Opinión
Por: Mons. Ovidio Giraldo Velásquez*.- Llega la Navidad, no una Navidad, porque cada época es única e irrepetible; cada Navidad es La Navidad, pues es actual y completa la experiencia del Nacimiento de Dios entre nosotros, y así unos la pueden vivir con la actitud de los pastores o de los habitantes de Belén, otros con la actitud de los reyes magos o la de Herodes, o con la actitud de la Santísima Virgen y San José.
Cada Navidad es La Navidad porque ya está obrada la irrupción de Dios entre nosotros para ser el Emmanuel (Dios con nosotros) y fecundar toda la historia con su presencia siempre nueva, siempre joven, siempre vital, siempre viva y eficaz. La Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús edificada sobre el cimiento de los apóstoles, tiene la misión y el poder de encarnar en todo tiempo este don maravilloso de La Navidad, para que en el mundo no haya frío, para que los hombres sean hermanos, para que en ningún lugar falte Dios.
¡Qué alegría poder tener en este año 2020 La Navidad! Corresponde a cada uno, a cada familia y a cada comunidad favorecer este acontecimiento para que sea de gran significancia y valor en todos y cada uno. Mi navidad es nuestra navidad, y por eso se requieren unas actitudes adecuadas para facilitar este bello hecho histórico, litúrgico y teológico.
Sabemos del recogimiento y la oración que se nos pide en el tiempo de Adviento, pero también es importante ir al encuentro del otro, ante todo de los que Dios ha puesto en nuestro camino como especiales compañeros de camino, En este orden de ideas es muy importante buscar la familia, los vecinos, los amigos y los hermanos de comunidad en la fe, como por ejemplo los fieles de la parroquia. Este tiempo de pandemia nos ha recordado que pocas cosas son esenciales, y entre ellas están la familia, los amigos, los vecinos y la comunidad creyente. Con razón se dice que Navidad es época de familia, de familia humana y de familia en la fe.
Este año, la pandemia nos obliga y favorece el encuentro y reencuentro en pequeños núcleos familiares y de hermanos en la fe. Por lo mismo, no debe faltar el pesebre en casa, la decoración navideña del hogar y un bien vivido rezo de la Novena. Será esta Navidad época fabulosa para ampliar los tiempos del rezo, del diálogo, de las anécdotas, las evocaciones y el gusto de sentirse pueblo de Dios y el gusto de ser hermanos como bien nos lo viene recordando el papa Francisco.
Pienso que las buenas comidas, típicas, bien preparadas y bien servidas formarán parte de este escenario de amor y de intimidad orante que nos ofrece La Navidad. Los obsequios y los mensajes cargados de fe y esperanza también deben hacer su aparición.
Entre otras cosas, y muy importante esto, Navidad será época para procesar los muchos duelos que en este año de pandemia han quedado pendientes. Y que esta Navidad sea preludio de un nuevo resurgir.
Con la venida de Dios al mundo en nuestra carne, en condición humana, se abrió una nueva historia se generó una nueva creación, se promulgó un nuevo orden de cosas. Que esta Navidad, con las muchas lecciones de este inusitado año 2020, haya un nuevo resurgir, y para que sea tal que sea de la mano de Jesús, el Emmanuel. María y José nos ayuden y acompañen, los pastores y los reyes magos nos inspiren. Sigamos en todo la liturgia y las lecturas bíblicas que nos presenta la Iglesia, madre y maestra en la fe.
¡Llega la Navidad! Ánimo, llena tu casa de luces, tu mesa de manjares, tu pesebre de evocadoras figuras, tu rincón de delicados obsequios y tu corazón de ternura.
Con todo ello rompamos la coraza de la indiferencia, de la desesperanza, del desamor, de la soledad, del egoísmo, de la soberbia, de la vanidad, del acaparamiento; pero en todo ello observemos las medidas de cuidado y los protocolos de bioseguridad para acoger y promover la vida como María y José en Nazaret y en la gruta de Belén.
“Que esta Navidad sea para vivirla en austeridad de bullicio en el exterior y de riqueza en la vivencia interior. Que cada hogar sea un Nazaret y cada hogar sea un pesebre.
¡Ven, Señor Jesús!
Bogotá, D. E, 20 de diciembre de 2020
*+ Obispo de Barrancabermeja
Por Gabriel Ortiz*.- Ni Duque ni Ruiz alcanzaron a imaginar que existiera en el planeta una nación tan inerte y abúlica; que adoleciera de prevención y acción para resolver las necesidades urgentes que requiere una población amenazada.
“Nos cogió la noche”, exclamó el procurador Carrillo, cuando lo enteraron que Colombia, su patria, no había adquirido una sola vacuna cierta para combatir el covid-19, que diariamente se lleva a la tumba a entre 180 y 200 almas y contamina cada 24 horas a más de 8.000 personas. Ese mal ha recibido patente para actuar con total libertad. Encierra a 50 millones de habitantes, diezma la economía, acaba con empleo, impone el teletrabajo, aumenta la desigualdad, la seguridad y modifica la vida a todos.
Nada se diga de los abusos que se cometen con normas que denominan protocolos, muchas de las cuales han caído, porque ante el afán de expedirlas, olvidaron firmarlas.
Cuando el covid-19 no cayó encima, el país confió en la dinámica de sus dirigentes, del presidente Duque para abajo. Consideró que estábamos en las mejores manos. Aclamó la inauguración de sus peroratas televisivas vespertinas, así fueran inconstitucionales. Las gentes esperaban con información y ánimo de su mandatario, medidas acertadas que sirvieran y motivaran para derrotar el covid y montar acertados planes de reactivación que entusiasmaran e impulsaran a la gente.
El fervor, la fogosidad y el frenesí del fundado espacio “Prevención y Acción” nacido el 24 de marzo, empezó a marchitarse. Relleno sobre relleno y apariciones lagartas sin contenido, hasta llegar a la política venezolana con López.
Los colombianos, ajenos al CD desde luego, no comprendían lo que se buscaba con esa cansona hora diaria. Tampoco a qué hora el Presidente se ocupaba de las funciones que juró cumplir sobre La Biblia que le puso el bachiller.
Tuvo durante 38 semanas, es decir 9 meses, tiempo suficiente para enfrentarse con dinamismo al covid-19. Pero nada sucedió. El Procurador Carrillo y el Contralor están perplejos ante la ineficiencia de quienes se deben encargar de combatir el virus. Esta es la hora en que Colombia no tiene una vacuna, mientras otros países de igual, mayor o menor importancia, ya están vacunando a sus ciudadanos. Duque dice haber trazado una estrategia desde meses atrás para combatir la pandemia y dice no estar buscando aplausos. Los aplausos se los merecen quienes actúan con destreza y en este caso no ha existido. No tenemos una sola vacuna y no sabemos cuándo lograremos conseguirlas, porque ya los laboratorios las vendieron a las naciones previsivas. No ha habido previsión, ni acción.
Presidente Duque: cierre el programa de TV, gobierne y consiga las vacunas, que ahora nos saldrán más costosas. Fuera la “confidencialidad”. Nos cogió la noche.
BLANCO: La vacuna de AstraZeneca solo alcanza un 70% de efectividad.
NEGRO: La lavada de manos está dejando a la gente sin huellas digitales.
Bogotá, D. C, 18 de diciembre de 2020
*Periodista. Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper
Por Jairo Gómez*.- La movilidad en Bogotá es un desastre: ciclo rutas improvisadas, motos por montones invadiendo andenes y calles en contravía; el transporte público haciendo el pare en donde se le da la gana; conductores de vehículos particulares estacionando también donde se les da la gana; y policías de tránsito escondidos tras los postes o las esquinas para sancionar, no para prevenir y, por su puesto, uno que otro exigiendo la “mordida navideña”.
Y qué decir de esas vías que técnicamente se conocen como “vías arterias” atravesadas por ciclo rutas improvisadas generando trancones insoportables (Avenidas 68 y Las Américas) que no son ninguna solución para los ciclistas, escasos ellos, y los pocos que transitan ven amenazadas sus vidas por moto conductores irresponsables.
En medio de la pandemia, y no obstante el pico y placa, transportarse en Bogotá de norte a sur o de sur a norte y de oriente a occidente y viceversa es un desastre que se traduce en pérdida de tiempo y en un estrés insoportable que rompe con el equilibrio en la salud del ciudadano. Dirán funcionarios o expertos que esto ocurre en todas las urbes del mundo para justificar las interminables filas vehiculares, pero se les olvida una diferencia abismal: en esas ciudades del tamaño de Bogotá o más grandes existen alternativas de transporte como el metro que provee al ciudadano del común un traslado seguro y de calidad; esta ciudad no lo tiene.
En ese contexto es que ahora la alcaldesa Claudia López le plantea a los bogotanos un “corredor verde” que nos lo define como un “diseño conceptual” por la carrera séptima que, en esencia, será una troncal de Transmilenio; como dice el dicho popular “el mono, aunque se vista de seda, mono se queda”. Como el mago, la alcaldesa sacó del cubilete una propuesta que nunca le conocimos en campaña y tampoco existe un proyecto serio, estudiado y consensuado con los ciudadanos.
Claro que la carrera sétima tiene que ser intervenida, ya es una vía vetusta y poco funcional en términos de movilidad, pero parece que a esta alcaldesa como a los anteriores alcaldes les quedó grande la vía, no supieron ni saben qué hacer.
Ahora, no me gusta que Claudia López, por quien voté, me engañe. Dijo claramente que no haría de la séptima una troncal de Transmilenio y todo parece indicar que hará todo lo contrario. ¿Cuál fue la alquimia que la hizo cambiar de idea? Debería explicárnoslo a los bogotanos y, en particular, a quienes habitamos por ese corredor vial tan importante.
Como Peñalosa la señora López insiste en los buses y entra en el negacionismo de buscar otras modalidades de transporte público como el tranvía al que descalifica con el banal argumento de que este sistema “bloquea las intersecciones”; no me crea tan pendejo como si esto ya no lo hubieran resuelto los países que se inventaron este sistema hace más de cien años, o como si las obras civiles no fueran lo suficientemente dúctiles para imaginarse un corredor sin obstáculos. Yo la invitaría a que se diera un paseo por esos países y escuche opiniones y no se quede con la del “lobista” y “zar” de los buses, Enrique Peñalosa.
Recuerdo muy bien esa campaña que decía “la séptima se respeta” liderada por su hoy compañera Angélica Lozano, y que la puso entonces de edil de la localidad. Pues bien, creo que es hora de retomarla y hacer que se respete la séptima. La alcaldesa aprovechó la pandemia para embutirnos una ciclo ruta improvisada, sin estudios por la séptima y sin consultar la opinión de la comunidad; hoy esta vía es un caos.
Le auguro lo mejor a Claudia pero no me quiero imaginar esta ciudad en pocos años con una intervención de la séptima sin tener claro los propósitos de su reconstrucción y la avenida Caracas en pleno desarrollo del “métrico” elevado alimentador de Transmilenio. Pobres los ciudadanos que vivimos en el corredor oriental de la ciudad, nos tocará llenarnos de resiliencia, porque la empatía se irá para el carajo.
Bogotá, D. C, 17 de diciembre de 2020
*Periodista. Analista Político.
@jairotevi
Por José G. Hernández*.- Tras la votación popular del 9 de diciembre de 1990 había necesidad de proceder a lo que institucionalmente fuese necesario con el objeto de cumplir la decisión del pueblo. Ya el 27 de mayo, al votar en desarrollo del Decreto Legislativo 927, había sido derogado el artículo 13 del Plebiscito de 1957 -que depositaba en el Congreso de manera exclusiva la competencia para reformar la Constitución-, lo que había permitido lograr el propósito que animó a los estudiantes integrantes del movimiento “Todavía podemos salvar a Colombia” cuando propusieron la séptima papeleta. Así que el presidente Gaviria tenía un mandato popular totalmente claro, con el que -además- coincidía, vista la situación que afrontaba el país y persuadido de la necesidad del cambio constitucional.
En virtud del fallo proferido por la Corte Suprema de Justicia sobre el Decreto 1926 de 1990, que había declarado la constitucionalidad de su estructura fundamental más no la del temario previsto para los trabajos de la Asamblea -que fue declarado inexequible-, ella dejó de ser un cuerpo facultado para reformar la Carta de 1886 y mutó en una asamblea constituyente, con todo el poder -conferido por el constituyente originario- para expedir una nueva Constitución-.
La Asamblea terminó su tarea el 4 de julio de 1991 y, si bien ese día prestaron juramento sus tres presidentes -los doctores Álvaro Gómez Hurtado, Horacio Serpa Uribe y Antonio Navarro Wolf-, lo cierto es que el texto de la nueva Constitución solamente fue publicado oficialmente el 7 de julio, fecha de su promulgación y de su vigencia.
Sobre el alcance del vuelco sufrido en nuestro sistema constitucional y acerca de la fecha de entrada en vigor, cabe decir que la Corte Constitucional así lo declaró, con base en el artículo 380 de la Carta Política, que dice: “Queda derogada la Constitución hasta ahora vigente con todas sus reformas. Esta Constitución rige a partir del día de su promulgación”.
La Constitución que nos rige -democrática, participativa, igualitaria, pluralista, tolerante, que consagra un Estado Social de Derecho-, tiene esas esenciales características que se deben tener en cuenta al interpretarla y aplicarla. Vienen desde el preámbulo, que goza de poder vinculante. Y componen el dogma de la Constitución.
Como el origen de la Constitución es netamente político, sus valores y postulados tienen un nivel supremo dentro en la jerarquía normativa, por encima de todas aquellas normas y decisiones provenientes de las ramas y órganos constituidos. Como ya lo hemos expresado en otras ocasiones, los órganos constituidos, transitoriamente dotados de las facultades que la Carta Política les otorga, deben su existencia -y el margen y alcance de sus competencias- a la Constitución. Es ella la que los crea, les asigna el ámbito de sus funciones y les proporciona y demarca la dimensión de su autoridad. Ningún poder les corresponde si no proviene de la habilitación constitucional.
Estos principios básicos se olvidan de vez en cuando -en especial por los gobiernos- y, en consecuencia, hace falta recordarlos cuando vamos a cumplir treinta años de la Constitución que nos rige. Allí están las directrices de la vida individual, de las colectividades y del Estado. Son los fundamentos indispensables de la organización política.
Bogotá, D. C, 17 de diciembre de 2020
*Expresidente de la Corte Constitucional
Por Víctor G. Ricardo*.- Todos sabemos que uno de los temas más alarmantes que vivimos los colombianos es la corrupción y la falta de conclusiones y sanciones judiciales.
En esta materia es muy urgente que el señor Presidente de la República tome medidas e incluso haga una convocatoria a los dirigentes y líderes políticos con el fin de llegar a un acuerdo nacional para adoptar medidas extraordinarias que permitan controlar el desbordamiento que ha tenido este tema y que se incorporen sanciones fuertes y extraordinarias para castigar a los responsables de actos de corrupción. ¿Qué pasó con todos los responsables de los casos de Odebrecht, Reficar, contratos de alimentos para estudiantes o de la pandemia, para no enumerar sino algunos? Además, es muy importante crear conciencia que el silencio de jefes y superiores, ante actos que huelen a corrupción, se convierte en complicidad.
Hace pocos días, distintos medios de comunicación comentaron un hecho sobre el cual, de un momento a otro, se guardó silencio y no se siguió debatiendo, lo que hace más importante que la opinión pública sepa o conozca que sucedió. El Ministerio de las TIC convocó una licitación por más de dos billones de pesos para ampliar el servicio de internet a distintas zonas del país.
En el pasado, el cierre de una licitación tan importante por su objetivo como por su valor, era presidido por el Ministro correspondiente o en su defecto por uno de los Viceministros, por el Secretario General o por el Director General del área correspondiente. Pues en esta oportunidad lo presidió la subdirectora de contratación de ese Ministerio, es decir por un funcionario de quinto nivel.
Pero lo más sorprendente es que durante el acto de presentación de las propuestas, varios de los interesados denunciaron una anomalía que se estaba presentando con una de las firmas proponentes y la cual consistía en que uno de los asesores por contrato del despacho de la Ministra de las TIC era simultáneamente asesor de esa empresa, por lo que pedían que no se aceptara su propuesta ya que entendían era un acto irregular, que podría tener inhabilidades por tener vinculado a ella el asesor de la Ministra, lo que independientemente de las inhabilidades legales era una clara inhabilidad ética y moral.
Como consecuencia de esta supuesta anomalía se declaró un receso y como producto del mismo se anunció que el asesor de la Ministra tenía un contrato de trabajo en el que en una de sus cláusulas se manifestaba que no estaba incapacitado para prestar asesorías en materia de contratación administrativa.
¿Cómo es posible que el Ministerio de las TIC suscriba contratos en esas condiciones? Pero lo que es peor, que un asesor considere que no tiene inhabilidad para ser parte (por trabajar en el Ministerio en el cual se abre una licitación gigante) y contraparte (por ser asesor se una firma que licita ante el Ministerio del cual él es asesor).
No podemos seguir en esas condiciones. ¿Qué clase de ejemplo le están dando al país en materia de ética y moral?
El Procurador General de la Nación así como el Contralor General de la República deben actuar con prontitud y en investigaciones rápidas y prioritarias tomar acciones sobre este caso. Incluso el Presidente de la República debería también tomar decisiones que protejan la moral pública.
Frente a la corrupción, como al narcotráfico y la inseguridad que hoy estamos viviendo, no podemos ser débiles. Hay que tomar decisiones que sean ejemplarizantes porque, de lo contrario, estamos perdidos.
Bogotá, D. C, 16 de diciembre de 2020
*Excomisionado de Paz
Por: Guillermo García Realpe*.-Por estos días en que se concerta el aumento del salario mínimo para el próximo año y que tendrá incidencia en el bolsillo de millones de trabajadores colombianos que obtienen su sustento de esa asignación salarial, fuimos sorprendidos por la mezquina propuesta de los empresarios e industriales agrupados en el Consejo Gremial.
Cuando esperábamos una propuesta algo generosa, pues el empresariado lo que propone es un reajuste del 2%, lo que significaría un aumento de $17.556, es decir, $585 diarios, eso es una burla a la clase obrera y una bofetada para los trabajadores colombianos que son quienes ponen a rodar el aparato productivo.
Por su parte, las centrales obreras, plantearon un reajuste salarial de 13,9%, equivalente a un millón 200 mil pesos, ya incluido el básico, más el subsidio de transporte, una propuesta sin duda, más justa, equitativa y que ayudaría a dinamizar mucho más la lánguida economía nacional, tan golpeada por la actual crisis por cuenta de la pandemia.
El gobierno nacional y quienes dominan el país, empresarios, bancos, sector financiero etc, pretenden hacer el ajuste para enfrentar las consecuencias graves de la pandemia en materia de desempleo, de desigualdad, de crisis en general, por cuenta de los trabajadores, bajando sus salarios, eliminando sus primas, eliminado las horas de trabajo, pretenden precarizar mediante contratos por horas y con ellos ajustar hacia abajo sus salarios y sus prestaciones sociales.
Por otro lado, está ofreciendo una reforma tributaria para ampliar la base, es decir, para involucrar a muchos más colombianos y especialmente afectar las rentas laborales, se escucha que va haber reajuste de IVA, especialmente en contra o para cargar y afectar la canasta familiar que no se había tocado por ningún gobierno y también está pretendiendo que definitivamente no se toquen temas como costos financieros de los bancos, que no se pongan impuestos a los ricos, como impuesto al patrimonio, que sí debe operar en tiempos de crisis para quienes tengan capitales superiores a $3.500.000.000.oo líquidos, no pretenden tocar esos temas y está pretendiendo bajar el impuesto a la renta de las empresas o ya lo bajo en la anterior reforma tributaria y conservar esos privilegios y conservar un esquema de beneficios tributarios a los empresarios nacionales y extranjeros como haberle quitado el IVA a las importaciones de bienes de capital, está pretendiendo un ajuste para enfrentar la crisis que los paguen los pobres y los trabajadores.
El gobierno deja ver una vez más sus claras intenciones de seguir favoreciendo a toda costa al gran empresariado, a los industriales y a los ricos de este país, en detrimento de la economía de millones de familias colombianas que subsisten con un escaso salario mínimo, los que tienen empleo, que no son la mayoría.
Y es que, según cifras del propio DANE, de 14 millones 243 mil hogares colombianos, 6 millones 223 mil tienen ingresos de un salario mínimo o menos. Esto representa más del 43 por ciento de los hogares colombianos.
Si nos ponemos en los zapatos de las familias que devengan un salario mínimo o incluso menos, pues vemos que están en serios aprietos económicos, pues de ese valor, tienen que suplir gastos de vivienda o arriendos, alimentación, transporte, educación, es decir, que no les quedaría nada para gastos adicionales como vestuario o recreación familiar y esa penosa situación el gran empresariado poco la entiende, no existe esa sinergia por parte de los ricos de éste país con los trabajadores colombianos que son quienes, con su fuerza laboral, ponen a marchar sus empresas.
Ahora bien, somos conscientes del difícil momento que atraviesa no sólo Colombia, sino el mundo entero por la actual crisis de la covid-19, como se dice en el argot popular, "el palo no está para cucharas", pero sí se podría hacer un esfuerzo, que representaría dinamizar la economía, es decir, sin salario no hay demanda y sin demanda, las empresas no invierten para producir más.
Las empresas necesitan nivelar costos, pero también necesitan quien compre sus productos y si hay poco dinero circulante, pues muy pocos serán quienes logren comprar sus productos.
De todas formas, la situación es compleja, porque ningún sector quiere "aflojar" en sus propuestas y si no se logra un consenso, pues será el gobierno nacional quien entre a terciar en el asunto y fijar por decreto el nuevo salario mínimo, tal como sucede casi todos los años y sí eso ocurre esta vez, pues ya sabemos de qué lado está el gobierno.
Que entre el diablo y escoja y que Dios proteja a los millones de trabajadores colombianos.
Bogotá, D. C, 15 de diciembre de 2020
*Senador Liberal
@GGarciaRealpe
Por Mons Omar de Jesús Mejía Giraldo - Una buena pregunta que podemos hacernos es: ¿cómo celebrar la navidad en tiempos de incertidumbre? A este interrogante cada uno, cada familia, cada institución…, puede dar su propia respuesta. Lo cierto es que hemos de celebrar navidad. A pesar de las mil dificultades que hemos debido asumir en este momento histórico, la vida sigue, el mundo continúa avanzando y con el correr del tiempo se van gestando entre nosotros instantes inolvidables, que nunca se repetirán.
La verdad es que nos hemos acostumbrado a la navidad: comemos, hacemos fiestas, rezamos la novena de aguinaldos, damos y recibimos regalos, nos saludamos, nos abrazamos, descansamos, paseamos, visitamos a nuestros familiares y amigos… Quizás todo esto lo podamos seguir haciendo, aún más, es necesario hacerlo, el tiempo pasa y no se detiene, no podemos sentarnos a llorar en un rincón de nuestra existencia. Debemos avanzar en medio de todas las circunstancias implícitas de cada día, a lo que nos invita este “instante vital” es a que seamos más creativos y menos rutinarios.
Los invito a pensar lo siguiente: lo cierto es que, hoy estamos más cerca de la eternidad que hace un año. Por eso, celebremos Navidad con toda el alma. Pongámosle a este tiempo tan particular todos nuestros sentidos. Dejemos que el niño de Belén entre hasta lo más íntimo del alma, que penetre nuestros afectos y costumbres. Celebremos Navidad, con toda la intensidad espiritual posible, con todos los protocolos de seguridad que nos exige el momento presente y dejemos por fin que el centro de la navidad sea el mismo Dios encarnado, el Emmanuel, el Dios con nosotros. Que el protagonismo de esta navidad no este en las realidades del mundo, sino en el misterio que celebramos: la encarnación del Hijo de Dios.
En orden a lo práctico, los invito a celebrar esta Navidad con fe y esperanza, teniendo en cuenta los siguientes aspectos:
Lema: “Navidad en casa, navidad por la vida”.
Asistamos a la Santa Misa en nuestra parroquia, algunas celebran muy de madrugada, aprovechemos estos espacios para crecer en unidad.
El 07 de diciembre, en la noche, para celebrar las vísperas de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, los convoco a encender una vela por la vida. Lema para este día: “Por la vida enciende una vela”. Como un signo de fe, los invito a escribirle a cada vela el nombre de uno de nuestros familiares y/o amigos que han muerto a causa del Covid 19.
Recemos la novena de aguinaldos en casa, cuidémonos de aglomeraciones, seamos muy sensatos y cuidadosos en nuestras reuniones. Dios sigue dándonos días y la historia avanza, ya tendremos la oportunidad de volver a encontrarnos en grupos más grandes. En esta Navidad, por favor, en casa.
No perdamos la bonita costumbre de hacer el pesebre, este pequeño gesto nos ayuda a incrementar entre nosotros la virtud de la piedad. Este año pongamos en el pesebre los nombres de nuestra familia, aún los nombres de quienes se nos han ido, recordémoslo con afecto y cariño. En la comunión de los santos sintamos su presencia gozosa en medio de nosotros.
Estimados sacerdotes, religiosas (os), laicos, hermanos todos, tengamos toda la creatividad posible, aprovechemos con madurez y responsabilidad las redes sociales y los medios de comunicación para continuar nuestro proceso de evangelización.
A todos les deseo una feliz navidad y un próspero año nuevo.
Bogotá, D. C, 12 de diciembre de 2020
*+ Arzobispo de Florencia
Por Gabriel Ortiz*.-Este país no podrá alcanzar nunca una paz, un descanso, una tregua, una esperanza, un respiro, una calma. La mezcla que nos han dejado las razas que formaron al colombiano de hoy, son un desastre en su conjunto, un tumulto de genes que airadamente se abren paso para ganar espacio al producto final.
Esa refriega no nos permite convivir con serenidad y moderación. La ambición se interpone. Desde el más encopetado dirigente, hasta el más humilde aspirante al poder, la riqueza, la supremacía y el dominio, solo buscan sus propios intereses.
Lo “bueno” se defiende, si se traduce en rapiña, mientras lo malo se repudia, si no llena los bolsillos de quienes adjudican.
Así se creó, se mantiene y operará la corrupción, que nos ha consagrado como campeones mundiales.
El año que está por concluir transcurría dentro de los parámetros de nuestra clasificación mundial, pero la rapacidad se aceleró con ocasión de la pandemia. Afloraron los vuelos humanitarios, las provisiones, dotaciones, vacunas, vituallas y pertrechos, necesarias o innecesarios. Todo lo que se ofrecía se compraba. La pandemia se combatía solo con lavada de manos y tapabocas –a los que se aplicaba el IVA-.
Entre tanto febriles funcionarios, –con presidente a la cabeza- parlamentarios virtuales, lobbistas, asesores de gremios y banqueros, políticos y demás expertos en engorrar las cosas, se dedicaron a planificar reformas de toda índole. De esas que pasan con tediosas votaciones, en oscuras madrugadas.
Ha nacido así una dudosa y desconcertante reforma electoral, digna de cualquier Trump, para malograr elecciones y esconder resultados, que van a navegar con el beneplácito de quienes quieren agarrar lo que nunca alcanzarían con legalidad.
Avanza otra con máscara benefactora para los trabajadores, tejida con la misma piola de la funesta Ley 100. Tramposamente se incluyen los famosos contratos de trabajo por horas, que quieren opacar con la reducción de horas semanales, pero castigando los ingresos. Por ninguna parte incluye una fórmula creadora de empleo para los 4.5 millones de trabajadores que perdieron sus puestos por la pandemia.
Y qué tal la reforma tributaria que anuncia Carrasquilla, que reduce impuestos a los grandes capitales, elimina la clase media y la castiga con gravámenes que asumen los beneficios de los poderosos.
Como si fuera poco, contra viento y marea, se procederá a reformar las pensiones, que fueron creadas a imagen y semejanza de Chile, y que ahora un plebiscito las reforma por ser ruinosas para la clase trabajadora.
Así se maneja la maltrecha estructura económica colombiana de pandemia; y lo que se nos viene no abriga la esperanza de que las cosas cambien, o que por lo menos se abra una ventana salvadora.
BLANCO: El país debe rodear al archipiélago. No hay derecho a tanto abandono.
NEGRO: Es posible que ya haya sido elegido Gerente del Banco de la República, el inventor de los bonos de agua. Se pierde la independencia del Emisor y tambalean los presupuestos municipales.
Bogotá, D. C, 11 de diciembre de 2020
Periodista. Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper
Por José G. Hernández*.- El asunto por discutir a raíz de la reciente decisión judicial de tutela que ordenó al Gobierno exigir la prueba contra Covid-19 a viajeros que llegan a Colombia, no es el relativo a la cuestión epidemiológica -si es o no necesaria, si es viable, si es costosa, si es eficaz para controlar la expansión del virus, como lo piensan en otros países-. Eso lo establecerán los científicos o, si se quiere, la OMS, que no ha sido propiamente certera en sus decisiones sobre coronavirus.
No. El problema no es ese. Es la actitud del Gobierno colombiano -concretamente el Ministro de Salud- respecto a la orden. Su manifestación pública sobre desacato, con la excusa no explicada de la “imposibilidad de cumplir”. Ante lo cual nos preguntamos por qué es imposible algo que fue posible en días recientes -la prueba PCR se exigía en Colombia-, así como fue y es posible en varios países. Lo imposible es aquello que no se puede realizar. Lo que no es factible lograr, y no es el caso. Luego la excusa ministerial es inaceptable.
Pero ese tampoco es el problema, toda vez que la supuesta imposibilidad de exigir de nuevo la prueba ha debido ser explicada y probada ante el juez en el curso del trámite de la tutela, para que no se adoptara una decisión desinformada. Pero, como ello no se hizo, y estamos ante un fallo judicial obligatorio y de efectos inmediatos, el único camino es cumplir, sin perjuicio de los recursos.
En materia de tutela, por mandato del mismo artículo 86 de la Constitución y del Decreto 2591 de 1991, el fallo de tutela de primera instancia es obligatorio. Si no lo fuera, no sería fallo sino propuesta, ruego, solicitud o amable consejo, para tomar o dejar. Pero se trata de una sentencia, con una orden impartida a una autoridad, que, según la norma constitucional, es vinculante desde el comienzo y con carácter inmediato, que no se apela en el efecto suspensivo sino en el devolutivo, por cuanto se trata de proteger derechos fundamentales, en este caso la vida de muchos, nada menos. Dice así: “La protección consistirá en una orden para que aquel respecto de quien se solicita la tutela, actúe o se abstenga de hacerlo. El fallo, que será de inmediato cumplimiento, podrá impugnarse ante el juez competente y, en todo caso, éste lo remitirá a la Corte Constitucional para su eventual revisión”.
El punto no es si la prueba conviene o no, por dificultades científicas u otras. El asunto es: ¿cuándo entenderá el Gobierno -este no es su primer desacato- que los fallos son para cumplirlos, no para desacatarlos exponiendo a los medios los argumentos que se han debido exponer en el proceso? ¿Que no puede sentar el precedente de desacato a las sentencias si no le agradan? ¿Qué está dando muy mal ejemplo? ¿Qué el Estado de Derecho sin respeto a las sentencias es -ese sí- un imposible? ¿Que, aunque no se compartan, las providencia son obligatorias, con mayor razón para el Gobierno? ¿Qué con esos desacatos oficiales se envía un pésimo mensaje a la sociedad colombiana? ¿Que esa desobediencia es contumaz e implica responsabilidades?
Bogotá, D. C, 9 de diciembre de 2020
*Expresidente de la Corte Constitucional
Por Jairo Gómez*.- La fuerza de las armas criminales continúa pisoteando el derecho a la vida en Colombia. Esa violencia sigue dando resultados a los enemigos de la paz con el asesinato sistemático de líderes sociales, van 578 desde 2016, y de excombatientes de Farc firmantes del acuerdo de paz, van 245.
Para el Gobierno Duque este genocidio, como bien lo calificó monseñor Monsalve, no pasa de ser una cifra más y poco o nada se hace para evitarlo. Su ¿inocente? indiferencia reverbera en el poder de las pistolas del paramilitarismo, las disidencias de la guerrilla, el ELN y otras organizaciones ligadas al narcotráfico que imponen su voluntad sobre líderes sociales, indígenas, campesinos, negros y exguerrilleros y sus familias.
A la anterior tragedia agréguele las 79 masacres en el año 2020 en plena pandemia que dejan cerca de 340 colombianos y colombianas asesinados incluidos los indígenas, la etnia que más muertos ha puesto en este genocidio que no para. Esto, increíblemente, ocurre en un país que tiene 230.000 militares y 320.000 policías.
Pero Duque y el uribismo más preocupados por los resultados electorales en Venezuela y su proclividad al “comunismo”, miran con desdén su propia realidad. Tras esos ríos de sangre y un país afectado por una economía empobrecida y sin ingresos, el Gobierno anuncia una reforma tributaria en plena pandemia, causante sistemática de destrucción de empleos, para superar la crisis de ingresos en una economía ralentizada y con síntomas severos de recesión.
Pero la voraz ambición de este gobierno uribista, acompañado de conservadores, Colombia Justa y Libre, algunos o la mayoría de parlamentarios de Cambio Radical, el Partido Liberal y La U, se consume la poca esperanza de los colombianos con proyectos de ley contrarios a mitigar las cargas en tiempos difíciles e insisten en despojar de la salud a los colombianos consolidando el servicio en empresas privadas y sus EPS; dispondrá de una reforma laboral flexibilizando los despidos y fortaleciendo la tercerización del trabajo a través de las Órdenes de Prestación de Servicios con el argumento de que solo así se reactivará el empleo. Falso.
Ese es el escenario para 2022, ni más ni menos. No podemos negar que atravesamos un momento particularmente crítico que puede llevarnos al hundimiento de la poca democracia que nos queda o a una democracia renovada, por ello la discusión no es si existe o no “el centro”. Hasta Duque se monta en ese bus que no es otra cosa que la derecha gobernando como lo ha hecho siete décadas atrás, o es que ¿unidos a los presidentes del Frente Nacional, López, Turbay, Betancur, Barco, Gaviria, Samper, ¿Pastrana, Uribe uno y dos, Santos uno y dos y Duque para quién gobernaron o gobierna? Hay quienes aseguran que en Colombia “los gobiernos han sido centristas”, pero la realidad es otra: han gobernado, sin duda, para una derecha monocolor y excluyente integrada por poderosos empresarios, banqueros y terratenientes de la comarca.
En esa lógica, la pregunta es ¿qué tan reformista ha sido el centro en el método de los que gobernaron el país en 70 años? ¿Esa debacle que vemos hoy es responsabilidad única de esos gobiernos, o no? Entonces, ¿cómo haría el centro para reformar ese estado de cosas actuales que nos tienen en un clima insuperable de shoch? ¿Con reformas sí, pero no, o hacerlas moderadamente, consultando a ricos y pobres para llegar a un consenso? ¿Todo para evitar la confrontación ideológica con esa derecha de la que ellos han hecho parte en el pasado y no pisar callos? Porque todos sabemos que la derecha ama a Luis Carlos Sarmiento, es su Adam Smiht.
Ahora bien, veamos el otro lado de la moneda, la satanizada izquierda que nunca ha gobernado el país, pero a la que responsabilizan de la catástrofe, esa que comparan con Venezuela, pero no con España, por ejemplo, donde gobierna con acierto. La izquierda de Colombia hoy no es la izquierda dogmática de tiempo atrás, pero el solo hecho de plantear cambios estructurales a través de reformas urgentes, necesarias e incluyentes (como las que proponen Petro, Robledo, la Robledo, López y los que vengan) es, para los señores del centro la radicalización del discurso y la polarización, y para la derecha, repito, el castrochavismo muerto y vuelto a nacer.
Por supuesto que el debate no es estéril, pero hablar en la Colombia hoy de centro como única alternativa en un escenario de crisis ¿es el camino? ¿El país necesita de moderados o de reformistas radicales?, creo que los problemas que ahogan el futuro de los colombianos no dan espera; para la muestra un botón:
El colombiano de a pie sigue en la calle comiendo mierda a la espera de que se pague esa gran deuda social que se tiene con las clases pobres y miserables de este país, que la política recobre su ética, que la corrupción se robe el 10 no el 50 o el 70 por ciento, que se garantice educación de calidad y gratuita, que la salud no sea un privilegio, que tengamos acceso a instancias de poder y administración de la cosa pública en igualdad de condiciones, que la justicia sea para todos no para los de ruana, que el campesino vuelva a su lugar natural con oportunidades y que la tierra no siga siendo un instrumento de poder de terratenientes sino de progreso que nos garantice una soberanía alimentaria. Si esto es populismo, según el centro, apague y vámonos.
Bogotá, D. C, 9 de diciembre de 2020
*Periodista. Analista Político.
@jairotevi