Opinión
Por Fabio Cifuentes*.-Me llama poderosamente la atención que en momentos como el que estamos viviendo se escuche decir, de manera repetida, que esto es un castigo divino. Pero puedo afirmar que Dios NO es un castigador.
No soy especialista en teología, ni en las sagradas escrituras, simplemente soy un católico de misa dominical, pero suficiente como para entender que Dios no está pendiente de los errores de sus hijos para lanzarles rayos y centellas sino cumplen su voluntad.
Hace poco vi en redes sociales que entrevistaban a una niña y decía que había visto a Jesús y que le había pedido llevar el mensaje, de que el 21 de abril todos se tenían que encerrar y el que no cumpliera iba a morir. Aquí seguimos vivos.
Es normal escuchar de la ira de Dios, que todo lo malo que nos pase es un castigo divino, que Dios no castiga ni con palo ni con rejo. Cualquier cosa se dice para evadir nuestras responsabilidades.
Todo lo que nos pasa es consecuencia de lo bueno o malo que hagamos individual o colectivamente. Para nadie es un secreto que si seguimos destruyendo el planeta vamos a tener una hambruna tenebrosa ¿eso es castigo de Dios?
Los que creemos en Dios sabemos que él nos ama tanto que nos dio la libertad absoluta hasta para hacer el mal y condenarnos. Cada quien escoge su camino, lo ideal es que todos vivamos amando a Dios sobre todas las cosas y sirviendo al prójimo.
No tendría lógica que Dios nos diera libertad absoluta y que le mandara las siete plagas a quien vaya en contra de sus mandamientos. Eso no es así, al final de nuestras vidas rendiremos cuentas y ahí recibiremos la calificación de nuestras obras en este mundo.
Por eso, llegó la hora de no “calumniar” más a Dios. Cada quien asuma la responsabilidad de sus actos y entiendan que Dios no es castigador, es un Dios de amor, misericordioso y que siempre nos está protegiendo.
Dios es un ser perfecto sin mancha de pecado, por eso no me puedo imaginar un Dios lleno de ira, vengativo, persiguiendo a sus hijos para matarlos, eso no tiene sentido. Cada quien se condena o se salva solo.
Tener fe es tener la confianza absoluta de que tenemos un padre misericordioso que siempre nos está acompañando. Erramos al decir que tenemos fe cuando estamos llenos de temores. Eso no es fe, porque no estamos confiando en la grandeza de Dios.
Mi mejor explicación de la fe es la imagen de Jesús caminando sobre las aguas. Pedro temeroso le pide: “Señor, si eres tú, has que yo vaya hacia ti caminando sobre el agua. Jesús le dijo: ¡Ven!
Pedro se empezó a hundir y gritó: ¡Señor, sálvame!
Jesús de inmediato lo tomó de la mano y le dijo:
Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?”
Esa es la fe, si dudamos del amor y la grandeza de Dios nos vamos a hundir solos. No dudemos, no tengamos miedo, porque de la mano de Dios hasta los momentos más difíciles los vamos a superar.
Dios nos ha dado una vocación, un talento especial para ayudar a transformar su gran obra, descubramos esa vocación, seamos solidarios, no permitamos que el materialismo destruya nuestra verdadera felicidad.
Si todos descubrimos nuestra vocación el mundo va ser diferente porque vamos a hacer lo que nos gusta con pasión, vamos a servir con amor, y en ese momento el materialismo pasará a un segundo plano. En esta crisis entendimos que todos necesitamos de todos.
Bogotá, D, C, 6 de mayo de 2020
*Asesor en Estrategia de Comunicaciones. Se ha desempeñado como subsecretario de prensa de la Presidencia de la República, jefe de prensa de la Campaña Presidencial Juan Manuel Santos y Periodista Caracol Radio.
Por Jairo Gómez*.- En todos los tonos filósofos y líderes políticos mundiales lo han dicho: el covid-19 nos cambió la vida y, de la mano de esa reflexión, aseguran que las políticas económicas neoliberales no pueden ser el referente para replantearnos la sociedad después de la pandemia y tampoco el itinerario para solucionar los ingentes problemas que ha evidenciado el virus como la pobreza, la desigualdad y la crisis en la salud pública, amén de los daños que en tiempo real hay que resolver y no dan espera.
Mientras en Estados Unidos se calcula la pérdida de 30 millones de puestos de trabajo, en países como España ya se habla de una tasa de desempleo cercana al 20 por ciento. Este guantazo, por ejemplo, provocó que sus gobernantes, sin pensarlo dos veces, comenzaran a mirar hacia dentro para evitar el colapso de su economía: Trump y el Congreso decidieron inyectarle cerca de tres trillones de dólares a la economía para proteger las empresas y preservar el trabajo de millones de estadounidenses; y los españoles, además de orientar recursos en el mismo sentido, es decir proporcionar dineros para evitar la quiebra del empresariado y conservar al máximo los puestos de trabajo, también optaron por medidas adicionales como la de auxiliar a los más vulnerables y propusieron, entre otras, la implementación de un Ingreso Mínimo Vital permanente que le garantice a millones de familias tener con que llegar a fin de mes. Pensaron en la gente, no en el mercado.
Nada que ver esas medidas con la ortodoxia neoliberal, pero en Colombia sus dirigentes proponen todo lo contrario y se sigue pensando como pensaba el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial antes de la pandemia.
Mientras en los países desarrollados se valora la idea post pandemia de crear un impuesto a la riqueza para cerrar la brecha de la desigualdad, en este país, el candidato presidencial Germán Vargas Lleras, aliado político y programático del presidente Duque y hombre incondicional del gran capital, recomienda para solventar la crisis económica producto del coronavirus eliminar de los ingresos de los trabajadores sus cesantías, los intereses de las cesantías, sus primas, el subsidio de transporte y las dotaciones obligatorias a los trabajadores, además de ponerlos a trabajar domingos y festivos sin concederles pago por horas extras.
Qué desfachatez, es decir, abrir y no cerrar la brecha social; pero además tiene la frescura de reconocer en su columna publicada en El Tiempo que “yo sé que todas estas propuestas son delicadas e impopulares, pero necesarias si se quiere evitar una masacre laboral”.
No había visto coscorrón más desvergonzado y ofensivo en la cabeza de millones de colombianos. ¡Qué burla! habla de “masacre laboral” en un país con el 70 por ciento de informalidad. No se puede ser más caradura.
Claro, la propuesta no tiene otro fin que el de proteger la economía de mercado; es decir, “ahorrarle” a los bancos, potentados grupos económicos y terratenientes cerca de 4 billones de pesos. Qué contradicción, mientras el Fondo Monetario Internacional autoriza a todos los gobiernos a que “gasten lo que más puedan para solventar la crisis social producto de la epidemia”, el exministro propone recortes.
No habla el aspirante presidencial de los 500 mil millones de pesos que vía encaje bancario este gobierno, que él apoya, le regaló a los bancos. Tampoco de los 70 billones en exenciones aprobados en cada reforma tributaria dizque para fomentar la creación de nuevos puestos de trabajo. Solo se le ocurre sugerir reducir a los trabajadores para solucionar la crisis y nada dice de aquellas empresas y empresarios, políticos, prestamistas y periodistas que se llevan sus multimillonarias ganancias a paraísos fiscales para dejar de pagar impuestos en nuestro país.
Qué cinismo el de esta clase dirigente colombiana indolente, excluyente y clasista que apoyada en la propiedad de sus medios de comunicación vende la idea de que las mayorías están condenadas a morirse democrática y libremente de hambre.
Mientras en otras latitudes ya se preocupan y diseñan propuestas para contrarrestar los nefastos efectos del coronavirus, en Colombia el gobierno y la tradicional clase política le apuestan a que esta pandemia no derive en cambios y reformas estructurales y más bien los veo preparándose para reprimir las próximas protestas: en plena pandemia Duque autorizó la compra de 81 mil gases lacrimógenos y 13 mil balas por más de nueve mil millones de pesos; cinco tanquetas para el ESMAD, por más de siete mil millones de pesos; y, como si fuera poco, el propio presidente, tras corroborar su falta de liderazgo, le arrebata dineros a la paz ( más de tres mil millones de pesos) para mejorar su desvalida imagen. ¡Qué torpeza!
Bogotá, D. C, 6 de mayo de 2020
*Periodista y Analista Político.
@jairotevi
Por Guillermo García Realpe*.- El mundo y el país continúan dando la batalla por superar cuanto antes la crisis generada por la contingencia del covid-19, situación que tiene contra las cuerdas la productividad y empleabilidad de la mayoría de las naciones.
No será fácil superar esta crisis, tampoco nos sobrepondremos tan rápido. Recomponer las cosas tomará varios meses, recuperar las fuentes de empleo y el lugar laboral de muchos trabajadores será tarea de todos y un gran reto para los países. Sin duda, el mundo no será el mismo después del coronavirus.
Esta es una de las crisis más graves que afronta nuestra generación, el más grande reto que nosotros conocemos. Pero las crisis también traen grandes oportunidades y como país, tendremos que reinventarnos en muchos frentes, en muchos sectores que hoy no funcionan bien, en ese orden de ideas, debemos prepararnos para empezar a dar el debate que desencadene en la transformación social, económica y política que hoy el país requiere.
Primero, la reforma total al sistema de salud, que hoy privilegia los intereses empresariales y no el reconocimiento efectivo al derecho fundamental de la salud, tampoco ha respetado la dignidad laboral y prestacional del recurso que se dedica al reconocimiento de este derecho fundamental. Hoy el actual sistema está orientado a favorecer intereses empresariales de los intermediarios, llámese EPS, ARL o AFP y eso tenemos que cambiarlo.
También, debemos promover la defensa de los sectores populares, combatiendo la desigualdad, combatiendo la inequidad que vive Colombia como uno de los países más desiguales del mundo, apoyando la pequeña y mediana industria. Combatir la pobreza multidimensional, la miseria, la exclusión social y la marginalidad, debe ser, sin duda, uno de los compromisos impostergables en el mediano y largo plazo.
Tenemos que promover una sociedad más colectiva y solidaria, que tienda a superar las más agudas expresiones de desigualdad de Colombia, defender la pequeña producción agraria e industrial para generar empleo, ingreso y oportunidades, profundizar la implementación del proceso de paz como único camino al desarrollo y convivencia nacional, estimulando también el necesario diálogo de paz con el Ejército de Liberación Nacional para cerrar definitivamente el círculo de la guerra. Promover gobiernos regionales y nacionales, fruto de la más amplia convergencia de todos los sectores populares, sociales, estudiantiles, políticos, académicos y de trabajadores de tendencia progresista para derrotar la derecha que promueve el crimen, la muerte de los luchadores populares y gobiernos de intereses empresariales mezquinos e indolentes. Una coalición que sea capaz y este decidida a promover estás y otras reformas que ansían las mayorías nacionales.
En el campo político, tenemos que avanzar en el diseño de una gran reforma política, integral, sin vicios, sin triquiñuelas, sin micos, que sea transparente, de cara al país, a los ciudadanos y desde luego a nuestra democracia.
Para ello, es necesario la implementación de las listas cerradas para todas las corporaciones públicas de elección popular, pero donde no prime la cultura del bolígrafo que privilegia a unos pocos, sino con plenas garantías para quienes estamos en el escenario de la política. Se debe fortalecer entonces a los partidos, como instituciones que abran espacio sin distingo a los ciudadanos que quieran ganar la bendición de los ciudadanos en las urnas, sin exclusiones y con plenos derechos a ser parte de la democracia.
Colombia también debe dar el salto hacia la implementación del voto electrónico y el voto obligatorio al menos durante dos períodos, así podríamos combatir el alto abstencionismo que se presenta en las diferentes elecciones. Es sano pensar en que el país puede recomponer su rumbo, pero esa es una responsabilidad absoluta de los ciudadanos a la hora de acudir a las urnas. De ahí parte, en un alto porcentaje nuestro futuro como país, pero debemos elegir bien, gente preparada, que tenga claro los grandes problemas nacionales, que sea un líder holístico, que se interese por combatir la corrupción, ese gran cáncer que carcome todos los días a nuestras instituciones públicas, pero también privadas, sólo así Colombia podría avizorar nuevos días, llenos de esperanza, de optimismo, donde las nuevas generaciones gocen de una Nación prospera, donde se construya permanentemente y donde los sueños de todos se hagan realidad.
Finalmente en materia ambiental, debemos apostarle al desarrollo sostenible, a superar la era de la economía que depende del extractivismo y de los hilos internacionales y a cambio, impulsar energías limpias y renovables, por supuesto a estar también en Paz con la Naturaleza.
Bogotá, D. C, 4 de mayo de 2020
*Senador LIberal
Juan Camilo Restrepo*.- Lo único que sabemos con certeza es que tanto en Colombia como en el resto del mundo la situación de la salud y de la economía está en cuidados intensivos. Y en lo relacionado con la política fiscal solo conocemos un cúmulo desordenado de cábalas, propuestas que están saliendo a la superficie, ninguna de las cuales tiene un asidero sólido, hasta tanto no hable el Gobierno que es a quien le corresponde hacerlo.
Es apremiante que el Gobierno, o sea el Ministerio de Hacienda y Planeación, presenten debidamente cuantificada la situación fiscal del país. Y sobre todo, lo que viene hacia adelante. Mientras no lo hagan seguirán proliferando proyecciones y propuestas construidas más con el deseo que con la realidad. Que confunden al crear falsas expectativas que luego es difícil desmontar.
Por ejemplo, a alguien se le ocurre que el déficit fiscal debe ser en el 2020 del 6% del PIB y no del 4,9% como recomendó la comisión asesora dela regla fiscal. ¿Y por qué no del 7% o del 8%, porcentajes que como van las cosas se acercan más a la gravedad de la situación? Anif propone que se le entreguen $450.000 a cada familia pobre del país “para poder comer”, propuesta que vale la friolera de 7,5 billones, sin contarnos de dónde saldrán los recursos. Las cartas con las que gremios y grupos de presión tienen inundado al Gobierno piden que se subsidien las nóminas o simplemente que las asuma en su totalidad el Gobierno. Avianca está pidiendo pista para un barrigazo de emergencia. Otros proponen una condonación general de deudas bancarias a las empresas que conserven puestos de trabajo. Y así por el estilo. Las propuestas abundan.
Mientras el Gobierno no devele cuál es exactamente la situación fiscal del país y sobre todo cuáles son las posibilidades del fisco para financiar el programa de gasto público contra cíclico, seguiremos moviéndonos en el estéril mundo del ojímetro. Y de las iniciativas alegres.
“Nadie sabe cuál va a ser la pintura de las finanzas públicas”, dijo el viceministro de Hacienda en audiencia que tuvo lugar el miércoles de esta semana en el Congreso. Es necesario que se conozca cuanto antes esa pintura.
¿Y qué debe dibujar el Gobierno sobre ese lienzo? Lo principal es esto: ¿cuál es el programa de gasto público que tiene en mente para enfrentar la crisis y reactivar la economía y el empleo? ¿Cuánto vale ese programa? ¿Con qué secuencia se van a hacer estos gastos? ¿Cuáles serán las prioridades? ¿De qué recursos se dispone y de cuáles no? ¿Qué esfuerzo complementario se le va a solicitar al sector privado?
Resulta muy preocupante ver, por ejemplo, informes como el que publicó el Tiempo del pasado 25 de abril en el que se afirma que Colombia es uno de los países latinoamericanos que menos recursos fiscales está destinando para atender la emergencia del Coronavirus y el alivio de las familias pobres y vulnerables. El Perú, por ejemplo, ya promulgó un programa de gasto público contra cíclico que es el doble como proporción del PIB del anunciado hasta el momento por Colombia.
El Gobierno ya anunció el programa de lo que pudiéramos llamar los “primeros auxilios” ($14 billones, que es la cifra que aparece en el decreto de la emergencia). Ahora resta detallar el programa de gasto público de mediano y largo plazo: el que habrá de ayudar a la recuperación del empleo y de la economía de la postración en que va a dejarnos la pandemia.
Desde luego: no son preguntas fáciles pero son urgentes. Una vez que se dimensione la magnitud del gasto público contra cíclico podrán responderse por sustracción de materia otras preguntas, tales como: ¿cómo se financiará dicho programa? ¿De qué magnitud será el endeudamiento público requerido? ¿Qué puertas se tocarán para obtener ese endeudamiento adicional? ¿Hasta dónde se elevará el déficit fiscal?
El lugar para responder la pregunta fundamental del “quantum” del gasto público contra cíclico debe ser el nuevo Marco Fiscal de Mediano Plazo, pues el anterior quedó hecho trizas. El Gobierno ha dicho que está trabajando en ello. El plazo legal para presentarlo al Congreso es el mes de junio. Sería muy bueno inclusive si pueden adelantar su presentación.
Este documento es fundamental para señalar las pautas del presupuesto para la vigencia 2021 que, según la Constitución, debe estar listo y presentado al Congreso en los primeros diez días de la legislatura que se inicia el próximo 20 de julio.
Mientras ese telón de fondo fiscal no lo dibuje el Gobierno seguiremos en el mundo del ojímetro y de las iniciativas variopintas. Que aunque bien intencionadas no tienen un anclaje firme en la realidad. Y no permiten discernir lo que es deseable de lo que es posible.
Bogotá, D. C, 3 de mayo de 2020
*Abogado y Economista. Exministro de Estado
Por Mauricio Cabrera Galvis*.- En todo el mundo la crisis del coronavirus está destruyendo empleos. ¿Cómo explicar que en Colombia en marzo el número de desempleados en Colombia hubiera disminuido (Sí, ¡disminuido!) en 75.000 personas al pasar de 3.04 a 2.97 millones? ¿No es contradictorio esto con la tasa de desempleo que en el mismo mes subió de 12.2% a 12.6% con respecto a mes anterior?
La primera reacción de algunos será culpar al DANE y cuestionar la veracidad de las estadísticas oficiales acusándolo de estar tapando la realidad. Respuesta equivocada. Las cifras del DANE sí están reflejando el impacto de la crisis, que es mucho mayor y más rápido de lo que se había previsto. Lo que pasa es que hay que mirar todas las cifras.
El galimatías de cifras aparentemente contradictorias tiene una sencilla explicación en dos definiciones de la metodología. Primera, los Desocupados no son todas las personas que están sin trabajo, sino únicamente los que están buscando trabajo y no lo encuentran. Esto quiere decir que si una persona perdió su empleo pero no salió a buscar uno nuevo, no se cuenta como desocupado. El número de desocupados bajó en Colombia porque casi todas las personas que se quedaron si trabajo en marzo –que fueron muchísimas- no salieron a buscar otro.
La segunda, es la definición de Población Económicamente Activa (PEA) que es precisamente el número de personas que está trabajando o buscando trabajo. En Marzo ese número cayó en 1.45 millones, que es la cantidad de personas que dejaron de buscar trabajo, porque se cansaron o porque con la cuarentena no pueden hacerlo.
Por eso la cifra más relevante que hay que mirar es la del número de personas ocupadas, que en Marzo cayó de manera dramática al pasar de 22.0 a 20.53 millones. Esto quiere decir que en solo un mes, o mejor dicho en 10 días desde que se decretó el confinamiento, casi un millón y medio de personas se quedaron sin trabajo.
El DANE solo publica el promedio trimestral de la clasificación de los ocupados, de manera que no es comparable con la cifra mensual, pero si aparece que el 60% de la reducción en el trimestre corresponde a trabajadores independientes, la mayoría informales, y el 25% a obreros y empleados.
Si esta destrucción de empleo fue en dos semanas, y la tendencia se mantiene, los datos de pérdidas de empleo en Abril serán tan apocalípticos como en los Estados Unidos, donde en 6 semanas el número de desempleados aumentó en 30 millones, que representa el 20% de la fuerza laboral de ese país.
Para evitar una enorme destrucción de empleos, que afecta tanto a los independientes como a las empresas, se requiere que la intervención del Estado logre el doble objetivo de proteger el ingreso de los trabajadores y preservar las fuentes de empleo, es decir a las empresas. Así lo ha entendido el gobierno y las medidas tomadas apuntan en esa doble dirección pero son insuficientes y no están utilizando los canales más efectivos.
Insuficientes porque el monto de ayuda a los independientes es muy bajo y no está cubriendo todo el universo de personas afectadas. Inefectivas porque es mucho mejor el subsidio directo a las nóminas como en Europa que los créditos garantizados que no han funcionado bien ni siquiera en Estados Unidos. Pero eso será tema de otra columna.
Cali, 3 de mayo de 2020
*Filósofo y Economista. Consultor
Por Amylkar D. Acosta M*.- El día que en Colombia se trine menos y se lea más tendremos un país distinto. A. A.
Ahora que estamos en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO), es la ocasión propicia para reflexionar sobre la importancia de los libros, pero también sobre la lectura, el entendimiento y la comprensión de los textos leídos, no importa si en edición impresa o digital, que sólo representan el 3% del total en Colombia. Según el dato más reciente de la Cámara Colombiana del Libro (2019), un colombiano en promedio lee alrededor 2,7 libros por año, aproximadamente. Aunque hemos progresado, porque en 1988, apenas se leía un promedio de medio libro al año, es más lo que nos falta por avanzar que lo que hemos avanzado para equipararnos con otros países, como Argentina o Chile en Latinoamérica. Además, según la encuesta nacional de lectura (2019), al 28,3 % de los colombianos no le gusta leer.
Los resultados de las pruebas Pisa 2018 pusieron en evidencia algunas falencias y debilidades del sistema educativo colombiano, principalmente en lo tocante a la lectura crítica y comprensión. Según dichas pruebas Colombia, en lugar de mejorar en su desempeño, desmejoró significativamente. Ahora que, por nuestra membresía a la OCDE, considerado un club de buenas prácticas, Colombia se debe someter a sus métricas y el resultado obtenido en estas pruebas no la favorece. En efecto, el puntaje de lectura alcanzado (412) está muy por debajo del conjunto de países que hacen parte de la OCDE (487) y lo que es peor se retrocedió frente al resultado de las mismas pruebas en 2015 (425)!
Por muchos años se volvió una frase de cajón decir que en el pasado el mundo se dividía entre quienes tenían y los que no tenían, luego entre quienes sabían y los que no sabían, posteriormente entre quienes estaban conectados a la red de internet y quienes no estaban conectados. Hasta hace pocos años la mayor dificultad para quienes estudiábamos e investigábamos era el acceso a la información, hoy en día la información está en la red, al punto que, como nos lo enseña el reputado escritor Yubal Noah Harari, en su obra Las 21 lecciones para el siglo XXI, la tecnología, merced a la inteligencia artificial, al algoritmo y la big data, gracias a la cuarta revolución industrial, un robot está en capacidad de acumular la información que tanto nos abruma a los humanos y reemplazar a este en múltiples actividades.
El mundo quedó atónito recientemente al conocer que científicos japoneses lograron programar un computador para que valiéndose de la inteligencia artificial pudiera escribir una novela. Pero, lo más sorprendente es que una novela escrita por un robot estuvo a punto de ganar un concurso internacional, fue finalista. Y, en concepto de uno de los jurados, el escritor japonés de ciencia ficción Satoshi Jose, elogió la novela y manifestó que, aunque tenía algunas fallas e inexactitudes en la descripción de los personajes, la misma estaba muy bien estructurada. Vea pues!
Pero la única facultad humana que aún no está al alcance de un robot es el del discernimiento y el de la creatividad. De allí la importancia del concepto del eminente científico colombiano, el médico neurofisiólogo Rodolfo Llinas, en el sentido que “más importante que saber es entender y para entender es fundamental contextualizar el conocimiento”. Esta es otra etapa mucho más avanzada, en donde se tiene mucho más acceso a la información y al conocimiento que antes, pero el valor agregado por parte del investigador está en el discernimiento, el entendimiento y la contextualización del conocimiento que, por fortuna, aún está reservado a los humanos y no está al alcance de los humanoides.
Cota, mayo 2 de 2020
*Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía.
www.amylkaracosta.net
Por: José Félix Lafaurie Rivera*.- Represento a los ganaderos en la Junta Directiva de Finagro y, en tal condición, sería omisivo no referirme al Crédito Agropecuario, a propósito del debate público sobre la Línea Especial Colombia Agro Produce, creada para apoyar la producción rural durante la pandemia.
Al margen de las investigaciones de los órganos de control, el problema es más de fondo, del Sistema de Crédito Agropecuario, creado hace 30 años por la Ley 16 de 1990, que dio vida a Finagro, y fue modificado a retazos sin que hasta hoy se haya revisado integralmente. Como en muchos aspectos de la vida nacional, tuvo que caernos una pandemia para hacer esos cambios profundos y necesarios, cuando el sistema evidencia sus distorsiones e inequidades.
La desviación de la sustitutiva: Finagro es operador de las directrices de la Comisión de Crédito Agropecuario, con una oferta de líneas de fomento que llega al productor a través de los bancos, conocida como “cartera de redescuento” y alimentada, principalmente, por la emisión de Títulos de Desarrollo Agropecuario, que son inversiones obligatorias para los bancos.
Sin embargo, el crédito de redescuento, que fue bandera y esencia de Finagro, se empezó a degradar durante la última década, al punto que en 2007 representaba el 78% del total de las colocaciones y, doce años después, en 2019, apenas aportó el 19%.
¿Qué pasó? La ley les permite a los bancos “sustituir” la inversión forzosa por el otorgamiento de créditos directos, registrados como Finagro, pero flexibles en sus condiciones y orientación; y como la lógica de fomento es diferente a la lógica comercial de los bancos, estos empezaron a enfocarse en los segmentos de menor riesgo, como la gran agroindustria, que es, además, esencialmente urbana. No es extraño, entonces, que en 2019 la cartera sustitutiva se hubiera llevado el 81% del total de colocaciones.
La inequidad hacia el productor primario: La ley misma permite esa “fuga” de recursos, a partir de una concepción de cadena que es válida, pero sin perder el objetivo de privilegiar al productor ligado a la tierra. Hoy, cuando existen gigantes de la comercialización y la agroindustria, un “gran” productor rural, con activos apenas superiores a los 4.000 millones, no se puede comparar con empresas agroindustriales que se miden en billones. No es en vano que, en 2019, los comercializadores y transformadores recibieran 11 billones, equivalentes al 56%, mientras al eslabón primario llegaron 4,7 billones, el 25% del total.
La inequidad hacia el pequeño productor es apenas un resultado de esas distorsiones. En 2019, los pequeños recibieron el 13% de los recursos, mientras los grandes absorbieron el 71%.
En un tema tan estratégico para el campo, es necesario aprovechar la coyuntura de cambio que nos impone la pandemia. Por ello presenté una proposición a la Junta Directiva de Finagro, con cinco elementos sustantivos para el nuevo Crédito Agropecuario.
1) Clasificación del productor por ingresos y no por activos. 2) Diferenciación del verdadero productor primario, ligado a la tierra y los animales, de los eslabones de transformación, comercialización y servicios de apoyo. 3) Reestructuración de la cartera sustitutiva, con cupos obligatorios para pequeños, medianos y grandes productores primarios. 4) Asistencia técnica obligatoria para pequeños productores, que facilite el acceso al crédito y disminuya el riesgo y la tasa de interés. 5) Sistema Móvil de Garantías, administrado por Finagro, que libere cupo hipotecario al ritmo de la amortización, permitiendo acceso permanente al crédito.
La plata del campo para el campo, debe ser la consigna en tiempos de cambio, no solo como propósito de equidad, sino de futuro para Colombia.
Bogotá, D. C, 3 de mayo de 2020
*Presidente FEDEGAN
@jflafaurie
Por Gabriel Ortiz*.- Mientras en Colombia y en gran parte de los países del mundo sus poblaciones tratan de sobrevivir a la pandemia que los acosa con el coronavirus, que penetra organismos y pulmones de la humanidad, a los sectores bancarios e inversionista, ni siquiera el toca un simple catarro, o “influencia” bugueña de que habla cierta senadora.
Nuestro sistema financiero se anticipa a todo lo que en el tiempo y la distancia se vislumbre como control. No admite una mínima inyección de justicia social. Utiliza en su beneficio la más acertada vacuna, en el momento preciso.
Hoy desde las más grandes, hasta las más pequeñas empresas, industrias, comercios, formales o informales, incluyendo las finanzas hogareñas, van por los caminos ruinosos de la pospandemia, sin que la banca se apiade de quienes han sido su sostén en la prosperidad o en los momentos más difíciles.
Todos los países han tomado medidas acertadas para evitar que el sector financiero pesque en el río revuelto por el Covid-19. Han reducido los intereses, han subsidiado el pago de las nóminas para defender el empleo y condonados créditos.
El sector financiero colombiano ha recibido jugosos regalos impositivos con las últimas reformas tributarias. El Banco de la República ha bajado los intereses, medida que no se ha extendido a los usuarios.
A este paso y antes de que la comunidad científica descubra la vacuna, todos los bienes y servicios de esta nación estarán en las manos de quienes hace pocos años recibieron el apoyo de millones de colombianos que con sus impuestos salvaron de la quiebra a una banca, que después a precios de ocasión, fue entregada a los prestamistas que hoy miran con desprecio y sin compasión a millones de nuevos pobres de coronavirus.
La crisis que hoy soporta el mundo -Colombia incluida- y las que se avecinan, han devorado y devorarán en el inmediato futuro, los sistemas de salud que visitan con más frecuencia las pandemias, ante la decadente vitalidad de los habitantes. Y es el sector financiero el que se ha vigorizado con esa desgracia.
El gobierno Duque buscó fortalecer la producción alimentaria para soportar la tragedia. Ordenó destinar una abultada suma para los agricultores, con intereses justos. Pero aparecieron los grandes y se apoderaron del 90 por ciento de ese crédito y dejaron como ocurrió con AIS, las migajas a los pobres. Los grandes terratenientes no siembran, importan. Los pequeños, los del crédito oneroso, solo podrán sufragar los costos de parte de sus cosechas. Luego vendrán la escasez alimentaria y la hambruna con todas sus secuelas.
Estamos pues, ante el imperio de un sector financiero, que capta barato y presta con avaricia. Ese que impone líderes, conforma dirigencias y dispone la organización de sociedades débiles, desinformadas y lamentables.
Cuando llegue la vacuna, seguramente será tarde. Ya todos tendremos “corona”.
BLANCO: La Onu pide nuevamente al ELN, prolongar el alto al fuego.
NEGRO: La grave situación económica de la empresa aeronáutica. Sin apoyo, también desaparecerá el turismo.
Atlanta, 1 de abril de 2020
*Periodista Exdiretor del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper.
Por José G. Hernández*.- El coronavirus es, sin duda alguna, para todo el mundo, el mayor desafío del siglo -hasta ahora, porque quedan ochenta años y pueden venir cosas más complicadas-. Y ha sido a la vez el mayor reto para quienes ejercen el poder.
Como lo expresé en escrito reciente para el primer número de la revista digital “Pandemia”, que dirige mi buena amiga Gina Montealegre, ese virus ha implicado un apreciable crecimiento del papel del Estado -por lo menos ante la expectativa popular-, dando lugar a unas mayores facultades, aceptadas inclusive por las tendencias enemigas del intervencionismo. Pero, ante los hechos, cabe meditar no solamente en ese fundamental concepto alrededor del cual giran la Ciencia Política y la Teoría del Estado, “el Poder” -el que está en cabeza de los gobernantes-, sino en lo contrario, que en estos meses ha quedado al descubierto en muchas partes: la incompetencia, la ineptitud, la falsedad y el fracaso del poder.
En tal sentido, como lo prueban los hechos, el Poder -con mayúscula, el de los presidentes y los primeros ministros- ha sido puesto a prueba, y ésta ha dado negativo: no han podido con el virus. Se ha mostrado, sin posibilidades de ocultar -aunque los medios y los informes oficiales han ayudado a los gobiernos a disminuir el impacto-, la impotencia o ineptitud, que consiste en carecer del poder, es decir, en el drama de gobernantes que, como Donald Trump, Boris Johnson, Pedro Sánchez, López Obrador, Lenin Moreno, Jair Bolsonaro o Sebastián Piñera, entre otros, han pasado de la omnipotencia a la desesperación, a la agresividad, a la burla pública -como en el caso del presidente norteamericano cuando sugirió, como tratamiento contra el contagio, unas inyecciones de desinfectante- .
Han llegado a aceptar, demasiado tarde y a regañadientes, decisiones -como la cuarentena-, impuestas por la dura realidad y en razón del formidable poder del coronavirus, y después, varios de ellos, bajo presión de poderosos intereses financieros y empresariales -lo que demuestra que tampoco ante ellos ejercen un genuino poder- las han desmontado sin decirlo. “Que todos piensen que seguimos en cuarentena, pero la cuarentena se acabó”, dirán sus asesores. “Y que cada cual se defienda como pueda. No podemos hacer nada más”. Derrota del poder del Estado ante otros poderes.
Un fenómeno interesante, que no deja de tener un cariz político, pero que merece la reflexión de periodistas y comunicadores, y que se ha visto evidente durante los días de pandemia: el influjo del poder, pero no del poder o liderazgo de los gobernantes, sino del poder económico o partidista en muchos -no en todos- los medios electrónicos de comunicación. Encuestas, maquillajes, informes y análisis no rigurosos, no confrontados, no exigentes, en que la tozudez del periodista investigador (fastidioso para el gobernante) ha sido reemplazada por la sumisión y la amabilidad de quien presenta la noticia… muestran la obsecuencia del patrocinado. Por eso, de tiempo atrás, quien esto escribe ha sostenido que, en muchos países, y aquí también, debería estar prohibida la propaganda oficial pagada en los medios privados porque les quita su libertad.
¿Quién tiene el verdadero poder?
Bogotá, D. C, 30 de mayo 2020
*Expresidente de la Corte Constitucional
Por Víctor G. Ricardo*.- Qué diferencia tan grande la que hay entre la actitud del Alcalde de Medellín y la Alcaldesa de Bogotá con relación a las medidas decretadas por el Gobierna Nacional.
Mientras que la Alcaldesa de Bogotá, Claudia López, salió a decir que no era posible poner en práctica las medidas de reactivación de los sectores de construcción y manufacturas porque la Alcaldía de Bogotá no había tenido tiempo para implementar los protocolos sanitarios y el registro de las empresas que iniciarían sus trabajos, generando un gran desconcierto en estos sectores de la actividad económica en la capital de la República, en Medellín el Alcalde Daniel Quintero salió muy contento y dio inicio en esta ciudad al restablecimiento de la economía, en concordancia con las decisiones del Gobierno nacional, con todas las medidas de protocolo e incluso de inteligencia artificial que permiten el control de los trabajadores y las empresas.
El Alcalde Quintero comentó que en su ciudad se actuaba en procura de salvar la vida de las personas y la estructura económica que permita el trabajo de las mismas y que para ello actuaba de manera coordinada con las autoridades nacionales, el señor Presidente de la Republica, la academia, los empresarios, los dirigentes gremiales y las fuerzas vivas y líderes de su ciudad.
También vio la opinión pública cómo los Alcaldes y Gobernadores de la costa Atlántica, como de muchos de las otras zonas de Colombia, coordinaban los registros y los controles de los protocolos de salud para que los sectores autorizados por el Gobierno nacional empezaran sus labores y así también dinamizar las economía regionales.
Y es que estas acciones de Gobierno son necesarias, pues necesitamos salvar las vidas de la personas pero reactivando las actividades económicas que permitan también que la economía no se muera, pues de lo contrario, la gente también moriría ya no de coronavirus sino de hambre, a pesar de los esfuerzos del Gobierno para llegar con auxilios económicos y mercados a las familias más pobres del país.
Las autoridades no sólo deben cumplir con el juramento que hicieron al tomar posesión de sus cargos respecto del cumplimiento de sus deberes, la Constitución y las leyes, sino también dar ejemplo a sus gobernados. Por esta razón, es incomprensible cómo la alcaldesa de Bogotá violó no sólo las normas de carácter nacional al no acatar la apertura de ciertos sectores de la economía, bajo el pretexto que no habían tenido el tiempo suficiente para alistarse, sino que también violó como ciudadana aquellas normas que expidió como alcaldesa y sobre las cuáles le pidió a los bogotanos estricto cumplimiento.
¿Cuál es la autoridad moral de un Alcalde que predica y castiga el incumplimiento pero no cumple, ni lidera con el ejemplo? No basta con pedir perdón por la falta cometida y decir que recibieron un comparendo ciudadano. Es que además violaron como empleados públicos sus funciones y dieron mal ejemplo a la ciudadanía por lo que deben recibir una sanción disciplinaria, para lo cual la Procuraduría General de la Nación, debería ya haber asumido la investigación respectiva, ya que es a esa entidad a la que le corresponde ejercer el control administrativo de las malas acciones de los servidores públicos. Esto, sin hablar de la credibilidad que destrozó con su irresponsabilidad como funcionaria pública.
Colombia no será la misma después del coronavirus, pero si la gente en semejante crisis de la pandemia viola las normas e incluso hay Alcaldes y funcionarios que han aprovechado para delinquir, contratado mercados por valores distintos para cobrar comisiones, también deberíamos ponernos de acuerdo para que los castigos sean no solo ejemplarizantes sino mayores.
Bogotá, D. C 30 de abril de 2020
*Excomisionado de Paz