Opinión
Por José Félix Lafaurie Rivera*.- Nos duelen todos los muertos de la pandemia, aunque la muerte es anónima y nos es indiferente cuando no está cerca, pero es dolorosísima cuando se nos arrima, cuando se viste de nombre conocido; el de un familiar, el de un compañero de viaje…, el de un amigo.
Se acaba de llevar a Alejandro Galvis Ramírez, un ser humano con mayúsculas, un ganadero con mayúsculas, un periodista con mayúsculas; un inmenso santandereano y un colombiano de esos que no se deberían ir porque hay muy pocos. Un gigante, sí, no solo por su estatura, sino por su talla moral, su “talante”, por su espíritu visionario y su capacidad para “emprender”, para construir, para convertir sus visiones en realidades contundentes.
En plan ganadero recorrimos mucho mundo, observando, aprendiendo, asimilando, porque Alejandro era, literalmente, una esponja que recogía conocimientos, experiencias y nuevas tecnologías, para trasplantarlas en su hacienda El Madrigal, en la Mesa de los Santos, un erial convertido en edén, un ejemplo de la sostenibilidad que hoy pregonamos, levantado por Alejandro con disciplina, con rigor técnico y, sobre todo, con pasión por la ganadería.
En esas Giras Técnicas Internacionales de Fedegán, en amenas charlas compartimos en muchas ocasiones el horizonte visionario de las grandes posibilidades de la ganadería para Colombia, país pródigo en riquezas y hambriento de oportunidades. Lo entusiasmaban las fortalezas de la lechería nacional; lo angustiaba que los gobiernos no parecían verlas, y lo indignaba la miopía dominante de la industria contra quien, por el contrario, debería ser su aliado estratégico: el ganadero. Esa fue su lucha de los últimos años, como representante de los productores de leche en la Junta Directiva del Fondo Nacional del Ganado.
Si la ganadería le debe mucho a Alejandro Galvis, el periodismo no le debe menos. Digno hijo de su padre, el patriarca Alejandro Galvis Galvis, gobernador, ministro, embajador y fundador de Vanguardia Liberal –su gran legado–, cuando hacer periodismo era difícil y periodismo regional quijotesco, al punto de que –me contaba Alejandro hijo– le tocaba ayudar a los gastos con su dieta parlamentaria.
Alejandro recibió ese testigo del emprendimiento periodístico de su padre y lo llevó, meta tras meta, hasta convertirlo no solo en paradigma del periodismo regional y orgullo de la “santandereaneidad”, sino en un consolidado grupo empresarial de medios.
Estas últimas letras las reservo para el amigo. “Ajá, viejo Pepé”, era siempre su saludo. Él, santandereano hasta el tuétano, no reparaba en regalarme ese saludo costeño con la generosidad que era otra de sus improntas. Él, ganadero de excelencia y poderoso empresario de medios, sabía de profesionalismo y verticalidad en sus convicciones, pero no de arrogancia. Alejandro inspiraba respeto porque era respetuoso; su amabilidad y sencillez eran casi inesperadas y, por eso, se le daban fácil el consejo oportuno, el ánimo conciliador y la actitud asertiva, que le permitían avanzar sin entregar sus principios.
Como muchos santandereanos, Alejandro gustaba del vallenato, algo en lo que éramos “primos”. Varias veces me acompañó al “Cuna de Acordeones” en Villanueva, y en sus cumpleaños no faltaban el médico Meneses, compositor del Binomio de Oro, el maestro Adolfo Pacheco y otras figuras vallenatas. ¡Ah parrandas aquellas!, de música compartida, de aguardiente Superior, de alegría sin excesos, de hospitalidad sin artificio..., de sentirse como en casa.
La ganadería y Fedegán perdieron uno de sus bastiones regionales; el periodismo a uno de los últimos “grandes”; Santander a uno de sus mejores santandereanos…, Yo perdí un amigo; el país perdió a un gigante. Consuelo a su familia y paz en su tumba.
Bogotá, D. C, 23 de enero de 2021
*Presidente de FEDEGAN.
@jflafaurie
Por Gabriel Ortiz*.- Mientras en los Estados Unidos se conforma y se posesiona un nuevo gobierno elegido democráticamente, con pesos y contrapesos y un Congreso equilibrado, nosotros avanzamos hacia la hegemonía.
Biden llegó a la Casa Blanca con una halagüeña propuesta de unidad que haga germinar las semillas de la convivencia, para rescatar la democracia más fuerte del mundo. Un magnate trató de imponer allí una funesta dictadura de extrema derecha. El Congreso estuvo en vilo y la vida de los parlamentarios seriamente amenazada.
Los demócratas lograron frenar el apetito del poder y del desastre que quiso imponer Donald Trump. Los aguaceros de embustes, falsas noticias, engaños y patrañas, fueron su arma mortal durante 4 años. Quiso embolsarse todos los poderes, como es el férvido propósito de gobernantes de repúblicas bananeras.
El hoy huésped de “Mar a Lago” perdió las elecciones. Ni los votos directos, ni los electorales le alcanzaron. Pero su arrogancia le impedía admitir la derrota. Armó un zafarrancho que el mundo entero repudió. Cada día denunciaba fraude, sin prueba alguna, mientras crecía estruendosamente la ventaja de Biden. Los “trumpistas” norteamericanos y los colombianos, que intervinieron con los mismos argumentos tramposos que esgrimieron en nuestras últimas elecciones, lloran su derrota.
En Estados Unidos, por fortuna, lograron nivelar la barca, realizando conteos y reconteos que al final permitieron, en franca lid, elegir al verdadero ganador. Un hombre que no elude la división de los poderes ni teme a los contrapesos que garantizan gobiernos dignos e incorruptos.
Lo que sucede en el norte nos pone a pensar en esas palabras del exvicepresidente Pence, al que Trump quiso obligar a mentir para falsear los resultados electorales. Fue claro y categórico, al señalar que los “fundadores de la patria norteamericana, repudiaron siempre la concentración de poderes”.
En nuestro medio, el Presidente Duque ha adoptado un tono arrogante y camorrista cuando las cosas no le salen. Así se comportó cuando posesionaba la nueva Procuradora, al referirse al ex Fernando Carrillo, por haber tenido el valor de criticar la tardanza de nuestro país en la compra de las vacunas. Lo acusó de “buscar halagos o aplausos ocasionales, tratando de moverse cual veleta y no con el camino recto”. Hubo otras descalificaciones. Entre tanto, la nueva procuradora, se comprometió a todo con “su presidente” que la posesionaba. Solo hablaba de “nuestro gobierno”, cuando se refería al de Duque. Con esa expresión quedó depositada la concentración de todas las entidades encargadas del control del Estado, en las manos del Presidente Duque. Todos en el mismo redil. El Fiscal, El Contralor, la Secretaría de Transparencia y ahora la Procuradora son de “nuestro gobierno”. Por eso todos elogian el manejo a la pandemia y plan de vacunación que nadie sabe cuándo empezará, ni a quienes beneficiará, mientras millares de colombianos mueren y el país se arruina.
BLANCO: La ausencia de Trump en la posesión de Biden.
NEGRO: Increíble impedir las tutelas para defenderse del mal manejo de las vacunas.
Bogotá, D. C, 23 de enero de 2021
*Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y de Notisuper
Por Óscar Villamizar Meneses*.- La crisis del sector agropecuario en Colombia no es un tema que viene de hace poco; este sector vive una crisis permanente debido a los altos precios de insumos agrícolas, la falta de acceso a créditos y la importación de productos agropecuarios, entre otras razones. Los campesinos necesitan una solución ¡YA!
Ver a los campesinos a la orilla de las carreteras nacionales vendiendo sus productos es una escena nefasta que alertó a todo un país frente a la crisis que vive el sector agro, atender esta crisis es fundamental para encontrar una pronta solución.
El 90,4% de los productores manifiestan no recibir asistencia técnica, y debido a esto, utilizan más de 744 kilos de fertilizante por hectárea, mientras que en Chile y Brasil no se usan más de 200 kilos; esto incrementa los costos de producción agrícola.[1]
Seguido de esto, solo el 16,7% de los productores agrícolas cuentan con maquinaría lo cual no permite una producción eficaz ni mejorar las técnicas de cultivo. Además, de las 7,6 millones de hectáreas que son aptas para riego, solo 1,1 millones de hectáreas está en condiciones adecuadas, lo que significa que nuestros campesinos no cuentan con infraestructura.[2]
Y lo que aún es más preocupante es que en agosto del 2020, cuando la crisis del sector agrícola se ve agudizada por la Pandemia, el precio de los insumos agrícolas sube en un 48%.[3] Haciendo estos productos inasequibles para los campesinos.
El sector agropecuario necesita una reestructuración en términos de asistencia técnica, provisión de maquinaria, acceso a infraestructura, regulación de los precios de insumos agrícolas, mejoramiento de vías terciarias y facilitar el acceso a créditos, así como refinanciar las deudas de pequeños productores y disminuir el interés de las mismas.
Por eso, propuse una Comisión Accidental para que se conforme una mesa de trabajo con el Ministerio de Agricultura y Representantes a la Cámara para encontrar una solución a la crisis que vive nuestro campo colombiano.
El sector agro es fundamental para la economía de nuestro país, para disminuir la pobreza y lograr la seguridad alimentaria; no podemos esperar más para crear garantías a los productores y campesinos de nuestro país, ¡es ahora!
Bucaramanga
*Representante a la Cámara por Santander
Por Paloma Valencia*.- La “tecnología” mediante la cual las sociedades construyen las “verdades” se ha ido desvaneciendo. Esa diferencia clara entre los “hechos” y las “opiniones” se ha ido borrando. Hoy cualquiera se siente con los recursos suficientes para desafiar un resultado de una investigación técnicamente bien hecha. Hoy cualquiera sostiene que es verdadera su opinión, e incluso tacha de mentiroso a quien lo contradiga, pese a no tener un sustento sólido para respaldarse. A continuación examino lo que ha ocurrido con nuestra capacidad colectiva para establecer verdades científicas o verdades argumentativas.
Las verdades científicas se sustentaban en la confianza colectiva en lo que hacían los investigadores, es decir, en el método científico, en la revisión de pares y en las prácticas de difusión de los hallazgos. No porque cada quien entendiera a fondo estos tres componentes, sino simplemente porque confiaba en “la ciencia” como un todo. Dos ejemplos dramáticos de la pérdida de credibilidad de la ciencia en partes de la población son las crecientes teorías conspirativas sobre los propósitos de las vacunas, y la negación del cambio climático.
Las verdades argumentativas surgían naturalmente de los debates. Era claro cuando un argumento era más fuerte que otro. Hoy nadie escucha los argumentos que desafían sus ideas, busca, simplemente, desacreditar al portador para sentirse tranquilo al desoírlo. Nadie acepta la superioridad de un argumento.
Las motivaciones de los otros se inferían por sus acciones. Hoy en cambio, se establecen según si comparten o no mi visión del mundo. Se clasifican los otros como malos o indeseables porque contradicen mis propias opiniones. Es claro que las redes sociales y la polarización política mucho tienen que ver en esta nueva configuración de la verdad.
La polarización llevó a que se acrecentaran las dificultades de empatía con los otros. Los individuos se han venido haciendo cada vez más tribales e intolerantes con las ideas disímiles. Ver al otro tal y como es, aceptarlo y respetarlo, hacer de él la mejor lectura posible parece imposible. Nos parece más fácil convertirlo en caricatura y poder desconocerlo. Como no se empatiza, se juzga al otro como diferente e indeseable, y en consecuencia se rechazan sus argumentos, aun sin oírlos, se desconfía de sus intenciones y se presupone mala fe o mala voluntad.
Las redes sociales permiten que esa percepción del otro, el juicio sobre sus argumentos, la desconfianza sobre sus motivaciones se transmita rápidamente. La polarización crea múltiples verdades y las redes sociales las contagian. En muchos sentidos, estamos frente a un virus de “múltiples verdades” (que por múltiples, son falsas) que tiene una rápida velocidad de contagio por las redes sociales. Es una pandemia.
No nos gusta la incomodidad de sentirnos equivocados, ni convivimos bien con asuntos que puedan estar en duda. Es una sociedad emotiva, movida por sentimientos o intuiciones más que por la razón, a la que no le gustan los grises sino las certidumbres y las categorizaciones fáciles. Hay una pérdida de confianza en la ciencia y la investigación. Hay suspicacia frente a todo lo que es ajeno. Y el juego de la polarización impide que podamos salirnos. Y esta polarización que se contagia, se pasa de unos a otros, sin que sea posible evitarlo. Por eso, la pregunta para muchas sociedades del mundo actual es cómo superar la polarización y no parece haber respuestas fáciles.
Un deber central de quienes estamos en política es hacer la mejor interpretación posible del otro y contribuir así a que podamos volver a tener verdaderos debates.
Bogotá, D. E, 21 de enero de 2020
*Senadora del Centro Democrático
Por Jairo Gómez*.- Pocas respuestas serias se han oído para desmentir al periodista Alberto Donadío sobre el artículo: “Virgilio Barco y el exterminio de la UP”. Cómo duele la verdad en este país y qué pocos argumentos tienen quienes quieren desmentir esta historia.
No es con vaguedades y generalizaciones que se desmienten acciones de gobierno que, como en el caso de Barco Vargas, existen evidencias enormes que ameritan ser investigadas pues para nadie es un secreto que en su gobierno el genocidio contra la Unión Patriótica fue sistemático y obedeció a un macabro plan diseñado desde la institucionalidad colombiana.
Como si se tratara de purificadores de la política, durante ese exterminio asesinaban a un militante, alcalde, representante, senador o candidato presidencial de la UP y, por supuesto, tenían un responsable: “las Fuerzas Oscuras” que querían desestabilizar la democracia colombiana. (El contexto histórico es diferente pero la estrategia parece ser la misma, hoy se llaman “Águilas Negras” las que están detrás del asesinato de líderes sociales, ambientalistas, firmantes del acuerdo de paz, indígenas, afros y campesinos anónimos).
Lo que se hereda no se hurta, dicen por ahí, y Barco Vargas, coherente con ese pasado que imprimió en su personalidad su padre el general Virgilio Barco Martínez, el de la famosa Concesión Barco, actuó en consecuencia, por ello la versión del periodista es creíble, tan creíble como la presencia del mercenario y amigo personal israelí Rafi Eitan y su criminal propuesta que hoy, de un plumazo, nos la quieren borrar de los anales de nuestra historia reciente.
Tan contundente es la versión que el propio Carlos Ossa Escobar, entonces director del Plan Nacional de Rehabilitación (PNR), exteriorizó su preocupación cuando dijo ante notario que “la preconcepción ideológica de nuestras fuerzas armadas y la desconfianza entre algunos sectores del establecimiento político y económico (del cual Barco era un fiel representante), crearon entonces las condiciones para que se concretara lo que hoy todo el mundo acepta como el genocidio del partido político la Unión Patriótica; en aquella época el país cayó en una especie de esquizofrenia”.
El testimonio de Ossa Escobar hay que analizarlo con pinzas, pues sin duda hizo una fiel descripción de cómo funciona el régimen que ha gobernado Colombia durante muchas décadas: para afuera el discurso de lucha frontal, en este caso, contra las tales “Fuerzas Oscuras” y por debajo de la mesa utilizar el gatillo como lo sugirió el mercenario. Dijo en su momento el consejero ante notario que mientras el gobierno civil luchaba por garantizar la vida de los integrantes de la UP, “en algunos sectores de las fuerzas armadas asociados con paramilitares y narcotraficantes, por otro lado, se instrumentaba de manera eficiente la estrategia de eliminación de la Unión Patriótica”.
Esa es la lógica que ha caracterizado el poder en Colombia y Ossa Escobar lo corrobora cuando hace manifiesta su preocupación al entonces ministro de Defensa, general Zamudio Molina, por el sistemático asesinato de miembros de la UP y este cínicamente le responde: “…Carlos, a ese ritmo no van a acabar nunca, sobran los comentarios”.
Creo no estar equivocado al interpretar que Ossa Escobar, como buen conocedor de la historia y del perverso régimen que experimentó por dentro, quiso dejar un testimonio para el debate tras revelar que pese a “los esfuerzos del gobierno civil de garantizarle la vida a los miembros de la UP”, la estrategia sugerida por el mercenario Eitan, que no conoció, la compró ese establecimiento representado en Barco Vargas, estrategia que se cumplió finalmente y que se sustenta en el asesinato de más de seis mil militantes de la UP, es decir todo un partido político aniquilado tiro a tiro.
La historia del genocidio de la UP apenas comienza a contarse; una historia en la que la totalidad de la institucionalidad fue cómplice por acción o por omisión como se constata, por ejemplo, en las nefastas declaraciones del entonces ministro de gobierno de Barco Vargas, Carlos Lemos Simonds, que no dudó en asegurar que “la UP es el brazo político de las farc”; cinco días después de esas declaraciones fue asesinado el candidato presidencial, Bernardo Jaramillo Ossa. Nos colgaron la lápida al cuello, había dicho.
Así fue el exterminio deliberado de un partido político de izquierda, la Unión Patriótica; exterminio que no se dio en las dictaduras de Pinochet en Chile y Videla en Argentina, pero sí en la democracia más antigua de América Latina: Colombia.
Bogotá, D. C, 21 de enero de 2021
Periodista. Analista Político.
@jairotevi
Por José G. Hernández*.- Este año se cumplen treinta de la aprobación, expedición y promulgación de la Constitución Política de 1991. Vale la pena que este aniversario no pase inadvertido y que, por el contrario, además del homenaje que merecen quienes fueron sus impulsores y artífices -algunos de los cuales, como los doctores Álvaro Gómez Hurtado y Horacio Serpa Uribe, ya no están con nosotros-, se proceda a una labor pedagógica dirigida a las nuevas generaciones, con el objeto de hacer que conozcan el origen histórico de la Carta, el proceso que precedió a su establecimiento, su contenido, los valores y postulados en que se funda, las mutaciones que ha sufrido y las características del Estado colombiano y de nuestra democracia.
Al respecto, nuestros gobernantes y autoridades no deberían olvidar que el artículo 41 de la misma Constitución dispone: “En todas las instituciones de educación, oficiales o privadas, serán obligatorios el estudio de la Constitución y la Instrucción Cívica. Así mismo se fomentarán prácticas democráticas para el aprendizaje de los principios y valores de la participación ciudadana. El Estado divulgará la Constitución”.
Los juristas y académicos, en especial quienes tenemos acceso a medios e instituciones educativas y de comunicación, tenemos el deber de contribuir con nuestros estudios, análisis, crítica y divulgación, a la celebración de esos treinta años. En particular, conviene que, desde la perspectiva del Derecho Constitucional, la Ciencia Política y los Derechos Humanos, nos empeñemos en un balance objetivo e imparcial acerca de lo que ha ocurrido en estas tres décadas; en torno a la manera en que ha sido cumplida -o incumplida-, desarrollada -o ignorada- la preceptiva constitucional; sobre el impacto de las cincuenta y cinco modificaciones que hasta ahora le han sido introducidas en ejercicio de la competencia de reforma en cabeza del Congreso; sobre la actividad de las ramas y órganos del poder público en este tiempo; y en relación con el significado y alcance de sus más importantes instituciones -la acción de tutela, por ejemplo-, así como en lo referente al desenvolvimiento de la jurisprudencia de los altos tribunales de justicia, en especial la Corte Constitucional.
Sin duda, encontraremos avances, retrocesos, estancamientos, vacíos, frustraciones. De eso se trata: más que de discursos, palabras y lugares comunes, se hace preciso entrar en el fondo, reflexionar y, ante todo, confrontar: ver si en realidad el comportamiento y la actividad de las instituciones colombianas se ajusta a los propósitos que quisimos alcanzar en 1991.
También es muy importante -ojalá pudiéramos lograrlo- que nuestros gobernantes, legisladores, jueces y órganos independientes aprovechen ese balance para un auto examen acerca de si en realidad ese Estado Social y Democrático de Derecho que proclama la Constitución está siendo realizado. ¿Han sido respetadas y observadas exigencias de la Carta como el respeto a la vida y a la dignidad de la persona humana, los derechos y deberes, las garantías y libertades, el trabajo, el sistema de frenos y contrapesos, la descentralización y autonomía de las entidades territoriales, la responsabilidad de los servidores públicos, la solidaridad, la justicia social, la prevalencia del Derecho sustancial, la efectividad del control de constitucionalidad, la acción pública, la transparencia en el ejercicio del poder público?
Bogotá, D. C, 21 de enero de 2021
*Expresidente de la Corte Constitucional
Por Mauricio Cabrera Galvis*.- Las fracasadas negociaciones tripartitas sobre el salario mínimo en diciembre pasado, que antecedieron a su fijación por decreto oficial, mostraron un cambio en los discursos del Gobierno y los empresarios para justificar el mínimo aumento del salario mínimo –escasos $30,000 mensuales-. En lugar del argumento tradicional, nunca demostrado, de que el aumento de ese salario aumentaba el desempleo, esta vez se insistió en que su impacto era sobre el aumento del empleo informal, en detrimento del empleo formal.
Es un avance el reconocimiento de que los incrementos en el salario mínimo no tienen un impacto significativo sobre el nivel general de empleo. En la jerga de economistas y viendo el trabajo solo como una mercancía, se dice que es muy baja la elasticidad-precio de la demanda de trabajo, y hay suficiente evidencia empírica al respecto. En la práctica cotidiana de los empresarios de todos los tamaños, (aún los informales), la principal razón para contratar o despedir trabajadores no es el salario mínimo sino la situación de las ventas de sus productos: si crece la demanda y tienen que producir más, contratan más trabajadores; por el contrario, tratan de reducir la nómina si ven que las ventas bajan.
Los economistas dicen que la demanda de trabajo está en función de la demanda de bienes y servicios. Superado ese argumento, y ante la necesidad de aumentar muy poco el salario mínimo para, como bien dice Salomón Kalmanovitz, “garantizar la rentabilidad del sector formal de la economía” se recurrió a otro argumento: ahora se dice que el aumento “exagerado” del salario mínimo desplaza trabajadores del sector formal de la economía al informal y, por lo tanto, va en perjuicio de los mismos trabajadores porque deteriora las condiciones laborales. Son escasos los estudios académicos sobre esta supuesta relación, pero las estadísticas básicas no la confirman, antes bien lo que muestran es una realidad contraria.
Entre el 2000 y el 2019 el SMLV real se incrementó en 26,7%, mientras que la tasa de informalidad se redujo de 54,5% a 47,9%. Además los únicos años de este período en los que aumentó la informalidad –entre 2007 y 2010-, fueron los años de menor aumento del SMLV. En efecto en estos años en porcentaje la informalidad subió de 51,4% a 53,3%, y el de trabajadores informales pasó de 4.7 a 5.6 millones, mientras que el aumento anual promedio del SMLV fue de 0,8%.
Desde el 2010 hasta antes de la pandemia la informalidad se redujo hasta 47,4% y el número de informales se ha mantenido fluctuando alrededor de 5.7 millones, mientras que el aumento anual promedio del SMLV fue de 1,6%. Por eso el coeficiente de correlación entre las variaciones del SMLV y la tasa de informalidad es negativo aunque muy pequeño (-0,03).
Los períodos de aumento de la informalidad coinciden con los de desaceleración de la economía –eso fue lo que pasó con la crisis financiera mundial del 2008-, mientras que su disminución va aparejada a bonanzas como la petrolera de principios de la década pasada.
Es una demostración adicional de que la generación de empleo (que es lo mismo que la demanda de trabajo) depende mucho más del ritmo de crecimiento de la economía, el cual su vez está determinado en el corto plazo por la demanda agregada, es decir por el consumo de los hogares, la inversión y el gasto público.
Cali, 18 de enero de 2021
*Filósofo y Economista. Consultor.
Por Amylkar D. Acosta M*.- Tomó muchos años la gestación del megaproyecto de la central de generación de energía HIDROITUANGO, aprovechando el caudal y la torrentera del río Cauca, el segundo en importancia del país después de río Magdalena, para represarlo, embalsarlo y alimentar las turbinas de sus 8 unidades, cada una con capacidad de generación de 800 MW de potencia. Pero, fue sólo en el año 2010 cuando la Sociedad Hidroituango, cuyos mayores accionistas son el departamental Instituto para el desarrollo de Antioquia (IDEA) y las EPM de Medellín, suscribió con esta última el contrato BOOMT (build, opérate, Own, maintainand and transfer, por sus siglas en inglés), para su construcción y puesta en operación.
EPM, a su vez, firmó los tres contratos principales para su ejecución con los consorcios liderados por la firma INTEGRAL, con otro liderado por INGETEC y finalmente con el encabezado por CCC, para la asesoría y diseños del proyecto, la interventoría de las obras y la construcción propiamente dicha, en su orden. Todas empresas de ingeniería ampliamente reconocidas y con gran experiencia en el sector.
Este proyecto es considerado el de mayor envergadura en su género en el país y hace parte del Plan de expansión eléctrica 2015 – 2029 elaborado por la Unidad de Planeación Minero – energética (UPME) y adoptado por parte del Ministerio de Minas y Energía, tendiente a asegurar la ejecución en los tiempos previstos de los proyectos identificados y priorizados y de esta manera garantizar el abastecimiento del servicio de energía en todo el país, con firmeza, confiabilidad y continuidad, como lo manda la Ley eléctrica 143 de 1994.
Este proyecto, de acuerdo con lo presupuestado, ha debido entrar a operar en el 2018 y justamente en mayo de este año, cuando según los reportes el avance de obras era del 81%, se presentó una contingencia gravísima, que atrasó su puesta en marcha y elevó sus costos más del 40%, al pasar de los $11.4 billones iniciales a los $16.2 billones. Los daños fueron de tal magnitud que se llegó a temer por su siniestro, que fuera un proyecto fallido, poniendo en riesgo y estresando al Sistema Interconectado Nacional (SIN), habida cuenta que con el mismo se aspira y espera cubrir el 17% de la demanda.
Al no entrar a tiempo, la UPME se vio precisada a convocar dos subastas de reconfiguración, mecanismo este por medio del cual se procede a ajustar el déficit de cobertura de las obligaciones de energía en firme (OEF), cuando estas son inferiores a las proyecciones de demanda. De esta manera se ha podido suplir la energía que debería estar suministrando HIDROITUANGO, evitando un eventual racionamiento, pero no la presión al alza del precio de la energía, la cual la termina pagando el usuario final vía tarifa. Y de contera, ha puesto en riesgo también la entrada en operación de los proyectos de generación proveniente de fuentes no convencionales de energías renovables (FNCER) adjudicados en el 2019, que contaban con su respaldo, dada la intermitencia de la energía eólica y la solar – fotovoltaica.
Los estragos causados por el colapso del túnel Auxiliar de Derivación dieron al traste con las obras adelantadas, con la casa de máquinas y los equipos instalados y la riada que precipitó aguas abajo del río Cauca estuvo a punto de provocar una tragedia, la que por fortuna se pudo atenuar en sus devastadores efectos. La Contraloría y la Procuraduría vienen adelantando sendas investigaciones, mediante las cuales buscan establecer la causa raíz de la contingencia y las responsabilidades de la misma, si hay lugar a ellas.
Con la llegada a la Alcaldía de Medellín de Daniel Quintero Calle se avivó la controversia que se había suscitado en torno a este insuceso, dando lugar a su desencuentro con la Junta directiva de EPM, la cual había estado al mando de la ejecución de este proyecto, el cual terminó con el abrupto relevo de sus miembros.
Esta confrontación derivó en el anuncio por parte del Alcalde Quintero de una demanda contra los contratistas principales, cuya pretensión asciende a la suma de $9.9 billones, la cual estuvo mediada por un intento frustráneo de conciliación con intervención de la Procuraduría General de la Nación. El 8 de enero de este año se anunció que había “concluido sin éxito”, allanando el camino para proseguir con la demanda interpuesta ante el Tribunal Administrativo de Antioquia.
Lo curioso es que este intento de conciliación entre las partes estuvo precedido de un Acuerdo entre EPM y los contratistas para que estos continúen hasta finales de este año en las tareas de recuperación, mantenimiento y la estabilización del avance de obras y así asegurar que el año entrante puedan entrar en operación las primeras 4 unidades, quedando en entredicho la entrada de las otras 4.
Definitivamente, el peor escenario del proyecto de Hidroituango es que no se concluya, ya que lo que está en juego es la seguridad energética del país, que no puede quedar expuesta a la incertidumbre de cuando será ese cuando que podrá contarse con el completamiento y operación a full de las 8 unidades previstas, evitando de paso un nuevo coletazo en los precios de la energía y las tarifas que terminarían afectando la factura de consumo de los usuarios finales. Suele decirse que es mejor un mal arreglo que un buen pleito, pero en este caso estamos entre un Acuerdo y un pleito en simultánea, de los cuales no se sabe cuál será su desenlace. Y la incertidumbre es la peor señal para el sector energético del país!
Medellín, enero 16 de 2021
*Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía
Por: José Félix Lafaurie Rivera*:- Dicen que muchos niños no relacionan la leche de una caja que toman en el supermercado con la vaca que la produce. Cierto o no, la verdad es que ni ellos ni sus padres tienen idea de todo lo que sucede para que esa caja llegue a sus manos.
En la mayoría de los casos hay detrás un campesino con un pedazo de tierra y unas vaquitas que alimenta con el pasto que nace silvestre. Algunos podrán alimentarlas con pastos mejorados, pero la cal, el abono, la semilla y la hora/tractor son caros. En verano tendrá que suplementar, con silo principalmente, también caro; y siempre tendrá que ofrecerles algo de costoso concentrado.
Este campesino madruga al ordeño, sin importar si es domingo o feriado, y también ordeña en las tardes, tratando de mantener fría esa leche hasta el otro día para que no se la rechacen, porque es muy poca para un costoso tanque frío, y la energía también es cara. Hace otros oficios y, seguramente, reserva un pedazo de parcela para una huerta de pancoger o algún cultivo que le dé un dinerito extra.
Nuestro campesino hace cuentas y espera, como en todo negocio, que el precio recibido cubra los costos y deje utilidad, así sea pequeña, que le ayude a subsistir; pero él no es “formador de su precio”, sino que se lo imponen, por lo que ya mencioné en columna anterior: Muchos ganaderos tratando de venderle su leche a pocas empresas que “mangonean”, comprándole a quien quieren, en la cantidad y al precio que quieren; y además, aunque compran menos de la mitad de la producción nacional, se apuran a importar toda la que pueden. (Lea: La “mala leche”)
Esta es una realidad con cifras. En 2020 la inflación fue de 1,61%, pero los costos de quienes se dedican solo a producir leche crecieron 6,7%; 4,1 veces más que los precios de la economía.
Descontada la inflación, el incremento real del precio al ganadero fue de 5.3%, pero en términos reales, frente a los costos crecientes, nuestro pequeño ganadero tuvo una disminución del 1,4% en su precio.
El concentrado, que depende mucho del precio internacional del maíz, aumentó 10,6%; 6,6 veces más que la inflación, mientras el del maíz subió apenas 4,9%, es decir, menos de la mitad del incremento del concentrado en el mercado local.
Los fertilizantes aumentaron 3,2%, el doble de la inflación, con un acumulado en los dos últimos años de 11,6%. Y hay más, porque los más utilizados dependen del precio internacional del petróleo, que tuvo una caída en los dos años de ¡-40,5%! ¿Por qué nunca bajaron?
Conclusión: No solo la industria láctea es “mala leche” con los ganaderos. Los productores de insumos también se enriquecen a costa de su esfuerzo, mientras muestro campesino, al final de sus cuentas, “mueve platica”, pero no cubre sus costos y se endeuda para subsistir.
Esta pérdida de poder adquisitivo del ganadero -un eufemismo para su empobrecimiento- también se expresa en su menor participación en el precio al consumidor. Hasta finales del siglo XX existió el famoso 70/30, pero luego la industria se enfocó en derivados gourmet, costosos empaques y leches de larguísima duración que el consumidor no necesita, al tiempo que los grandes comercializadores aumentaban su tajada, casi invirtiendo la relación hasta un actual 40/60.
Afortunadamente, el ministro Zea y el viceministro Botero han mostrado receptividad frente a nuestras reflexiones y propuestas, en busca de soluciones que le garanticen un mañana a la ganadería de leche. Fedegán estará atento a su discusión e implementación en beneficio del ganadero colombiano.
Nota bene: remitida mi columna a los medios que gentilmente la publican, conocí la inesperada partida de un Colombiano ejemplar: Alejandro Galvis Ramirez; forjador de empresas, de inmensa solidaridad social, amante de nuestra música, en espacial el Vallenato y un verdadero amigo. Quienes tuvimos la fortuna de compartir su amistad no podremos olvidar su enorme legado. Deja un gran vacío. 🙏
Bogotá, D. C, 18 de enero de 2021´
Presidente de FEDEGAN
@jflafaurie
Por Giovanny Décola*.- Era el 10 de diciembre del fatídico 2020, cuando empecé a sentir los primeros síntomas del coronavirus. Llamé de inmediato a mi EPS, solicitando la prueba de Covid-19, y prometieron llegar a mi domicilio en Bogotá a las siguientes 48 horas. Pasaron 72 y nunca llegaron.
Mis antecedentes de hipertensión, prediabetes y la reciente muerte de mi hermana, entre otros amigos y allegados, por esta misma causa, me tenían nervioso. Fui a la urgencia de mi EPS, debido a que mi saturación (oxígeno en la sangre), bajaba peligrosamente, 91, 90, 89, 88, y continuaba a la baja, teniendo más de 100 frecuencias cardíacas en reposo, fiebre y síntomas de ahogamiento.
Al llegar, por fortuna, solo tenía un turno por delante. De todas formas, duraron más de una hora para atenderme. Me tomaron la presión arterial, temperatura, saturación, y me pusieron el estetoscopio en pecho y espalda, y concluyó la médico que me atendió, que era un resfriado común, y dizque por precaución me tomarían la prueba de Covid-19, y sus resultados me lo enviarían a mi correo en tres días. Solicité examen de radiografía de tórax, tac de pulmones, gases arteriales, todo fue negado. Solo me ordenaron acetaminofén y Ceterizina. Los resultados de la prueba nunca me lo enviaron.
Era ya 14 de diciembre y los síntomas se me recrudecieron. Solicité mi servicio de médico particular en casa y la prueba de covid, también particular. El resultado era el previsible: Positivo.
Por recomendación de amigos médicos, tome ivermectina, antibióticos, anticoagulantes, CDS, tomas calientes, acetaminofén y analgésicos. Ya el virus se había apoderado de las vías respiratorias. No dejaba de toser, era doloroso y parecía que fuera a expulsar mis pulmones. Decidí asistir nuevamente a urgencias, pero de otra clínica, mucho mejor equipada. No había camas y me sentaron en un sillón, y me conectaron al oxígeno. La enfermera me prometió una cobija que nunca llegó. Al día siguiente, y luego de dormir en esa silla, se sumó el dolor de espaldas. Me ordenaron los exámenes de rigor, me confirmaron el Covid y ya estaban comprometidos los pulmones. Otro día durmiendo en la silla, y sin cobija, y como no había camas, creo que por eso me devolvieron a casa. Me ordenaron omeprazol, corticoides, amiodipino y el consabido acetaminofén.
Ya el 18 de diciembre la tos y el ahogamiento me hicieron imposible continuar en casa. Solicité de manera particular servicio médico de urgencia. Al llegar y ver mis síntomas, me condujeron en ambulancia a una Clínica que al solo entrar me llenó más de pánico que tranquilidad. La sala atiborrada de camillas con pacientes covid por doquier. Era aterrador. Parecía una competencia de quien tosía más. Eran las cinco de la tarde y no había almorzado. Hacía dos horas y a varias enfermeras les había pedido un vaso de agua. Ya va, era la respuesta… Nunca llegó. Me tocó salir a comprar el agua, ahí si fueron diligentes para advertirme que no podía salir. Preferí abandonar esa clínica… hubiese sido una muerte casi segura. Para dejarme salir me hicieron llenar cantidades de papeles en blanco, por mi desespero, así firmé. Me imagino, que luego fueron usados para justificar exámenes y tratamientos que nunca hicieron, estafando al sistema de salud.
Mientras me dirigía a otra clínica, le escribí a un influyente amigo político, quien de una vez se puso en contacto con una alta autoridad en salud de la capital. Al llegar a esa misma clínica que había ido días antes, noté al instante que ya había sido recomendado. De una me ordenaron exámenes más rigurosos que comprobaron mi complicación. Los pulmones con más agua y la azúcar llegando a 200. Me instalaron en una confortable habitación con baño privado, televisión, teléfono y con los mejores equipos médicos disponibles y una excelente alimentación. Estaba canalizado con suero y oxígeno. Los medicamentos eran puntuales.
Los días pasaban, y uno seguía aferrándose a la vida. Con tantos medicamentos, el sueño se distorsionaba, y soñaba hasta despierto. En los días más difíciles, pensaba, si me esperaba el cielo o el infierno. Creo en el Gran Arquitecto o en el Dios de Spinoza, pero nunca he sido un asiduo practicante de la religiosidad. Me decía: he cometido errores que solo a mí o a mi círculo cercano, nos han perjudicado, pero nunca he sido un criminal. Y al meditar sobre mi vida, la única conclusión a la que llegaba, era que por muy frágil que fuera, la vida era bella. Y tomaba fuerzas, y me decía: Aún mi misión en la tierra no ha terminado… y dejaba de pensar en el tránsito a otra dimensión.
Pero mi infalible costumbre de ver noticieros, volvía a asustarme. La cifra de muertos por covid seguía en aumento en el país. Para remate, el médico al evaluarme nuevamente, me pronosticó que seguramente iba a tener que ser intubado y pasar a UCI, si no tenía mejoría. Empecé casi que a despedirme de mis seres queridos. Varios se quebraron junto conmigo y me daban ánimo, el ahogamiento casi no me dejaba hablar. Al momento de dormir, era casi imposible conciliar el sueño. Lo que me distraía eran los múltiples mensajes de familiares y amigos. El ser sedado e intubado me aterrorizaba. Me acordé que había llevado camuflado un frasco de ivermectina, y en una sola dosis me lo tomé en esa noche interminable. En una clínica, las horas parecen interminables, no queda sino recordar los bellos momentos vividos, reflexionar sobre la fragilidad de la vida, y el porqué de tanto tiempo perdido en cosas sin sentido. Reconforta, notar la unidad de la familia cercana y la extendida, y la preocupación de los amigos. Añoraba volver a pronunciar un discurso por la paz de Colombia o para apoyar una causa o candidato de mis simpatías. Ni estando enfermo, dejaba la política de recorrer mis venas.
En la tarde siguiente, el médico internista estaba de vuelta. Al entrar, oí cuando en voz baja le dijo a la enfermera que consultara disponibilidad en UCI, y empezó a evaluarme. No sé si fue por el tratamiento hospitalario o por esa tal ivermectina, que me encontró algo mejor. Yo por fin, volví a respirar con ganas. La enfermera, al regresar, y creyendo que no la oía, le dijo que solo quedaba una cama UCI, que ya tenían reservada, por si yo la necesitaba. Me imagino que era producto de aquella recomendación…
Seguía mejorando: La azúcar bajaba, la saturación subía, gases arteriales se normalizaban, disminuía la tos. Ya la diarrea, el malestar general y el dolor de cabeza habían desaparecido. Estaba recuperando el gusto y el olfato. El 24 de diciembre temprano, me ordenaron, nuevos exámenes de todo. En la tarde me dieron mi aguinaldo: “Esta noche regresará a casa, pero seguirá con el tratamiento domiciliario y con oxígeno. Ya el peligro pasó”. Era música para mis oídos.
A las 9:30 pm llegó la ambulancia ordenada por mi EPS, y volvió la mala atención. A pesar que en el edificio donde vivo, hay ascensor, ellos pretendían dejarme en el primer piso y que yo subiera la barra de oxígeno, el generador y mis objetos personales. Los hice entrar en razón y subieron. Al preguntarle por el vaso concentrador de oxígeno, me dijeron que yo debía comprarlo…Ya eran las 10:30 pm, les dije: devuélvanme entonces a la clínica. Se miraron la enfermera y el conductor, ella dijo que tenían uno en la ambulancia, pero debía bajar por él. No me enseñaron su uso. Al mirar el cilindro de oxígeno, noté de una que, no tenía el racor y peor aún, estaba sin oxígeno. El señor se sorprendió, y le dije que yo había sido socorrista de la Cruz Roja, y él dijo que lo sentía, que ese era el que le habían entregado. Me imagino que alguien se hurtó el valor de la carga del oxígeno. Llamé varias veces a la empresa que dotaba a la EPS del oxígeno, al decirle de que se trataba, me decían que ya transferirían la llamada al área correspondiente…quedaba sonando y nunca respondían. Por fortuna, nunca necesité de ese cilindro, ya que con el generador, me bastó.
En casa, mi señora se convirtió en enfermera, cuidándome día y noche. No solo me hacía la comida, sino que se volvió experta en remedios caseros: Té verde, manzanilla, moringa, ajo, cebolla, jengibre, el limón, la miel de abeja, etcétera. Aprendió a tomar la presión arterial, la saturación y repasó tomar la temperatura. Obviamente terminó contagiada, igual que mi hijo menor, y por el milagro de Dios, resultaron asintomáticos. Mi mamá, también se contagió, pero nunca se complicó, solo síntomas menores. Por precaución, estuvo 4 días en la clínica con enfermera particular.
Los médicos me visitaron a domicilio hasta este 17 de enero, y me dieron de alta, retirándome el oxígeno y venciéndose mi incapacidad. Hoy no queda, sino dar gracias a Dios; a mi familia que no dejó de orar y estar pendiente; a mi esposa que, luego de 24 años sigue siendo un dispensador de bondad y amor; a mis hijos que son nuestro motor; al gran amigo que, oportunamente me recomendó ante las autoridades de salud y de todos aquellos que no dejaban de preguntar y aún a los que no se enteraron.
Por último, la reforma al sistema de salud es urgente y necesario. Ya todos sabemos cuáles son sus deficiencias y las oportunidades de mejora, pero lo que más se requiere, es la voluntad política para cambiar ese estado de cosas lamentable, y mientras esta pandemia pasa, ¡¡¡pilas con el autocuidado!!!
Bogotá, D. C, 17 de enero de 2021
*Periodista y Abogado con especialización en Derecho Administrativo.