Opinión
Por Mauricio Cabrera Galvis*.- Los dioses deben estar locos. El Banco Central más poderoso y ortodoxo del mundo, el Banco de la Reserva Federal (FRB) de los Estados Unidos acaba de aprobar una nueva estrategia de política monetaria, que pone más énfasis en el mandato constitucional de promover la creación de empleo que en el de controlar la inflación; más aún, define que, en determinadas circunstancias, uno de sus objetivos es subir (así como suena, incrementar, aumentar o elevar) la inflación.
Estos heréticos planteamientos los hizo nada menos que Jeremy Powell, el presidente del FRB en el simposio anual que esa institución organiza en Jackson Hole para analizar el rumbo de la política monetaria (https://bit.ly/3hAQXCe). Y para que no quedara duda de que se trataba de una decisión institucional declaró: “Me complace anunciar que la revisada declaración de política fue adoptada con el voto unánime de todos los participantes del Comité”.
Por supuesto no se trata de un nuevo dogma económico aplicable a todos los países y momentos. En economía no existen los dogmas universales, sino cajas de herramientas que se deben aplicar con discrecionalidad dependiendo de las circunstancias. Y como las circunstancias han cambiado desde 1980 cuando el FRB bajo la dirección de Paul Volcker tuvo que empeñarse en reducir la inflación a cualquier costo, ahora tiene que enfrentar el reto del enorme desempleo y de una inflación demasiado baja.
La estrategia definida por el FRB para enfrentar esta situación, que venia desde antes pero se ha agravado por la pandemia del coronavirus, es clara: se mantienen los dos objetivos de la banca central: disminuir al mínimo el desempleo y mantener la estabilidad de precios. Sin embargo hay un cambio de prioridades: “En la ejecución de la política monetaria, nos mantendremos fuertemente enfocados en impulsar un fuerte mercado de trabajo (i.e. aumentar el nivel de empleo) para el beneficio de todos los norteamericanos”.
En cuanto a la inflación, mantienen la meta del 2%, pero el riesgo que perciben es que sea más baja y si eso sucede, “la política monetaria apropiada apuntará a tener una inflación un poco por encima del 2% por algún tiempo”.
Resalta en el discurso de Powell la preocupación por mostrar los efectos de la política monetaria sobre la calidad de vida y la distribución del ingreso: por ejemplo cuando señala que la prioridad al objetivo de reducir el desempleo es por los beneficios que esto implica, especialmente para las comunidades de bajos ingresos.
También asombra, por la gran diferencia con Colombia, el proceso que siguió el FRB para este cambio de rumbo, uno de cuyos pilares fue una serie de 15 eventos denominados “FRB escucha”, en los cuales sus técnicos se reunieron con sindicatos, trabajadores, pequeños negocios y residentes de estratos bajos. El objetivo de estas reuniones, era “estar conectados con nuestros verdaderos electores, el pueblo norteamericano, para oír directamente de ellos como su vida cotidiana es afectada por nuestras políticas”. Ninguna referencia a reuniones con bancos o grandes empresas.
Cali 30 de agosto de 2020
*Filósofo y Economista. Consultor.
Por Juan Manuel Galán*.- En una de sus recientes columnas, el Doctor Alfonso Gómez Méndez interpretó la decepción que sentimos los liberales ante el proceso decadente que sufre el Partido Liberal colombiano bajo la dirección del expresidente César Gaviria. Menciona Alfonso Gómez, cómo en medio de una convención virtual, que para casi todos los colombianos pasó desapercibida, fue reelecto nuevamente director, a pesar de que el 40% de su bancada buscaba un nuevo “timonel” para dirigir el rumbo.
También afirma que el expresidente, quien olvidó por completo su ideario liberal, -apoyó a Iván Duque en segunda vuelta- entregó el partido y sus principios por unos cuantos puestos en el Gobierno, lo que ha causado que hoy el liderazgo liberal en el Congreso se haya degradado ostensiblemente y que, a pesar de esta dramática realidad, se mantenga la misma dirección. El doctor Gómez Méndez recalca que la forma en que se otorgan los avales en la colectividad, le ha dado un status de “dictador del aval” al expresidente Gaviria, a quien la mayoría aún lo sigue apoyando a pesar de los fracasos que acumula.
Es plausible que una figura del perfil de Alfonso Gómez Méndez, con amplia trayectoria profesional como Procurador General de la Nación, Fiscal General de la Nación, Ministro de Justicia, Embajador, candidato presidencial y profesor universitario, se pronuncie sobre la sistemática incapacidad del Partido Liberal para renovarse. Él es un liberal a quien le duele la grave crisis del partido, que se desmorona en una especie de suicidio político asistido. En el partido ya no hay interés en interpretar las causas de justicia social, en asumir la vocería de los débiles, la conquista de derechos, la defensa de la democracia, la descentralización y las libertades ciudadanas. Huérfanas quedaron las bases de un partido parlamentarizado, sin democracia interna y que abandonó su bandera más importante: la conquista de la paz. Hoy el Partido Liberal decidió enarbolar el neoconservatismo. Ahora más que nunca, Colombia requiere una interpretación desde el liberalismo, no como partido sino como principio ético fundacional, que rechace la violencia y construya una nueva manera de hacer política, que le devuelva la esperanza a nuestro país.
Bogotá, D. C, 30 de agosto de 2020
*Exsenador Liberal
Por Jorge Enrique Robledo*.- En 1990, ¡hace treinta años!, embarcaron a Colombia en la irresponsable aventura de la apertura neoliberal –precursora de los TLC–, destructiva política definida por el Banco Mundial, según explicó el exministro de Hacienda Abdón Espinosa Valderrama. Y sobre la demagogia del “bienvenidos al futuro” quedaron otras constancias en contra o advertencias tan significativas como las de Eduardo Sarmiento Palacio, los también exministros Antonio Álvarez Restrepo y Edgar Gutiérrez Castro, Darío Múnera Arango –miembro de la junta directiva de la Andi– y las cuatro centrales de trabajadores, que el 7 de agosto de 1990 pagaron un aviso en la prensa rechazando lo que venía.
Para 2019, antes del coronavirus, las cifras habían demostrado el fracaso del “libre” comercio como política para sacar del subdesarrollo a la economía de mercado colombiana. Los desempleados e informales sumaban el 58 por ciento de la fuerza laboral, además de los cinco millones que tuvieron que irse del país a buscar empleo. Los colombianos en pobreza monetaria, sin contar a los que ocultan tras el rótulo de “vulnerables”, llegaban al 27 por ciento, es decir, a 13,5 millones y Colombia era uno de los países con peor desigualdad social del mundo. Y se sabe que ningún país puede prosperar en serio con esas cifras porque es el trabajo –el simple y en especial el complejo–, el que crea la riqueza y además la capacidad de compra que permite que los negocios tengan a quien venderle.
Entre 1961 y la apertura, la economía nacional creció al 4,7 por ciento anual y desde 1990 cayó al 3,5, cuando superar el subdesarrollo exige crecer a tasas mayores. Y el agro y la industria crecieron apenas el 2,1 y el 3,0, respectivamente, mientras que antes del noventa lo hacían al 3,6 y el 4,5. Además, su participación en el PIB cayó del 27 al 7 por ciento en el agro y del 19 al 11 en la industria, víctimas de la decisión de desagrarizar y desindustrializar el país, según confirma el hecho de que la balanza comercial –que mide importaciones y exportaciones– fue negativa para Colombia en 15.138 millones de dólares entre 1993 y 1998 –el año anterior a la brutal caída de la economía de 1999– y volvió a ser negativa en 56.665 millones de dólares entre 2014 y 2019, una vez terminó la bonanza petrolera.
Con el TLC (May.15.12), la balanza comercial con Estados Unidos, que era positiva para Colombia, pasó a sumar 12.515 millones de dólares en contra entre 2014 y 2019. Y la negativa con la Unión Europea, ampliada por el TLC, sumó 9.738 millones entre 2015 y el año pasado. El tratado con México (1995) –país portaviones de las trasnacionales norteamericanas exportadoras–, clama al cielo. Porque las importaciones –casi todas industriales– han superado a nuestras exportaciones todos los años y en 46.187 millones de dólares. Además, desde 1990, los bienes agrícolas importados sumaron 178 millones de toneladas con un costo de 49.580 millones de dólares, al tiempo que las industriales nos han costado 696.333 millones. ¿Cuánto habríamos ganado si una parte sustancial de esas compras se hubieran producido en el país, como habría sido posible? Y el 68 por ciento de lo que exporta Colombia son los mismos bienes básicos –café, banano, petróleo, carbón y flores– que se despachaban antes de 1990, y que no necesitaban del “libre” comercio para seguirse vendiendo.
Para mantener vivo el desastre y taparlo, apelaron a la plata extranjera y a feriar el patrimonio público acumulado en un siglo de esfuerzos de los colombianos. Las privatizaciones van en 46 billones de pesos desde 1996. La deuda externa pública y privada, también usada para conseguir los dólares necesarios para pagar las importaciones exageradas y los mismos créditos, llegó a 138 mil millones de dólares en 2019 (42,7 por ciento del PIB), cuando en 1995 fue de 26.341 millones (24,2 por ciento del PIB). Y desde 1991, las utilidades de la inversión extranjera directa, que por norma viene a comprar lo que ya existe, ascienden a 165.135 millones de dólares, plata que suelen sacar del país aunque se mantenga oculto.
Esta debacle además ocurrió en medio de condiciones externas muy positivas para Colombia: tasas de interés excepcionalmente bajas y una gran bonanza petrolera, que llevó sus exportaciones, entre 2005 y 2014, a 142.482 millones de dólares, suma que en mucho se malbarató en clientelismo y corrupción y sirvió para abaratar el dólar y facilitar las importaciones contra la industria y el agro, también arruinados o empobrecidos por un contrabando que vale 5.000 millones de dólares y que alcahuetea el Estado.
Ante estas cifras, somos cada vez más los colombianos –sectores populares y clases medias urbanas y rurales, empresarios, académicos y políticos– que estamos proponiendo renegociar los tratados de libre comercio, porque son un pésimo negocio para Colombia.
Bogotá, 29 de agosto de 2020.
*Senador del Polo Democrático Alternativo
@JERobledo
Por: Mons. Orlando Olave Villanoba*.- Dos hechos me llegan a memoria cuando inicio a escribir este semblante de Monseñor Jaime Prieto Amaya, que espero sea inspirador para muchos de nosotros.
El primero de mayo de 2006, caminábamos varios sacerdotes de la Diócesis de Barrancabermeja junto a Monseñor en la popular marcha de la clase obrera. El primero, de tipo personal, fue que se me acercó y en su acento bogotano, me dijo: “!!! ala Orlando… y te vas para Roma No¡¡¡¡¡¡¡ (Unos meses después viaje a Roma para adelantar estudios de especialización en Teológica Pastoral).
El segundo fue una respuesta que le hicieron varios periodistas al terminar la marcha, ¿Monseñor Jaime y usted por que se mete a apoyar estas marchas… estos no son de izquierda y ateos? Su respuesta fue ciertamente provocadora: ¡Pues si no me quieren ver en estas marchas… que me nombren Arzobispo de Bogotá! Algunos se miraron, otros simplemente nos reímos, entendimos que detrás de esta respuesta estaba su manera de ser Pastor, de ser Obispo. Su pueblo le interesaba, su pueblo le dolía y por eso lo hacía.
El hombre de Iglesia
Del primer hecho, que no quiero profundizar, me queda esa forma desparpajada, sencilla y directa con que afrontaba muchas de las circunstancias de su vida que no se puede entender como superficial o desinteresada; por esto quiero quedarme en la segunda, que me parece ejemplifica su talante humano y cristiano: era un Obispo con una conciencia profundamente eclesial.
San Ireneo de Lyon escribió hace muchos años: “lo que no se asume no se redime” palabras que son retomadas en el siglo pasado por el concilio Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium Et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. Creo que estas dos frases tan llenas de profundidad fueron un faro para el quehacer pastoral de Monseñor Jaime y nos permiten entender su modo tan especial de ser Pastor: Presbítero y Obispo.
Él fue un hombre que siempre sintió con la Iglesia, quizá no siempre con la Iglesia institucional, pero si con la Iglesia, con la Iglesia pueblo de Dios, con ese rebaño que la misma madre Iglesia le había encomendado. Fue un obispo que entendió que debía caminar con su pueblo: con los campesinos, con lo sindicalistas, con los líderes sociales, con los empresarios, con las familias, con los niños, y los jóvenes, con su rebaño, siempre pensado en el bien común, en llevarlos a Jesús.
El hombre con los pies en la tierra
Este modo de ser, insertado en la realidad que había con alegría asumido al aceptar este nombramiento como Obispo de Barrancabermeja, nos permite entender su proceder. Sin duda muchas veces sus opciones no fueron entendidas por muchos —me incluyo— quizá censurada por otros y hasta señalada —también por algunos en el seno de la Iglesia— de peligrosa y por diversos actores armados de derecha de subversiva.
Jamás para Monseñor fue esto un problema, él tenía clara su opción profundamente eclesial, que sin lugar a dudas por esa misma convicción que le daba aquel documento del concilio enunciado. Él entendía que al ser Obispo de Barrancabermeja, asumía su historia, sus luchas, sus triunfos y también sus derrotas.
Quizá en él podemos comprender esta frase del Papa Francisco que «más vale una Iglesia herida por salir a la calle, que una sana escondida en la sacristía».
Monseñor entendía este riesgo. Unos años después en los viajes de regreso al lugar donde se hospedaba cuando participaba en un encuentro en Roma, me soltó una de esas frases lapidarias, pero que en su rostro expresaba todo lo que tenía por dentro: “En ocasiones me siento incomprendido por mis opciones pastorales”. Y guardó silencio. Pero a pesar de esa incomprensión jamás lo vi quejarse, siempre fue un ser humano de acción, de procesos, que era capaz de entender la realidad humana, pero que tenía muy claro su caminar pastoral, su tarea misionera.
El hombre místico
Una cosa si es clara en la vida de Monseñor Jaime, era un hombre místico, un hombre con una fuerte experiencia de Dios, que lo llevó incluso a colocar su propia vida en riesgo, pero esa experiencia le permitió colocarse siempre en las manos de Dios.
Unas palabras del Papa Francisco podrían ayudarnos entender a Monseñor Jaime: “La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás”.
Esta profundidad espiritual de Monseñor le dio una característica muy especial como es ser casi un adelantado a su época. Muchas veces me he imaginado a Monseñor Jaime ejerciendo su ministerio episcopal con este pontificado de Francisco.
Cuanta alegría le hubiera provocado escuchar a nuestro Papa actual, cuantas veces él nos dijo que era necesaria una renovación de las estructuras pastorales. Cuanto nos insistía en esa tarea evangelizadora que debía emprenderse con alegría, cuanto amor le tenía a la Pastoral de la tierra y la promoción que hizo de esos procesos. Sí, fue un místico con los pies en la tierra, que nos impulsó a hacia una nueva evangelización.
El hombre buscador de paz
Finalmente, pero no menos importante, fue él un apóstol de la paz, con cuánta pasión hablaba de ello, con cuanta inteligencia creó procesos, dinamizó acciones, provocó estrategias que beneficiaron ese sueño, mejor, comprendía en profundidad que la paz era la mejor apuesta para el desarrollo de los pueblos.
Cuánto esfuerzo hizo para dinamizar en el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, cuanto vigor le imponía a la Comisión Diocesana de Vida, Justicia y Paz.
No olvidamos sus valientes declaraciones y homilías donde desarrollaba esa idea de construir una sociedad en paz y señalaba valientemente aquellos que se oponían a este sueño compartido.
Recordamos como participó en diversas comisiones de diálogo de paz, cuántos diálogos no emprendió con los actores armados, buscando siempre mediar en la consecución de acuerdos de paz que desescalarán la guerra en nuestros territorios. También aquí fue incomprendido, no valorado suficientemente e incluso señalado, lo que le provocó momentos dolorosos y riesgosos a su seguridad física. Nada de eso lo amilanó, al contrario, siempre encontró fuerzas en el Señor para seguir siendo mensajero de la paz, constructor de puentes y el hombre buscador de paz.
Gracias Monseñor Jaime
Tumaco 28 de agosto de 2020
*Obispo de Tumaco
Por: José Félix Lafaurie Rivera*.- El título de esta columna bien podría ser “Economía de posguerra” y el país necesitar un Plan Marshall, aunque hoy, a diferencia de 1947, el enemigo atacó a todo el planeta y tanto las potencias, como los países pobres y en desarrollo, están enfrascados en curar sus propias heridas.
La solidaridad no parece estar a la orden del día y la institucionalidad multilateral está siendo confrontada. Así pues, es necesario enfrentar la pospandemia con pragmatismo, a partir de cifras preocupantes:
La meta inicial de crecimiento del PIB para 2020 era del 4%; el Gobierno la ajustó a -5,5%, con una caída de 9,5 puntos, pero la OCDE, a la cual pertenecemos, lo estima en -6,1% y el FMI, el principal prestamista, en -7,8%.
La meta inicial para el déficit fiscal era del 2,2% del PIB; la Regla Fiscal ya lo estiró hasta el 8,2%, pero seguramente superará el 10%.
Un déficit del 2,2% requería de 22,1 billones de endeudamiento; a la fecha se ha trepado a 69,4 billones y se estima que se requerirán 100 billones. De hecho, el proyecto de presupuesto para 2021 incluye 64,1 billones de crédito…, y un faltante de 26,1 billones sin financiación.
La meta inicial de recaudo tributario era 168 billones; hoy es de 144 y, aun así, será difícil alcanzarla. No pintan mejor las demás variables macroeconómicas que no alcanzo a reseñar, con excepción de la inflación, que se mantiene baja por la drástica caída de la demanda.
Preocupan las soluciones, porque la inmediatez nos lleva siempre a las mismas. En el pasado se acudió a los sectores intensivos en mano de obra: construcción e infraestructura, abandonando al campo con las consecuencias conocidas. No desconozco su eficacia como motores del desarrollo, pero debo recordar la importancia estratégica del campo, la producción agropecuaria y la paz rural.
El Presupuesto es la ruta de las prioridades, y en el proyecto para 2021, “Agricultura y Desarrollo Rural”, con 1,76 billones, es de los pocos sectores con disminución frente a 2020, del 7,7%, equivalente a 148 mil millones menos para un campo sediento de recursos y que, paradójicamente, no se detuvo durante la pandemia y reivindicó su importancia para la seguridad alimentaria del país.
En contraste, los rubros de “LA JUSTICIA” (Rama Judicial, Fiscalía y Justicia y Derecho) crecieron y los tres suman 13,07 billones, ¡cinco veces más! que lo destinado al desarrollo rural, para una justicia que brilla, mas no por su ausencia, sino por su excesiva pero inane presencia, con dos sistemas, uno transicional con 100% de impunidad, y el ordinario con un vergonzoso 95%. Dicho sea de paso, este es, para mí, el gran problema colombiano.
El Gobierno, dentro de sus herramientas para la recuperación, deberá revisar los Gastos de Funcionamiento, que crecen un 11%, enviando una señal del “Estado austero” que ha sido bandera del Centro Democrático.
Con la pandemia se perdió más de una década y las medidas que adopten este y el próximo gobierno serán fundamentales, pero es quizás más importante que la recuperación sea un “propósito país”, un Plan Marshall nacional, algo que ha intentado el presidente, pero que no se ve en el horizonte, sembrado de mezquindad con intención política literalmente “carroñera”, de apuesta al fracaso del Gobierno como trampolín hacia el poder, con peligrosas propuestas populistas.
Abogamos por el campo, pero entendemos las encrucijadas del Gobierno, que seguramente dejará apenas sentadas las bases de la recuperación. De ahí la importancia de la campaña electoral que empieza en 2021 y nuestra enorme responsabilidad frente al futuro del país.
Bogotá, D. C, 28 de agosto de 2020
*Presidente de FEDEGAN
@jflafaurie
Por Gabriel Ortiz*.- Este país está sobresaltado, atolondrado; tal vez azarado. La multiplicación de hechos que suceden por minuto, avergüenzan a propios y extraños. Apenas se cumplen dos años del gobierno del Presidente Duque, cuando ya, multitud de acontecimientos desconciertan a sus electores, y hasta a los de Petro.
Flaco favor, el que ha recibido Duque de Uribe y, garrafal, el que él se auto aplicó, cuando quiso desconocer la autoridad de la Corte, para salvar a su mentor del carcelazo. Duque abrió las puertas a Uribe y a sus arrogantes defensores, para que acusaran de secuestradora a nuestra máxima autoridad justiciera. El expresidente, que está preso, no podía dar declaraciones a la prensa, y mucho menos a injuriar públicamente a sus jueces. Si se cometió un crimen o se violó la ley, debe haber una acusación, que la hay, un juicio justo y una condena. Los acusados, no pueden andar buscando un funcionario que se preste para absolverlos, si a ello no hay derecho. Uribe debe dejar que actúe la justicia.
Lo anterior ha enredado al Presidente Duque, que ve con terror, como las cosas no le salen. Las masacres de jóvenes y niños, los asesinatos de líderes sociales y exmiembros de las Farc, la multiplicación de los cultivos ilícitos, la creciente producción de coca, la inseguridad a todos los niveles, el implacable desconocimiento de los acuerdos de paz, los “perfilamientos” por parte del ejército y demás desafueros, son hoy, moneda corriente.
El desespero y la congoja han obligado a Duque, a acudir a las masacres, que suaviza como “homicidios colectivos”, a los misiles de Maduro, a lo que él llama “paz sin impunidad”, a las prohibidas fumigaciones con glifosato y, desde luego, al espejo retrovisor para achacarle a otros, o a Santos, el desbarajuste actual. Poco o nada le sale bien.
Para completar, la pandemia lo acosa y sus tardías apariciones como animador de televisión, desorientan. Hay que sumarle a Mancuso, al que hay que impedir que llegue a Colombia. Se han elaborado mal las solicitudes de extradición. Se fustiga hasta a las autoridades norteamericanas de cohonestar con ello. Mancuso sabe mucho.
Con el emoji del pulgar abajo, acompañado de proclamas “queremos la paz”, muchos manifestantes censuran la falta de acción del Presidente. Urge atender ese clamor popular, que crecerá... que crecerá. Hay que equilibrar la brújula.
BLANCO: El liberalismo encamina una ley, que elimine el IVA para la canasta familiar.
NEGRO: Duque adora al debilitado Trump. Le quiere obsequiar el BID.
Bogotá, D, C 28 de agosto de 2020
*Periodista. Exdirector del Noticiero Nacional, Notisuper y Telematinal.
Por Jairo Gómez*.- Abel Rodríguez, fue un hombre imprescindible para la educación pública porque comprendió que de ella no sólo dependía su futuro personal sino que ayudaría, como se lo propuso, a transformar la sociedad; porque entendió, el día que se hizo profesor, que la educación, su amor a primera vista, era la piedra angular para formar buenos seres humanos y consolidar el futuro de un pueblo en igualdad social y en democracia.
El Profe Abel, como le decían desde sus primeros años en la lucha sindical a favor de los maestros y la educación pública, los alumnos de antes y de ahora, siempre defendió la educación como una herramienta para cerrar la brecha social y combatir la pobreza.
Ese auténtico propósito guio su lucha sindical desde la ADE (Asociación de Educadores del Distrito) y FECODE (Federación Colombiana de Educadores) durante más de 50 años, para después pasar de la lucha reivindicativa a la acción; luego de transitar por el sindicalismo y dirigir los designios de más de 270 mil maestros en todo el país, propició como miembro de la Asamblea Nacional Constituyente transformaciones en el sistema educativo que después lo llevaron al viceministerio del sector desde donde fortaleció el Estatuto Docente y la Ley General de Educación.
Pero tal vez el logro más importante, después de haber hecho el curso de profesor en una humilde escuela en Algeciras, Huila y en una escuela del Barrio San Pablo en Bogotá, de convertirse en licenciado en Español y Literatura, de trasegar por esa dilatada lucha y servicio público, fue cumplir con su sueño de llegar a la Secretaría de Educación de Bogotá D. C. Desde ahí Abel puso en práctica todo su potencial, conocimiento, experiencia y capacidad de trabajo en favor de la Educación Pública en el Distrito Capital. Demostró, con creces, que desde lo público también era posible edificar una educación de calidad.
En 2004 comienza a gobernar Bogotá Lucho Garzón, con la impronta “Bogotá, sin indiferencia”. Ese rótulo que develaba el talante social de la administración encontró en Abel Rodríguez, a su mejor aliado. Lucho se la jugó por la educación y Abel la volvió la espada social; fue entonces cuando recordó esa frase que instintivamente gobernó su cabeza: “La educación es la principal herramienta para combatir la pobreza”. Encajó en el plan del Alcalde y la hizo realidad: concretó la gratuidad de la educación pública, osadía que no dudaron en calcar otras ciudades del país; mejoró las condiciones de los estudiantes con infraestructuras dignas, alimentación y transporte, pegamento que sirvió de estrategia para evitar la deserción escolar.
Sin duda, Abel fue un gran transformador que dignificó la educación en los sectores populares y se propuso como meta construir colegios nuevos y bien dotados; propósito que hizo realidad heredándole a la ciudad y a los niños y niñas de los estratos más pobres 50 colegios nuevos que nada tenían que envidiarle a las mejores instituciones privadas. Dignificar también es educar, repetía constantemente.
Ese fue Abel Rodríguez, que en lo personal era una caja de música; ver a Abelito, como le decíamos sus amigos, desencajado o furioso era la excepción. Amable, querido y adorado por todos, creo que ni sus más enconados rivales en la lucha sindical o política lo odiaron o vilipendiaron, siempre tenía como argumento la razón y el discernimiento, como buen educador y funcionario que fue.
Desde aquí un abrazo solidario a Cecilia, su polo a tierra, la gregaria incondicional de Abel, la compañera cómplice con la que logró cultivar amigos en todas las generaciones y estratos sociales; gracias, también, por permitirnos a sus amigos disfrutar de su infatigable camarada. Abel, querido amigo, que la tierra te sea leve.
Bogotá, D. C, 287 de agosto de 2020
*Periodista. Analista Político.
@jairotevi
Por José G. Hernández*.- Han preguntado de manera insistente en estos días los estudiantes de Derecho: ¿En qué consiste el principio de la perpetuatio jurisdictionis?
También conocido como principio de inmutabilidad de la competencia, garantiza la permanencia de la competencia judicial en cabeza de cierto juez o tribunal que ya la había asumido, que había iniciado formalmente el proceso y que había ordenado o practicado pruebas y adoptado decisiones. Ello, para garantizar a las partes el debido proceso, la economía procesal y la seguridad jurídica. En su desarrollo, la competencia se mantiene hasta la terminación del proceso, pues una vez aprehendida, no debe ser modificada.
Igualmente, este principio tiene indudable importancia en guarda de la imparcialidad judicial, en cuanto evita que las personas, ya en curso el proceso, busquen mecanismos orientados a escoger el juez de sus preferencias.
El Tribunal Supremo español (Auto del 5/1/10) lo explicó así:
“La perpetuación de la jurisdicción (o perpetuatio jurisdictionis) es un efecto procesal de la litispendencia de creación jurisprudencial, que se vincula directamente con la seguridad jurídica. (…) Los términos del debate deben quedar fijados lo antes posible en el tiempo y también los presupuestos relativos al órgano jurisdiccional, y así se evitan alteraciones sobrevenidas de la competencia o del procedimiento a seguir, en una institución tan necesitada de estabilidad y equilibrio como es el proceso”.
En providencia del 7/8/02 de la Corte Suprema de Justicia de Panamá se hizo referencia al sentido de este principio:
“Conforme al principio de la per citacionem perpetuatio jurisditionis, reconocido desde la época romana, todo litigio debe ser terminado allí donde había comenzado: ubi acceptum est semei iudicium, ibi et finem accipiere debet. (…) De este modo cualquier cambio en la persona del demandado (existencia, domicilio) no produce el desplazamiento del Juez (translatio iudici)”
Este principio ha sido aceptado y aplicado por las altas corporaciones judiciales colombianas. Así, la Corte Constitucional lo aplicó en 1998 cuando el presidente de la República quiso retirar unas objeciones por inconstitucionalidad formuladas por él mismo contra un proyecto de ley, cuyo conocimiento ya había sido asumido por la Sala Plena.
También la Corte Constitucional (Auto 050/09), en materia de tutela, ha sostenido que “una vez asumido el conocimiento del amparo por parte de una autoridad judicial y en virtud del principio de la economía procesal, el principio de la perpetuatio jurisdictionis y la garantía rápida y eficaz de los derechos fundamentales de los afectados, el juez debe tramitar hasta su culminación el proceso de tutela”.
La Corte Suprema de Justicia, respecto de asuntos civiles, ha dicho: “Asumido el conocimiento del proceso, queda establecida la competencia y le está vedado al juez sustraerse de ella” (Auto 18/1/19). “El juez una vez comienza la actuación, no puede variarla o modificarla, salvo que prospere la excepción previa correspondiente” (Auto 19/2/19)
El Consejo de Estado (Auto 16/11/18), lo entendió como “garantía de inmodificabilidad de la competencia judicial, en virtud del principio del debido proceso” (…) obliga a las autoridades judiciales a continuar con el trámite de los expedientes que se encuentran en su despacho, desde la admisión de la demanda y hasta la culminación de los mismos”.
Bogotá, D. C, 26 de agosto de 2020
*Expresidente de la Corte Constitucional.
Por Víctor G. Ricardo*.- Estados Unidos se encamina a unas elecciones presidenciales en un contexto totalmente desconocido e incierto, marcado por el coronavirus, por la crisis económica derivada del mismo y por una creciente crispación social que se ha acentuado en los últimos meses no sólo por el impacto de la pandemia, con millones de nuevos desempleados, sino también por la herida racial nunca restañada que, de manera recurrente, sacude a EE.UU. Una vez más, hace apenas unos meses, un hombre afroamericano, murió en manos de un policía blanco. Una vez más, la herida de la población se abrió.
Quizás, debido a la escasa afinidad del presidente Trump con los hechos y, por extensión, con la población afroamericana de EE.UU durante todo su mandato, el asesinato de George Floyd resultó en una marea de protestas en todo el país que pareció acorralar al Presidente. Se le vio además, con biblia en mano a las puertas de una iglesia, lo que terminó de irritar a gran parte de la población y por lo que fue duramente criticado en medios de comunicación. Sorprendentemente, un Presidente que ha sido capaz de sortear procesos de destitución (impeachment) que se abrió en su contra en el Congreso, que logró mantener unos índices de popularidad del 50% cuando la pandemia estaba golpeando más fuerte a los EE.UU y la economía se hundía, ha sido incapaz de refrenar sus instintos incendiarios e intentar trabajar por la reconciliación social que urgentemente necesita.
Fue éste, en mi opinión, un grave error, en un momento clave. Lo demás es historia ya conocida: las encuestas le sitúan por debajo del candidato demócrata Joe Biden, en algunos casos hasta un 15%.
Los demócratas no olvidan, además, que en 2016 Hillary Clinton sacó 3 millones más de votos que Trump, quién se vio beneficiado debido al complejo sistema electoral norteamericano.
La caída de Trump en las encuestas no obedece sólo a la crispación racial derivada del caso Floyd. Su cuestionada gestión de la crisis sanitaria tiene mucho que ver también.
Lo que sí parece claro es que en esa caída poco ha tenido que ver el candidato democráta Biden, a quién se le ha llamado ya "el gran beneficiario de la pandemia". Recluido cómodamente durante meses en el sótano de su casa, ha optado por evitar el enfrentamiento directo. No olvidemos que Biden cumplirá próximamente 78 años. Tan sólo en la Convención Demócrata se pudo ver ganar en visibilidad y lanzar mensajes más contundentes a su rival.
Con la nominación de Kamala Harris, como vicepresidencia, Biden gana un componente importante del electorado pues es la primera mujer, además afroamericana, en optar a la vicepresidencia. No le faltan méritos profesionales y cuenta con una valiosa trayectoria como Fiscal general de California y senadora para dicho Estado.
Mientras tanto, habrá que estar atentos a la esperada recuperación económica en EE.UU, principal baza de Trump, para ver si es capaz de remontar en las encuestas en los dos meses cortos que quedan por delante. En su contra juega el voto por correo que en muchos Estados puede empezar a ejercerse a partir del mes de septiembre y que este año, por la pandemia, tendrá un papel más importante. A su favor juega el llamado voto de vergüenza: muchos de los encuestados no se atreven a revelar en una encuesta que realmente votarán por Trump.
Bogotá, D., C, 26 de agosto de 2020
*Excomisionado de Paz
Decía Jenofonte, cronista de la guerra del Peloponeso y alumno del gran Sócrates, que sin concordia no podía existir ni un Estado bien gobernado, ni una casa bien administrada. Razón tenía el griego, y mucho sentido común también, ese tan ausente en Duque y su gobierno, que no solo no desea la concordia, ni tiene la voluntad para buscarla, sino que es incapaz de lograrla, aunque se lo propusiera… A más de perverso y cómplice, es inepto e inoperante: Nos deja morir.
Por: Felipe Tarquino Sánchez*.- Este país no alcanza a reponerse de una masacre, cuando al día siguiente ocurre otra. A corte del 22 de Agosto, la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos había documentado 33 masacres en este 2020 (para Idepaz van 44, para la policía 12), pero a fecha de hoy, 24 de agosto, día en que escribo esto, ya van cinco más documentadas. Para cuando salga esta columna, lo más probable es que desde el suroccidente del país, los Montes de María, o en Norte de Santander, otra comunidad denuncie un nuevo acto de sevicia y crueldad.
La violencia regresó y de la peor manera, desbordada, fragmentada y sádica, con desplazamientos masivos, asesinatos selectivos, mutilaciones y degollamientos. Ahora sin las FARC, hay decenas de grupos armados ilegales que quieren ocupar estos vacíos de poder dejados por la guerrilla: Los Caparros, antes Caparrapos (los mismos de Cuco Vanoy), conformado por disidentes del Clan del Golfo y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, grupos que siguen operando; los Paisas; el ELN; los grupos residuales de las FARC (no disidencias, pues más del 80% de sus miembros son nuevos y operan distinto); y así otra decena de grupos más, financiados, entre otros, por carteles mexicanos. Entre ellos se tienen repartida buena parte del país.
Sin embargo, la violencia no es la misma; estos grupos han degradado el conflicto y se han ensañado con los territorios rurales dispersos, los campesinos, los líderes sociales y las comunidades étnicas. Antes, imagínense el abandono estatal tan enorme, las comunidades podían establecer mecanismos de protección para desescalar la violencia, y hasta lograr pactos de convivencia con los comandantes de las FARC. Ahora ni pa’ eso, pues en regiones como el Cauca y Nariño, hay tres, cinco o más grupos criminales que se disputan el territorio (sin contar las bandas independientes que se abren camino a punta de bala).
La gente no sabe con quién hablar para poder sobrevivir. Y cuando llega la Fuerza Pública, por fin, los acusan de guerrilleros, como para variar. De manera que no podemos estar en un peor escenario; las comunidades son objetivos militares, viven asfixiadas por la presión de estos grupos degradados, no tienen oportunidades y ni mucho menos garantizados sus derechos sociales, económicos y culturales.
Así mismo, las motivaciones de estos grupos armados están lejos de ser políticas, detrás de ellos no existe una rebeldía hacia el gobierno, tampoco un proyecto político, pues su pretensión no es tomarse el Estado, eso poco o nada les interesa. Son estructuras mafiosas con una lógica narcoparamilitar, más ligadas a dinámicas de la criminalidad común, con matones que trabajan para el mejor postor, mercenarios, y eso es lo grave.
Pero el gobierno dice que eso es normal, que qué nos sorprende si siempre ha pasado, que más bien aprendamos a hablar y digamos “homicidios colectivos” porque “masacres no son” (para evadir responsabilidades y restarle importancia al tema, claro). Además, desde Arauca, ya Carlos Holmes ha anunciado la creación de la “Unidad Especial de Identificación, Ubicación y Judicialización de Perpetradores de Homicidios Colectivos” ¡Hombre!... No haberlo creado antes… Con la entrada de estos power rangers en acción, será el fin de los más de 50 grupos armados ilegales; esperemos que identifiquen bien el enemigo (no vaya ser que empiecen, de nuevo, a perfilar a periodistas y políticos de la otra orilla).
Y digo que es un gobierno perverso y cómplice porque comparte muchos intereses soterrados con estos nuevos actores armados. La restitución de tierras, por ejemplo, es uno de esos puntos esenciales del acuerdo de paz, que reivindican los líderes sociales para sus comunidades y al que se han opuesto férrea y sistemáticamente el partido de Gobierno y los grupos armados ilegales, quienes los asesinan y desplazan. Hoy, son más de mil los líderes sociales asesinados.
Y por si fuera poco, Global Witness, ONG británica, ha revelado en su informe que Colombia es el país más mortífero para los líderes ambientales; si no fuera por ellos, dicho sea de paso, en el Magdalena Medio, por ejemplo, el fracking ya se habría implementado. Ellos son una piedra en el zapato tanto para los grupos criminales como para el Gobierno, que está empeñado en favorecer a petroleras, multinacionales y propias, en detrimento del territorio y las comunidades, y no le molesta mucho que estos bandidos acaben con la vida de quien les estorba…
Se mueven con la perversa lógica de “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”; por eso, el poco afán de ratificar acuerdos tan importantes como el de Escazú. Por otro lado, su mediocridad e incapacidad es evidente, Duque es un inútil rodeado de más inútiles. Ante la posibilidad de una sustitución voluntaria de cultivos ilícitos, por mencionar una opción a la que le apuestan los campesinos, Duque opta por la erradicación forzada, de forma terca y desesperada; es otro punto para criticarlo, pues como sucede en Tumaco, apenas el grupo de erradicación termina la jornada, los cultivadores de coca vuelven para sembrar más coca… Es una herramienta poco efectiva. Esto lo tendría que saber él, pero parece, o se hace, el que no.
Lo cierto es que a Duque le quedó grande el cargo, y poco o nada ha aprendido del arte de gobernar; se quedó en el papel de pelele de Uribe, a quien le debe la presidencia, el senado y todo, por eso lo defiende a capa y espada, así pase por encima de los principios constitucionales que lo llaman a respetar la separación de poderes, propia de un Estado de Derecho.
Éste funesto Presidente, con su nadadito de perro, desintegra el país y se lo entrega al Grupo Sarmiento, a los gringos y a los clanes familiares como los Char, quienes sí saben qué hacer con el poder. Poco a poco nos conduce a un país más caótico, con menos independencia de los jueces y los poderes públicos. Sin embargo, no la tendrá fácil, porque la sociedad está sedienta de justicia, de cambios y de nuevos aires, y a pesar que el embate de una pandemia nos dejó heridos, la gente no olvida que este gobierno es el responsable directo de lo que ocurre. Sin duda uno de los presidentes más dañinos que hemos tenido en nuestra ya triste historia.
Bogotá, D. C, 26 de agosto de 2020
*Politólogo