Opinión
Por Gabriel Ortiz*. - La viudez y voracidad de los perdedores se acicateó y enardeció con la pandemia. Agitó la fiebre electoral para tratar de recuperar lo perdido.
La Registraduría tendrá que multiplicar el número de funcionarios, aunque lo prohíba la dudosa Ley que modifica la manera de realizar elecciones en Colombia, repletándola de “jugaditas” que permitan zarandear la democracia, con burdas triquiñuelas como las que quiso utilizar Tump.
Este 21 abrió el apetito de aquellos que no pudieron alanzar cargos de elección popular durante las elecciones de alcaldes, gobernadores, ediles, concejales y diputados. Los apetitosos presupuestos se les escaparon a ciertos partidos políticos y a casas y familias, que tradicionalmente viven del fisco y del erario.
Huérfanos del presupuesto y del poder, la emprendieron contra quienes los despojaron de semejante riqueza. Montaron el acostumbrado “castrochavismo”, izquierdismo y demás conjuras, conspiraciones e intrigas y montaron las fake news con las que quieren decapitar a quienes los derrotaron.
Cinco de los grandes alcaldes soportan el peso de las calumnias. Varios tienen que soportar las manipulaciones que nacen en sus concejos, para torpedear gestiones e impedir el verdadero desarrollo que requieren los municipios. Los que han denunciado la corrupción y los feudos podridos de sus antecesores, obras paralizadas, despilfarros y componendas, tienen que soportar las arremetidas de los viudos del poder y la riqueza.
Los alcaldes de todas las categorías soportan el amarre de sus detractores. Las amenazas llueven, de parte de ciertos partidos y grupos perdedores. Creyeron que arrasarían y aniquilarían, pero las votaciones dijeron otra cosa.
Los grandes: Claudia López de Bogotá, Daniel Quintero de Medellín, Iván Ospina de Cali, William Dau de Cartagena y Juan Carlos Cárdenas de Bucaramanga, son los más amenazados. A Claudia no le perdonan muchas cosas buenas que ha sacado adelante pero, lo más grave, el haber tomado unos días de vacaciones, tras difíciles meses combatiendo la pandemia. “Prohibido descansar y vacacionar”. “Todo descanso merece revocatoria”, le pronosticaron sus adversarios. De Quitero, ni hablar. Se metió nada más que con la intocable Hidroituango. Dau llamó por su nombre a “notables” cartageneros. Ospina le dio fiesta a los caleños que padecieron con paciencia el encierro. Cárdenas, el de Bucaramanga, se atrevió a liderar la liga anticorrupción. Estos son los grandes que se encuentran sub júdice, pero es interminable la lista de los más pequeños a quienes les preparan revocatorias.
Lo grave es que nadie sabe qué hacer para acabar con esas prácticas que impide alcanzar administraciones dinámicas, honradas y justas. Los gamonales son quienes tradicionalmente mandan, gobiernan y se apropian de los presupuestos. Antes y ahora, también actúan los grupos al margen de la ley conminando y amenazando a los alcaldes. Ese es nuestro país, nuestra manera de elegir y revocar.
BLANCO: Leonardo Villar: nuevo zar del emisor.
NEGRO: Pregunta: -¿a qué te suena Paz con legalidad? Respuesta: -a engaño, muerte de líderes, injusticia…
Bogotá, D. C, 8 de enero de 2021
*Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper.
Por Alfredo Benavides Castillejo*. - Ama la tierra en que naciste, es una y nada más; canta Juanes, llegando al alma con ese mensaje, porque a pesar de hacerse la vida en otros lugares, la que te vio nacer es casi como el primer beso; inolvidable, y se le debe aportar así sea inmerecida y desagradecida.
En este nuevo año 2021 la pandemia está en jaque, se podría decir que es el año de la vacuna, los esfuerzos de gobernantes estuvieron y estarán concentrados en luchar contra ella, no obstante, en Colombia es un año preelectoral: en el 2022 se elegirán congresistas y presidente, quiera Dios post pandemia. Pero los monstruos; corrupción, indiferencia, envidia, inmoralidad, desarraigo, frivolidad, banalidad, oportunismo, mediocridad y otros, siguen vivitos y coleando sobre todo en las tierritas.
Pero todo lo malo tiene algo de bueno o no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, reza uno de los refranes populares con infinita razón. La compra-venta de votos en elecciones por 50 mil pesos o más; tamales, mercado, camisetas, gorras, tejas, ladrillos u otros a veces ocasionada por pura necesidad o porque la desconfianza en los políticos es tal que resulta mejor quitarles algo antes de sufrir la desesperanza al no volverlos a ver ni por la vuelta de la esquina después de elecciones, también está en jaque, porque la pandemia golpeó a unos menos que a otros pero de alguna forma afectó universalmente, se metió en el bolsillo, la cocina, la cama, en el rancho, y esto ocasionará que el ciudadano en general pensara de dos formas; que ese voto vendido incluso le podría costar hasta la vida misma, o estará al tanto de que proviene de la corrupción, entonces recibirá pero votará a conciencia por propuestas serias, realistas y favorables.
Eso de que el batir de las alas de una mariposa puede provocar un tsunami en otro lado del mundo, resultó cierto. Ninguna tierrita está a salvo o aislada. Somos parte integral, un voto vendido puede provocar el atraso de décadas de una tierrita y su nación, los avivatos tanto vendedores como compradores de votos, la tendrán cuesta arriba.
Entonces tenemos que salvar a la tierrita, enfrentando a esos monstruos. Son a los únicos que hay que quitarles el tapabocas. Como virus vienen ciertos años con sus aliados en las tierritas devorando y burlándose sistémicamente del pueblo.
Es tal la indignación, rabia, y desconsuelo de tierritas sin agua o peor contaminadas, sin empleo y trabajos, sin viviendas ni oportunidades, que este ejército democráticamente vencerá con mínimos recursos solo con la espada de la virtud, honestidad, colaboración, cooperación, actuando con propuestas de emergencia concretas.
Apuesto que después de esta pandemia resultaremos mejores seres porque vendrán otras, tarde o temprano.
Bucaramanga, 7 de enero de 2021
Por Mauricio Cabrera Galvis*.- No recuerdo ningún año como el 2020 en que hubiéramos estado tan atentos a contar los muertos, como si ese ejercicio algo masoquista nos diera algún control sobre la parca, como si saber cuántos eran los fallecidos un día nos alimentara la esperanza de que el día siguiente serían menos.
Unos fueron los muertos del coronavirus. En el mundo, al principio se contaban por decenas, luego por cientos y pronto por miles hasta llegar a más de 1.8 millones, 235 por cada millón de habitantes de este planeta. En Colombia nos angustiamos cuando en agosto tocamos el techo de 400 muertos diarios, cifra que pronto se redujo a la mitad para volver a subir hasta unos 300 con las aglomeraciones de diciembre, completando más de 43.000 en todo el año, 850 por cada millón de colombianos.
Pero también fue la cuenta de los muertos, mejor los asesinados, por defender la paz y los derechos de desplazados y víctimas. Cada día nos enteramos del asesinato de un líder social o un ex guerrillero, y cada semana de por lo menos una masacre.
El conteo trágico llegó a 309 líderes sociales asesinados y 250 colombianos que entregaron sus armas y creyeron en el acuerdo de paz. Son mucho menos que los muertos del COVID, pero más alarmantes porque no son consecuencia del azar de la naturaleza sino de acciones premeditadas con sevicia ante la pasividad de un Estado que sigue calificándolas de hechos aislados y hace poco por controlarlas.
Estas cifras de muertos y asesinados pueden ser estadísticas frías a las que estamos acostumbrados en este país tan violento, e inclusive contraponerse a otras cifras de reducción en los muertos por accidentes viales o en homicidios por riñas, como efecto lateral del confinamiento. Hasta que como dice Ricardo Silva en su novela “Rio Muerto”, la indiferencia termina y se deja de querer “ese lugar que amaron a pesar de los cadáveres hasta que el cadáver del día fue de su familia”.
Muchas familias así lo sintieron con el COVID: una enfermedad china que mataba mucha gente pero que era lejana por lo que eran innecesarias y exageradas las medidas de confinamiento, hasta que el coronavirus tocó sus puertas y el enfermo, o el fallecido, fue un pariente o un amigo cercano de quien no pudieron ni siquiera despedirse por que lo dejaron a la puerta del hospital para recibir unos días después solo sus cenizas. Esa dolorosa experiencia nos ha marcado a muchos y nos ha vuelto más sensibles ante la necesidad del cuidado.
Desafortunadamente los cadáveres de líderes sociales y ex guerrilleros son mucho más lejanos para la gran mayoría de colombianos, sobre todo para quienes viven en las ciudades y desconocen las historias de esas víctimas, por lo que su asesinato sistemático no ha generado una masiva reacción social.
Al terminar este 2020 extraño y trágico, la esperanza es que el nuevo año podamos dejar de contar tantos muertos y reaccionemos ante los que no son inevitables; por eso mi deseo para los pacientes lectores es que podamos hacer realidad el mensaje del P. Francisco de Roux: “Que en el nuevo año caigan las mentiras y los miedos, y pongamos en marcha, desde la verdad, un futuro de esperanza, reconciliación y fraternidad en el que rescatemos la dignidad que nos merecemos como pueblo de Colombia”.
Cali, 3 de enero de 2021
*Filósofo y Economista. Consultor.
Por Amylkar D. Acosta M * . - Una de las peores y más acuciantes consecuencias de la actual crisis es el creciente número de colombianos que se está viendo ante la imposibilidad de acceder a la ingesta diaria para alimentarse. Según el más reciente estudio del DANE, en Colombia solo siete de cada 10 familias tuvieron acceso a tres comidas al día durante los últimos siete días, mientras que antes de la pandemia la cifra llegaba a 85%. Esta cifra obliga a encender todas las alertas y alarmas, porque su impacto va mucho más allá de las frías cifras, las cuales, como dice el célebre escritor mexicano Octavio Paz, se oyen “como quien oye llover. Sin oírme, oyendo lo que digo”, desdeñadas por la sordina y la invisibilización. Pero el hambre acosa a los más desvalidos y acusa la indolencia de las autoridades competentes. El silencio es ensordecedor!
Según el mismo estudio, en promedio, tres de cada diez hogares de las capitales de departamento en Colombia no pueden comer tres veces al día (¡!). Esto es una barbaridad. A consecuencia de la pandemia se cuentan por millares el número de colombianos que están soportando física hambre. Los hogares donde solo se consume una comida al día pasaron de 55.915 a 287.473. Además, 3,2 millones de familias solo están comiendo dos veces al día y a ello se viene a añadir la baja calidad de la alimentación de quienes tienen acceso a ella, la cual deja mucho que desear en los estratos más bajos de la población.
Al igual que ocurre con la pobreza, se presentan ostensibles diferencias entre unas regiones y otras, así como entre unas ciudades capitales y otras, en torno al acceso a los alimentos. Así, mientras en Bogotá el porcentaje de familias que tenían para las tres comidas diarias pasaron del 85% antes de la pandemia al 72%, en el agregado nacional 72,21 por ciento de las familias puede contar con el desayuno, el almuerzo y la comida; 24,8 por ciento consume dos comidas y 2,6 por ciento solo se alimenta una vez al día (¡!).
Cabe mencionar que, según el DANE, las seis ciudades en donde menor cantidad de hogares pueden acceder a tres comidas al día están ubicadas en la Costa Atlántica, son ellas Cartagena (35%), aparecen Barranquilla (46,3%), Sincelejo (48,8%), Santa Marta (50,7%). Antes de la cuarentena en todas estas ciudades el promedio estaba por encima del 75%, incluso en Santa Marta el nivel llegaba a 93%. Ello es algo funesto y sus secuelas serán espantosas en el mediano y largo plazo para un amplio conglomerado humano de este país que vive o mejor pervive este drama. Como la canción insignia de la movilización social en Chile el año pasado, El baile de los que sobran, nadie los echa de menos, nadie les quiso ayudar. Esto es el colmo!
El Caso de Cartagena, la Heroica, declarada por la UNESCO Patrimonio histórico y cultural de la humanidad, la del corralito de piedra, la joya de la corona del turismo en Colombia, es patético. Es, como quedó dicho, la que exhibe los peores registros. Claro está que antes de la pandemia, según la encuesta Pulso Social del DANE, publicada por la agencia Bloomberg, en promedio, el 81.6% de sus habitantes podía comer tres veces al día, un registro que lejos de ser satisfactorio mueve a la preocupación, tanto más en cuanto que no refleja la dura realidad de barrios como El pozón o Arroz barato, en donde, como en la fábula de La zorra y las uvas, éstas aunque maduras están muy altas para alcanzarlas.
La Plataforma Colombiana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo, después de analizar este dantesco cuadro de emergencia social llegó a la conclusión irrefutable de que “no hay mejor prueba que demuestre la urgencia de crear una Renta Básica de por lo menos un salario mínimo mensual que beneficiaría a 32 millones de personas en situación de pobreza y riesgo de caer una situación de indigencia, que tienen derechos constitucionales a la vida y a la alimentación”.
Y el primer paso debe ser la extensión y ampliación de las transferencias monetarias a favor de ellas, tanto las condicionadas como las no condicionadas, el próximo año. Por ello registramos con asombro y preocupación que el Fondo de Mitigación de Emergencias (FOME), creado para financiar dichos programas, quedó totalmente desfinanciado en el Presupuesto para la vigencia de 2021, al pasar de $25 billones a sólo $3.1 billones, con una reducción del 87.6% con respecto al del 2020. Así no se puede!
Medellín, enero 2 de 2021
*Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía.
www.amylkaracosta.net
Por José Félix Lafaurie Rivera * . - No me refiero a los “cero muertos” del absurdo parte de éxito de la alcaldesa después del partido en Bogotá, en el que exclama satisfecha: “La final más pacífica desde hace años, lo logramos”, sino a los muertos que vendrán, quién lo duda, camuflados en la imposible trazabilidad de las redes de contagio.
Basta escuchar el clamor de médicos y especialistas epidemiólogos, para asegurar que esos jolgorios sin control alguno, con familias con niños, consumo de licor, quema de pólvora y la expansión invisible de saliva a borbotones, a través de vuvuzelas y gritos exaltados, tendrá, irremediablemente, su costo en contagios y en vidas.
Después de lo sucedido en Cali con el “partido de ida”, las principales asociaciones médicas advirtieron lo que vendría con el “de vuelta” en Bogotá y, con toda la autoridad moral y científica, exigieron medidas para evitarlo. Las medidas fueron atropelladas e insuficientes y lo que tenía que pasar, pasó.
Suspender el servicio de Transmilenio fue un atropello contra los bogotanos que necesitaban movilizarse, la ley seca fue burlada por los fanáticos ante las cámaras y el toque de queda de media noche —en Cali fue desde las 9:00 p.m.— fue un chiste que permitió el desenfreno.
Las explicaciones de la Alcaldesa rayaron en el absurdo y la falta de sentido de realidad: “Más que las aglomeraciones, queremos que la celebración sea pacífica”, anunció antes del partido. Y claro, no solo toleró las aglomeraciones sino que las organizó; se puso de acuerdo con las barras para que “en vez de que estuvieran dispersos en celebraciones difíciles de controlar, tuvieran dos puntos”, o sea, dos grandes aglomeraciones; todo lo contrario a lo que establecen las normas sobre distanciamiento y el sentido común.
Se equivocó, porque el asunto no era de riesgo de violencia sino de contagio y muerte; y porque, además de las normas dictadas por la pandemia, el Código de Policía prohíbe las fiestas en el espacio público, y lo que vimos fue dos grandes fiestas, mientras la Policía, simplemente…, miraba.
Después del partido se atrevió a afirmar que “5.000 personas —ese es su cálculo— es una mínima parte de lo que hay en un centro comercial todos los días, así como tampoco hemos cerrado los centros comerciales, tampoco íbamos a impedir que hubiera celebración organizada”. Lo de “celebración organizada” es otro chiste, como el de comparar el flujo ordenado a un centro comercial, con ¡5.000 personas! gritando, bebiendo y abrazándose sin tapabocas siquiera.
Me produjo indignación ese espectáculo grotesco, sobre todo porque, días atrás, la misma alcaldesa no les permitió a los paperos de Cundinamarca y Boyacá vender su producto en las calles de la ciudad, que ni iban a ser 5.000 ni iban a generar semejante desorden.
Pero hubo más culpas: la mezquindad del negocio impidió que los partidos fueran vistos por televisión abierta, como pidió el alcalde de Cali, limitando ese privilegio a los suscriptores de un canal cerrado de propiedad del grupo RCN y DirecTV, del que también es socia la Dimayor. No estaban obligados a nada, pero hay algo que se llama “responsabilidad social empresarial”.
Al final, la alcaldesa, como siempre, le echó la culpa al Gobierno Nacional, escurriéndole el bulto a sus responsabilidades como Jefe de Policía y, sobre todo, con la salud y la vida de los bogotanos. Al final, Cali y Bogotá llorarán los anónimos muertos del futbol.
Nota bene. Comienza otro año difícil, pero con la esperanza de la vacuna, la recuperación y el fin del aislamiento. Recibámoslo con los cuidados que protegen y el optimismo que construye.
Bogotá, D. C, 1 de enero de 2021
*Presidente de FEDEGAN
@jflafaurie
Por Gabriel Ortiz* .- Cuando agoniza el 2020, ventarrones de recuerdos nos refrescan las narraciones de los refugiados europeos que llegaron en los años 40 del anterior centenario, sobre las atrocidades de la funesta segunda guerra mundial. Era difícil entender, en ese entonces, cómo la humanidad podría resistir algo tan tenebroso. Y por esas pasamos. Durante más de 60 años nos acostumbramos al crimen el despojo y la sangre, hasta alcanzar una difamada y denigrada tregua que solo cumple 4 años. Esa pausa atormenta a los “caballeros de la guerra” que quieren y acarician el conflicto, como a niña bonita.
Nuestra paz es un escollo, un riesgo y un tropiezo para ciertos intereses. Se le cambia el nombre, se buscan ilegalidades inexistentes, es objeto de montajes publicitarios para falsear sus acciones de convivencia, coexistencia y justicia.
Hay mentes a las que ni siquiera la adversidad, la tragedia y el desastre logran enseñarles y prevenirlos sobre los caminos a los que conducen las tragedias que fanáticamente buscan.
El 2020, con la improvisación, terquedad y tenacidad que nos caracteriza, empezó suavemente a posarse en nuestro territorio y luego lo arrollo. Muy pocos vieron lo que venía. Actuaron tardíamente.
Ingresamos extemporáneamente a controlar los vuelos internacionales. Ya era febrero del 20 cuando una turista italiana ingresó con el covid-19. Fue entonces cuando asesores del Presidente le diseñaron una estrategia para enfrentar la pandemia, poniendo de escudo un espacio diario de una hora por televisión.
Con frascos de alcohol, un rosario y otras entretenciones adornaron el set. El propio Jefe de Estado da instrucciones y consejos contra covid.
La ciudadanía atendió y colaboró con las prevenciones. Los tapabocas y el lavado de manos surtieron efecto primario, porque la cosa se desbordaba por momentos. Al presidente se le ocurrió sacar a la gente a las calles en un arranque populista, para liberar a los encerrados. Ordenó un día sin IVA el 19 de junio, que irritó al virus.
Los altibajos de los picos fueron aprovechados por Duque para publicitar su gestión y aplicar medidas –muchas de ellas inconstitucionales- para reactivar la economía, crear empleo y devolución del IVA. Expidió más de 200 dudosas normas que el dócil congreso virtualmente aprobaba, estimulado con la mermelada de un aturdidor incremento de sueldo.
Duque defiende su acción contra el covid-19 y asegura que “fue acertado todo el proceso de análisis técnico y operacional para la adquisición de vacunas”. ¿Será eso cierto, cuando debemos esperar hasta febrero para vacunarnos? Argentina, Méjico, Costa Rica, Brasil y otros de nuestro continente, están vacunando a sus ciudadanos. ¿Por qué hasta febrero, cuando ya millares de colombianos habrán fallecido por falta de vacuna? El Invima, solo aprobó la vacuna el penúltimo día del 2020.
¿Por qué hasta febrero empezarán a vacunarnos?
BLANCO: Que llegue a Colombia un año para recordar.
NEGRO: Con el irrisorio aumento del salario mínimo del 3.5%, no habrá reactivación. Solo pobreza y hambruna.
Bogotá, D. E, diciembre 31 de 2020
* Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y de Notisuper.
Por José Félix Lafaurie Rivera*.- Cuando esta columna llegue a sus lectores ya habrá pasado la noche de Navidad y estaremos en los últimos días del año, propicios para el balance objetivo y los propósitos realistas.
Durante lo más difícil de la pandemia, los ganaderos cumplimos. Al mes de octubre, habíamos producido más de 600.000 toneladas de carne y de 5.600 millones de litros de leche; y exportado cerca de 26.000 toneladas de carne y 214.000 animales, por más de 200 millones de dólares.
Luego de recuperar el estatus de país libre de fiebre aftosa, y bajo estrictos protocolos de bioseguridad, realizamos dos ciclos de vacunación contra aftosa y brucelosis en todo el territorio rural, en la que, sin duda, es la campaña sanitaria de mayor consistencia y complejidad operativa que una entidad de salud, humana o animal, pública o privada, haya realizado en el país. Durante 2020 aplicamos cerca de ¡60 millones de dosis!
Con gran éxito de convocatoria a través del Canal TVAgro y nuestras redes sociales, realizamos el “38º Congreso Nacional de Ganaderos – Una Ganadería para el Cambio”, con la participación del presidente de la República, de ministros y funcionarios de primer nivel y de prestigiosos conferencistas nacionales e internacionales.
Muchas otras cosas hicimos, porque la ganadería y FEDEGÁN no se detuvieron durante 2020, pero quiero resaltar el logro de recuperar la certificación de calidad ISO 9001/2015 para los procesos y procedimientos del Fondo Nacional del Ganado, perdida por una administración irresponsable entre 2016 y 2018, como resultado de la persecución del gobierno Santos contra FEDEGÁN.
En 2021 continuaremos por ese sendero de calidad como garantía para los ganaderos; en 2021 la salud, el bienestar animal y la preservación de estatus sanitario recuperado seguirán siendo una prioridad. Para 2021 fortaleceremos los programas de asistencia técnica, que también habían sido suspendidos, y avanzaremos en el esfuerzo exportador, llegando a los mercados de China e Indonesia, fundamentales para alcanzar y superar la meta de 500 millones de dólares en 2022.
Sin embargo, la gran prioridad para los años venideros será mantener el liderazgo en el cambio hacia una ganadería moderna y competitiva, pero también sostenible, no tanto para desvirtuar narrativas y estigmatizaciones malintencionadas, sino como fruto de una convicción sobre el papel de la ganadería frente a la preservación de la naturaleza.
Esos son los propósitos más importantes que podemos alcanzar, de la mano con el Gobierno Nacional; pero no sobran los deseos: Para 2021 deseo que quienes no aceptaron la invitación del presidente de unirnos para construir un futuro compartido, abandonen la polarización destructiva y, sin entregar sus convicciones, se sumen con generosidad patriótica a la superación de la pandemia y la recuperación del país.
Para 2021 deseo que la justicia recupere su dignidad y se ponga de lado del interés general; que apoye con decisión la lucha contra el narcotráfico que siembra la violencia en los campos, y contra el microtráfico que hace lo propio en las ciudades.
Para 2021 deseo que, en un ambiente de seguridad, el campo y la producción agropecuaria, que han sido protagonistas durante la pandemia, reciban el apoyo que necesitan y merecen para convertirse en uno de los motores de la economía.
Para 2021 deseo que, de cara al proceso electoral, el país no se deje embolatar con el canto de sirena de propuestas populistas que esconden la maldición del socialismo que ha destruido el vecindario y tiene sus ojos puestos en Colombia.
Para 2021, queridos lectores, mis deseos de salud, paz y tranquilidad en sus familias, y un año lleno de esperanza y bienestar.
Bogotá, D. C, 27 de diciembre de 2020
*Presidente de FEDEGAN
@jflafaurie
Por Juan Camilo Restrepo*.- Me pareció extremadamente desatinado el anuncio del presidente Duque de que la vacuna contra el coronavirus no se suministrará a los venezolanos que no estén regularizados en Colombia o que no cuenten con doble nacionalidad. Es una declaración que revela una inmensa improvisación.
La literatura siempre ha señalado la omisión de vacunación frente a las enfermedades infecciosas como el caso típico de “externalidades negativas”, es decir, aquellas circunstancias en las no actuar de manera generalizada acarrean efectos negativos sobre el conjunto de la población. Por eso las campañas de vacunación contra las enfermedades infecciosas suelen ser siempre universales. Porque dejar de vacunar a algunos puede traer efectos negativos por el efecto contagio sobre muchos.
Y esto es justamente lo que podría suceder con el atolondrado anuncio presidencial. Se calcula que en Colombia puede haber 1.700.000 venezolanos. La mayoría de ellos sin doble nacionalidad y sin tener una situación regularizada en nuestro país. ¿Entonces qué? ¿No se les va a vacunar? La inmensa mayoría de ellos están viviendo en situaciones precarias, muchos han tenido que convertirse en habitantes de calle. Entonces al no vacunarlos (y tratándose de una enfermedad altamente infecciosa como es el coronavirus) su infección expondría al resto de la población colombiana a un vector de transmisión de inmensas proporciones. El caso típico de externalidad negativa.
Nos guste o no, los venezolanos -lo mismo que todos los habitantes de calle- deberán recibir no solo la vacuna. Su condición de vida precaria los hace especialmente vulnerables a infectarse y a infectar a los demás.
Este tipo de anuncios sobre salubridad pública y uso de las vacunas, como el que hizo el presidente Duque a la cadena Blu Radio, no dejan de tener un inconsciente tinte de xenofóbico y en todo caso de asombrosa improvisación.
¿Se imaginan ustedes lo que sucedería si el régimen de Maduro en retaliación a estas declaraciones presidenciales dijera (y cualquier cosa se puede esperar de Maduro) que la vacuna no se suministrará en Venezuela a aquellos de origen colombiano?
Es muy peligroso jugar abierta o veladamente en estos asuntos de salud pública a la política. Hago algunas preguntas adicionales para demostrar lo improvisado de estas declaraciones:
¿Sabe el Estado colombiano cuántos y quienes del millón setecientos mil venezolanos que han encontrado abrigo en nuestra patria no tienen doble nacionalidad o no tienen regularizada su situación? Y si no lo sabe ¿cómo va a distinguir entre los que califican para la vacuna y los que no en virtud del ukase presidencial?
¿Van a ir las autoridades municipales o de salud pública, lista en mano, a pasar revista a los habitantes de calle cuando llegue el turno de la vacunación masiva a ver cuáles son los venezolanos irregulares o que no tienen la doble nacionalidad para negarles la vacuna? Esta sola hipótesis muestra lo descabellado del anuncio presidencial.
Si: es una verdadera tragedia para Colombia esta inmensa cantidad de venezolanos que huyendo a la dictadura del régimen de Maduro y de las carencias de todo orden que en el vecino país se viven han tenido que buscar refugio en nuestra patria. Pero no es negándole a la mayoría de ellos la esperada vacuna como vamos a resolver este grave problema. Por el contrario: lo que haríamos es agravarlo.
PD: La operación de distribuir y aplicar eficientemente la vacuna en las cinco fases que el Gobierno ha anunciado, a partir del mes de febrero del año entrante, es, desde el punto de vista logístico, el mayor reto que tiene Colombia entre manos. Ojalá las cosas salgan bien. Es algo tan complejo administrativamente que requerirá muchos menos anuncios y mucha más gerencia y coordinación.
Bogotá, D. C, 27 de diciembre de 2020
*Abogado y Economista. Exministro de Estado.
Por: Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez* - María y José, asombrados por el anuncio del Ángel de que serían padres del Hijo de Dios, del Salvador, obedecen el edicto de César Augusto y dirigieron sus pasos a Belén de Judá para realizar el censo. De seguro que fue un camino lleno de incertidumbres, de preguntas, de noches sin días, pues María estaba en embarazo… Al final, una noche se iluminaría con el resplandor de las estrellas, pero sobre todo, por el nacimiento de Jesús, que reposará en un pesebre.
Todos estamos llamados a hacer el camino hacia el encuentro con el Salvador. Así lo hicieron María y José para acogerlo y presentarlo a la humanidad, representada en los pastores y los reyes magos, que también hicieron el camino con la incertidumbre de lo que habrían de encontrar.
Todos estamos llamados a hacer en el mundo el camino de la esperanza. En el contexto de pandemia en el que nos toca vivir el nacimiento del Hijo de Dios, tratemos de aprovechar cada uno de estos momentos pasando de la incertidumbre a la esperanza.
María y José, con temor, buscaban dónde alojarse en Belén, y encontraron el mejor lugar que podrían haber imaginado… “Y María le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue” (Lc. 2, 7). Los pastores “fueron a toda prisa y encontraron a María y a José y al niño acostado en un pesebre … y se volvieron glorificando y alabando a Dios (Lc. 2, 16). Y los Reyes preguntaban ansiosos a Herodes “dónde está el rey de los judíos que ha nacido, pues hemos venido a adorarlo” (Mt. 2, 2).
Para todos la noche oscura les condujo al encuentro de la Luz. ¿Acaso ese no ha de ser el camino que estamos llamados a experimentar en la noche de la pandemia del COVID 19, de las masacres, del desempleo creciente, del hambre, de los desplazamientos, de los asesinatos de líderes, de los desastres de la naturaleza?
Nuestro llamado es simple: que todos los hombres y mujeres de buena voluntad acojan el mensaje de los ángeles en la noche de navidad: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc. 2, 14).
Es la paz que debemos seguir buscando y construyendo a través de la fraternidad y amistad universales; de la solidaridad, especialmente con los más necesitados; de la creatividad para superar de la mejor manera la coyuntura social que atravesamos; del regreso a Dios, de manera que con su ayuda podamos perseverar en el camino de la reconciliación, el desarrollo y el amor mutuos.
No podemos negar que las incertidumbres, sobre todo entorno del COVID 19 y la esperada vacuna, marcan mucho de nuestro devenir. Los invito a dirigir la mirada a las demás realidades que nos circundan. No todo es COVID. No todo es noche ni desolación. Movidos por la esperanza, recuperemos todo lo que de bueno, de sano, de noble, de puro, hay en el corazón de cada uno. Eso, con la fe en quien todo lo puede, serán los ingredientes que requerimos para dar inicio al año 2021, el cual deberá ser vivido mejor, aprendiendo las enseñanzas que nos deja el 2020.
Como Obispo auxiliar, que tuve la enorme responsabilidad de acompañarlos en este difícil año que termina, quiero decirles gracias. Gracias a los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos en general por su trabajo y testimonio de fe. Gracias a nuestros gobernantes. Gracias a todos los que en el sector de la salud dieron lo mejor de sí. Gracias a todos lo que hicieron gala de solidaridad y servicio sin límites. Gracias a todos los que en medio de la pandemia, acompañaron a la Iglesia y a sus sacerdotes con su oración y ayudas. Gracias por la manera tan resiliente como en la mayoría de los casos, supieron hacer frente a estos meses de confinamiento y restricciones. La noche lleva a la luz. No pierdan la esperanza.
Hacemos oración por los que han padecido y padecen la enfermedad del COVID - 19. Elevamos al Padre de la misericordia nuestra plegaria de sufragio por las almas de los difuntos del COVID y demás causas. Oramos para que el Señor nos conceda la gracia de un nuevo año en el que la paz y la fraternidad sean su distintivo.
A todos los bendigo con afecto y gratitud.
¡Feliz Navidad y próspero año 2021!
Bogotá, 27 de diciembre de 2020
*Obispo Auxiliar de Cali
Por Amylkar D. Acosta M*.- “Quienes sufren en una crisis son quienes no jugaron ningún rol en crearla” Stiglitz.
Mientras el mundillo de la pequeña política se agita y se dan los primeros escarceos de la contienda electoral de cara a las elecciones al Congreso y a la Presidencia de la República, el país se debate entre el anunciado rebote del crecimiento de la economía por parte del Ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla y el rebrote de los contagios y víctimas fatales del COVID – 19, según lo informa el Ministro de Salud Fernando Ruiz.
En momentos en los que cunde la desazón, el desconcierto y la incertidumbre a consecuencia de la crisis pandémica, el Director del DANE Juan Daniel Oviedo le ha revelado al país unas cifras verdaderamente aterradoras, espeluznantes, que delatan la preexistencia a la misma de la pandemia de la pobreza y la desigualdad en Colombia, taras estas que se han visto exacerbadas este año, aciago para nuestro país. Ello es tanto más preocupante, habida cuenta que es la población vulnerada y vulnerable la que está llevando la peor parte de esta debacle.
Como es bien sabido, desde el año 2012 venía disminuyendo el índice de pobreza monetaria en Colombia, hasta que tocó fondo en el 2018 cuando alcanzó el 34.7%. A partir del 2019 se revirtió dicha tendencia, registrando el 35.7%, 1 punto porcentual más elevado con respecto al año anterior. Según el DANE, en el 2019 661.899 personas cayeron en la trampa de la pobreza, para completar los 17´470.000. Vamos de mal en peor. Pero estamos hablando del promedio nacional, en el cual se confunde el valle con la colina, ya que al escarmenar y aterrizar las cifras en los territorios se ponen de manifiesto unas aberrantes desigualdades, las que se denominan eufemísticamente “brechas”.
En efecto, en contraste con el promedio nacional, el mismo índice de pobreza monetaria en el Chocó en la región Pacífica, también promediando la cifra, pasó del 61.1% al 68.4% (¡!) y el de La guajira en la región Caribe del 53.7% al 61.8% (¡!). Según el DANE, en cuanto al índice de pobreza extrema, el promedio nacional pasó del 7.2% al 9.6%, 2.4 puntos porcentuales más, lo cual se tradujo en que un número de 728.955 personas pasaron de la pobreza a la indigencia, para un consolidado de 3.500.000 (¡!). Por su parte los departamentos de Chocó y La guajira registraron el 36.8% (¡!) y 33.5% (¡!), respectivamente, superando el 34.5% y el 26.7%, en su orden, del año 2018, en pobreza extrema. Y no hay que perder de vista que cuando hablamos de la pobreza, sabemos que esta se caracteriza porque la persona no tiene cómo valerse por si misma para que sea llevadera su congrua subsistencia.
Esta tendencia, aberrante por lo demás, de empeoramiento de la condición social de la abrumadora mayoría de los colombianos, especialmente en las regiones más deprimidas y vulnerables, se está viendo acentuada debido a los estragos sociales de la crisis pandémica. Ésta está repercutiendo en la pérdida de empleo e ingresos, lo cual va a conducir a que, según el investigador de FEDESARROLLO Jairo Núñez, “la pobreza en Colombia va a alcanzar un nivel de entre 47% y 49%”. Dicho de otra manera, 6 millones de personas que habían salido de la pobreza volverán a ella, esta vez por cuenta del COVID – 19. De manera que, muy seguramente, al cierre de este año no estaremos mejor que cuando estuvimos peor!
Hemos pasado de la prevención del contagio de la pandemia a la contención de la misma y últimamente a su mitigación, a la espera de la vacuna, la cual nos permite columbrar la luz al final del túnel. Esta emergencia copa toda la atención de los medios y de las autoridades, pero hay otra realidad subyacente y lacerante que viene de atrás, que no se le puede atribuir a la pandemia, como son estas execrables lacras de la pobreza, la desigualdad y el hambre.
Frente a estas ha faltado una política social de prevención, de contención y de mitigación y lo que es peor los distintos gobiernos se han rehusado a aplicar la única vacuna eficaz y segura para combatirlas que es la política de protección, inclusión y cohesión social. De nada sirve que se incluya entre las metas de todos los planes de desarrollo la reducción de la inequidad, si las mismas no se concretan en acciones efectivas y eficaces para lograrlo. Es consabido que las palabras que no van seguidas de los hechos son asesinas de los ideales!
Medellín, diciembre 26 de 2020
*Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía.
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