurídico-, dar ejemplo de función pública ejercida con sentido humanitario. Por eso, no está bien que haga de la muerte un espectáculo, exhibiéndose públicamente entre cadáveres para hacer alarde de triunfo.
Tampoco es correcto que haga burla de las órdenes judiciales. Si los jueces le han ordenado presentar disculpas por haber convertido un acto civil en ceremonia religiosa -desconociendo el carácter laico del Estado colombiano-, es indebido que culmine las disculpas con una proclama religiosa, para ridiculizar la orden judicial.
Se equivoca el gobierno cuando implanta modalidades de censura, desconociendo la libertad de expresión, eliminando emisoras comunitarias u ordenando que en las ruedas de prensa ofrecidas por altos funcionarios solamente participen los medios y periodistas “amigos” y que no sea posible formular preguntas o inquietudes. También cuando prohíbe usar la palabra “campesinos”.
Las funciones de los gobernantes, en un Estado Social de Derecho -como se supone que es Colombia- van mucho más allá del mero espectáculo mediático. Ellos están llamados a prestar un servicio, para bien de la sociedad, no para satisfacer su propio ego.
Bogotá, D. E, 9 de septiembre 2026
*Expresidente de la Corte Constitucional.
La minería moderna debe ser ambientalmente responsable, socialmente sostenible y rigurosamente regulada.
Por: Amylkar D. Acosta M*. - La minería atraviesa una profunda transformación en el mundo. Paradójicamente, cuando los minerales se han convertido en insumos indispensables para la transición energética, la digitalización y las nuevas tecnologías, hay quienes pretenden remar en dirección contraria, a contracorriente, con la radicación por segunda vez del proyecto de la “Nueva ley minera”, que más bien puede catalogarse como ley anti-minera. Se aduce que uno de sus ejes centrales es el “fortalecimiento de la soberanía del Estado sobre los recursos del subsuelo”, que está amparada en el artículo 332 de la Carta, como si ella estuviera en entredicho por la actividad minera y no por el copamiento y el control territorial en muchas regiones del país por parte de los grupos armados organizados (GAO).
Llama poderosamente la atención que en la exposición de motivos se menciona 27 veces la palabra “reconversión productiva” y 22 veces la “diversificación”. Ambas expresiones tienen como carga de profundidad el marchitamiento prematuro de la actividad extractiva con la monserga del “extractivismo”, como estigma de la misma.
Se propone también “consolidar el conocimiento geológico como un bien público”, cuando siempre lo ha sido. Como es bien sabido la minería está declarada de utilidad pública e interés social en el artículo 13 de la Ley 685 de 2001 (Código de Minas vigente), de lo cual se sigue que el Estado reconoce la minería como una actividad estratégica para el desarrollo económico y social del país, sin que ello signifique una prevalencia absoluta sobre otros derechos, bienes e intereses consagrados en la Constitución Política, como lo son la autonomía territorial, la protección del medioambiente, así como los derechos fundamentales y colectivos. De aprobarse este proyecto la minería dejaría de serlo con todas sus consecuencias.
La actividad minera en Colombia enfrenta una verdadera carrera de obstáculos, que se tornarán mayores si se llega a aprobar este proyecto. A los riesgos propios de una industria intensiva en capital, sometida a la incertidumbre geológica y que requiere inversiones de largo plazo, se viene a sumar una creciente maraña de restricciones regulatorias, ambientales, tributarias, territoriales y administrativas que termina comprometiendo su competitividad. Se destacan entre ellas el Decreto 044 de 2024, expedido por el presidente Gustavo Petro “por el cual se establecen criterios para declarar y delimitar reservas de recursos naturales” hasta por cinco años prorrogables, excluyendo en ellas de manera discrecional la actividad minera por parte del Gobierno nacional, sin contar para ello con las entidades territoriales, lo cual transgrede el principio de la autonomía territorial consagrado en los artículos 1º y 287 de la Constitución Política.
Es el caso también de la creación a su antojo por parte del Gobierno Nacional, a través de resoluciones del Ministerio de Agricultura de las Áreas de Protección para la Producción de Alimentos (APPA) y las Zonas de Protección para la Producción de Alimentos (ZPPA), amparado en el artículo 32 de la Ley 2294 de 2023 (PND). En ellas, como es obvio se excluye toda actividad extractiva, llevándose de calle los derechos adquiridos con arreglo a la ley, que deben ser protegidos.
Y de contera, la Agencia Nacional de Minería (ANM) podría definir por sí y ante sí, con amplia discrecionalidad, cuáles serían las zonas “aptas” para la actividad minera. Tanto esta facultad, como el Decreto presidencial y la resolución ministerial de marras, van en contravía de la jurisprudencia de la Corte Constitucional, la cual, después de muchas idas y venidas, muchas vueltas y revueltas, emitió una sentencia de unificación (SU-095 de 2018) determinando que las autoridades territoriales no pueden prohibir la explotación del subsuelo, pero tampoco pueden las autoridades nacionales, unilateralmente, autorizar proyectos mineros ignorando las competencias municipales sobre el ordenamiento territorial, los usos del suelo y la protección ambiental. Se impone, entonces, la necesaria concertación y el acuerdo entre unas y otras, dentro del espíritu de los principios de coordinación, concurrencia y subsidiariedad previstos en la Constitución Política (artículo 288).
Otra talanquera que se le impuso a la actividad minera fue el establecimiento de un remedo de “distritos mineros”, con fundamento en el artículo 231 de la Ley 2294 de 2023 (PND), delimitados, al igual que las APPA y las ZPPA unilateralmente por parte del Gobierno central. Este esperpento jurídico en lugar de ordenar y estimular una minería responsable terminó convirtiéndose en una fuente más de incertidumbre e inseguridad jurídica, superponiéndose a títulos y solicitudes en curso de los mismos. Por fortuna, la decisión del Gobierno De la Espriella es de suprimirlos y con tal fin ya ha sido publicada la Resolución para comentarios que se propone su derogatoria.
Mientras otros países revisan sus legislaciones para atraer capital, estimular la exploración, ofrecer seguridad jurídica y explotar sus recursos minerales, este proyecto presentado por el Gobierno parece orientado justamente hacia lo contrario: ahuyentar la inversión y provocar el marchitamiento prematuro de una actividad que Colombia necesita, so pretexto de defender el medioambiente.
Y digo so pretexto de defender el medioambiente y un supuesto “cambio de modelo”, porque plantear la discusión, con una gran carga ideológica, como una disyuntiva entre minería y medioambiente es un falso dilema. Colombia necesita proteger sus ecosistemas, desde luego, pero también necesita producir. La minería moderna debe ser ambientalmente responsable, socialmente sostenible y rigurosamente regulada. Una cosa es exigir que la actividad minera cumpla los más altos estándares y otra muy distinta hacerla prácticamente inviable. Tal como está planteado es un verdadero despropósito.
El riesgo de este proyecto consiste precisamente en profundizar una paradoja: mientras el mundo compite por atraer capital para explorar y producir los minerales indispensables para la transición energética, Colombia estaría levantando nuevas barreras para aprovechar los suyos.
Bogotá, 5 de septiembre de 2026
*Economista. Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía.
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Para Abelardo de la Espriella, Colombia estuvo arrodillada ante el crimen durante los últimos años. Ahora comienza una nueva fase de la guerra interminable que el país vive desde hace más de seis décadas.
Por Hubert Ariza*. - La política en Colombia se vive con vértigo. Los acontecimientos suceden a una velocidad tal que quien parpadee puede perderse entre el mar de desinformación de las redes sociales, los titulares de los medios tradicionales, la batalla por imponer una narrativa entre la derecha y la izquierda, la disputa cultural y los egos de los protagonistas de una agenda política que cambia permanentemente.
Hace tan solo 20 días, el país se despertó con un terremoto de 7,4 que golpeó con fuerza a cinco departamentos y dejó más de 153.000 familias damnificadas, 319 fallecidos, 4.506 heridos, 260 desaparecidos y 31.461 viviendas destruidas, además de cientos de edificios en lista para ser demolidos. Después de la tragedia, las réplicas ya suman 332.
A pesar de la magnitud de la catástrofe y de la responsabilidad que tiene el Gobierno nacional con las víctimas, la atención de la opinión pública pareciera haberse desplazado nuevamente hacia el acontecer político.
El dolor de las víctimas, el heroísmo de los sobrevivientes, la respuesta inmediata de los empresarios, la solidaridad de los colombianos, la cooperación extranjera y la gestión del Gobierno han quedado relegados en la agenda mediática por un tema que domina el interés nacional desde hace más de seis décadas: el conflicto armado interno.
A este escenario se suma el debate en el Congreso sobre el proyecto de reforma económica que impulsa el ministro de Hacienda, una iniciativa que ha despertado la atención de los expertos por el inusitado incremento de las cifras del Presupuesto General de la Nación.
En la Patria Milagro está cerrada la puerta de la paz negociada y la Paz Total quedó sepultada. Después del fracaso de esa política implementada durante la administración de Gustavo Petro, la narrativa que busca imponerse es la de la victoria militar sobre los grupos armados ilegales, ahora calificados como terroristas.
“La paz en la que cree este Gobierno es la paz que se impone con la fuerza de las armas y las leyes de la República”, señaló el mandatario en Riohacha. Una tesis que ha repetido en varias ocasiones y que, para el jefe de Estado, constituye el camino para establecer una paz “verdadera y duradera”.
Los golpes a los cabecillas de las estructuras armadas ilegales le han dado más alas al Ejecutivo para consolidar una estética de poder militar que pasó de los anuncios a los hechos. El jefe de Estado se esfuerza en mostrarse como un hombre cercano a la tropa, un comandante que conduce a las Fuerzas Militares hacia una hipotética victoria, cuyo ideal sería el sometimiento de los actores armados ilegales sin mayores concesiones por parte del Estado.
Con su nueva vestimenta de tropero, el mandatario construye la puesta en escena de los grandes anuncios: bombardeos a campamentos guerrilleros y bajas de integrantes de organizaciones armadas ilegales. Ese presidente tropero, en un país que continúa en guerra, parece dispuesto a imponer la narrativa de que la única salida es militar y a desechar los caminos exitosos de negociaciones de paz anteriores.
El país tendrá que acostumbrarse a un presidente que alienta la ofensiva militar en los territorios, presenta resultados de operaciones y busca apoyarse en Estados Unidos para escalar la confrontación contra las organizaciones armadas ilegales. Un mandatario que, además, tampoco pareciera dispuesto a ceder ante la protesta social que se anuncia y que podría manifestarse con fuerza en las zonas históricamente afectadas por el conflicto.
Colombia parece repetir algunos elementos de los años del gobierno de Álvaro Uribe y su política de Seguridad Democrática y mano dura, aunque esta vez sin el lema del “corazón grande”, cuando el entonces presidente era recibido en el rancho de su homólogo estadounidense, George W. Bush.
Durante esos ocho años de gobierno, el incremento de las acciones bélicas, los bombardeos y los ataques produjo una presión permanente por mostrar resultados militares. La degradación de la guerra contra las Farc terminó degradando también la democracia hasta desembocar en uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente: los llamados falsos positivos.
La política del body count se impuso y algunos miembros de la Fuerza Pública recibieron incentivos para producir “positivos”, es decir, resultados operacionales medidos en bajas de integrantes de grupos armados. Las cifras de guerrilleros muertos terminaron convirtiéndose, en numerosos casos, en un engaño a la opinión pública y en una vergüenza para la Fuerza Pública.
En la Jurisdicción Especial para la Paz, una instancia de justicia transicional que sectores de la derecha han planteado cerrar o reformar profundamente, se han conocido testimonios de altos oficiales y soldados procesados por ejecuciones extrajudiciales. Los falsos positivos continúan siendo una herida abierta en Colombia y un episodio que algunos sectores se empeñan en negar o minimizar, mientras arremeten contra la JEP y buscan desprestigiarla.
Lo que ha visto el país durante este primer mes del mandato del presidente Abelardo no son falsos positivos, sino combatientes de organizaciones ilegales muertos en operaciones militares que el Gobierno presenta como legítimas. Sin embargo, la imagen del mandatario mostrando los cadáveres de guerrilleros muertos tras un bombardeo, introducidos en bolsas blancas, desató una tormenta política y mediática y le dio la vuelta al mundo.
Los sectores más belicistas aplauden los bombardeos contra los campamentos guerrilleros y celebran la muerte de los jefes de esas organizaciones. Pero que mueran menores de edad en esos operativos no puede ser motivo de celebración. Precisamente porque la guerra tiene límites y esos límites están establecidos, entre otras normas, por el derecho internacional humanitario.
Esos bombardeos, que podrían multiplicarse con el paso de los días, pueden marcar el comienzo de una nueva espiral de guerra que acompañará los cuatro años del Gobierno, con el respaldo de Estados Unidos. Colombia mantiene un papel estratégico en la cooperación internacional contra el narcotráfico y las organizaciones armadas ilegales en la región.
La ilegalidad, por su parte, está respondiendo a la ofensiva del Estado. El ataque con un carro bomba contra una estación de Policía en Los Patios, Norte de Santander, ocurrido el pasado 31 de agosto, constituye una muestra de esa respuesta violenta. Cada acción genera una reacción y el Estado tendrá que estar preparado para las consecuencias de una nueva escalada del conflicto.
La nueva estrategia de seguridad —mano dura, cero negociación, sometimiento y control territorial— parece haberse sellado con el cierre de tres mesas de negociación que habían sido abiertas durante el Gobierno Petro: con el Estado Mayor de los Bloques y Frentes (EMBF), la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB) y las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN).
A los integrantes de esas organizaciones ya no se les ofrece una mesa para negociar, sino la posibilidad de una desmovilización bajo presión militar. La fórmula parece simple: sometimiento o muerte.
Ese mensaje quedó ilustrado con la muerte de Naín Pérez Toncel, alias Bendito Menor, y su esposa, Rosa Angélica Tarazona. Naín, de 26 años, era señalado como máximo cabecilla de un frente de las ACSN. La muerte lo sorprendió durante un operativo de la Policía Nacional, con apoyo de inteligencia de Estados Unidos, en Riohacha, La Guajira, en la madrugada del pasado viernes.
El resultado de esa operación constituye un triunfo político y militar para el nuevo Gobierno, que busca demostrar que va en serio en su ofensiva contra los cabecillas de las organizaciones armadas ilegales. La noticia fue presentada en el Batallón Cartagena de Riohacha, acompañada del ritual de los cuerpos introducidos en bolsas blancas y del jefe de Estado vestido con uniforme militar.
Es un protocolo que ya había generado enorme rechazo cuando el mandatario recorrió la fila de 23 bolsas blancas que contenían los cuerpos de los integrantes de las disidencias de las FARC muertos durante un bombardeo en el Guaviare.
“Los que tienen que sentir pánico y terror son los delincuentes, porque aquellos que no se sometan terminarán de esta forma”, señaló el pasado viernes el presidente en Riohacha, quien no pierde oportunidad para atacar los procesos de paz desarrollados durante el Gobierno Petro.
Para él, durante los últimos años Colombia estuvo arrodillada ante el crimen. Ahora comienza una nueva fase de la guerra interminable que el país vive desde hace más de seis décadas.
El Tigre está de cacería. Pero los lobos de la guerra saben que este nuevo capítulo apenas comienza.
Bogotá, D. E, 6 de septiembre 2026.
*Periodista, internacionalista y analista político.
Tomado de El País.
No es aceptable la complacencia o la complicidad o el silencio frente a comportamientos que impiden la armonía social, la convivencia y el buen trato
Por: Fernando Cepeda Ulloa*. - En estos días, los medios de comunicación han registrado doctrinas, tanto de la Corte Suprema de justicia como del Consejo de Estado, que ponen en su lugar el legítimo derecho de la protesta social y reiteran la obligación por parte de los protestantes de respetar los derechos de los demás ciudadanos.
Es que resulta muy contradictorio que el ejercicio de un legítimo derecho, como el de la protesta social, esté fundamentado en la violación flagrante del derecho de los demás ciudadanos. Así no puede funcionar un estado social de derecho; el uso legítimo de la protesta social si se desborda, si no respeta el derecho a la propiedad, el respeto a la libertad de movimiento y otros más es una invitación clara y contundente a la violencia. Precisamente el ejercicio de la protesta social pacífica es la negación de la violencia. Es una conquista que busca superar otros mecanismos para hacerse escuchar o para hacer llegar una voz de desacuerdo frente a decisiones de las autoridades legítimas.
Y se comete una gran equivocación por parte de las autoridades, cuando al tiempo que respetan un derecho legítimo permiten que se irrespeten otros derechos que son igualmente legítimos. Como la advierten las sentencias que comentamos, no existen derechos absolutos, o sea derechos que no reconocen limitaciones y que se ejercen con la idea de que se puede atropellar al resto de la ciudadanía o al vecino o al patrono o al dueño de una empresa. Lo que permite que una sociedad civilizada funcione apropiadamente es, ni más ni menos, el reconocimiento de que todos los derechos tienen límites y es esa condición la que nos permite convivir, la que nos permite vivir en santa paz, en armonía. El no respetar esos límites es el ejercicio de la ley del más fuerte, o sea la ley de la selva qué es la que hace que el salvajismo sea lo que caracteriza el comportamiento de la ciudadanía.
El comportamiento civilizado y no el salvaje es el que ejerce sus derechos legítimos con el debido respeto a los derechos legítimos del prójimo, de los demás, de toda la ciudadanía. Si las autoridades no son capaces de preservar el respeto mutuo de los derechos están propiciando, entonces, el surgimiento de la violencia y del salvajismo y, así, la vida se hace imposible. Practicar ese salvajismo es el que lleva muchos a anunciar que van a hacer invivible la República. Pues eso no se puede permitir de ninguna manera. Ya estamos viendo, y no es la primera vez, ese comportamiento salvaje en los estadios. Igual puede producirse en los eventos musicales o de otra naturaleza. Y en la vida universitaria sí que son inaceptables totalmente porque la universidad es, afortunadamente, el templo sagrado del desacuerdo, de las opiniones diferentes que se tramitan, con el mayor respeto y, en ocasiones, con enorme admiración.
No es aceptable la complacencia o la complicidad o el silencio frente a comportamientos que impiden la armonía social, la convivencia y el buen trato entre los ciudadanos aún en circunstancias de protestas propias de una democracia plena. Propiciar o tolerar esos comportamientos es contribuir al debilitamiento de esa democracia.
Bogotá, D. C, 6 de septiembre 2026
*Analista político, catedrático, exministro de Estado.
Si al agricultor se le garantiza mercado, puede sembrar hoy el alimento que la ganadería necesitará mañana.
Por: José Félix Lafaurie Rivera* - Entre ondas tropicales, como la que afectó severamente a Córdoba, y la amenaza de El Niño, que apenas empezando ya ha causado estragos y se anuncia como el más fuerte en décadas, el país ha sufrido este año inundaciones catastróficas, incendios, sequías… y un devastador terremoto.
Cuando escribo estas líneas la Organización Meteorológica Mundial, OMM, ha confirmado oficialmente el inicio del Fenómeno de El Niño y advierte sobre su intensidad, que será máxima hacia finales de año y con 100% de posibilidad, es decir, con total certeza de que se extenderá hacia febrero de 2007.
Al margen de la tragedia humana detrás de estos embates de la naturaleza, siempre prioritaria, el daño a la tierra y a los animales no es un problema menor, por su importancia para la seguridad alimentaria y la subsistencia económica de millones de personas.
Entre el 1º de junio y el 25 de agosto de 2026, FEDEGÁN registra 15.125 bovinos muertos, 392.614 desplazados y más de 2,8 millones de hectáreas afectadas. Las pérdidas rondan ya los $75.000 millones.
Lo grave es que El Niño apenas comienza y ya sabemos en qué puede terminar. En el de 2009–2010 murieron 73.927 bovinos, 1.388.878 fueron desplazados y más de 8,1 millones de hectáreas resultaron afectadas, con pérdidas que alcanzaron los $6,1 billones.
Así que las señales obligan a tomar en serio ese antecedente, pues sería irresponsable pensar que es solo un pronóstico y esperar a comprobarlo para empezar a actuar.
En 1939, Ortega y Gasset, exiliado en Argentina, lanzó una proclama en La Plata que se volvió universal: ¡Argentinos…, a las cosas, a las cosas! Mi padre, mi sabio de cabecera, me decía: “No se preocupe… ¡ocúpese!”. Pues bien, frente a la amenaza advertida… a ocuparnos de ella…, ¡a las cosas!
Con esa intención le escribí tres cartas al ministro de Agricultura y Desarrollo Rural, Indalecio Dangond, con sendas propuestas concretas que esperan voluntad política:
La primera es la convocatoria de una Mesa Nacional de abastecimiento para la alimentación ganadera, liderada por el Ministerio, con FEDEGÁN y los principales sectores agroindustriales.
Los ingenios tienen melaza; el sector palmicultor, palmiste; el arrocero y el algodonero diferentes subproductos; y otras cadenas agroindustriales disponen de materias primas utilizables para la alimentación bovina. La tarea es saber qué hay, dónde, en qué cantidades y a qué precio, para conectar esa oferta con las regiones que la necesitan.
Pero no basta con distribuir lo que existe. Por ello la segunda apunta a la necesidad de producir hoy lo que se necesitará en los próximos meses. El Gobierno puede convocar agricultores de ciclo corto para sembrar maíz, sorgo y otros cultivos forrajeros para ensilaje y henificación, mediante contratos de producción o compromisos de compra. Si al agricultor se le garantiza mercado, puede sembrar hoy el alimento que la ganadería necesitará mañana.
La tercera tiene que ver con un cuello de botella logístico: el transporte. Puede haber palmiste, melaza o forraje disponibles, pero si llevarlos a las zonas afectadas hace inviable su adquisición, para el ganadero ese alimento no existe. Se requiere un mecanismo temporal de cofinanciación del transporte y el bodegaje local.
Igualmente, deben habilitarse líneas de crédito de contingencia para compra de alimento, suplementación y movilización de ganado, con tasas y plazos acordes con la emergencia.
FEDEGÁN pone a disposición del Gobierno su capacidad institucional, técnica y territorial para identificar zonas críticas y productores afectados, cuantificar necesidades, articular oferta y demanda y apoyar la ejecución verificable de estas medidas.
Todavía estamos a tiempo. En 2009 aprendimos cuánto cuesta llegar tarde. Hoy, sencillamente, debemos ocuparnos de enfrentar un riesgo conocido. ¡A las cosas!
Bogotá, D. C, 5 de septiembre de 2026
*Presidente de FEDEGAN
@jflafaurie