Opinión
Por Mons. Carlos Arturo Quintero Gómez - En Colombia y el mundo la vejez se convirtió en un problema complejo. Es verdad que, en diversas culturas, la vejez se interpretaba como una desgracia, implicaba un dolor que se llevaba a cuestas por la fatalidad de no ser observado. Es más, el concepto viejo o anciano pasó a ser un concepto peyorativo al que se le unieron otros términos degradantes que fácilmente se han ido introduciendo en la llamada ‘cultura del descarte’: decrepitud, senectud, vetestuz. En la literatura griega, por ejemplo, se hablaba de una vejez ridícula y repulsiva de las comedias y en tiempos de Homero, los consejos de ancianos eran órganos consultivos, pues las decisiones estaban en manos de los jóvenes.
Sin embargo, para otras culturas antiguas, como la cultura hebreo cristiana, los ancianos estaban investidos de una misión sagrada, la vejez era sinónimo de sabiduría, la historia comprimida en un corazón que ardía de amor por la humanidad y, llegar a la ancianidad, era un privilegio como debería serlo hoy; la longevidad se leía como una recompensa por la vida digna y recta; de hecho, en el decálogo de la ley, Dios nos ofrece un mandamiento con una promesa: “honra a tu padre y a tu madre y tendrás larga vida” (Dt 5, 16) y el filósofo, Tales de Mileto, enseñaba: “espera de tus hijos lo que has hecho con tus padres”. La ancianidad o la vejez se vivía como una bendición.
A mí me gusta la frase del Papa San Juan Pablo II hablando sobre la vejez, la llamaba “el otoño de la vida”, -citando a Ciceron- en su carta a los ancianos del 1 de octubre de 1999. Y el salmo 90 nos enseña: “Aunque uno viva setenta años, el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil porque pasan aprisa y vuelan”.
No hay duda que las brechas generacionales tan evidentes en la sociedad de hoy ha llevado a subvalorar a los ancianos y esta pandemia nos ha dejado ver el pensamiento indolente de algunos gobernantes que se atreven a expresar públicamente que, si mueren los viejos, ya han vivido lo suficiente, como si esta fuera una sociedad solo para los jóvenes. Hoy más que nunca es importante transformar nuestro pensamiento y entender lo que significa envejecer; cuando las personas se detienen en su historia personal y se bloquean en su vida es cuando empiezan a envejecer. Baste darnos cuenta que hay muchos jóvenes con el corazón arrugado y muchos ancianos con el corazón rejuvenecido, capaces de hacer fiesta en medio del dolor y de sembrar esperanza en medio de la desdicha. El confinamiento de los adultos mayores, encerrados en sus casas, es una evidencia social que nos debe hacer pensar si realmente los estamos encerando para cuidarlos y custodiarlos porque son un tesoro para nuestra sociedad o simplemente, los encerramos por considerarlos un peligro de contagio para la sociedad.
Nuestros ancianos son un patrimonio cultural, social, familiar; ellos, llevan en su corazón los trazos y las huellas de una historia vivida entre luces y sombras; ellos, con su sonrisa, su rostro lleno de arrugas y sus manos encallecidas, nos revelan la verdad de una historia tejida entre violencias y senderos de paz. Ellos, con su fe, tenacidad y arrojo nos muestran que la vida no ha llegado a su fin y el valor de la confianza en Dios. Los ancianos, con su amor a Dios y a la vida, enseñan a las jóvenes generaciones que, superando las brechas generacionales y trabajando unidos por la paz, se construye una sociedad en armonía, más humana y justa. Así, podríamos entender que la vejez es un tesoro y que todos tenemos el derecho a envejecer dignamente.
Bogotá, D. C, 16 de enero de 2021
*Obispo de la diócesis de Armenia
Por Jairo Gómez*.- Es extravagantemente irracional imaginarse a un presidente sentado con un mercenario extranjero para diseñar una estrategia dirigida a aniquilar a punta de tiros a la oposición política, en este caso a un partido de izquierda.
Pues bien, ¿en qué país ocurrió ese oprobioso acto? En Colombia, ni más ni menos. En la democracia más antigua de América Latina. En un gobierno liberal, el del “trapo rojo”, comandado por su presidente Virgilio Barco Vargas (1986-1990), éste se sentó a manteles con un mercenario israelí, Rafi Eitan, a planear macabramente cómo exterminar una agrupación de izquierda: la Unión Patriótica. Partido que nació producto de un acuerdo de paz.
Pero más extravagantemente irracional es que consultado el entonces ministro de Defensa de la época por el propio Barco, el General Rafael Samudio Molina, sobre la estrategia, este se opuso a que una “fuerza extrajera” ejecutara el plan porque las Fuerzas Militares (FF.MM.) lo podían hacer.
Cuenta el periodista Alberto Donadío, en su columna “Virgilio Barco y el exterminio de la UP”, publicada en el portal los Danieles, que tras Barco aceptar, sin objeción “moral, ética, legales o políticas” la propuesta del matón israelí de “eliminar a miembros de la Unión Patriótica”, se encontró con una oposición férrea del alto mando militar en cabeza del Ministro de Defensa, no para evitar la masacre, sino para ejecutarla a través de las fuerzas armadas bajo su mando.
El resultado de este genocidio fue: Dos candidatos presidenciales, 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales, 11 alcaldes y más de seis mil militantes asesinados , recuerda en su Twitter la exsenadora Piedad Córdoba.
Pero más adelante cuenta Donadío, periodista a quien admiro, que el entonces Consejero de Paz de Barco, Carlos Ossa Escobar, en un acto de decencia civil y democrática, quiso dejar constancia de un comentario que le hizo un alto funcionario del gobierno Barco y “oficializó en 2011 ante la notaría tercera de Bogotá que durante el gobierno del ingeniero liberal le expresó al ministro de Defensa, general Rafael Samudio Molina, su preocupación pues todos los días estaban matando a un miembro de la UP. Samudio le contestó: ´a ese ritmo no van a acabar nunca´ “. Macabra respuesta que no sorprende, por supuesto.
Bien hacen los senadores Iván Cepeda y Aida Abella en reclamar una responsabilidad del Estado en este genocidio y anunciar una denuncia penal contra el general (r) Samudio Molina. Pero, además, ese abominable testimonio debe, de oficio, ser tenido en cuenta por la JEP como pieza fundamental en el macrocaso sobre la Unión Patriótica.
Sigamos con la historia del periodista Donadío. Por supuesto que su revelación iba a provocar la reacción de algunos sectores que no comparten la versión. La de los señores militares retirados era de esperarse, “es otro montaje contra las FF.MM”, dijeron; pero la que más me sorprendió fue la de algunos historiadores que citando apartes de un texto del inglés Malcolm Deas, en el que habla de unas relaciones fluidas entre Barco y miembros de la UP como si esta fuera la última palabra y cuestionan la versión dando por sentado que el extranjero tiene la razón. Cómo les duele a algunos académicos dedicados a contar el conflicto colombiano que un periodista les ponga en evidencia su falta de rigurosidad y compromiso con la verdad. Esos que nunca salieron de la historia oficial y nos han dicho verdades a medias.
Pero bueno, como en Colombia no existe la sana costumbre de otros países serios de que los presidentes cuando dejan sus cargos escriben sus memorias, así sea para decir mentiras o maquillar sus pésimos gobiernos, pues hay que destaparles sus fechorías así sea años después.
Otro elemento clave de la revelación periodística es que pone de presente la percepción de que en Colombia aún hoy se siguen planificando desde las altas esferas del Estado crímenes contra quienes se oponen a los designios del establecimiento. El asesinato de líderes sociales, firmantes del acuerdo de paz, indígenas, comunidades raizales, ambientalistas y el desplazamiento de campesinos, no son casos aislados, detrás existe el propósito de generar miedo y zozobra para evitar que fuerzas alternativas desplacen del poder a unas oligarquías que se aferraron al poder hace 200 años.
Lo extraordinario de este relato del periodista Donadío, es que demuestra que esa estrategia no es una fábula y es perfectamente posible que hoy se esté fraguando algo similar a lo que pasó en el Gobierno Barco; ésta débil democracia, hecha a su medida, no los detiene. Qué desgracia de país. Esto tiene que cambiar y nuestra gran oportunidad como colombianos decentes la tenemos en el 2022. Votemos bien, ni las masacres no pueden arrebatar ese sueño.
Bogotá, D. C, 16 de enero de 2021
*Periodista. Analista Político.
@jairotevi
Por Gabriel Ortiz*. - Por fin hay varios colombianos vacunados contra el covid-19. Ninguno, que se sepa, ha sentido molestia alguna. Ni siquiera los que son alérgicos a medicamentos.
No fueron largas sus esperas para recibir una inyección, muy barata (menos de US$25) e indolora. Fueron en avión a países lejanos o cercanos en planes turísticos que incluían la vacuna. Siguen con tapabocas y lavado de manos, por respeto a sus conciudadanos, que siguen a la espera de los frasquitos que el Gobierno dice haber “comprado” a Pfizer, Covax y AstraZeneca.
Son muchos los países que no se dejaron coger la noche para comprar las vacunas. Por ello se cuestiona el manejo que Duque y Ruiz le han dado a la pandemia, en las monsergas de las 6. Ellos sembraron grandes esperanzas al finalizar diciembre, cuando aún había credibilidad sobre su gestión. La gente se sentía segura, porque le anunciaron la compra de vacunas Pfizer para 5 millones de colombianos, que empezarían a aplicarse a finales de febrero. El Procurador Carrillo soportó todas las censuras y descalificaciones cuando dijo que todo era tardío. El Gobierno defendía ardorosamente el dudoso manejo a la pandemia, explicable ante la caída de las encuestas.
A partir de ese momento, entró al ring la fecha para iniciar la vacunación. Que si febrero, que si marzo… y ya vamos en abril.
Anuncian que hay neveras acondicionadas para el almacenamiento de vacunas y suficiente personal para aplicarlas. ¡Ya casi empezamos a suministrarlas! anuncia cada perorata el Gobierno.
Como existen dudas sobre la realidad de las adquisiciones, el costo, fechas de entrega y demás arandelas, varios parlamentarios y líderes de la comunidad, han pedido explicaciones, que arrancan cólera a la Casa de Nariño. La entidad dedicada a compras y adquisiciones en épocas de emergencia, fue hábilmente sustituida por un tal Fome, que el virtual congreso complaciente y acucioso, aceptó. Los gobiernos probos dan explicaciones y justificaciones sobre el manejo de las cosas, especialmente cuando hay dinero de por medio. Pueden existir confidencialidades, pero sobre estos asuntos, no.
Entre secreto y secreto, entre fecha y fecha, entre vacuna y vacuna, han pasado alrededor de 20 días desde cuando anunciaron las compras a los laboratorios. Se calcula que en ese tiempo, 6.000 compatriotas han muerto, 300 diariamente. ¿Cuántos más moriremos mientras llegan las vacunas?
Somos el país que peor tratamiento le ha dado a este tema. Los demás hace rato están salvando vidas. Entre tanto, ni escolares, ni universitarios, ni empleados han vuelto a sus labores, mientras la reactivación está paralizada, por la “vacuna escondida”.
Por fin una idea acertada: que la medicina prepagada y los municipios puedan vacunar, el Gobierno no puede hacerlo sin ese apoyo.
BLANCO: La suspensión de las redes sociales a la mentira, asonada y sedición.
NEGRO: Al columnista Donadío, se le fueron las luces. Acusó al expresidente Barco de exterminar la UP. Qué gran equivocación: Barco fue el último demócrata que defendió esta patria de la horda de asesinos paramilitares.
Bogotá, D. C, 16 de enero de 2021
*Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper
Por José G. Hernández*- Si en algo ha insistido la jurisprudencia constitucional, tanto la colombiana como la de otros países (España, por ejemplo), son en sostener que los derechos -inclusive los fundamentales- no son absolutos. Aplicando los principios de razonabilidad y proporcionalidad, los tribunales constitucionales han sostenido que, para establecer hasta dónde llega un derecho en un caso concreto, es necesario hacer una valoración de las circunstancias y buscar un equilibrio, considerando la existencia y posible afectación de otros derechos y del interés general.
Un estatuto constitucional como el nuestro consagra de modo expreso los derechos fundamentales, que son los inherentes a la naturaleza de la persona humana y a su dignidad, y los proclama como inalienables (Art. 5). Ello significa que no pueden ser negados, excluidos, desconocidos, suprimidos o enajenados, desprotegidos, ni sometidos a discriminación. Pero tenerlos como absolutos conduciría a colisiones y enfrentamientos de tal magnitud que muchos serían sacrificados. Al final, en un total contrasentido, primaría la ley del más fuerte, en vez del Derecho y la razón. Que cada individuo pudiera llevar su propio derecho hasta donde quisiera, sin límite alguno, sin ninguna ponderación, inclusive abusando de aquél y atropellando los derechos de los demás o quebrantando el orden jurídico no generaría en el seno de la sociedad nada diferente al caos. Por paradoja, los derechos fundamentales dejarían de ser inalienables porque unos serían vulnerados por causa del ejercicio abusivo de otros. El sistema de protección de los derechos de todos no podría operar.
El reconocimiento y el ejercicio de los derechos encuentran límites -algunos de ellos en los propios textos constitucionales, otros a partir de una visión sistemática del ordenamiento y de una concepción que permita la razonable y proporcionada convivencia entre los derechos-, de manera que un criterio equilibrado sobre el alcance de los derechos no admite que, de facto, la sola invocación del propio derecho y el ejercicio absoluto e ilimitado del mismo por parte de una persona comporte la perturbación o el daño a los derechos de los demás o el comportamiento antisocial fundado en el abuso. Un principio de razonable uso de los derechos enseña que no son ilimitados y que, en una sociedad civilizada y regida por el Derecho en sentido objetivo, han de articularse dentro de un orden equilibrado que haga posible y viable el ejercicio de todos ellos.
Por eso, según el artículo 95 de nuestra Constitución, el ejercicio de los derechos y libertades en ella reconocidos implica responsabilidades; destaca que toda persona está obligada a cumplir la Constitución y las leyes, y estipula que su primer deber consiste en “respetar los derechos ajenos y no abusar de los propios”.
Por definición, el abuso del derecho o de la libertad no hace parte del derecho, ni de la libertad. Está por fuera de ellos. No está protegido por la Constitución, ni por la ley, ni por los tratados internacionales. En sí mismo, el abuso invade los derechos de otros, afecta el orden jurídico, cercena las libertades y amenaza el bien colectivo.
Así, por ejemplo -hablando de reciente polémica-, la libertad de expresión no puede ser invocada para incitar a la violencia y al delito, ni para propiciar golpes de Estado.
Bogotá, D. C, 14 de enero de 2021
*Expresidente de la Corte Constitucional
Por Víctor G. Ricardo*.- Es lamentable para los Estados Unidos, la comunidad americana y en general para la comunidad internacional lo que ha venido sucediendo en poblaciones norteamericanas, en especial en Washington, con motivo de la pérdida en las elecciones americanas del presidente Donald Trump.
La toma del Congreso de los Estados Unidos, las averías que sufrió su edificación e incluso la pérdida de vidas a raíz de la misma, es un hecho que nadie se hubiera podido imaginar que ocurriera en ese recinto tan destacado de la democracia norteamericana. Pero lo más desastroso es que esos hechos se hubieran producido como consecuencia de la instigación que horas antes hizo el Presidente Trump a sus manifestantes y seguidores.
El mal causado a los Estados Unidos y a su imagen democrática es algo que todavía no se dimensiona ya que, como dijo el expresidente George W Bush, esos hechos solo se espera que sucedan en las ‘banana republic’, como llaman en inglés a los países de débil democracia, corrupción, donde se presentan violaciones a los derechos humanos e incluso a los países que tienen supuestas democracias y realmente son dictaduras.
El electo presidente americano Joe Biden tendrá la gran responsabilidad, cuando tome posesión de su cargo este 20 de Enero, de trabajar para recuperar la imagen de Estados Unidos y sobre todo para lograr despolarizar las opiniones de su pueblo.
La posesión del presidente Biden estará marcada por un clima de tensión sin precedentes originado por el intento de Trump de impedir el cambio de gobierno que tuvo como resultado final, hasta la fecha, el asalto al Congreso del pasado 6 enero.
Así mismo se ve temor a otro exceso o ilegalidad de Trump por el cual los ciudadanos empujan a intentar destituirle cuanto antes mediante la enmienda 25 de la Constitución o mediante un nuevo ‘impeachment’, que trataría de inhabilitar a Trump para posibles cargos en el futuro, como las elecciones del 2024.
Los Demócratas no se ponen de acuerdo sobre la conveniencia del impeachment. Su inicio puede retrasar confirmaciones del equipo de Biden por parte del Senado y desviar la atención de lo realmente prioritario para la nueva administración: la lucha con el covid y el estímulo económico.
Por parte de los republicanos, crece el rechazo a Trump aunque aún hay quienes no se enfrentan a él o incluso le defienden. Se ve una necesidad de recomponer el Partido tras lo sucedido y, consecuentemente, el futuro del actual mandatario estará condicionado a lo que se decida, en estos días, sobre si dar curso al impeachment o no.
Además, la condena por parte de las grandes empresas ha sido generalizada y muchas han amenazado con suprimir sus contribuciones a quienes sigan apoyando a Trump.
Sin embargo, el respaldo a Trump sigue siendo considerable (sólo alrededor del 50% de la población condena sus actos), por lo que mantiene el apoyo de las bases y de muchos congresistas republicanos que no han condenado lo sucedido el 6 de enero, ni le responsabilizan del asalto al Congreso como tampoco de intentar boicotear la toma de posesión de Biden.
Lo que es evidente es que el clima político es de máxima tensión y la toma de posesión tendrá que contar con fuertes medidas de seguridad.
Bogotá, D. C, 14 de enero de 2021
*Excomisionado de Paz
Por Juan Camilo Restrepo*.- Una de las grandes diferencias entre un sistema monetario como el nuestro y el de los Estados Unidos es que acá quien autoriza la emisión de moneda es el Banco de la República, mientras que allá es el Congreso federal donde la emisión es más un arma política que un instrumento de política monetaria. Esto le permite a los Estados Unidos inundar literalmente al mundo de dólares que, por ser activo de reserva aceptado en todas las latitudes, se convierte en uno de los instrumentos del poder imperial más eficaces.
Sin contar el último paquete de ayudas por US$ 900.000 millones que aprobó el Congreso, se calcula que durante entre enero y noviembre del 2020 la oferta monetaria ha aumentado en Estados Unidos un 24%. Que es una suma gigantesca. No le falta razón a la revista “The Economist” al advertir que, con estos crecimientos desmesurados de la oferta de dinero, tanto en Estados Unidos como en Europa, una era inflacionaria no puede descartarse hacia adelante.
Como sucede con todos los bienes y servicios cuando la disponibilidad de alguno de ellos es extremadamente abundante su precio tiende a bajar con relación a los sucedáneos. Y eso es lo que se pronostica que sucederá con el precio del dólar: su precio bajará, o sea se devaluará en los mercados de divisas.
Una devaluación del dólar le convendría a la mayoría de los países deudores con obligaciones contraídas en la moneda americana, como lo somos nosotros, toda vez que su servicio se abaratará; y en general los productos básicos saldrán beneficiados pues se volverán más competitivos en los mercados internacionales.
Lo que sí vamos a ver en 2021 es una política fiscal sometida a grandes presiones. El Banco de la República ha venido suministrando liquidez abundante a la economía para atender las tribulaciones de la pandemia. Y es de esperar que no haya grandes cambios en este frente. La inflación está y debe seguir estando bajo control. En lo que si hay que esperar cambios es en el frente fiscal. Recordemos que al final del 2021 debe terminar, a no ser que haya nuevos cambios, la suspensión de la regla fiscal. Esto significa que de un déficit superior al 8,2% del PIB en que ahora andamos deberemos iniciar el retorno hacia un desbalance del 2,2% - 2,5% del PIB. O sea, menor endeudamiento público y reducción del gasto fiscal asociado a la pandemia.
¿Permitirá la evolución del coronavirus retornar a esa senda de ortodoxia en el año que comienza? ¿Habrá las condiciones políticas y de salud pública apropiadas para llevar a cabo esta política? ¿O se diferirá para el 2022, como ahora lo empieza a hacer cautelosamente el gobierno con la tan cacareada reforma tributaria que ya se anuncia que tendrá lugar en el 2022 y no en el 2021 como se esperaba y se había dicho?
En efecto: en entrevista que el Presidente Duque le dio a Yamid Amat se dice lo siguiente: “a finales de enero recibiremos el reporte de los expertos sobre las excepciones tributarias. Ese será un gran insumo. La profundización de la factura electrónica y la fiscalización, y lograr que más que una visión tributaria tengamos una visión fiscal y social que nos permita aumentar los ingresos y asignar más recursos a los más vulnerables para cerrar brechas. Además, esa reforma entraría en vigor para el año 2022 y sus beneficios se sentirían en términos de ingresos en el siguiente gobierno”.
En otras palabras, ya el actual gobierno le está empezando a chutar el incómodo balón fiscal al próximo. La reforma tributaria integral que se esperaba, que ahora se llama piadosamente reforma fiscal parece que no verá la luz en el 2021. ¿Quedarán satisfechas las agencias calificadoras con esta maroma de cronología tributaria? Y el tan esperado “rebote” de la economía que se proyectaba en niveles del 6,5% del PIB para el año que comienza será más modesto. Probablemente en los alrededores del 4%- 5% siempre y cuando no haya necesidad de decretar nuevos confinamientos.
En síntesis, las cabañuelas pintan así: el 2021 será un año sin gran crecimiento en la cotización del dólar, con un PIB en niveles positivos del orden del 4%-5%, con inflación controlada, y con dilaciones tributarias.
Bogotá, D. C, 12 de enero de 2021
*Abogado y Economista. Exministro de Estado.
Por Mauricio Cabrera Galvis*. - La inflación en 2020 rompió todos los récords y el Banco de la República incumplió su meta. Pero para abajo. El índice de precios al consumidor (IPC) aumentó tan solo 1,6%, que es el menor incremento registrado por el DANE desde que empezó a medir este indicador en 1955. En otras épocas hubiéramos celebrado; hoy es una noticia muy mala.
Es mala noticia porque no es el resultado de un aumento inusitado en la oferta de bienes y servicios, fruto de buenas cosechas agrícolas o de innovaciones tecnológicas que abarataran los precios. Por el contrario, la oferta agrícola ha sido escasa porque varios cultivos fueron afectados por el clima y otros factores, y por eso los precios de los alimentos crecieron mucho más (4,8%) que el IPC sin alimentos (1,03%).
Es mala noticia porque tampoco es el resultado de una política monetaria dirigida a reducir la demanda y así controlar la inflación. Por el contrario el Banco de la República utilizó todos los instrumentos a su disposición para estimular la demanda y reactivar la economía. Emitió más de $35 billones (3,5% del PIB) y bajó su tasa de interés de 4,25% a 1,75%, y los precios siguieron bajando.
Es muy mala noticia porque si la inflación bajó fue por la caída de la demanda generada por la recesión, el desempleo y la pérdida de ingresos de los hogares que mermaron su capacidad de compra, a pesar de los días sin IVA que lo único que hicieron fue desplazar las fechas de las compras. Ante la caída de las ventas, las empresas no tuvieron más remedio que bajar, o por lo menos no subir, sus precios.
Es mala noticia porque refleja el limitado uso que hizo el gobierno de la política fiscal para contrarrestar los efectos del cierre económico que produjo la pandemia. Un aumento del gasto público de menos del 2% del PIB, muy inferior al de la mayoría de los países de la región, fue claramente insuficiente para estimular la demanda ante la magnitud de la crisis.
Es mala noticia porque con una inflación tan baja, este año fue mínimo (3,5%) el aumento del salario mínimo. Como bien dice S. Kalmanovitz el propósito real de estos pichurrios aumentos no es evitar el desempleo sino “garantizar la rentabilidad del sector formal de la economía”, con el agravante de que se utilizó una cifra equivocada. En efecto, según el DANE el aumento de precios para los estratos altos fue 1,17%, mientras que para los pobres fue de 2,27%. Así, el aumento real del salario mínimo –para quienes lo reciben- fue bastante menor de lo que dice el gobierno.
No es la primera vez que hay una baja significativa de la inflación de estas características. En la gran recesión de 1999 la variación del IPC se redujo de 16,7% a 9,2%, y también fue causada por una enorme caída de la demanda, que en esa ocasión sí fue inducida en parte por la subida de tasas de interés del Banco de la República en los dos años anteriores.
La deflación o caída de los precios es hoy un problema mundial. Lo cual sí es un consuelo porque es grande el consenso sobre la necesidad de dejar la ortodoxia y utilizar todos los instrumentos de política para salir de la recesión, aunque suba un poco la inflación.
Cali 10 de enero de 2021
*Filósofo y Economista. Consultor
Por: José Félix Lafaurie Rivera *. - Los negocios no tienen corazón, como señalé hace ocho días refiriéndome a las empresas que no permitieron transmitir dos partidos por televisión abierta, partidos cuyos contagios y muertes hoy lloran Cali y Bogotá, con la complicidad negligente de sus mandatarios.
Hoy me refiero a la “mala leche” de la industria láctea frente a sus proveedores, los ganaderos, la gran mayoría campesinos minifundistas que hacen parte de la pobreza rural. Esta es, si se quiere, una “cantaleta” gremial, pero no deja de ser por ello una obligación, que se convierte en denuncia durante la pandemia, cuando el Gobierno invita a “comprar colombiano”, por solidaridad con nuestros productores y frente a la necesidad apremiante de reactivación.
Para que mis lectores entiendan esta denuncia los pongo en contexto:
Todos los 670 mil ganaderos producimos leche, pero más de 320 mil se dedican exclusivamente a este propósito. En 2020 produjimos más de 7.400 millones de litros, pero la industria acopió 3.330 millones. Es decir, ¡4.000 millones! no tuvieron “la fortuna” de ser comprados por ella y se “malvendieron” en la informalidad.
Los “afortunados”, sin embargo, no lo son tanto, porque 7 empresas compran el 50% y solo 20 el 70% del acopio formal, imponiendo precio y condiciones. Los demás compradores, algo más de 800, se benefician de la tendencia dominante del mercado.
Una primera conclusión: Con 4.000 millones de litros a su disposición, la industria no necesitaría importar.
De otra parte, los TLC con Estados Unidos y la Unión Europea establecieron cupos al comercio de lácteos con “cero arancel”, que crecen anualmente hasta el libre comercio. Por encima de ellos existe un “arancel extracupo”, que también disminuye progresivamente y que, para 2021, es de 11% para EE.UU. y 42,9% para la UE. En teoría son condiciones de doble vía, pero en realidad es poca o ninguna nuestra capacidad de venderles, sobre todo leche en polvo, a dos grandes productores mundiales.
En 2020, la industria agotó sus cupos y aprovechó el bajo arancel extracupo negociado con USA, importando 74 mil toneladas, equivalentes al 27% del acopio y a 889 millones de litros, que no fueron comprados a campesinos durante la pandemia.
La industria, que se declaró “enlechada” y terminó 2020 con inventarios de 17 mil toneladas de leche en polvo, sorda a las necesidades de los ganaderos y a las exhortaciones a “comprar colombiano”, en la primera hora de 2021 había importado, desde EE.UU., 5.226 toneladas de leche en polvo, 40% del nuevo cupo. A 5 de enero iba en 74% y, muy pronto, habrá agotado el cupo de 12.969 toneladas y usará el extracupo.
Se estima que, en 2021, importará el equivalente a 960 millones de litros, que le permitirán mantener a la baja al precio a nuestros productores, impedir su recuperación y, por el contrario, llevarlos a la ruina.
Algún día este país prohibirá distribuir leche cruda, iniciando por ciudades con más de 500.000 habitantes, lo cual inducirá la expansión de la industria y el incremento del acopio.
Algún día se fomentará el aumento de la capacidad de pulverización y almacenamiento para suplir la época de escasez y sustituir importaciones.
Algún día las compras públicas para instituciones educativas, programas sociales y FF.AA. incluirán en sus menús la leche y sus derivados.
Algún día se escuchará nuestra propuesta de un fondo tripartito (Estado-industria- ganaderos), para llevar productos de bajo costo a 31 millones de colombianos que no tienen acceso a leche higienizada en pleno siglo XXI.
¿Será que algún día la industria láctea dejará de ser “mala leche” con sus aliados naturales, los ganaderos?
Bogotá, D. C, 10 de enero de 2021
*Presidente de Fedegan
@jflafaurie
Por Mons César Balbín Tamayo* - La muerte violenta de tres fieles católicos franceses en la Basílica de Nuestra Señora de Notre Dame, en Niza, Francia, por parte de un islamista, es uno de los últimos acontecimientos conocidos de intolerancia religiosa en el país galo. Seguramente ha habido otros en otras latitudes y seguramente no sean los últimos.
Lo que llama la atención de manera especial es que el alcalde de Niza de manera inmediata ordenó el cierre de todos los templos católicos de la ciudad para evitar futuros atentados.
Con lo anterior no queda sino pensar en que no solo es la comunidad católica la que fue agredida en aquellos tres fieles, sino que fue la comunidad católica la «castigada» por el desafortunado hecho. No es que se esté pidiendo que entonces se cierren las mezquitas, pues lógicamente no podremos decir que todos los musulmanes son los culpables del hecho. No, eso no. Lo que no se comprende es por qué se revictimiza a la Iglesia en este contexto: no solo que las víctimas eran cristianos católicos, sino que se les cierran los templos.
También fue noticia que un joven de 19 años arrancó la cruz de una iglesia baptista en Londres ante la mirada indiferente de los transeúntes. ¿Este joven se hubiese atrevido a hacer lo mismo en una mezquita arrancando alguno de sus símbolos? La respuesta es no. A no ser que aquel joven tuviese sed de martirio. Como en la Iglesia se predica y se trata de vivir un espíritu de paz y de reconciliación, y no se debe acudir a ningún tipo de venganza, aquellos otros lo saben y se aprovechan de ello.
El Papa Francisco en muchas ocasiones ha llamado la atención sobre las persecuciones de los cristianos, de cualquier denominación, y en muchos lugares del mundo: en Asia, en África y en América, y de ello nadie se hace eco: ni gobiernos, ni organismos multilaterales, ni medios de comunicación. ¿Estaremos, tal vez, de frente a una de las más grandes persecuciones?.
Europa es especialmente tolerante con el islamismo. Y también estos se hacen sentir cuando los que consideran sus derechos, son conculcados; y se hacen sentir de manera violenta.
Otro es el asunto de la libertad de expresión y el respeto al sentimiento religioso de las personas. El derecho a la libertad de expresión que algunos medios de comunicación esgrimen y el derecho a no ser molestados, no puede ser solo para ellos, debe valer también para los demás, y entre lo demás no podemos dejar de lado a nadie, sea del credo que sea. Ese derecho a no ser molestados no puede ser solo para algunos pocos, y no para los demás.
Sin duda que los cristianos se están convirtiendo, en todo el mundo, en símbolos que deben ser abatidos, destruidos, borrados de la faz de la tierra.
Europa calla de manera cómplice ante los desmanes de unos pocos extremistas islámicos, calla ante el reclamo de derechos de mucho de ellos y trata de borrar todo trazo de cristianismo y también de herencia católica.
Desde ya se prevé que en unos 30 años Europa tendrá un población musulmana del 30% del total de la población y la cuestión es sencilla: mientras los europeos limitan al máximo el nacimiento de nuevos hijos, los musulmanes procrean sin medida, pues tienen claro que es la forma de hacerse a Europa, y a fe que lo están logrando. Así que en no muchos años, Europa se vestirá de Burka.
Manizales, 10 de enero de 2020
*Obispo diócesis de Caldas
Por Amylkar D. Acosta M *. - Dijo el gran estadista británico Sir Winston Churchill que “el político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene y de explicar después por qué no ha ocurrido”. De manera análoga, las pitonisas, los videntes, adivinos, astrólogos y agoreros, que por esta época de comienzos de año abundan como la verdolaga, siempre nos quedan debiendo la explicación del por qué no se cumplieron sus predicciones.
Uno de los más célebres y antiguos referentes de ellos fue el boticario francés Michel de Nôtre-Dame (1503 – 1566), más conocido como Nostradamus, a quien se le atribuían poderes paranormales que le permitían adivinar el futuro acontecer, sin recurrir para ello a la “bola de cristal” del clarividente. Se hizo célebre con la publicación de su libro Les propheties, una colección de 942 cuartetas poéticas que compendiaban sus vaticinios sobre la ocurrencia de muchos eventos hacia el futuro.
Quien si sabemos, con seguridad, que, más que predecir o profetizar, alertó sobre el advenimiento de esta terrible pandemia, que convirtió el 2020 en un Annus horribilis, fue el empresario y filántropo Bill Gates, a quien no ha faltado el desatentado que, basado en las fake news y en las teorías conspirativas, le achaque a él su propagación primero y ahora la vacuna dizque para “dominar” y manipular a la población que se la aplique.
Con cinco años de antelación, en 2015, en pleno brote del ébola, afirmó lo siguiente: “cuando yo era chico el desastre más temido era vivir una guerra nuclear…Hoy la mayor catástrofe mundial es una pandemia. Si algo va a matar a más de diez millones de personas en las próximas décadas será un virus muy infeccioso, mucho más que una guerra. No habrá misiles, sino microbios. Gran parte de esto es que se ha invertido mucho en armamentos nucleares pero se hizo muy poco en crear sistemas de salud para poder detener las epidemias. No estamos preparados”. Y fue más lejos al advertir la existencia de “un virus con el que las personas se sientan lo suficientemente bien mientras están infectadas para subirse a un avión o ir al supermercado y eso haría que se extienda por todo el mundo de manera muy rápida”. Dicho y hecho.
Ahora ha sorprendido Bill Gates al mundo con una aterradora predicción, de una nueva epidemia en un futuro mediato, pero que puede anticiparse, por fortuna según él no será tan devastadora como la COVID – 19, no tanto porque se prevea que no sea tan mortífera si no porque encontrará al mundo mejor preparado para enfrentarla gracias a los esfuerzos que ha tenido que desplegar para compatir el nuevo coronavirus. Según él su ocurrencia “podría ser dentro de 20 años, pero debemos suponer que podría ser dentro de 3 años”.
Como quedó consignado en un texto del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), publicado en enero de 1932 en su revista Technology Review, pero que sigue teniendo vigencia, “interpretar los eventos del pasado es el único método válido para predecir el futuro” desde la ciencia. Y ello se explica porque de esta manera es como se pueden establecer las tendencias, aunque no pocos eventos escapan a dicho escrutinio dado el carácter disruptivo de ellos.
Definitivamente las cábalas, las conjeturas y las especulaciones en torno a lo que nos es dable esperar hacia el futuro pierden cada vez más espacios, terreno y credibilidad, pues gracias a la Big data, a la Inteligencia artificial y a los algoritmos es cada vez más previsible lo que va a pasar. Ello me lleva a firmar que Bill Gates no saca sus pronósticos y previsiones de la manga, tampoco de su propio magin, sólo que es uno de los hombres mejor informados y gracias a su equipo con la mayor capacidad de acceder y procesar el cúmulo de información disponible.
Por su parte las cabañuelas han corrido la misma suerte del pintoresco Almanaque Bristol, de color naranja, que debe su nombre a su gestor Cyrenius Chapin Bristol, que circula en los meses de diciembre de cada año desde 1832, el cual servía de cabecera a los agricultores, pues en el se pronosticaba con gran acierto el comportamiento y el “estado del tiempo”. Sigue teniendo una gran acogida en Colombia, habida cuenta que en 2018 de 1.5 millones de ejemplares, que fue su tiraje, un millón de ellos se vendieron en nuestro país como pan caliente. Llegó a alcanzar tal celebridad que nuestro laureado con el premio Nobel de la Literatura Gabriel García Márquez en sus obras La hojarasca y El amor en los tiempos del cólera, menciona al Almanaque Bristol con nombre propio.
Pues bien, 188 años después de su nacimiento, el icónico Almanaque ha quedado sin oficio, por lo menos en lo que hace relación a la predicción del tiempo, por cuenta del Cambio y la variablidad climática, que ha llevado a que llueva en verano y tengamos verano en época invernal.
Medellín, enero 9 de 2021
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