Opinión
Por Diego González.- Colombia al igual que muchos países de Latinoamérica adolece de un sistema jurídico sólido, esto se debe a un fenómeno que ha sido identificado por los especialistas como “inflación legislativa”, que consiste en la multiplicidad y sobreproducción innecesaria y desordenada de leyes, lo cual ocasiona dificultades para la normal y correcta aplicación de las mismas.
Las democracias modernas a través de sus poderes legislativos han resuelto este problema con la creación de digestos jurídicos, es decir mediante la recopilación, compilación, ordenamiento, análisis, consolidación y sistematización de todo el universo jurídico existente en sus respectivos países.
El Digesto Jurídico tiene su primer antecedente histórico en una de las obras más importantes en la literatura del derecho, “el Digesto de Justiniano”, el cual data del año 533 d.c. cuando por orden del Emperador Justiniano, se integro una comisión de dieciséis miembros, dirigida por el jurista Triboniano, la cual tenía como objetivo ordenar, compilar y codificar con carácter oficial todos los precedentes jurisprudenciales que integraban el “Ius Civile y Ius Honorarium” y que no estaban recogidos en las leyes, obra que se constituyó en el “Corpus Iuris Civilis Romani” o cuerpo del derecho civil y a la fecha es la recopilación jurídica más importante en la historia del mundo, a la que se deben la mayoría de instituciones modernas del derecho civil.
En el caso Colombiano, se destacan algunos esfuerzos para racionalizar la legislación, por ejemplo, el seguimiento realizado por el DANE en el año 2005 al programa de racionalización y simplificación del ordenamiento jurídico coordinado por el Ministerio del Interior y de Justicia, también se presentó en el año 2006 una iniciativa para estudio del Congreso “Por la cual se promueve la Simplificación Normativa”, la que infortunadamente no surtió todo su trámite y debió archivarse por vencimiento de términos, finalmente la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia a través de la Sentencia de Casación 29053 de 2008, le manifestó su preocupación al Congreso por la inflación legal en materia penal
Teniendo en cuenta todo lo anterior, resulta fundamental señalar que la defensa de los intereses de un Estado Social de Derecho y la afirmación de su institucionalidad jurídica, requiere necesariamente de un sistema ordenado de leyes coherentes, que denote objetividad y garantice la seguridad jurídica y el ejercicio pleno de los derechos ciudadanos.
Para lograr esto se requiere de un esfuerzo interdisciplinario de las distintas Ramas del Poder Público, tendiente a la conquista de la institucionalidad jurídica con leyes ordenadas, consolidadas y unificadas, que respondan al fenómeno de la globalización y al intercambio económico que se establece con otras realidades a través de los tratados de libre comercio, y esto nos obliga a revisar nuestra legislación en la búsqueda de un sistema jurídico ordenado, seguro y confiable.
Por Luis Fernando Rosas Londoño.-La abstención histórica en las elecciones Presidenciales y cuerpos colegiados en los últimos veinte años escasamente supera el 50% y las pasadas elecciones del plebiscito muestran un resultado preocupante, la escasa participación, 21 Millones de Colombianos que no votaron (62%) invita a proponer el voto obligatorio como alternativa.
En Colombia, el potencial electoral es de 34.899.945 y solamente lo hicieron 13.053.364 Sufragantes para el plebiscito lo que demuestra que la pedagogía política, la publicidad por todos lados, los debates no sirvieron, un país que de 100 compatriotas solo 5 se leen un libro sí que menos leerían los folletos sobre el acuerdo de paz.
En esta apatía han fracasado el establecimiento y las firmas encuestadoras, pero los primeros culpables somos los propios colombianos que apenas estamos despertando de este brexit del plebiscito, me he encontrado con muchas personas lamentándose de no haber votado pero son irresponsables por no cumplir con un deber ciudadano, esto unido al huracán Matthew y que en muchas regiones no imperó la compra del voto ni el ron, comportamiento lamentable que predomina en las elecciones de cuerpos colegiados.
Otro aspecto de la abstención es la alta desafiliación y falta de credibilidad y liderazgo de los partidos, la opinión castigó a la corrupción y a las Farc a esta última organización hay de darle oportunidad del perdón y reinserción, además tenemos unas instituciones caducas que se requieren reformar y la violencia que intimida en algunas zonas con grupos armados ilegales.
Para concluir, si analizamos los resultados electorales para Presidente de la República desde 2016 hasta 1.994 indican la debilidad en el sistema electoral y político y la necesidad que el Presidente de la República, el Congreso definan de inmediato el voto obligatorio.
Veamos: plebiscito 2016: 62.60%, segunda vuelta elección presidencial 2014 52,03%, primera vuelta elección presidencial 2014 59,90%, segunda vuelta elección presidencial 2010: 55.67%, primera vuelta elección presidencial 2010: 50,73%, elección presidencial 2006: 54,95%, elección presidencial 2002: 53;53% segunda vuelta elección presidencial 1.998 41,15%,primera vuelta presidencial. 1.998 48,88%, segunda vuelta presidencial 1994: 56,66% y por último primera vuelta presidencial 1.994: 66,23%. Este comportamiento requiere decisiones de fondo no de forma.
Por Jaime Durán Barrera.- El otorgamiento del Nobel de La Paz, este viernes en Oslo, al Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, es un honor para todos los colombianos y un reconocimiento para una larga lucha del mandatario colombiano en favor de la reconciliación del país.
Obsesionado por el desafío de terminar, de forma negociada y democrática, con un conflicto armado de más de cinco décadas de duración, el Presidente Santos, ha arriesgado, en la búsqueda de este objetivo, todo su capital político, para materializar un acuerdo de paz con las FARC- EP, con el que inició un proceso de paz en 2012.
Humildemente coincido con el Comité de Oslo que adjudica el Nobel, cuando enuncia que, a pesar de que el pasado domingo los colombianos dijeron "no" en las urnas al acuerdo alcanzado entre su Gobierno y la guerrilla, Santos fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz "por sus resueltos esfuerzos para poner fin a una guerra civil de más de 50 años".
Su esfuerzos han sido reales y han pasado por los vendavales de la descalificación y los rigores del escepticismo político, dos constantes perversas de la inmadurez y el elitismo sociopolítico.
Pero, como bien lo expresó Federica Mogherini, la italiana canciller de la Unión Europea, “Los que sueñan con la paz consiguen construirla, contra viento y marea”.
Y Santos, con el apoyo logrado con la Comunidad Internacional, con el viraje democrático de la Farc y la recién manifiesta intención del ELN, con el apoyo de los jóvenes que marcharon en todo el territorio de Colombia el pasado lunes, las generosas víctimas del conflicto y su familia y los dirigentes y los partidos de la Unidad Nacional, construiremos la Paz que exige a gritos y merece Colombia.
Este premio será el impulso necesario para la legitimación del Proceso de Paz, porque, lo que la oposición puede criticar y sugerir, sólo aportará a lo procedimental y las grandes líneas del acuerdo, que apuntan al reconocimiento y protección integral de las víctimas y al fin del conflicto armado, ya está caminando con la buena fe de las Naciones Unidas y otros organismos y organizaciones.
Como Presidente de la Comisión II del Senado de Colombia saludo felicito al Presidente Juan Manuel Santos y a su familia, quien lo ha acompañado con la militancia del amor y el respeto y le deseo larga vida para construir no sólo una Colombia en Paz y Reconciliada, sino una república democrática, con desarrollo sostenible y futuro sin exclusiones.
Desde mi posición como colombiano y senador estoy a la orden para acometer esos desafíos, porque el papel que nos toca a los dirigentes nacionales y de provincia es canalizar las condiciones para que la Paz sea el factor que cambie la geografía de la pobreza, de la exclusión y de la debilidad institucional, en pos de los derechos humanos de todos.
Colombia, este viernes, ha recibido el homenaje más importante de su historia, luego de la independencia. Ha recibido el impulso de legitimar su Proceso de Paz, al reconocer el liderazgo y dedicación de Juan Manuel Santos Calderón, en pos de la verdadera y duradera reconciliación nacional.
Por Jaime Abello Banfi. Tomado del New York Times.es.- Con la ayuda de las lluvias torrenciales del huracán Matthew que bordeó el Caribe colombiano —una región mayoritariamente favorable al gobierno—, ganó el No en el plebiscito celebrado en Colombia. El paso lógico en una democracia normal, tal como lo hizo el presidente Juan Manuel Santos, fue aceptar enseguida este veredicto político, aunque la mayoría obtenida haya sido por una fracción mínima (menos de medio punto porcentual), e invitar a todas las fuerzas políticas, especialmente a la oposición que lidera el exPresidente Álvaro Uribe Vélez, a que se sumen a una posible reapertura de la mesa de conversaciones con las Farc. Si ello se concreta, tendrá que dedicarse buen tiempo y esfuerzo a negociar políticamente una versión reformada del acuerdo de paz.
Las Farc ratificaron enseguida que no hay marcha atrás en su compromiso de paz, aunque lamentaron el resultado de la consulta electoral. El uribismo, a su vez, ya ha dicho que no está en contra de buscar la paz, sino de aspectos críticos del actual acuerdo, como la ausencia de penas de cárcel a los guerrilleros en el modelo de justicia transicional diseñado, lo que denuncian como signo de un pacto favorable a la impunidad.
Aunque se abra un diálogo político, la salida de este laberinto será muy compleja, porque lo que ha movido los hilos por debajo de la dura campaña que triunfó con esta decisión política tan sorprendente, es un enconado duelo entre Uribe y Santos.
El voto adverso no solo fue contra el acuerdo y las Farc, sino contra un presidente cuya baja popularidad fue producida, en gran medida, por la implacable oposición ejercida por su antecesor y transitorio aliado político. Ese ha sido un problema central pero no evidente de la búsqueda de la paz estos años: la guerra que se ha venido dirimiendo no es solo contra las Farc, sino una despiadada lucha por el poder en las élites de Colombia.
Desilusionado con Santos a los pocos meses de su primera elección en 2010, Uribe lo acusó de traición y comenzó a atacarle incansablemente. Su principal instrumento ha sido su cuenta de Twitter, que llega a 4,5 millones de seguidores y repetidores de sus decenas de mensajes diarios contra Santos y su gobierno. Ha sido una impresionante gesta de comunicación política que le sirvió para reconstituir su poder político desde las redes sociales, influir en la opinión pública y dañar la imagen de Santos. Su principal caballo de batalla ha sido cuestionar las conversaciones de paz con la guerrilla, calificándolas como un grave riesgo de retroceso para la democracia y la seguridad del país, y usando como metáfora política de la supuesta traición de Santos su entrega al “castrochavismo”, refiriéndose a la alianza entre el régimen cubano y el venezolano.
Santos, por su parte, que fue elegido inicialmente con el lema de la seguridad democrática legado por Uribe, abandonó ese discurso para diferenciarse y no ha capitalizado políticamente las mejoras sustanciales en las condiciones de seguridad logradas en los últimos años. Óscar Iván Zuluaga, de hecho, candidato del partido de Uribe, alcanzó a ganar en la primera vuelta de las pasadas elecciones, y Santos logró salvar su reelección en la segunda vuelta solo con una apuesta extrema por el proceso de paz.
Durante la veloz campaña de este plebiscito, el ambiente político ha sido de gran polarización y desconfianza, alimentadas con rumores amenazantes en las redes sociales.
Pero lo más importante ante el fracaso del Sí, lo que reclama la sociedad civil ante la nueva crisis política, es tratar de salvar los avances en pacificación de los cuatro años de cuidadosas negociaciones con las Farc, con el acompañamiento de la comunidad internacional. Que la guerrilla no vuelva a la lucha armada, el narcotráfico y el terrorismo. Que no haya más víctimas. Que se inicie la construcción de la paz territorial en las regiones pobres más afectadas por la violencia.
El promisorio diálogo que ha ofrecido abrir el Presidente Santos será extraordinariamente retador, porque podría terminar convertido en otro episodio de la guerra por el poder de cara a la elección presidencial de 2018. Podría también abrir espacio a opciones complicadas como la convocatoria de la asamblea constituyente que en algún momento han planteado las Farc y que también parece ser de interés del Centro Democrático.
Lamentablemente, Colombia está dividida por mitades. Ojalá el país logre salir pronto del pantano de la polarización y pueda llegar a consensos políticos esenciales; de lo contrario, podría estancarse como sociedad, como economía, como democracia. Es hora de pedir a los líderes de los partidos que con generosidad y patriotismo opten por una actitud de paz y diálogo en su propia competencia política, para que la guerra pueda cesar definitivamente y se avance a un gran acuerdo nacional de paz, con Uribe y Santos en la foto.
Por Juan Fernando Londoño.- ¿Si usted debe escoger entre algo bueno y algo mejor, qué preferiría? Sin duda todos nos inclinaríamos por lo mejor; aunque, obviamente, preguntaríamos si nos costaría más. Pero, si le aseguran que el precio es el mismo, ¿por qué no escoger algo mejor sobre algo simplemente bueno?
Esta fue la razón por la que ganó el No el domingo pasado en el plebiscito. Es cierto que hubo de todo: mentiras (por montones, como que Timochenko sería Presidente), tergiversaciones (a granel, como que las curules de las circunscripciones territoriales para la paz serían para las FARC) y amenazas (de manera desbordada, como que Colombia se volvería Venezuela). Pero no creo que eso haya movido la opinión de la forma en que se transformó hasta dejar por el suelo todos los pronósticos. Las encuestas internas del gobierno mostraban ya un crecimiento del No, y dos días antes del plebiscito, ya era claro que se dependía de la votación de la costa para salvar el Sí. Expectativa que, literalmente, naufragó.
La explicación del resultado –como suele suceder en la democracia– es que los ganadores supieron vender una mejor oferta de la que tenía el gobierno y los partidarios del Sí.
Los partidarios del Sí, creímos (me incluyo, por supuesto) que la decisión era entre el Acuerdo y la guerra, pero los votantes nunca creyeron que esa era la alternativa. Ningún votante consideró que las FARC fuesen a volver a las armas, o que el gobierno rompiera el proceso si no le aprobaban el Acuerdo. Así que no había una alternativa peor al Acuerdo, en cambio, había una opción que les ofrecían como mejor, y no había riesgos para no ensayarla.
Para la mayoría de los colombianos la guerra ya se había acabado. El cese unilateral, primero, redujo de un tajo la violencia derivada del conflicto armado. Luego, la firma del Acuerdo sobre fin del conflicto en julio, ampliamente cacareado como “el último día de la guerra”, y finalmente, la finalización el Acuerdo en Agosto y la firma de la paz en Cartagena, convencieron a los ciudadanos de que volver a la guerra no era una opción sobre la mesa.
Reconocer el triunfo del No implica reconocer que lo hicieron mejor. Así de simple. No hay que echarle la culpa a nadie al interior de los equipos del Sí. Ni andar en cacería de brujas ni cobros de cuentas. Como en los partidos de fútbol, normalmente gana quién juega mejor y aprovecha mejor las debilidades del otro, que en este caso eran evidentes: una guerrilla odiada y un presidente impopular.
Ya la suerte está echada y es necesario ver cómo hacemos de esta situación una oportunidad, tal como lo dijo el presidente.
Para ello hay que partir de una premisa, y es que la oferta del No era construir un Acuerdo mejor, no derogarlo, ni acabar con el proceso. Debemos creerles. No cabe duda que algunos que votaron por el No quisieran resolver esto a bala, pero ninguno de los líderes está por esta opción. Todos han dicho que quieren mejorar los acuerdos. La pregunta es, entonces, ¿cómo se pueden mejorar los acuerdos y qué tan aceptable es que se introduzcan modificaciones?
Si hemos de creer en lo dicho durante la campaña, las mejoras al Acuerdo se enfocan en lo referente al tema de justicia. En este punto está el meollo de una posible renegociación. Supongamos por un momento que la conversación se abre y tratemos de especular si es posible que los acuerdos sean modificados.
Si los voceros del No moderan sus propuestas, tal como han venido haciendo a partir de la victoria, dejan de lado el lenguaje populista y mendaz que usaron, es posible construir una agenda mínima para el diálogo con las FARC. Para ello tendrán que aceptar que son ellos mismos quienes deben plantear dichas propuestas a la guerrilla y tratar de dialogar con ellos directamente. Seguramente las cosas que le podrán plantear a la guerrilla van a ser distintas de aquellas que usaron durante su campaña, de lo contrario será inviable el diálogo.
Dado que hay una nueva realidad política, y es necesario intentar un acuerdo que integre a los voceros de la campaña del No, facilitar un diálogo directo es la fórmula de corto plazo.
La premisa de ese diálogo es que la discusión gira sobre cómo mejorar los acuerdos, no sobre cómo volver a la confianza inversionista y otras argucias que desliza el senador Uribe, pues no se votó sobre el programa de gobierno, sólo sobre los acuerdos.
Si las gestiones de un nuevo intento de negociación no llegan a resultados fructíferos, porque los sectores del No, y especialmente el uribismo, por ejemplo, insisten en que los jefes de la guerrilla deben ir a la cárcel o que se elimine el narcotráfico de los delitos conexos, o buscan impedir que los jefes de la guerrilla puedan hacer política, los diálogos sucumbirán. Estos eslóganes les resultaron útiles en campaña, pero no van a servir si lo que quieren es llegar a un nuevo Acuerdo.
Si un nuevo Acuerdo no es posible, quedarían dos caminos entonces.
El primero sería que el Presidente use sus facultades ordinarias y extraordinarias establecidas en la constitución para el desarrollo de los contenidos pactados. Mediante facultades ordinarias debe enviar al Congreso los Actos Legislativos y Leyes necesarias para dar paso al sistema de justicia transicional. De manera extraordinaria, mediante el uso de los Estados de Excepción, debe permitir los pasos contemplados para la desmovilización y entrega de armas. El presidente mantiene intactas sus facultades para garantizar la paz, tal como lo dejo claro la sentencia de la Corte Constitucional. Es preferible un presidente con 10 % de popularidad y un país en paz, que una popularidad del 40 % y un país en el limbo.
La segunda opción es que se constituya un mecanismo de mediación internacional para que se llegue a un nuevo Acuerdo. En este caso, sería necesario transformar el rol de acompañamiento de las Naciones Unidas y convertirla en un ente que garantice que la paz no sea una oportunidad perdida. Los acuerdos se basaron en un diálogo bilateral entre el gobierno y las FARC, pero si este resulta inalcanzable, es necesario pensar en mecanismos que impidan el regreso a la guerra.
Todos sabemos lo difícil que será recomponer este camino, pero por ahora lo que ha surgido es el consenso de que volver a la confrontación no es una alternativa. Tal como lo dedujeron quienes votaron No en el plebiscito.
Por Jorge Gómez Pinilla.- Tomado de El Espectador.-Un día antes del plebiscito cuyos resultados dejaron parqueado el proceso de paz en el reino de la incertidumbre, el periodista y escritor británico John Carlin escribió un artículo premonitorio para El País de España titulado Lo mejor y lo peor de la humanidad, donde dijo que “en Colombia convive gente de inusual nobleza e inteligencia con cínicos y manipuladores como Álvaro Uribe”.
Pero lo llamativo no es eso, sino este párrafo donde dejó a Colombia en el peor de los mundos posibles: “Si Donald Trump acaba siendo presidente, el resto del mundo concluirá que los estadounidenses están locos. Si en el plebiscito que se celebra este fin de semana en Colombia la mayoría vota “no” al acuerdo de paz firmado entre el Gobierno y las FARC (…), el resto del mundo concluirá que los colombianos están locos también”. (Ver artículo)
De otro lado, al día siguiente de la debacle el Washington Post citó un meme según el cual “si los colombianos fueran dinosaurios, habrían votado por el meteorito”. Y agregó: “Con el acuerdo en riesgo de colapso, una guerra de medio siglo que ha matado a más de 220.000 personas fácilmente podría estallar de nuevo, en un escenario que parecía inimaginable antes del domingo”. (Ver artículo). Coincido con ambos artículos, porque es cosa de locos que en menos de 24 horas el país haya dado un vuelco equiparable a un colapso institucional de dimensiones telúricas.
Un tahúr consumado como Juan Manuel Santos apostó sus restos en el garito de la democracia a que era capaz de quitarse de encima la pesada carga de la oposición uribista, y para ello se le ocurrió convocar a un plebiscito, pese a que le advirtieron no hacerlo tanto el anterior Fiscal Eduardo Montealegre como el actual contralor Edgardo Maya, por considerarlo innecesario. Pero Santos quiso asegurar una gobernabilidad llevadera, confiado en el anhelo de paz de los colombianos, y lo que comenzó como plebiscito se le convirtió en ‘plebiscidio’, debido a que no tuvo en cuenta que se enfrentaba a un rival resabiado y experto en las artes de la Propaganda Negra.
El triunfo del NO se dio en forma mañosa y artera, y así lo interpreta el colega Vladdo en artículo para Univisión: “volvió a ganar el que sembró más miedo” (ver artículo). En el mismo contexto, durante las últimas semanas quise alertar sobre los peligros que representaba que el uribismo hubiera llamado en su auxilio a las iglesias cristianas y evangélicas, para adoctrinar a sus creyentes en que había un plan macabro entre Santos y Timochenko para convertir el país en una “dictadura homosexual”, como predicó el concejal de Bogotá Marco Fidel Ramírez ante un abigarrado congreso de pastores evangélicos, quienes salieron de ahí a “difundir la palabra”. (Ver video).
El video en mención corresponde a mi última columna (Usan a Dios para seguir la guerra) pero ya dos meses atrás –agosto 9- había advertido que la homofobia y la guerra sucia unieron fuerzas, y remataba con esto: “El gobierno de Juan Manuel Santos debería comprender la gravedad de la situación y aplicar severas medidas de choque, si no quiere que la lluvia de ‘mierda virtual’ que el uribismo reparte a diestra y siniestra termine ganando la partida, y quedemos todos untados, y el único camino que le quede al país sea el de regresar a los horrores de la guerra” (ver columna).
Hoy estamos frente a la hecatombe que tanto anhelaba el senador Uribe, donde un presidente a punto de ser nominado al Nobel de la Paz termina de la noche a la mañana seriamente golpeado en su gobernabilidad, hecho un guiñapo.
Lo único positivo de este drama con tinte shakesperiano es que algún día había que sentar en la mesa de la paz al tercer actor del conflicto, cuyo Comandante en Jefe es Álvaro Uribe e incluye al paramilitarismo instrumentalizado en función del proyecto antisubversivo al que contribuyeron poderosos ganaderos y empresarios (unos coaccionados, otros entusiastas), así como los sectores militares que capacitaron o armaron a esos grupos, incluidos los que suministraron las coordenadas para asesinar a personajes como Jaime Garzón o Mario Calderón y Elsa Alvarado, en lo cual aparecen involucrados el general Rito Alejo del Río, el coronel Jorge Eliécer Plazas y el general Mauricio Santoyo, este último jefe de Seguridad de Uribe en la Presidencia, hoy preso en Estados Unidos por vínculos con el narcotráfico y con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
Uribe se salió con la suya y ahora sentará a sus peones en la mesa de negociación de La Habana, con tres objetivos claros: meter algún tiempo en la cárcel al Secretariado de las FARC, impedir que participen en política, y desmontar la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).
Ya con la sartén por el mango es previsible que pose de magnánimo y esté dispuesto a hacer concesiones, como permitir la participación en política (algo inatajable a los ojos de la comunidad internacional) o que en lugar de una celda paguen con jornadas de trabajo colectivo, pero hay un punto que tendrá la categoría de inamovible: acabar con el tribunal de justicia arriba citado. Este iba a estar integrado por 24 magistrados (18 colombianos y 6 extranjeros) y tenía entre sus funciones “investigar, esclarecer, perseguir, juzgar y sancionar las graves violaciones a los derechos humanos y las graves infracciones al Derecho Internacional Humanitario (DIH) que tuvieron lugar en el contexto y en razón del conflicto armado”. Un tribunal de similares características operó en Sudáfrica por iniciativa de Nelson Mandela durante las negociaciones de paz y condujo a la más importante catarsis para esa nación, la del esclarecimiento de la verdad a todo nivel.
Todo indica que en Colombia nos quedarán debiendo la catarsis, porque si para algo la extrema derecha hizo el esfuercito de sacar avante el NO en el plebiscito (con la eficaz colaboración de Noticias RCN), fue para impedir que un día se conozca la verdad sobre los autores de incontables crímenes.
Este es el punto crucial –el de la impunidad para él y los suyos- en el que Uribe espera salirse de nuevo con la suya porque contará con el apoyo de los militares que ejecutaron los ‘falsos positivos’, y los ganaderos que actuaron confederados en la misma causa, y los industriales que ponían plata para acabar con la guerrilla al precio que fuera, y los dueños de fábricas de gaseosas cuyos camiones circulaban por las zonas donde los paramilitares cometían masacres de campesinos o se apoderaban de sus tierras para luego venderlas a módicos precios a aliados suyos de la talla de Jorge Pretelt, para citar solo el más visible de los casos.
Para todos ellos ganó el NO.
DE REMATE: La única salida viable al momento político actual es una Constituyente. De resto, el camino es culebrero. ¿Acaso es posible lograr que congenien alacranes (FARC) con tarántulas (CD)?
En Twitter: @Jorgomezpinilla
Por Jairo Gómez. Tras el triunfo del No los acuerdos con las FARC quedaron sin ningún valor pues la mayoría en las urnas los rechazó. Entonces surge la pregunta de si esa organización guerrillera está dispuesta a renegociar lo ya pactado.
Esa respuesta solo la conoceremos el día en que se sienten los opositores al acuerdo a tratar de pactar otro tratado; es decir, la incertidumbre gravita sobre el futuro de la paz. Se supone que el líder del Centro Democrático, el Senador Uribe, el exprocurador Ordóñez, el expresidente Pastrana, la Iglesia Católica y demás centros cristianos, entre otras cabezas visibles del No, habiendo previsto el triunfo, ya tienen clara la propuesta de paz que llevarán a La Habana para discutirla con las FARC.
Eso es lo que esperamos los colombianos que votamos por el Sí de quienes se opusieron acérrimamente a los acuerdos firmados en Cuba. Se opusieron y ganaron, ahora deben asumir su responsabilidad para diseñar una propuesta de paz y definir un equipo negociador.
Nombres tienen para ejercer esa tarea: desde Carlos Holmes Trujillo, excomisionado de paz en el gobierno Samper, hasta Camilo Gómez, pastranista; y Luis Carlos Restrepo, el hombre de la paz en los dos gobiernos de Uribe. Experiencia no faltará si además se le suma a Pacho Santos, líder del mandato por la paz en el pasado.
Es urgente que quienes triunfaron con una infinita telaraña de engaños le entreguen al país luces que nos saquen de esta incertidumbre; y que los líderes del No antes mencionados comprometidos con una paz distinta a la pactada y que se frustró, hagan pública su alternativa de paz. Es mucho el camino andado en estos cinco años de negociación y no se debe despilfarrar.
No pueden escurrir el bulto y salir con declaraciones dilatorias y confusas como la expresada por el expresidente Uribe el día del plebiscito, que parecía más una proclama partidista rumbo al 2018 que una iniciativa para resolver el oscuro panorama de reconciliación.
Lejos de tener certeza sobre lo que se viene, Uribe solo atinó a decir: “Colombianos, corrijamos el rumbo. Todos queremos la paz”. De qué rumbo nos habla el exmandatario; qué ruta nos delinearán los ganadores del No al resto del país; ¿tienen los del No el llamado plan B? Además, es una perogrullada decir que todos queremos la paz; lo importante son las respuestas a una salida urgente que evite que se marchite la posibilidad de la Paz.
Dicen las FARC, a manera de notificación, que el acuerdo ha sido firmado como “Acuerdo Especial y depositado ante el Consejo de la Confederación Suiza, en Berna. Ello le confiere innegable e irrevocable efecto jurídico”. No les sobra razón, y estas son consideraciones que los líderes del No deben tener en cuenta si se trata de revisar unos pactos ya protocolizados ante la comunidad internacional.
Ahora, ¿cuál será el talante de un eventual diálogo entre el expresidente, como líder del No, en una renegociación bajo su lupa personal que identifica a las FARC como grupo narcoterrorista y principal cartel de cocaína más grande mundo? ¿Qué alquimia hará que el hoy senador cambie de parecer y pase de la guerra a la paz en un abrir y cerrar de ojos? ¡Amanecerá y veremos!
Por Héctor Abad Faciolince. Tomado de El Espectador- Es muy fácil ser sabio el día después. Cuando ocurre lo que nadie se esperaba, ni siquiera los expertos, entonces los expertos salen (salimos) a explicarlo, serios como tahúres, y sin vergüenza alguna de no haberlo previsto antes. En un mundo globalizado lo que antes se llamaba, con pomposas palabras hegelianas, “el espíritu de la historia”, hoy lleva un nombre mucho más vulgar: “trending topic”, y lleva un # para indicar el hashtag. El “trending topic” (aquí decimos tendencia) que ganó en el plebiscito colombiano es bien curioso, un sí pero no: #SiALaPazPeroEstaNo. Yes but not. El contradictorio corazón humano entiende estos absurdos de la lógica formal.
Hay sabios que ahora dicen, por ejemplo, que el voto colombiano por el No al acuerdo de paz, se debe a la falta de educación y a la ignorancia de un pueblo que es manipulado por la mentira de los enemigos de la paz. O que votó poca gente por el huracán. Hay en esto algo de verdad. Pero como lo mismo ha ocurrido en la culta Gran Bretaña con el Brexit, en Alemania con el castigo a Merkel por decir cosas sensatas sobre los refugiados, en los países de la primavera árabe con el voto mayoritario por los fanáticos religiosos, en Estados Unidos en vísperas de la elección de Donald Trump, me da la impresión de que la “ignorancia” de los colombianos no es buena explicación. En realidad parecemos un pueblo muy adaptado al mundo contemporáneo, globalizado, y en el mismo “trending topic” de la tierra: la insensatez democrática. Si lo nuestro es ignorancia, forma parte de la misma ignorancia global, del primer mundo que destruye la idea de una Europa unida y en paz, del segundo mundo que elige una y otra vez al mafioso de Putin, y del tercer mundo del Extremo Oriente y el extremo occidente. América Latina, recuérdenlo, es el Extremo Occidente, con un alma tan misteriosa e incomprensible como la del Extremo Oriente. Tan misteriosa como la supuesta cultura del Centro: la europea occidental que hoy persigue el suicidio como solución.
En Colombia, como en el mundo entero, la lucha democrática se juega entre una clase política vieja y cansada (bastante sensata, tan corrupta como siempre y desprestigiada por decenios de feroz crítica nuestra, de los “intelectuales”) contra otra clase política menos sensata, más corrupta que la tradicional, pero cargada de eslóganes y payasadas populistas. El populismo, la demagogia vulgar, ha arrasado en todo el mundo. Berlusconi fue el prólogo, porque en Italia son los magos del “trending topic” y se inventan todo antes. Vinieron Chávez, Putin, Uribe, Ortega. ¿Vendrán Trump y Le Pen? Quizá. Todos son demagogos perfectos, cleptócratas que denuncian a la vieja cleptocracia.
El pueblo prefiere votar por ellos con tal de cambiar. ¿Un salto al vacío? Sí. Es preferible el salto al vacío que el aburrimiento de la sensatez. La sensatez no da votos: produce bostezos. Y a lo que más le temen los votantes es a aburrirse. Un pueblo incapaz de aburrirse con buena música, con libros, con cultura, es un pueblo dispuesto a votar por cualquier disparate con tal de divertirse un rato; con tal de ver derrotados, pálidos y ojerosos a los políticos que, por llevar años en la televisión y en el poder, más detestan. Mejor cambiarlos por otros, aunque sean locos. Es una especie de borrachera, de viaje de drogas, de danza dionisíaca.
Y así nos toca asistir al trend topic de la insensatez mundial. Para ponerle un hashtag apropiado, propongo algunos: #QueGaneElDemagogo, #TodoMenosLaPolítica, #AFavorDelQueEstéEnContra. En fin, alguna cosa así: el espíritu de la historia. Los países que ya lo han ensayado, empiezan a salir, con una resaca horrenda. Venezuela ya no quiere seguir el experimento chavista, y tarde o temprano saldrá de la locura que los ha consumido económica y moralmente. Ya Italia vivió la penitencia de 15 años de Berlusconi y tal vez no quiera regresar a algo parecido con Beppe Grillo. A Gran Bretaña le llegó la resaca del Brexit al día siguiente, pero ya no sabe cómo evitar la pesadilla que la mayoría votó.
¿Qué haremos en Colombia? Estamos como estaría Estados Unidos al día siguiente del triunfo de Trump: atónitos, desconsolados y sin saber qué va a ocurrir. Pero quizá las cosas sean más sencillas. No tan hegelianas (el pomposo “espíritu de la historia”) sino más bien nietzscheanas: humanas, demasiado humanas. Todo sigue siendo una feria de vanidades. Si Uribe estuviera en el Gobierno, habría firmado la misma paz con las FARC, aunque quizá sin nada escrito y con una dosis muy pero muy baja de verdad. A Uribe lo que menos le interesa es la verdad, pues en la verdad podrían salir muy salpicados él y sus amigos más íntimos. Pero en el fondo el acuerdo sería parecido. Para que ganara el No, ha dicho muchas mentiras que ni él mismo se cree: que el comunismo se tomará el poder, que ya viene el lobo del castrochavismo, que está en contra de la impunidad de los terroristas. Qué va, no es eso. Santos y Uribe quieren lo mismo: ser ellos, cada uno, los protagonistas del acuerdo, y que el protagonista no sea su adversario político. Es un asunto humano, demasiado humano, de pura vanidad. La paz sí, pero si la firmo yo.
Cambiar el Acuerdo de Paz, que es lo que el pueblo ha decidido al votar mayoritariamente por el No, es posible jurídicamente, pero muy difícil políticamente. El Presidente Santos tendría que darle a Uribe uno o dos puestos en la mesa de negociación de La Habana. Los delegados de Uribe tendrían que obtener algo de las FARC (digamos dos años de cárcel), y todo esto a cambio de lo que tanto Uribe como las FARC quieren: una asamblea constituyente. Con una nueva constitución pactada con las FARC, Uribe podría nuevamente aspirar a ser presidente (lo que está prohibido en la constitución actual), y las FARC podrían ser un nuevo gran partido de la izquierda populista (estilo Ortega y Chávez). Así, todos contentos. Pero obviamente Santos no querrá que Uribe le quite el protagonismo. Así que no sabemos nada, y viviremos en un pantanero confuso hasta que haya elecciones y tengamos un nuevo presidente.
El 2 de octubre se acabó el periodo de Santos, el presidente que hizo el esfuerzo más serio por la paz y alcanzó a firmarla, para verla caer ocho días después. Gobernará por ley y por inercia hasta el 7 de agosto de 2018. Y el proceso de paz seguirá en un limbo de incertidumbre jurídica y real. Pero eso no importa, Colombia es el país en el que todo es provisional, todo es por el momento, mientras tanto. Un país hiperactivo y sobreexcitado, experto en drogas estimulantes: cafeína, cocaína, nicotina, alcohol. No es que los encuestadores fracasaran al pronosticar el triunfo del Sí: lo que pasa es que la gente contestó mentiras: les daba vergüenza votar por el No, pero votaron. Así como les da vergüenza decir que votarán por Trump, pero votarán. Los que votamos por el Sí, soñábamos con “una paz estable y duradera”. La mayoría, el No, votó por una incertidumbre estable y duradera. Al fin y al cabo ese es el verdadero “trending topic” de Colombia, ahora y siempre: #UnaIncertidumbreEstableYDuradera. Como estará el mundo entero cuando amanezca el 9 de noviembre del 2016 y haya ganado Trump. Yo ya sé lo que se siente: miedo, tristeza y desesperación.
Por Horacio Serpa.-Claro que estoy triste. Nunca llegué a pensar que el Si en el Plebiscito pudiera perder. La causa era tan noble, tan altruistas sus objetivos, que no era fácil imaginarse la derrota. Además, todas las encuestas lo decían. Increíble, pero ocurrió. Más allá de los radicalismos religiosos y de los sectarismos políticos, que los hubo, no entiendo el voto del NO, cuando de por medio estaba la terminación de las Farc. Con el SI se votaba para que se acabara esa guerrilla.
Me resisto a creer que la mayoría de esa inmensa votación que ganó signifique la continuidad de la guerra. Sería lo más insensato en un país que lleva doscientos años de violencia con catastróficas consecuencias. ¿Descalificaciones al Presidente Santos y a su gobierno? ¿Rechazo a los Partidos Políticos y a su actual dirigencia? Es posible y averiguarlo a fondo es una de las tareas que los analistas políticos deben acometer de inmediato. También puede ser posible que muchos hubieran acogido los engañosos argumentos de los predicadores del NO.
Porque no es cierto que si ganaba el SI se fuera a rebajar el número de miembros de las Fuerzas Armadas y de la Policía. Tampoco era cierto el cuento de la impunidad, en un país donde en la Justicia Ordinaria hay una impunidad del 94%, cuando se explicó con amplitud que habría Justicia Transicional. Mucho menos verdad era que se elegiría Presidente a Timochenko o que se impondría a las pensiones un impuesto para la paz. Tampoco la mentirosa afirmación de que los Acuerdos contenían criterios ideológicos sobre sexualidad y género. Pero se dijeron y parece que calaron.
Por poquitos votos, pero ganaron. Como consecuencia de ello, los Convenios de la Habana quedaron heridos de muerte. ¿Qué se va a hacer? Lo más fácil sería decir que la gente de las Farc regrese al monte para que siga la guerra. Pero sería un grave error no examinar que la gente de la guerrilla está en proceso de desmovilización en razón de los 4 años de discusiónes con el gobierno y que ya está definido el procedimiento para que hagan dejación de las armas y se integren a la vida social y a la política democrática. Eso vale mucho. Hay que hacer esfuerzos para que en este aspecto no se vaya a arruinar lo hasta ahora logrado.
¿Examinar y modificar los Acuerdos? No creo que lo acepten las Farc y si lo aceptaran no quiero imaginarme cuanto tomaría hacer esa revisión. Tal vez pueda hacerse un gran Acuerdo Nacional y llegar a una Constituyente. En las crisis pasa cualquier cosa, como una reunión de Santos y Uribe.
Pero no es cierto que por el resultado deba renunciar el Presidente Santos ni que el Centro Democrático sea el único dueño de la situación. Santos es el Presidente, su propuesta de paz cuenta con el apoyo de la mitad de la población electoral y sigue dominando el Congreso. La solución tendrá que ser entre todos.
Por Amylkar Acosta.-El imprevisto e imprevisible resultado de la votación por el Acuerdo final en el Plebiscito deja al país a la deriva, en un mar de incertidumbre. Ello afecta, porque lo trunca, no sólo la aprobación e implementación del Acuerdo sino que compromete la propia gobernabilidad del país. El Presidente Juan Manuel Santos se jugó todo su capital político en su apuesta por la paz y perdió y con él también perdió el país la oportunidad de ponerle punto final al conflicto armado con las FARC sin más dilaciones.
Lo habíamos advertido, la disyuntiva a la que nos enfrentamos en el Plebiscito era entre la oportunidad del sí al Acuerdo final y la incertidumbre del no y en estas estamos. El fallo de la Corte Constitucional que le dio vía libre a su convocatoria fue enfático al darle carácter vinculante para el Presidente de la República y sólo para el Presidente, al resultado que arrojara la votación del Plebiscito. Ello quiere decir que lo acordado no va más. Ahora sólo resta esperar qué tan viable puede llegar a ser una renegociación del Acuerdo final, como lo prometió el ex presidente Álvaro Uribe, el Centro Democrático y los promotores del no. Para que ello sea factible deberá converger la voluntad política de las partes, las FARC y el Gobierno que preside Juan Manuel Santos, pues sólo él tiene la potestad legal y constitucional para retomar las negociaciones.
El reñido resultado de los escrutinios ( 50.23 % por el sí Vs 49.76% por el no, con una diferencia de 60 mil votos) refleja fielmente la polarización política que vive el país, la que llegó a su mayor grado de paroxismo con el Plebiscito, enfrenta al país a un indeseable escenario de crispación, caracterizado por la hiperestesia y la intolerancia colectiva que no le hacen bien a la convivencia entre los colombianos. El país con este resultado quedó partido en dos mitades antagónicas y bien dijo Lincoln que “una casa dividida contra sí misma no puede seguir en pie”.
Hoy, más que nunca, cobran vigencia las palabras del ex canciller de Chile Juan Gabriel Valdés, cuando dijo: “en el sistema democrático el que ganó no puede destruir al que perdió, ni el que perdió puede hacer invivible la Nación tratando de destruir al que ganó”. No debe haber cabida, entonces, ni para el triunfalismo arrogante ni para el derrotismo paralizante. El país todo, después de esta justa electoral, debe a volver a ser uno sólo, con una visión compartida de país en la búsqueda de la paz.
Si quienes hicimos campaña para impulsar el sí en el Plebiscito teníamos como referentes los procesos exitosos de Irlanda y Suráfrica, ahora que se impuso el no tendremos que mirar hacia el Reino Unido, para que en Colombia no se repita la historia de lo que está pasando allá a raíz del Brexit, en donde después de más de cien días del Referendo que aprobó su marginamiento de la Unión Europea nadie, empezando por la Primera Ministra Theresa May que lo lideró, sabe qué camino tomar. Todos están patidifusos.
En estos momentos, ante esta nueva realidad, se impone la sensatez, la sindéresis, empezando por el reconocimiento y respeto al resultado de los comicios, porque esa es la expresión democrática de la voluntad mayoritaria de los ciudadanos, que acudieron a las urnas en una jornada cívica ejemplar, sin sombra alguna que la empañara, excepto el marcado abstencionismo que se elevó al 63%.
Al Presidente Juan Manuel Santos no le faltará grandeza y generosidad, de las que ha dado sobradas pruebas, para buscarle una salida apropiada a esta encrucijada y para darle un nuevo derrotero al país para alcanzar la tan esquiva como anhelada paz. Señor Presidente, se lo repetimos una vez más, no tire la toalla, insista hasta alcanzar la paz!
Cota, octubre 2 de 2016
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